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martes, 27 de septiembre de 2016

Dioses y Hombres 5 de 7

Dioses y Hombres 5 de 7
Walter F. Otto: Los Dioses de Grecia

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Se nos puede objetar que la propia época homérica ha perdido la veneración para con sus dioses vitales, y que una buena parte de ellos se encontraba en situaciones cavilosas e incómodas. La mejor prueba de ello nos la señala desde tiempo atrás el «relato de Ares y Afrodita», con el que Demódoco deleitó a Odiseo (Odisea 8, 267 y sigs.): cómo el engañado Hefesto ligó a la diosa y su amante con ataduras invisibles y abandonó el abrazo amoroso a la risotada del dios. Ya en la antigüedad muchos han discrepado con esta historia, especialmente Platón, y en la época moderna se la considera frívola y burlesca. Pero si bien su objeto podría parecer arriesgado, también resulta difícil su comprensión.

Ares, cuya perplejidad es el tema de la risa, no representa un dios distinguido aunque pueda ser considerado como legítimo. Ninguno de los otros dioses podría sostener una situación semejante, ni siquiera Hermes, a pesar de que dijo que él podría cambiarse con el otro. En este caso tampoco podría hablarse de frivolidad. Cuando en alguna ocasión las figuras míticas se atrevían a manifestar una ingeniosa ocurrencia, apuntaba a un tirano sin medida, en quien los propios olímpicos no veían su igual. ¿Y Afrodita? Al meditar el relato sucede, repentinamente, que su persona no ha sido señalada. Todo el interés cae sobre el papel no habitual que juega Ares. Cuán lejos debió de haber estado el poeta de herir el respeto hacia ella, desposada en la tradición épica con Hefesto, mientras que en muchos templos griegos aparece como esposa de Ares. En realidad le alcanza a ella como deidad olímpica lo que en general se ha dicho sobre matrimonios de los dioses. No podemos imaginarla casada, es el mismo poder de las sensaciones y de las exigencias, el mago que enciende el corazón, y toda meditación permite hundirse en la delicia de su abrazo. A su reino pertenecen también las dificultades de la vida amorosa, la mala reputación y la carcajada. Y cuando alguien ha caído en sus redes también podrá alcanzarlo la licencia, pero no a ella, a quien pertenece el triunfo. Nunca nadie se había atrevido a señalar o a experimentar, como lo hace en forma viviente este poeta, a quien por motivos convencionales se convierte en insolente y sin dios, el verdadero sentido de la primitiva imagen divina. Incluso en un relato tan novelado y tan petulante no olvida quién es;

él no puede pensar que algo se perdona con aquello que constituye su esencia; y sin embargo hace desaparecer su persona rápidamente, lo que señala en la obra su poder eterno. Al enamorado guerrero, en cambio, otorga alabanza la carcajada. Pero donde el espectador divino ríe tan de corazón, no es la indecencia sino acabada pieza de arte, cuya inventiva se adelanta, y la palabra ha sido tan verdadera que la injusticia no prospera (329 y sigs.). Cuanto más originariamente aparece el objeto, tanto resulta más señalable que el narrador ha pasado por encima de lo picaresco y sólo se ha detenido en los hechos espiritualmente ricos e importantes. La mirada, que el elevado esposo dirigió a los dioses y lastimó el decoro, será señalada solamente por el alejamiento de la diosa (324). Con palabra alguna aparecerá el espectáculo que el grupo galante debía ofrecer o de las experiencias que debía movilizar. Naturalmente, la narración carece de prédica moral, por ello no necesita ser algo frívolo. Por encima de ambos se halla el tono de humor, y éste alcanza su máximo punto en el trozo final que revela los sentimientos de tres grandes dioses: Apolo, Hermes y Poseidón. Poseidón, el que por último se adelantó, experimenta simple compasión; la situación de Ares le llega tan de cerca que no puede reír, sino que no le concede calma alguna a Hefesto hasta que finalmente les deja libres los brazos. Antes de su pasaje tuvo lugar un diálogo entre Apolo y Hermes. Para el dios distinguido la mirada es suficientemente espiritual como para formular la pregunta al hermano con alegre discurso, acerca de si querría estar en lugar de Ares; él sabe ya con anticipación lo que este pícaro puede experimentar bajo los dioses. Y el dios de todos los ladrones y vividores le responde con todo el debido ceremonial que a él no deben perturbar tales ataduras ni la risa del mismo dios del cielo para deleite del corazón de la dorada Afrodita. El cantor a quien Hermes así permite hablar no coloca su honor demasiado cerca, más bien se caracteriza como frente al espíritu de los griegos, como ese libre y amplio espíritu que aun en la bufonada y en la picardía podía respetar a una deidad porque también es ésa una manifestación de fe en las formas eternas de la existencia viviente. Cuán falsamente se comprende en sustancia la verdadera historia cuando por su tono se juzga al final, como inadecuada para la época, que menospreciaba a los dioses de que allí se trataba, y en general a todos ellos. En esta misma historia se inspirará un poeta que vive la picardía y para quien la vida de los dioses es solamente un juego de la fantasía; así nos la muestra Ovidio, que la presentó de manera magistral en su arte amatorio (2, 561-592). Y nos hallamos libres para la mirada del amante, e interesados más vivamente. Venus apenas puede contener las lágrimas; ella y su amante cubrirán con gusto su rostro con las manos. Aquí la intención no es ya el engaño de los fuertes y ágiles por los impedidos, sino lo erótico y capcioso; la doctrina del pecador sorprendido, en el futuro sólo deviene llano y sin ceremonias.

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