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sábado, 24 de septiembre de 2016

Dioses y Hombres 2 de 7

Dioses y Hombres 2 de 7
Walter F. Otto: Los Dioses de Grecia

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Entre las maravillas del Museo de las Termas se encuentra la cabeza de una durmiente. Se la ha señalado con diversos nombres falsos, ya como Medusa, ya como Furia. Ella debe de ser Ariadna o una bailarina que se ha extraviado del grupo de Dioniso. La divina duerme. Santo es el tranquilo plano de la frente, santa la profunda reserva de los ojos, santa la boca inconsciente, a través de cuyos labios semiabiertos la tranquila vida respira quedamente. Pero a esta santidad no podemos llamarla inocencia, ni salvación ni profundidad de alma, ni placer, ni pena, ni bien, ni porfía: por medio de esos rasgos prominentes habla solamente el divino abismo del dormir. Su grandeza atemporal se halla tan arrebatada con todo el poderío esencial en la aparición que un simple pensamiento del simbolismo o la espiritualización sería una evasión. Observemos mejor desde la total plenitud de la existencia y experimentaremos allí el encuentro con lo infinito y lo divino. Solamente la antigua poesía tiene palabras que son iguales. Propercio ha visto a su durmiente amada de tal modo que «como Ariadna dormía en la abandonada playa, o la Ménade que exhausta de las danzas infinitas se derrumbó entre las flores de la ribera del río...» (Ilíada 3). Él se tuvo de pie ante la sublimidad de la naturaleza perfecta y cuidó a una diosa, que era demasiado grande para el elogio: «un buen corazón» con el que Goethe debía, mediante su animada poesía, rendir homenaje a la amable niña:

En los labios estaba la tranquila confianza,
en las mejillas la corporalidad en su casa,
y la inocencia de un buen corazón
movía los senos una y otra vez.

Así se cambia la dimensión de lo divino, insensiblemente, en la plenitud del sentimiento. La visión del poeta romano casi nos estremece, ya que nos arranca de pronto de la sensibilidad y de lo acostumbrado hacia lo alto, donde se halla la imagen de los dioses. Quien aquí ha aprendido a ver

no mide ya la profundidad del alma, delante del abismo abierto y de la corona de la naturaleza viviente, tan poco como las terrenales expresiones de su santidad que serán consideradas como los legítimos signos de lo divino.

La grandeza natural de la protoimagen del hombre es igualmente una figura de la deidad. Solamente el imprudente puede sostener que por eso debe ser abolida; porque los rasgos dignos de ser cuestionados por el hombre son eso, y permanecen alejados de él. Esta imagen no se halla pura y simplemente libre de faltas que puedan degradar al individuo humano, sino —lo cual arriesga mucho más— de todas las celosas no libertades y angosturas y también de aquello que es en verdad demasiado humano, y sin embargo tan a menudo celebrado como una perfección divina. Su rostro nos mira con una claridad que no sabe de fanatismo. Su orgullo no tiene nada de la falsa alegría propia de la autoproclamación. Sentimos que busca ofrendar, pero incluso así el deseo de alabanza eterna está ausente y eso no le interesa, dado su grado de autodonación. Allí donde nosotros queremos seguir siempre su individualidad se remite de nuevo a lo originario, esencial. Siempre que podemos distinguir los caracteres divinos individuales nos alcanza una mirada de gran tranquilidad. Ningún rostro está dominado por la soledad de un pensamiento o de una sensación. Ninguno quiere una determinada virtud y verdad, o, en general, predicar una virtud y verdad. Ninguno se arroga lo distintivo de un acontecimiento o resolución ante los ojos, en el juego de los labios. Tanto puede contar el mito acerca del destino, la amistad y la pena, el triunfo y la separación, todos los acontecimientos no significan nada para su existencia. Los rasgos notables de la personalidad solamente determinan la expresión en la cual el ser viviente se revela con poderosa originalidad. Estas formas no tienen historia, porque son. Lo primitivo y eterno de su ser es sobrehumano y la más perfecta semejanza con la del hombre.

El rostro divino no expresa la voluntad. Toda forma de poderío o salvajismo le es extraña. En su mejilla no se lee el sobresalto sino la claridad, ante la cual las monstruosidades bárbaras se esfuman. Ninguna rareza llamea en su mirada, ningún enigma místico juega perdiéndose en esos labios, ningún exceso rasga el gran carácter de la expresión y lo aleja hacia lo fantástico. La aparición divina no tiene nada de la irrupción sin medida, de la fuerza en lo colosal; ella no soporta, según el modo asiático, lo gigantesco de la potencia mediante una construcción grotesca y multiplicada sobre la visión. Toda esta monstruosa dinámica será igualmente dejada de lado mediante la pura grandeza de la naturaleza.

No podríamos imaginarnos un contacto de tú a tú con un ser de esta naturaleza, al igual que un confidente o una persona amada. Ante él nos sentiríamos avergonzados y pequeños, cuando el poderío existencial del gran rostro no apagase el propio sentimiento de sí y elevase la vida derramada de nuevo a la luz. Un instante de hundimiento en ese rostro es como un baño de renacimiento en aguas eternas, que purifican todo lo demasiado humano. Por el sueño de un momento —en este sueño desaparece el hombre no divino— el que no se ha degradado con pecados y apetitos, sino que ha cuidado su celo y la necesidad de sus propias ligaduras; él, el esclavo de la propia comprensión, igualmente mezquino y temeroso, se preocupa de lo cotidiano, de la virtud y de la bienaventuranza. Y cuando la angostura viene mediante lo insólito, cuando incluso la aspiración hacia la santidad aparece todavía como muy terrenal, entonces surge el dios en el hombre y el hombre en dios.

La unidad de dios y del hombre en la esencia primitiva, ése es el pensamiento griego. Y sólo aquí se hace pleno el sentido general de la forma humana, mediante la cual lo divino se revela a los griegos. También para otros pueblos lo esencial en el hombre es la idea y lo igual con el co-nocimiento de la deidad. Mientras que lo divino busca posibilitar la perfección del hombre como poder absoluto, sabiduría, justicia o amor, esto se ha ofrecido a los griegos en la figura natural de los hombres. Sabemos que les estaba reservado ver y concebir a los hombres como hombres, y que sólo ellos podían tener como tarea el no dedicarse a ninguna otra meta. Lo cual no es, ante todo, la idea de la filosofía: pertenece al espíritu que ha construido la imagen de los dioses olímpicos y con ello ha dado su dirección dominante al pensamiento de los griegos. Este espíritu fue la imagen del hombre, como una forma de eterno carácter cuyos rasgos puros son los de la deidad. En lugar de aumentar sus poderes y virtudes con fantasías piadosas, se mostró en las líneas cerradas de su naturaleza el contorno de lo divino. Así aparece todo lo que se ha dicho contra el «antropomorfismo» de la religión griega, una hueca charlatanería. Ella no ha hecho humana a la deidad, sino que ha visto divinamente la esencia del hombre. «El sentido y el esfuerzo de los griegos —escribe Goethe— es divinizar al hombre, y no antropomorfizar la deidad. ¡Aquí se da un teomorfismo, ningún antropomorfismo!» (Myrons Kuh, 1812). La obra más importante de este teomorfismo es el descubrimiento de la protoimagen del hombre que, como la más sublime revelación de la naturaleza, también debía ser la más propia expresión de lo divino.

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