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domingo, 18 de septiembre de 2016

Afrodita 3 de 3

Afrodita 3 de 3
Walter F. Otto: Los Dioses de Grecia

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Afrodita, oriunda de Oriente, nos deja conocer claramente su formación genuinamente griega. Ella refleja una grande y singular forma existencial del mundo como ser divino. Al significar una sempiterna realidad que absorbe todo lo existente en su poder, proyecta su espíritu a todo el reino de los elementos y de la vida y le imprime su expresión, es un mundo en sí, y eso determina para el griego una deidad. ¿Y cuál es esta eterna calidad de la existencia? Es el cautivante e irresistible esplendor en el cual todos los objetos y todo el mundo están ante el ojo del amor, la delicia de la cercanía y de la unión cuyo hechizo atrae el contacto entre seres limitados hacia la perdición en lo infinito. Y ella se manifiesta, como genuina diosa, desde lo natural hasta los sublimes apogeos del espíritu.

Afrodita otorga sus encantos no sólo al ser viviente, sino también al muerto. Como su esencia de belleza presta fresco encanto juvenil a Penélope (Odisea 18, 192), así la diosa protege el cuerpo de Héctor maltratado y desfigurado por Aquiles y lo unge con ambrosíaco aceite de rosas manteniendo alejados los perros de día y de noche. La atracción con la que reúne los sexos (Ilíada 23, 185) también traba y conserva amistades. Se veneraba a Afrodita Hetera, que Apolodoro declara diosa de la unión entre amigos y amigas (Aten. 13, 471c). Todo lo que es sugestivo, seductor y complaciente, sea figura o gesto, lenguaje o actitud, de ella recibe su nombre ™pafrÒditoj, en latín venustus).

«Haznos afables en palabras y acciones», así se le oraba (Sócrates en Jenofonte, Conviv. 8, 15); con eso se deseaba que prodigara parte de sus encantos al trato humano. Y como es la diosa de los favores, también la buena suerte proviene de ella. De esta manera la mejor jugada en una partida de dados tiene su nombre, y se sabe que Sila tradujo su prenombre Félix al griego con la palabra que significó el favor de Afrodita (™pafrÒditoj).

Bienaventurados a quien los dioses, los benignos, ya antes del nacimiento amaban; a quienes de niño Venus mecía en sus brazos... A él, antes de vivirla, la vida entera es otorgada; antes de superar los trabajos obtuvo ya la gracia.
Schiller, La felicidad

Parece que aquí el reino de Afrodita se acerca bastante al de Hermes. Pero el favor de ella no tiene nada de la buena suerte de la oportunidad, de lo atinado, del hallazgo. Es la gracia inmanente a la belleza y amenidad que gana todas las victorias sin esfuerzo, porque lo bienaventurado hace a otros bienaventurados.

Lo que es hermoso parece bienaventurado en sí mismo.
Mörike

El favor de la realización y comprensión, del triunfo y del regocijo está de manera más sublime en el mundo del pensamiento y del canto. Eternamente inolvidable es la imagen de Cipris (Eurípides) que tomando agua del Cefiso respira suave aliento sobre los campos; se entrelaza la corona de rosas perfumadas en el cabello y «envía a los dioses del amor (›rwtej), los compañeros de toda virtud, para ayudar a la sabiduría» (sof…a) (Medea 844 y sigs.). Píndaro llama su cantó una obra en el jardín de Afrodita y de las Cárites (Pít. 6, 1; también Peán 6). Lucrecio le ruega, en la introducción a su poema, que preste a sus palabras «encantó imperecedero» (1, 28).

Comprendemos lo que significa Afrodita. No en vano está rodeada de las Cárites, en las que se refleja a sí misma. Son espíritus del florecimiento, del encantó y la amabilidad. Generalmente salen las tres juntas, por consiguiente nuestros conceptos las consideran más bien genios que deidades. Pero Afrodita es única. Se distingue claramente de Eros, a quien el mito llama su hijo. Este dios desempeña un papel importante en las especulaciones cosmogónicas, pero uno bien diminuto en el culto. No aparece en Homero ausencia significativa e importante. Es el espíritu divino del anheló y de la fuerza de engendrar. Pero el mundo de Afrodita es de otra categoría, más amplia y rica. La idea del carácter y poder divino no emana (como con Eros, véase Platón, Simp. 204 c) del sujetó que anhela, sino del que es amado. Afrodita no es la amante, es la hermosura y la gracia sonriente que arrebata. Lo primero no es el afán de prender, sino el encantó del aspecto que lleva poco a poco a las delicias de la unión. El secreto de la unidad del mundo de Afrodita consiste en que en la atrac-ción no actúa un poder demoníaco por el cual un insensible agarra su presa. Lo fascinante quiere entregarse a sí mismo, lo delicioso se inclina hacia lo emocionado con la sinceridad sentimental que lo hace tanto más irresistible. Ésa es la significación de Caris, que acompaña a Afrodita sirviéndola. c£rij es algo más que la conquistadora que toma posesión de otros sin entregarse a sí misma. Su dulzura es al mismo tiempo susceptibilidad y eco, «amabilidad» en sentido de favor y de voluntad de entregarse. La palabra c£rij significa también gratitud y directamente el consentimiento de lo que desea el hombre amante. Safo llamó a una doncella muy joven, aún no madura para el matrimonio, ¥carij (Plutarco, Amat. 5). Así nace la armonía en la que culmina el reinó de Afrodita. El mito llama a Harmonía hija de la diosa (Hesíodo, Teog. 937). Ella misma tiene en Delfos el nombre emparentado de Harma (Plutarco, Amat. 23) que alude evidentemente a la unión carnal. El coro de Las suplicantes de Esquiló (1042; véase el comentario de Wilamowitz) canta la Harmonía cómo servidora de Afrodita y de su actividad en las acciones y uniones de los amantes. Ya se mencionaron las imágenes talladas de la diosa que

Harmonía donó a Tebas. En sentido similar actúa Peitho, ayudanta y sosia de Afrodita, que, según Safo (fragmentó 135), es la madre de la diosa. La poetisa que habla tan frecuentemente de la diosa en sus canciones se dirige a ella, en una de las más famosas, orando en grave desamparó a «la hija de Zeus, la ingeniosa»; acude la diosa preguntando sonriente a quién debía dar Peitho su amor y le promete que la deliciosa que ahora está fría pronto va a suspirar por ella (véase Wilamowitz, Sappho und Simonides 42 y sigs.).

Este deleite divino con que el ser separado se busca y une amorosamente se convierte, después de que el viejo mito del mundo haya desaparecido, en el poder armonioso de una nueva imagen del cosmos. Para Empédocles, Afrodita es la misma diosa que pone el amor en los corazones humanos y que produce la perfecta armonía y unidad en los grandes períodos mundiales. Al igual que en tiempos pasados, cuando el gran Urano abrazaba amorosamente a Gea, así ve el poeta ahora a Cielo y Tierra deseando reunirse. En Las danaides de Esquiló (fragmentó 44), Afrodita misma habla con grandiosa franqueza del anheló que mueve al «Cielo Sagrado» para acercarse amorosamente a la Tierra y del deseó nupcial de ésta. Así cae la lluvia del cielo y fecunda a la tierra que engendra plantas y frutos del semen celeste. Todo lo cual es la obra de Afrodita. Pensamientos muy similares los enuncia Eurípides en una tragedia perdida (fragmentó 898). Tampoco olvidemos los hermosos versos del Pervigilium Veneris de los últimos tiempos, en los que el poeta habla de las primeras nupcias que celebra el éter cuando la lluvia nupcial fluye hacia el seno de la excelsa esposa (59 y sigs.).

Sólo esta diosa del eterno milagro amoroso puede brindar la paz mundial, dice Lucrecio en el principió de su poema doctrinal (1, 31 y sigs.). El mismo dios de la guerra, herido profundamente por el amor, se arroja infinitas veces en sus brazos y la mira de hito en hito en amartelado éxtasis. Entonces emana suavemente el ruego de los labios de la diosa: «¡Oh, da la paz a los tuyos!».

Pero al final hemos de recordar que también elementos horribles y destructores pertenecen a su vasto imperio, el mundo. Ningún poder puede enemistar y perturbar tan terriblemente como aquel cuya obra es la armonía más clara y bienaventurada. Sólo por esta oscura sombra el resplandeciente encantó de Afrodita se transforma en una entera creación.

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