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lunes, 13 de agosto de 2018

EL MAR Y EL VOLCÁN DESATAN SU FUROR CONTRA LA TIERRA

EL MAR Y EL VOLCÁN DESATAN SU FUROR CONTRA LA TIERRA

«En un instante, el cielo se volvió completamente negro, y, al instante siguiente, lo vi convertido en un ascua de fuego. La oscuridad y su rápida transformación sobrepasaban todo lo imaginable; si insistiera sobre ello, no se me creería.» Así escribía un testigo de la erupción del Krakatoa en 1833.

La isla de Krakatoa, situada entre Sumatra y Java, fue literalmente levantada, provocando un desgarro del suelo submarino. Una ola de más de treinta metros de altura proyectó grandes buques y pequeñas embarcaciones sobre las costas ribereñas. El fragor de la erupción se oyó hasta en Australia, y la atmósfera sufrió perturbaciones en toda la extensión del globo terrestre.

«La caída cegadora de piedras y arena, la intensa oscuridad, sólo interrumpida por el incesante fulgor de los relámpagos, el constante y sordo rugido del volcán, producían en nosotros una impresión aterradora», cuenta este marino, que asistía al desastre.

Una noche de febrero de 1966, me encontraba yo a bordo de un paquebote que atravesaba el estrecho de la Sonda; el extraño resplandor del Krakatoa proyectaba rojos fulgores sobre el mar y las nubes. En aquel momento me acordé del furor del fuego volcánico y de la marea ascendente del cataclismo del Krakatoa. Pero, con el tiempo, se va esfumado el recuerdo de esta perturbación geológica; sólo los relatos populares evocarán un incidente dramático que se produjo en un pasado lejano. Tal vez sea exactamente esto lo que ha ocurrido con la legendaria Atlántida.

¿Representan en verdad los continentes una morada permanente para las naciones actuales? ¿No abandonarán jamás su lecho los océanos? A esta pregunta sólo podría darse una respuesta negativa, con el apoyo de una larga lista de documentos.

Aunque la Historia, tal como la conocemos, sea demasiado corta para que se pueda hablar de ella en términos de épocas geológicas, nos ha transmitido, no obstante, el recuerdo de importantes cambios geográficos operados en el pasado.

La ciudad etrusca de Spina, mencionada por Plinio él Viejo y por Estrabón como un importante centro del comercio y la civilización, se halla en la actualidad completamente sumergida bajo las olas del Adriático. Dioscurias, la ciudad cercana a Sukumi, que fue visitada por los legendarios argonautas en su travesía del mar Negro, yace hoy bajo las aguas. Fanagorias, importante puerto del mar Negro en la época helénica, está sumergido en el golfo de Tamán.

No se trata solamente de ciudades, sino también de inmensas extensiones de terrenos que desaparecen constantemente en las profundidades de los océanos, y los movimientos tectónicos prosiguen sin cesar en toda la superficie de la Tierra. Si tomamos en consideración estos hechos, la desaparición de la Atlántida bajo las aguas debería parecemos perfectamente verídica.

La tierra se hunde en el mar y emerge de él en un tiempo relativamente muy breve. La simple enumeración de estos cambios geológicos y geográficos que se han producido por doquier en el Globo pone de manifiesto fenómenos sorprendentes. El templo de Júpiter-Serapis fue construido en la bahía de Nápoles el año 105 a. de JC. Tras haber ido hundiéndose gradualmente en el Mediterráneo, emergió de nuevo, en 1742, de las profundidades del mar. En la actualidad, se está hundiendo otra vez.
La fortaleza de Caravan-Sarai fue construida en 1135 en un islote del mar Caspio. En el transcurso de las generaciones, desapareció lentamente bajo las aguas. Las referencias a este fortín que figuran en las antiguas crónicas fueron consideradas, en definitiva, como pura fábula. Pero, en 1723, el islote se elevó por encima del nivel del mar y es perfectamente visible en la actualidad.

En Jamaica, Port-Royal, que durante mucho tiempo sirvió de albergue a los piratas, fue intensamente estremecido en 1692 por un temblor de tierra, quedando parcialmente cubierto por las aguas-Durante el terremoto de Lisboa de 1755, la altura de las olas alcanzó los diez metros. La mayor parte de la ciudad quedó destruida; sesenta mil de sus habitantes perecieron.

La isla de Faucon o de Jacques-dans-Ia-Boite fue descubierta en el Pacífico meridional por Morell, un explorador español. En 1892, el Gobierno de Tonga hizo plantar en ella dos mil cocoteros, pero dos años más tarde la isla entera desapareció en el océano. En la actualidad, comienza a elevarse de nuevo.

Un violento terremoto sacudió en 1819 el delta del Indo (Sind). Un vasto territorio quedó inundado, y sólo los edificios más altos se mantuvieron por encima de las aguas.

Entre 1822 y 1853, tras importantes movimientos sísmicos, la costa de Chile se elevó nueve metros.

En la segunda mitad del siglo xrx, la isla Tuanaki, en el archipiélago de las Cook, se sumergió con sus trece mil habitantes, en el océano Pacífico. Varios pescadores habían salido de la isla por la mañana a bordo de sus embarcaciones; cuando regresaron, al atardecer, la isla había desaparecido.
En 1957, se vio surgir una isla humeante de las profundidades del Atlántico, no lejos de las Azores. En este mismo archipiélago de las Azores, un terremoto asoló, siete años más tarde, la isla de San Jorge; la catástrofe adquirió tales proporciones que quince mil habitantes se vieron obligados a abandonar la isla.

El volcán de Tristán da Cunha, considerado como extinguido, hizo erupción en 1961 en el Atlántico meridional, lo que dio lugar a la evacuación a Inglaterra de toda su población.

Y no son solamente islas o costas lo que se hunde o emerge, sino continentes enteros. Así, Francia se hunde treinta centímetros cada siglo. El terreno existente entre el Ganges y el Hima-laya asciende 18 milímetros al año; se supone que, desde la época de Cristóbal Colón, los Andes, en América del Sur, se han elevado un centenar de metros. El fondo del océano Pacífico asciende hacia la superficie en la región de las islas Aleutianas. Según el padre Lynch, de la Universidad de Fordham, en Nueva York, un nuevo continente se halla próximo a surgir en la superficie del océano Atlántico. ¿No sería esto la reaparición de la legendaria Atlántida?

La importancia de los cambios geológicos operados en las profundidades de los océanos fue puesta de manifiesto por los técnicos de la Western Telegraph embarcados en 1923 a la búsqueda de un cable en las aguas del Atlántico. Descubrieron que el cable, en sólo veinticinco años, había sido proyectado, por el ascenso del fondo oceánico, a una altura de 3.620 metros.

Si se lograra desecar el océano Atlántico, podría verse en el fondo una larga cadena de montañas, desde Islandia al Antartico. Al sur de las Azores se encuentra una protuberancia denominada Atlántida: representa los despojos mortales de la Atlántida legendaria.

El profesor Ewing, de la Universidad de Columbia, procedió en 1949 a la exploración de la cordillera que se eleva en medio del Atlántico. A una profundidad entre los 3.000 y los 5.500 metros, descubrió arena costera prehistórica. Se encontró ante un gran enigma, pues la arena, producto de la erosión, no existe en el fondo del mar.

La única conclusión que podía extraerse de este descubrimiento era la siguiente: el terreno se había hundido en el fondo del Atlántico, a menos que las aguas del océano se hubieran encontrado, en una época ya finalizada, a un nivel inferior. Si se aceptase esta última hipótesis, cabría preguntarse qué había sido de toda el agua suplementaria.

Numerosos valles submarinos del Atlántico no son sino continuaciones de ríos existentes: quiere esto decir que, en ciertos lugares, el actual fondo del mar era en otro tiempo tierra firme.

En 1898, un barco cablero francés tropezó, a una profundidad de 3.160 metros, con un trozo de lava vitrea, taquilita, que solamente se forma por encima del nivel del mar. Sería necesario, por tanto, concluir que en este lugar se produjo una erupción volcánica, en una época en que en lugar del océano se encontraba allí tierra firme.

Los Andes debieron de elevarse súbitamente en una época relativamente reciente en la que ya se podía navegar sobre los mares; si se rechaza esta hipótesis, resulta totalmente inexplicable la existencia de un puerto marítimo en el lago Titicaca, a una altitud de 3.800 metros y a 322 kilómetros de distancia del Pacífico. Las argollas destinadas a sujetar las cuerdas al muelle eran tan grandes que sólo habrían podido utilizarlas los navios que cruzaban los océanos. En este extraño puerto de los Andes se encuentran todavía rastros de conchas y de algas marinas. Se ven en él numerosas playas sobrealzadas, y el agua de la parte meridional del lago es, en la actualidad, todavía salada.

No menos misterioso es el puerto megalítico de Ponapé, en las Carolinas. Nan-Matal es una verdadera Venecia, surgida en medio del Océano. Los indígenas no pretenden que sus antepasados hubieran podido construir este puerto. Pero hablan de los reyes-soles que reinaban en la isla y despachaban navios a lejanos países. ¿Qué era ese Nan-Matal? Quizá una vasta isla, cuya mayor parte fue engullida por las aguas en la época en que surgió el puerto del lago Titicaca,

Los indios quechuas afirman que los cereales comenzaron a cultivarse en las proximidades del lago Titicaca; pero en nuestros días el maíz no crece ya a esa elevada altitud. Todo esto nos permite suponer que, en su tiempo, la costa occidental de América del Sur tenía un nivel más elevado. El hundimiento de la Atlántida podría haber provocado la elevación de los Andes.

El explorador mexicano José García Payón ha encontrado en la cordillera dos cabanas recubiertas de una espesa capa de hielo. Restos de conchas indicaban la presencia, en aquel lugar, de una playa marítima en la que se construyeron esas viviendas. En la actualidad, su emplazamiento se halla a 6.300 metros encima del nivel del mar.

LOS SECRETOS DE LA ATLANTIDA : Andrew Thomas