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domingo, 25 de septiembre de 2016

Dioses y Hombres 3 de 7

Dioses y Hombres 3 de 7
Walter F. Otto: Los Dioses de Grecia

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La forma de la deidad muestra al hombre el camino de lo personal desde la esencialidad de la naturaleza. No se hace visible mediante ninguno de sus rasgos; ninguno habla de un yo con voluntad propia, con experiencias y destinos. Se imprime completamente en ella un determinado ser: pero este ser no es único, sino una constancia eterna del mundo vivo. Por ello debía de decepcionar siempre el deseo de almas menesterosas de amor de una ligazón del corazón. Su tierno deseo se enfrió cuando en lugar de un yo, al cual es dable amar u odiar, se encuentra con el ser atemporal, el que no puede atribuir valor absoluto a su existencia contingente. Solamente cuando esta realidad se corresponde, como sentido más elevado y más santo, con los rasgos divinos, arrancan para sí la devoción y el amor. Por esta razón nunca se podría llegar a Grecia en un decidido monoteísmo. También en épocas posteriores, cuando se llegó a la familiaridad con el pensamiento que dice que el sentido de todo ser y acontecer simplemente debía surgir de un único y primer fundamento, no se le dio importancia a este uno, y no se entendieron las doctrinas de los judíos y de los cristianos, ya que éstos predicaban la idea del Uno mientras que ellos habían alabado a muchas apariciones vivientes. El dios griego es la autosorpresa, algo siempre extraño, que no puede ver entre sí a otros. Nunca emplazó al mundo con palabras autoconscientes como «Yo soy éste o aquél», cuyo tono es para las deidades orientales tan característico (véase E. Norden, Agnostos Theos). Incluso las personificaciones homéricas, que tan a gusto colocan a su dios en lo ilimitado, no olvidan que él conoce a otros dioses junto a sí y permite con nobleza que sean reconocidos. El más hermoso ejemplo lo da la divinidad que durante largo tiempo ha ejercido el mayor influjo sobre la vida religiosa de Grecia, y, sin embargo, no quiso utilizar su poder para la destrucción de otros dioses: Apolo. Durante siglos los griegos han buscado consejo para los asuntos religiosos y mundanos en las consultas al oráculo de Delfos; su autoridad traspasó los límites naturales hacia el Este y el Oeste, hacia otras tierras, con otra nacionalidad, lenguaje, cultura y religión. Muchos de los dichos que en su nombre llevaban a los señores de otras tierras nos resultan conocidos, y todavía hoy nos habla su sabiduría a través de la boca de un Píndaro. Pero ¡qué diferencia entre la profecía apolínea y la del Yahvé del Antiguo Testamento! Aquí la predicación apasionada de Dios y de su santísimo nombre, allí la distinguida retracción de la persona divina. Zeus da sus oráculos; por medio de Apolo revela lo justo, pero no a sí mismo. Y así tampoco habla Apolo de sí ni de su grandeza. Él no busca más que el reconocimiento comprensible de su divinidad y el agradecimiento debido a la revelación de la verdad. Se le ha preguntado, muy a menudo, sobre cuestiones de moral y religión, pero nunca es el interrogado el más elevado objeto de la reverencia; ni a los griegos ni a los extranjeros los ha aconsejado de tal manera que no hayan podido ser fieles a sus deidades. Cuanto mayores eran, tanto más lejos se hallaban los dioses griegos de la persona individual. Por otra parte, la personalidad del ser divino, a medida que la religión se profundiza y se convierte en más estricta y sagrada, se resuelve de nuevo en el elevado servicio a la divinidad. Apolo ha señalado a Sócrates de modo grande, como lo reconoce éste antes de la muerte (véase Platón, Apol. 21 y sigs.), pero no para sí mismo, sino para la razón. Y con ello no quería significar ni fe ni rostros, sino el claro conocimiento de las esencias.

Esta superioridad de lo esencial sobre lo personal la encontramos en Atenea. Canciones y obras plásticas la colocan al lado del mejor combatiente. Heracles, Tideo, Aquiles, Odiseo y otros muchos poderosos confían en ella. En el momento de la decisión sienten un divino aliento, y a menudo está ella viva ante sus ojos, en el entusiasmo del mayor riesgo. Ella anima a sus héroes, ella misma

levanta su divino brazo y lo increíble acontece; una sonrisa de la diosa saluda al impávido como vencedor. Donde la prudencia obliga, donde la discreción aconseja, está ella con espíritu vigilante, y el pensamiento recto es su inspiración. ¿Quién no piensa en los héroes de otros pueblos y épocas, que también se hallaban ligados con una mujer divina y que bajo su mirada y con su apoyo realizaron sus acciones? Pero la diferencia es sorprendente. Allí pelea el caballero para acatar a la señora celestial y quiere satisfacerla con su poder y audacia. Pero Atenea nunca es la dama divina de su caballero, y nunca sus actos son para amarla o alabarla. Ciertamente ella busca, como cualquier otro dios, que se reconozca su poder y sabiduría, y que no se olvide pedir su auxilio. Pero ella no cumple con los deseos de sus siervos dependientes, de tal manera que le dediquen con fuego interior o simplemente los hechos realizados. Donde golpea un gran corazón en la tormenta, donde un pensamiento relampaguea extrañamente, allí está presente, más cerca del apresto heroico que de las humillantes plegarias. Lo escuchamos de su propia boca: que el valiente mismo atrae a su persona, no su buena voluntad o resignación. Los hombres que más seguramente pueden alcanzarla no le rinden, absolutamente, ningún culto desacostumbrado, y sería equivocarse pensar que ella alguna vez podría ser motivada en su benevolencia con la ejemplar obediencia del protegido. En el coloquio con

Odiseo (Odisea 13, 287 y sigs.), en el cual se da a conocer como diosa, revela al quejoso que ella nunca lo ha olvidado, y le dice rectamente que es su espíritu superior, que él le agrada y que ella se liga a él: la diosa no puede estar lejos del inteligente e ingenioso. Y cuando el hombre bien probado no anhela creer de la diosa que este país sea realmente su Itaca, ella no se siente agraviada en su sagrada persona; no es mala con el escéptico, sino que se alegra con esa nueva prueba de su vigilante discreción y reconoce que por eso no puede dejarlo en el problema.

Sería una mala interpretación ver los relatos de la venganza de una diosa olvidada como prueba de una personalidad envidiosa. ¿No experimentamos acaso también un desafío en la propia presunción y tememos llamar a la desgracia cuando hablamos en alta voz de nuestra suerte? La perdurabilidad de este temor prueba cuán profundamente se halla arraigado en la naturaleza. ¡Y también el desatino de compararse con los dioses! Contra ello previenen muchos mitos. Níobe, la madre de doce preciosos hijos, ha vencido en insolencia a la diosa Leto que sólo ha engendrado a dos (Ilíada 24, 603 y sigs.). Así se perdió con un golpe y fue aislada en un triste monumento eternamente. Otros mitos señalan la fructífera caída del hombre, que ha olvidado o ha sido olvidado por los poderes celestiales, y que sin su apoyo no puede estar presto. Quien es ciego para los altos poderes se arroja en el abismo. La verdad de la vida de estos relatos típicos no se desconoce. Es de especial significación que cuando una deidad toma venganza será poco señalada por otras volunta-des. Hera y Atenea, que siguieron muy bien el juicio de Paris, se convirtieron en el enemigo mortal de Troya. No debemos afligirnos porque el relato del conflicto de la belleza de las diosas alguna vez pudo ser contado. Para el espíritu homérico adquiere un sentido muy serio. Cuando Paris despreció a Hera y a Atenea, en ese momento se puso en contra de la dignidad y del heroísmo. Los espíritus que él desprecia debían oponérsele. Pensamos ciertamente en el sentido de la cosmovisión homérica cuando decimos: era su destino, el que debía escoger. Cada poder de la vida es celoso, no cuando se lo reconoce como uno entre otros, sino cuando se rechaza su voluntad o se le hace caso omiso. Paris ha despedido a los genios de la nobleza y de la acción. En cambio se halla junto a Hipólito, como nos lo muestra Eurípides. Y aquí el mito no abandona al destino desde fuera, como elección forzada, el cuidado de los hombres: su carácter propio consiste en haber llegado al momento decisivo y haber así puesto en marcha la tragedia. Con todo el entusiasmo de su corazón puro venera el joven hijo del rey a la diosa del alba, Ártemis, cuyo brillo hace relucir las flores. Como el joven desprecia toda afrenta y rodeo, así demuestra su inocencia: con simples pensamientos hacia la diosa de la dulce noche (Eurípides, Hipól. 99 y sigs.). Pero él no lo demuestra, simplemente vuelve de espaldas su altanería. Su altivez no conoce ningún respeto ante el poderío divino que arrastra a todo lo viviente. Orgullo y dureza lo llevan por encima de la infeliz mujer que arde como una brasa. Su virtud permanece intacta frente a la más sublime benevolencia de Afrodita, la que sabe (véase Wilamowitz, Eurípides, Hipólito, Introducción). Así ella se convertirá para él en destino. El favorito de una diosa rompe, sin que ella pueda salvarlo, el desmedido e inhumano desprecio de otros. En

este ejemplo se mostró qué distancia existe entre los hombres y las deidades por más humanas que pudieran parecer. En la esfera celeste se hallan las formas puras enfrentadas. Allí se atreve la intacta Ártemis a mirar la ternura de Afrodita con fresca extrañeza. Pero el hombre corre peligro cuando busca estar en la cima de la soledad y pretende ser tan incondicional como sólo un dios puede serlo. No piden eso de él; ellos desean que se modere en la esfera que le corresponde donde todas las divinidades actúan juntas y ninguna se atreve a detentar la atención. La distinción entre lo humano y lo divino, que es también lo propio de las doctrinas y advertencias, proviene de los dioses. Ellos hablan al hombre no de los orígenes, plenos de misterio, y de las determinaciones, no le señalan un camino por encima de la forma natural de su esencia hacia una situación sobrehumana de perfección y bienaventuranza. Por el contrario, lo previenen contra ciertos pensamientos y búsquedas, y agudizan su mirada para la ordenación de la naturaleza. Sin embargo, sectas órficas y pitagóricas creían en un saber superior para poseer y conocer por medio de la revelación el camino sagrado, el que debía conducir a la plenitud. Pero ellos están de este lado de la piedad de los grandes siglos. Los olímpicos, que desde Homero a Sócrates otorgan su sello a la religión, la que por boca de un Esquilo o de un Píndaro nos habla todavía hoy, se hallan muy alejados de llevar al hombre a misterios sobrenaturales, planificándolo con ocultas esencias de los dioses. No al cielo, sino a sí mismos. Lo cual no significa una prueba de conciencia moral ni reconocimiento de pecado. «Conócete a ti mismo» —esta frase, que ya fuera dicha, aunque con otras palabras, por el homérico Apolo, quiere decir: «fíjate en la forma natural de la naturaleza, reconoce los límites de la humanidad; reconoce lo que el hombre es y cuán lejana es la distancia que lo separa del señorío de los dioses eternos».

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