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domingo, 7 de agosto de 2016

DIOSES SUMERIOS- VERDADES Y MITOS 3 de 3

DIOSES SUMERIOS- VERDADES Y MITOS 3 de 3


Volviendo a los escritos mesopotámicos, por fin y tras varios intentos, los dioses consiguieron sus objetivos: El ser humano había sido creado… 

Ninti... cuenta los meses...
Al destinado 10° mes llamaron;
la Dama Cuya Mano Abre llegó.
Con el... ella abrió el útero.
Su rostro brilló de alegría.
Su cabeza fue cubierta;
... hizo una abertura;
lo que estaba en el útero salió.
«¡Yo he creado!
¡Mis manos lo han hecho!»
En la arcilla, el dios y el Hombre se atarán,
a la unidad llevados juntos;
de manera que, hasta el final de los días,
la Carne y el Alma
que en un dios ha madurado
esa Alma en un parentesco de sangre está atada;
como su Señal la vida proclamará.
De manera que esto no se olvide,
que el «Alma» en un parentesco de sangre está atada.

El “Adapa” (o Adán bíblico) había sido creado. Dicho de otra manera, El Homo sapiens había sido creado. 

Representación del dios Enki (Ea), el artífice de la creación del ser humano. Su idea de modificar genéticamente a un antiguo homínido que habitaba cerca de las minas africanas donde extraían metales los dioses, supuso ese "gran paso evolutivo" que la ciencia del hombre del siglo XXI aún no ha sabido esclarecer. 

Conclusiones 

Todas las pistas conducen a África como el primer escenario donde el hombre moderno hizo acto de presencia. El homínido del género Homo es un producto de la evolución, algo totalmente demostrado gracias al esfuerzo de los paleontólogos. Pero el Homo sapiens es el producto de un acontecimiento repentino, revolucionario…, milagroso, tal y como nos lo describe la religión, un acto de voluntad “divina”. Responde perfectamente también a la polémica que dos eminentes evolucionistas mantuvieron en su momento, Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, quien éste último mantenía que, la evolución del hombre se debía a “un único y gran salto cualitativo, en algo sobrenatural que no obedecía a lo expuesto por Darwin”. No hay pues, incompatibilidad en los aspectos básicos entre la ciencia y la religión a la hora de describir la aparición del hombre moderno en nuestro mundo. En pleno proceso evolutivo de un homínido, la “divinidad o divinidades””, aceleraron dicho proceso, dando el salto cualitativo al que se refería Wallace, eliminando la existencia de ese eslabón perdido buscado largamente por nuestros paleontólogos. 

En los distintos textos mesopotámicos, la decisión de crear al hombre se adoptó en un consejo o reunión de los dioses. Es de destacar que, el libro del Génesis (1:26-27), que supuestamente, tiene una visión exclusivamente monoteísta utilice el plural Elohim (literalmente señores o deidades) para referirse a “Dios”, haciéndonos un sorprendente comentario: 

Y Elohim dijo:
Hagamos al Hombre a nuestra imagen,
como semejanza nuestra 

Aunque el Génesis no ofrece demasiadas pistas, los textos mesopotámicos son bastante más explícitos en el tema. No sólo afirmaban que hacía falta sangre para la mezcla de la cual se elaboró el hombre, sino que también especificaban que tenía que ser la sangre de un dios, para conseguir una apariencia física semejante… 

De su [de él] sangre, ellos forjarán a la Humanidad;
imponiéndole el servicio, que libere a los dioses...
Fue un trabajo más allá de la comprensión.


Para los cristianos por ejemplo, tener la “imagen o semejanza” de Dios significa, en términos simples, que fuimos hechos para parecernos a Dios, pero no a nivel físico. Adán no se parecía a Dios en el sentido de que Dios tuviera carne y sangre. Su concepción es meramente espiritual. Por el contrario, los textos mesopotámicos, mucho más ricos en detalles dejan muy claro que el “Adapa” o primer hombre, era prácticamente igual físicamente a sus creadores, los dioses. Esta circunstancia incluso llevó a mantener relaciones entre humanos y dioses, donde se engendraron nuevos seres mitad hombres, mitad dioses. La propia Biblia, también en el Génesis (Capítulo VI) hace mención al gran interés de los “hijos de Dios” por las “hijas de los hombres”, de cuyo resultado todos conocemos las consecuencias, la aparición de los gigantes y el posterior Diluvio Bíblico. 

Importante es destacar por último el papel “físico” para la creación por parte de los dioses del ser humano, que nos señala el investigador Zecharia Sitchin en el siguiente comentario: 

"…por fin, se logró el Hombre perfecto -al que Enki llamó Adapa; la Biblia, Adán; y nuestros expertos, Homo sapiens. Este ser era tan similar a los dioses que, en un texto, se llega incluso al punto de decir que la Diosa Madre le dio a su criatura, el Hombre, «una piel como la piel de un dios» -un cuerpo suave y sin pelo, bastante diferente del peludo hombre-simio. Con este producto final, los nefilim fueron genéticamente compatibles con las hijas del Hombre, y pudieron casarse con ellas y tener hijos de ellas. Pero tal compatibilidad sólo podría darse si el Hombre se hubiera desarrollado a partir de la misma «simiente de vida», como los nefilim. Y, ciertamente, esto es lo que los antiguos textos intentaban decir. El Hombre, tanto en el concepto mesopotámico como en el bíblico, estaba hecho de la mezcla de un elemento divino -la sangre de un dios o la «esencia» de su sangre- y de la «arcilla» de la Tierra. Y la verdad es que el término lulu que se le aplicaba al Hombre, aunque llevando el sentido de «primitivo», significaba literalmente «aquel que ha sido mezclado»..."

Habiéndole pedido que diera forma a un hombre, la Diosa Madre «se lavó las manos, tomó un pellizco de arcilla, lo mezcló en la estepa». (Resulta fascinante observar aquí las precauciones higiénicas que tomó la diosa. «Se lavó las manos.» Nos encontramos también estos procedimientos clínicos en otros textos de la creación.) El uso de «arcilla» terrestre mezclada con «sangre» divina para crear el prototipo del Hombre está firmemente establecido en los textos mesopotámicos. En uno de ellos, donde se cuenta cómo se le pidió a Enki que «efectuara una gran obra de Sabiduría» -de «saber hacer» científico-, afirma que Enki no tuvo grandes problemas en llevar a cabo la tarea de «elaborar servidores para los dioses». «¡Se Puede hacer!», anunció. Y, después, dio estas instrucciones a la Diosa Madre: 

«Mezcla a un corazón la arcilla
del Fundamento de la Tierra,
-justo por encima del Abzu-
y dale la forma de un corazón.
Yo proporcionaré buenos e inteligentes dioses jóvenes
que llevarán esa arcilla hasta el estado adecuado».

El segundo capítulo del Génesis ofrece esta versión técnica: 

Y Yahveh, Elohim, formó el Adán
de la arcilla del suelo;
y Él sopló en sus narices el aliento de vida,
y el Adán se convirtió en un Alma viviente.

El término hebreo que se traduce, normalmente, como «alma» es nephesh, ese esquivo «espíritu» que anima a la criatura viva y que parece que la abandone cuando muere. No por casualidad, el Pentateuco (los cinco primeros libros del Antiguo Testamento) exhorta una y otra vez contra el derramamiento de sangre humana y la ingestión de sangre animal «porque la sangre es el nephesh». La versión bíblica de la creación del hombre equipara, de este modo, nephesh («espíritu», «alma») y sangre. 

El Antiguo Testamento ofrece otra pista sobre el papel de la sangre en la creación del Hombre. El término adama (del cual proviene el nombre de Adán) significa, originalmente, no sólo cualquier tierra o suelo, sino, específicamente, suelo rojo oscuro. Al igual que la palabra acadia homologa adamatu («tierra roja oscura»), el término hebreo adama y el nombre hebreo del color rojo (adom) provienen de las palabras empleadas para designar la sangre: adatnu, dam. Cuando el libro del Génesis nombra al ser creado por Dios «el Adán», emplea un juego de doble significado muy habitual en la lingüística sumeria. «El Adán» podía significar «el de la tierra» (terrestre), «el hecho de suelo rojo oscuro», y «el hecho de sangre». 


La misma relación entre el elemento esencial de las criaturas vivas y la sangre existe en los relatos mesopotámicos de la creación del Hombre. Esa especie de hospital donde Ea y la Diosa Madre engendraron al Hombre recibía el nombre de Casa de Shimti. La mayoría de los expertos lo traducen como «la casa donde se determinan los destinos». Pero el término Shimti proviene, inequívocamente, del sumerio SHI.IM.TI, que, tomado sílaba a sílaba, significa «respirar-viento-vida». Así pues, Bit Shimti significaría, literalmente, «la casa donde el viento de la vida se insufla», lo cual es, virtualmente, idéntico a la afirmación bíblica…” 

http://www.taringa.net/post/ciencia-educacion/8599812/Dioses-Sumerios--Verdades-y-Mitos.html

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