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jueves, 23 de marzo de 2017

La Escocia de Julio Verne

La Escocia de Julio Verne



Según se indica en la contraportada del libro que he leído, “en 1859, Julio Verne realiza un viaje por Inglaterra y Escocia. Siguiendo la costumbre de la época anota las impresiones que recoge en un cuaderno, que será la base de esteViaje maldito por Inglaterra y Escocia, libro en el que imagina un compañero de viaje que le sirve como pretexto para construir los diálogos y el intercambio de impresiones sobre los países visitados. Verne ofreció esta obra a su editor, Hetzel, pero éste la rechazó por no ajustarse al género de novela de ciencia ficción predominante en aquel momento. El manuscrito de este libro fue encontrado en los archivos de la ciudad de Nantes y publicado póstumamente en 1989″.

Julio Verne viajó a Escocia en 1859 porque su tío abuelo, Prudent Allotte de la Fuÿe, le aseguró que Allot, uno de sus antepasados, había llegado de Escocia a Francia para servir como arquero en la guardia del rey Luis XI (1461 y 1483).

La pregunta que me formulo es si este antepasado materno de Verne formó parte de la masonería jacobita incrustada en la Guardia Escocesa protectora de los monarcas franceses desde 1425.

Verne, cuarenta años más tarde, confesaría a Marie A. Belloc, en The Stand Magazine, reconoció haber viajado igualmente por su fascinación ante las obras de Walter Scott: “Durante toda mi vida me he deleitado con las obras de Walter Scott, y en uno de mis viajes a las islas británicas, viaje que jamás olvidaré, los días más felices fueron los que pasé en Escocia. Vuelvo a ver como en una visión la hermosa y pintoresca ciudad de Edimburgo, las Highlands-Sona y las agrestes Hébridas. Para alguien familiarizado con las obras de Walter Scott, no existe un solo lugar en Escocia que no pueda identificar con los relatos del célebre escritor”.

Editorial Debate lo ha publicado en España y también la editorial Nórdica. Lo recomendamos a todos aquellos seguidores de Verne y los que siguen rutas literarias por Inglaterra y Escocia. En este post hemos seleccionado algunos párrafos del viaje por Escocia.


1804 – James KIRKWOOD & Sons – Scotland

Final del cap. XVIII.

A medianoche, bajo una lluvia torrencial, los viajeros, a los que falita y la oscuridad habían sumido en el sueño, se despertaron en la capital de Escocia.


XIX. Llegada a Edimburgo [ se alojan en el hotel Lambret de Prince`s Street]

Prince`s Street, está trazada en el estrecho valle abierto entre la antigua y la nueva ciudad, no tiene confluencias a su izquierda, sino que bordea la estación de ferrocarril y, por el centro, la verja de un parque público con magníficos céspedes; un edificio de ciento cincuenta pies de alto exhibe en sus ángulos, en sus cornisas, en sus numerosos pináculos y en su afilada aguja las incontables eflorescencias del gótico flamígero. Es un monumento a sir Walter Scott. La efigie del gran escritor, sentado en actitud pensativa, está colocada en medio de la plataforma inferior, bajo la clave de un arco ojival; esa estatua en mármol blanco goza de cierta celebridad; la figura del célebre novelista es fina e inteligente. El monumento, desmesuradamente alto para su cometido, está ornamentado de un gran número de estatuas que representan a los simpáticos héroes de Walter Scott; en los cuatro nichos de la parte inferior se puede ver, si no admirar, a la Dama del lago, al príncipe Charles de Waverley, a Meg Merrilies y al ultimo trovador.”

… Llegados a la iglesia de Saint-John, al final de la calle, los dos amigos torcieron a la izquierda por Lothian Road bordeando la estación del ferrocarril caledoniano; su intención era rodear la roca sobre la que el castillo de Edimburgo está encaramado como un nido de águila. Esa colina constituía antaño la totalidad de la ciudad de Edimburgo, la vieja ahumada: Auld Recky, según su apelativo popular; desciende en línea rfecta desde el castillo hasta el palacio de Holyrood, por High Street y el suburbio de la Canongate, y está unida por unos elevados puentes a las otras dos colinas sobre las que se extienden la ciudad nueva, al norte, y los arrabales, al sur; esos accidentes de terreno se prestan a los monumentos y panoramas; por ello en Edimburgo se los construyó con progusión, por lo que ha recibido el nombre de Atenas del Norte; orgullosa, efectivamente, de su universidad, de sus colegios, de sus escuelas de filosofía, de sus poetas y oradores, reivindica ese glorioso nombre tanto en lo físico como en lo espiritual.



… Jacques y Jonathan se dirigieron hacia Holyrood, guardado por soldados, que siguen luciendo el antiguo traje escocés, el kilt de paño verde, el gabán a cuadros, y el zurrón de pie de cabra de pelo largo, colgando sobre el muslo. Como no disponían de tiempo, se limitaron a admirar las cuatro gruesas torres almenadas de la fachada, que le confieren un aspecto medieval; por lo demás, exceptuando la capilla en ruinas que alza sus arcos ojivales detrás del palacio, es imposible adivinar cuáles son las partes nuevas o simplemente restauradas…

Capítulo XXVII Tras los pasos de Walter Scott

Durante la homérica comida.., mister S… inició a sus amigos en las costumbres del país que habían recorrido, y del que iban a visitar.

– Allí se encontrarán en pleno Walter Scott, caballeros; verán con qué fidelidad pintó esos lugares históricos, y juzgarán por sí mismos la veracidad del sentimiento que se desprende de sus obras; el genio del novelista era inmenso, y el país, digno de él.

– ¿Pero podremos todavía encontrarnos a esos famosos highlanders? -inquirió Jonathan-. ¿Existen todavía huellas de esos clanes tan célebres?
– Sin duda alguna -respondió el reverendo-: si los clanes ya no existen políticamente, siguen existiendo desde el punto de vista histórico. Algunas familias mandan aún por tradición; están los Mac Gregor, los Mac Douglas, los Sutherlands, los Mac Donald, los Campbells, cuya soberanía feudal sigue aún en vigor; sus vasallos, iguales a su amo ante la ley, se reconocen sujetos y tributarios, y cada clan se distingue por el color de su tartán.

Mapa de 1822

XXIX En el tren de Glasgow

A unas millas de Stirling, el ferrocarril pasa cerca del pueblo de Bannockburn, donde Robert Bruce logró una terrible victoria sobre el rey de Inglaterras, Eduardo II; luego bordea el canal del Forth, surcado por numerosas balsas cuyos mástiles se confunden con los árboles del campo…

XXX Un olor a chéster [En Glasgow se alojan en el hotel Comrie`s Royal]

En medio de George Square se elevaban los monumentos a Walter Scott y a James Watt, dos ilustres hombres asociados en un mismo recuerdo; pero sin la inscripción, se hubiese podido tomar al novelista por el inventor de la máquina de vapor, y al maquinista por el autor de la Hermosa doncella de Perth; con esa salvedad, tenían bastante parecido.

Monumento a Walter Scott en George Square de Glasgow

… La catedral de Glasgow está consagrada a San Mungo; pertenece a diferentes épocas de la arquitectura gótica, y yergue en el aire un alto campanario de forma bastante tosca; es el único monumento religioso de Escocia que se salvó de los fanáticos de la Reforma, y es curioso desde ese punto de vista. Jacques no pudo, a su gran pesar, visitar su interior; la puerta estaba cerrada, y resistió a todas las llamadas, pues al parecer la religión protestante no practica eso de “llamad, y os abrirán”. Tuvo que conformarse con ver la necrópolis que se extendía sobre la colina cercana, y con rememorar las magníficas descripciones del gran novelista. Fue allí donde se dirigieron Osbaldistone y André Fairservice al llegar a Glasgow, donde se había refugiado Rob Roy. Era aquel el cementerio desolado en cuyas tumbas Walter Scott creía leer las palabras del profeta: “¡Lamentaciones, arrepentimientos y desgracias!”.

XXXII A bordo del Prince Albert

El comienzo del lago Lomond se anuncia por una gran cantidad de deliciosas islitas, de todas las formas y de diversa naturaleza; el Prince Albert costeaba sus escarpadas orillas, y con sus sinuosidades, ofrecía a la vista mil paisajes diferentes: aquí una fértil llanura, allí un valle solitario, allá una agreste garganta erizada de rocas seculares. Cada uno de esos islotes tiene su leyenda histórica, y la historia de esa comarca está verdaderamente escrita con esos gigantescos caracteres de islas y de montañas… Junto a Balmatha, que señala la entrada en las Higlands, Jacques advirtió algunas tumbas dispersas; eran las de la antigua familia de los Mac Gregor.


… Jacques buscaba entre la niebla el pico del Ben Lomond; se sentía totalmente impregnado de una poesía fuerte y salvaje, y reencontraba entre esas orillas escarpadas, sobre las oscuras y apacibles aguas, el sentimiento de sus lecturas favoritas; los héroes legendarios de Escocia volvían a poblar en su recuerdo ese bello país de las Highlands.


… El Prince Albert se acercaba al Ben Lomond, y el lago se estrechaba cada vez más; el Ben es el último pico del sistema de los montes Grampianos entre los que circulan largos glens solitarios: las palabras ben, glen y den son de origen celta. El clan Mac Gregor tenía su residencia en los clachans de la parte oriental del lago, al pie de la montaña, que en noches serenas la luna, llamada la linterna de Mac Farlane, iluminaba con sus pálidos rayos; esos lugares fueron testigo de los relatos de aquellos héroes; no lejos de allí, las querellas entre los jacobitas y los hannoverianos ensangrentaron esas desoladas gargantas, y los ecos salvajes aún repiten el nombre de Rob Roy: ¡Mac Gregor Campbell! …

– Walter Scott -dijo Jacques- llama al Loch Lomond el más hermoso de los lagos y al Ben Lomond, el rey de las montañas: tiene razón, y yo comparto sin reservas su patriótica admiración


Mapa de 1852, poquitos años antes del viaje de Julio Verne

XXXIII .- Los viajeros de la imperial

La carretera es harto escarpada; a medida que uno se eleva, la forma de los montes parece cambiar; Jacques veía elevarse ante él toda la cordillera de la orilla opuesta de los lagos, cuyos picos de Arroqhar dominan el pequeño valle de Inveruglas; el Ben Lomond se erguía a la izquierda, descubriendo la abrupta escarpadura de su cara norte.


La región poseía un extraño carácter, impregnado el sentimiento de la vieja Escocia. Eran lo que antaño llamaban el país de Rob Roy, territorio montañoso y desértico situado entre el lago Lomond y el lago Katrine, ese valle comunicaba por estrechos desfiladeros con el glen de Aberfoil, donde tuvieron lugar los dramas de la novela escocesa, a orillas del pequeño lago Ard.


Mapa geológico escocés de 1846


… No lejos del nacimiento del Forth, que surge del Ben Lomond, se ve aún el vado por el que Rob Roy consiguió escapar de las manos de los soldados del duque de Montrose. No es posible dar un paso en ese país, maravilloso en más de un aspecto, sin topar con los recuerdos del pasado, que inspiraron a Walter Scott cuando parafraseó en magníficas estrofas la llamada a las armas del clan de los Mac Gregor.

Después de remontar las orillas del torrente, el coche alcanzó un valle inferior, sin un árbol, sin agua, cubierto de brezo rudo y escaso; unos montones de piedras, aquí y allá, aparentaban una forma piramidal.

– Son los cairns -dijo Jacques-; cada viandante debía en otros tiempos añadir una piedra para honrar al héroe que yace bajo su apiñamiento; de ahí procede el proverbio gaélico: “¡Maldito aquel que pasa ante un cairn sin depositar la piedra del último saludo!”. Si los niños hubiesen conservado la fe y al poesía de las piedras, ¡esos amontonamientos serían hoy colinas! [[[ curiosamente, en la provincia de Soria subsisten varios cairns donde todavía algunos echan su piedra testimonial]]]

XXXIV. – Del lago Katrine a Stirling

El comienzo del lago Katrine, con una longitud de sólo diez millas, es todavía salvaje y poco arbolado, pero la línea de las colinas circundantes está llena de carácter y de poesía; fue en ese lago de tranquilas aguas donde Walter Scott escenificó los principales sucesos de su Dama del Lago; uno creería ver aún deslizarse sobre sus aguas la leve sombra de la bella Helen Douglas.

XXXV.- A qué se parece un highlander

El burgo real de Stirling está situado más o menos al fondo del estrecho del Forth… Se divisaba el castillo fortaleza de Stirling. Fue allí donde María Estuardo recibió la corona real. Dicha fortaleza tuvo el honor de ser asediada por Cronwell y el general Monk. El aspecto de este castillo posee cierta gallardía y parece plantado en posición de firmes como un soldado. Hubo de seguir una pendiente bastante pronunciada para llegar a la poterna custodiada por unos higlanders en uniforme de gala, uniforme que es la reproducción exacta del antiguo traje nacional, a excepción del targe o escudo de cuero con punta de acero.

Los highlanders lucen en la cabeza la toca escocesa adornada con una pluma erguida sujeta a una hebilla de acero; la chaqueta de paño escarlata es corta y descubre los innumerables pliegues del kilt, especie de falda hecha de una tela verde a cuadros, que les llega a hasta la rodilla; los muslos van totalmente al descubierto, y de ahí viene el proverbio: «no se le puede quitar el pantalón a un highlander»; las piernas van cubiertas de medias a cuadros, y listadas por esas bandas enrolladas que Rob Roy podía, sin inclinarse, atar con sus largos brazos; el plaid o manta de tartán se lleva desde la cintura hasta el hombro, sujeto con un pouch o broche de metal; y finalmente el philibey, especie de bolsa de piel de cabra ornada con borlas, que cuelga de la cintura por delante del kilt; el bolsillo de ese philibey, suficiente para contener la fortuna de un escocés, se llama sporrang, según se enteró Jonathan por el centinela del castillo; el puñal, o dirk, va metido en la cintura, y los oficiales de esas magníficas compañías llevan la larga claymore de sus antepasados.

Desde la explanada del castillo, la vista puede abarcar las llanuras de la Baja Escocia. Hacia el noroeste, Jacques pudo saludar por última vez al Ben Lomond y al Ben Ledi, que se asomaban sobre el horizonte lejano; el cielo había dignado purificarse, y la testa de las montañas aparecía bastante nítidamente en la niebla matutina. Hacia la parte oriental, a la entrada de la ciudad, corre el Forth bajo un viejo puente del siglo XII.

A la hora precisa, después de haber captado rápidamente el aspecto y la configuración de Stirling, de la que Walter Scott hace un gran elogio en su novela Waverley, los visitantes se encontraban en la estación; allí tuvieron la agradable sorpresa de ver a una compañía de highlanders bajo las armas; esperaba el paso de Su Graciosa Majestad, que venía de Edimburgo, donde el día anterior había sonado el cañón para celebrar su llegada; los soldados escoceses estaban espléndidos bajo las armas; sus características figuras ofrecían unas líneas más marciales que las de los militares ingleses; el oficial que mandaba el pelotón resplandecía en su relumbrante uniforme, y su brazo izquierdo se apoyaba en la reluciente empuñadura de su claymore; ni trompetas, ni tambores, ni pífano alguno regulaban la marcha de la compañía; pero el bag-piper, con su cornamusa limpia y lustrosa, dejaba oír unos alegres pibrochs.


Pronto sonó el silbido de la partida, y el tren no tardó en correr a todo vapor hacia Edimburgo. Jacques acechaba por la ventanilla el paso del tren de la reina. Pero un poco de ruido en un torbellino más rápido fue todo lo que pudo percibir.

El Scottish Central Railway permite hacer el trayecto en una hora y cuarto, aunque se desvía un poco de la ruta para pasar por Polmont Junction. Desde ahí, por Linlithgow, la pequeña ciudad junto al lago donde nació María Estuardo, tras dejar a su izquierda las ruinas del castillo de Niddire, donde la desventurada reina descansó después de su huida de Loch Leven, después de franquear el Almond Water por un viaducto de treinta y seis arcos, y de dejar atrás las Pentland Hills, el convoy se adentró en el túnel de Edimburgo, y se detuvo en la General Railway Station, cerca del monumento a Walter Scott.

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