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martes, 23 de agosto de 2016

ORGANIZACIONES INICIÁTICAS Y SOCIEDADES SECRETAS

ORGANIZACIONES INICIÁTICAS Y SOCIEDADES SECRETAS 
Rene Guenon


Sobre la naturaleza de las organizaciones iniciáticas, hay otro error muy frecuente, que deberá retenernos durante más tiempo que el que consiste en asimilarlas a las «sectas» religiosas, ya que se refiere a un punto que parece particularmente difícil de comprender por la mayor parte de nuestros contemporáneos, pero que consideramos completamente esencial: es que tales organizaciones difieren totalmente, por su naturaleza misma, de todo lo que, en nuestros días, se llaman «sociedades» o «asociaciones», ya que éstas están definidas por caracteres exteriores que pueden faltar enteramente en aquellas, y que, incluso si se introducen a veces en ellas, permanecen siempre accidentales y no deben ser considerados, así como ya lo hemos indicado desde el comienzo, más que como el efecto de una suerte de degeneración, o, si se quiere, de «contaminación», en el sentido de que en eso se trata de la adopción de formas profanas o al menos exotéricas, sin ninguna relación con la meta real de estas organizaciones. Así pues, es completamente erróneo identificar, como se hace comúnmente, «organizaciones iniciáticas» y «sociedades secretas»; y, primeramente, es muy evidente que las dos expresiones no pueden coincidir de ninguna manera en su aplicación, ya que, de hecho, hay bastantes tipos de sociedades secretas, muchas de las cuales no tienen, ciertamente, nada de iniciático; ellas pueden constituirse debido al hecho de una simple iniciativa individual, y para una meta cualquiera; por lo demás, tendremos que volver de nuevo sobre esto después. Por otra parte, y esa es sin duda la causa principal del error que acabamos de mencionar, si ocurre que una organización iniciática toma accidentalmente, como lo decíamos hace un momento, la forma de una sociedad, ésta será forzosamente secreta, al menos en uno de los sentidos que se dan a esta palabra en parecido caso, y que no siempre se tiene el cuidado de distinguir con una precisión suficiente. 

En efecto, es menester decir que, en el uso corriente, parecen vincularse a esta expresión de «sociedades secretas» varias significaciones bastante diferentes las unas de las otras, y que no parecen necesariamente ligadas entre ellas, de aquí las divergencias de opinión cuando se trata de saber si esta designación conviene realmente a tal o a cual caso particular. Algunos quieren restringirla a las asociaciones que disimulan su existencia, o al menos el nombre de sus miembros; otros la extienden a aquellas que son simplemente «cerradas», o que no guardan el secreto más que sobre algunas formas especiales, rituales o no, adoptadas por ellas, sobre algunos medios de reconocimiento reservados a sus miembros, o sobre otras cosas de este género; y, naturalmente, los primeros protestarán cuando los segundos califiquen de secreta a una asociación que efectivamente no podría entrar en su propia definición. Decimos «protestarán» porque, muy frecuentemente las discusiones de este tipo no tiene un carácter enteramente desinteresado: cuando los adversarios más o menos abiertamente declarados de una asociación cualquiera la llaman secreta, con razón o sin ella, ponen en eso manifiestamente una intención polémica y más o menos injuriosa, como si el secreto no pudiera tener a sus ojos más que motivos «inconfesables», e incluso se puede discernir en ello a veces como una suerte de amenaza apenas disfrazada, en el sentido de que hay en eso una alusión expresa a la «ilegalidad» de una tal asociación, ya que apenas hay necesidad de decir que es siempre sobre el terreno «social», si no incluso más precisamente «político», donde se tienen preferentemente semejantes discusiones. Es muy comprehensible que, en estas condiciones, los miembros o los partidarios de la asociación en causa se esfuercen en establecer que el epíteto de «secreta» no podría convenirle realmente, y que, por esta razón, no quieran aceptar más que la definición más limitada, la que, muy evidentemente, no podría serle aplicable. Por lo demás, de una manera completamente general, se puede decir que la mayor parte de las discusiones no tienen otra causa que una falta de entendimiento sobre el sentido de los términos que se emplean; pero, cuando hay en juego intereses cualesquiera, así como ocurre aquí, detrás de esta divergencia en el empleo de las palabras, es muy probable que la discusión pueda proseguirse indefinidamente sin que los adversarios lleguen nunca a ponerse de acuerdo. En todo caso, las contingencias que intervienen en eso están ciertamente muy lejos del dominio iniciático, el único que nos concierne; si hemos creído deber decir aquí algunas palabras al respecto, es únicamente para despejar el terreno en cierto modo, y también porque eso bastaba para mostrar que, en todas las querellas que se refieren a las sociedades secretas o supuestas tales, o no es de organizaciones iniciáticas de lo que se trata, o al menos no es el carácter de éstas como tales el que está en causa, lo que, por lo demás, sería imposible por otras razones más profundas que la continuación de nuestra exposición harán comprender mejor. 

Colocándonos enteramente fuera de esas discusiones y desde un punto de vista que no puede ser más que el de un conocimiento completamente desinteresado, podemos decir esto: una organización, ya sea que revista o no las formas particulares, y por lo demás completamente exteriores, que permitan definirla como sociedad, podrá ser calificada de secreta, en el sentido más amplio de esta palabra, y sin que ello implique la menor intención desfavorable[1], cuando esa organización posea un secreto, de cualquier naturaleza que sea, y que sea tal por la fuerza misma de las cosas o solo en virtud de una convención más o menos artificial y más o menos expresa. Esta definición, pensamos, es bastante amplia como para que se puedan hacer entrar en ella todos los casos posibles, desde el de las organizaciones iniciáticas más alejadas de toda manifestación exterior, hasta el de simple sociedades con una meta cualquiera, política u otra, y que no tienen, como lo decíamos más atrás, nada de iniciático, y ni siquiera nada de tradicional. Así pues, es en el interior del dominio que abarca, y basándonos para ello tanto como sea posible en sus términos mismos, como debemos hacer las distinciones necesarias, y eso de una manera doble, es decir, por una parte, entre las organizaciones que son sociedades y las que no lo son, y, por otra, entre las que tienen un carácter iniciático y las que están desprovistas de él, ya que, debido al hecho de la «contaminación» que hemos señalado, estas dos distinciones no pueden coincidir exactamente; coincidirían solo si las contingencias históricas no hubieran acarreado, en algunos casos, una intrusión de formas profanas en organizaciones que, por su origen y por su meta esencial, son no obstante de naturaleza incontestablemente iniciática. 

Sobre el primero de los dos puntos que acabamos de indicar, no hay lugar a insistir muy largamente, ya que, en suma, todo el mundo sabe lo que es una «sociedad», es decir, una asociación que tiene estatutos, reglamentos, reuniones en lugar y fecha fijas, que tiene registro de sus miembros, que posee archivos, actas de sus sesiones y otros documentos escritos, en una palabra que está rodeada de todo un aparato exterior más o menos embarazoso[2]. Todo eso, lo repetimos, es perfectamente inútil para una organización iniciática, que, en cuanto a formas exteriores, no tiene necesidad de nada más que de un cierto conjunto de ritos y de símbolos, que, del mismo modo que la enseñanza que los acompaña y los explica, deben transmitirse regularmente por tradición oral. Recordaremos también, a este propósito, que, incluso si ocurre a veces que estas cosas sean puestas por escrito, eso nunca puede ser más que a título de simple «ayuda para la memoria», y que eso no podría dispensar en ningún caso de la transmisión oral y directa, puesto que solo ella permite la comunicación de una influencia espiritual, lo que constituye la razón de ser fundamental de toda organización iniciática; un profano que conociera todos los ritos, por haber leído su descripción en los libros, no estaría iniciado de ningún modo por eso, ya que, es bien evidente que, de ese modo, la influencia espiritual vinculada a esos ritos no le habría sido transmitida de ninguna manera. 

Una consecuencia inmediata de lo que acabamos de decir, es que una organización iniciática, en tanto que no toma la forma accidental de una sociedad, con todas las manifestaciones exteriores que ésta implica, es en cierto modo «inaprehensible» para el mundo profano; y se puede comprender sin esfuerzo que ella no deja ningún rastro accesible a las investigaciones de los historiadores ordinarios, cuyo método tiene como carácter esencial no referirse únicamente más que a los documentos escritos, los cuales son inexistentes en parecido caso. Por el contrario, toda sociedad, por secreta que pueda ser, presenta «exteriores» que están forzosamente al alcance de las investigaciones de los profanos, «exteriores» por los que siempre es posible que éstos lleguen a tener conocimiento de ella en cierta medida, incluso si son incapaces de penetrar su naturaleza más profunda. No hay que decir que esta última restricción concierne a las organizaciones iniciáticas que han tomado una tal forma, o diríamos de buena gana, que han degenerado en sociedades por causa de las circunstancias y del medio donde se encuentran situadas; y agregaremos que este fenómeno no se ha producido nunca tan claramente como en el mundo occidental moderno, donde afecta a todo lo que subsiste todavía de las organizaciones que pueden reivindicar un carácter auténticamente iniciático incluso si, como se constata muy frecuentemente, este carácter, en su estado actual, ha llegado a ser desconocido o incomprendido por la mayor parte de sus miembros mismos. No queremos buscar aquí las causas de este desconocimiento, que son diversas y múltiples, y que se deben en gran parte a la naturaleza especial de la mentalidad moderna; señalaremos solo que esta forma de sociedades puede no ser inocua en sí misma, ya que, puesto que lo exterior toma en ellas inevitablemente una importancia desproporcionada con su valor real, lo accidental acaba por ocultar completamente lo esencial; y, además, las similitudes aparentes con las sociedades profanas pueden ocasionar también muchas equivocaciones sobre la verdadera naturaleza de estas organizaciones. 

No daremos más que un solo ejemplo de esas equivocaciones, que toca muy de cerca el fondo mismo de nuestro tema: cuando se trata de una sociedad profana, uno puede salir de ella del mismo modo que ha entrado, y se encuentra entonces pura y simplemente con lo que era antes; una dimisión o una expulsión basta para que todo lazo sea roto, puesto que ese lazo es evidentemente de una naturaleza completamente exterior y no implica ninguna modificación profunda del ser. Por el contrario, desde que se ha sido admitido en una organización iniciática, cualquiera que sea, jamás, por ningún medio, se puede dejar de estar vinculado a ella, puesto que la iniciación, por eso mismo de que consiste esencialmente en la transmisión de una influencia espiritual, es necesariamente conferida de una vez por todas y posee un carácter propiamente indeleble; se trata de un hecho de orden «interior» contra el que ninguna formalidad administrativa puede nada. Pero, por todas partes donde hay una sociedad, hay por eso mismo formalidades administrativas, y puede haber también dimisiones o expulsiones, por las que, según las apariencias, se dejará de formar parte de la sociedad considerada; y se ve de inmediato el equívoco que resultará de eso en el caso donde ésta no represente en suma más que la «exterioridad» de una organización iniciática. Por consiguiente, en todo rigor, sería menester hacer entonces, bajo esta relación, una distinción entre la sociedad y la organización iniciática como tal; y, puesto que la primera no es, como lo hemos dicho, más que una simple forma accidental y «sobrepuesta», de la que la segunda, en sí misma y en todo lo que constituye su esencia, permanece enteramente independiente, la aplicación de esta distinción presenta en realidad muchas menos dificultades de lo que podría parecer a primera vista. 

Otra consecuencia a la que somos llevados lógicamente por estas consideraciones sería ésta: una sociedad, incluso secreta, siempre puede ser el blanco de atentados provenientes del exterior, porque, en su constitución, hay elementos que se sitúan, si se puede decir, al mismo nivel que éstos; así pues, concretamente, podría ser disuelta por la acción de un poder político. Por el contrario, la organización iniciática, por su naturaleza misma, escapa a tales contingencias, y ninguna fuerza exterior puede suprimirla; en este sentido también, es verdaderamente «inaprehensible». En efecto, puesto que la cualidad de sus miembros no puede perderse nunca ni serles arrebatada, conserva una existencia efectiva en tanto que uno solo de entre ellos permanezca vivo, y solo la muerte del último implicará su desaparición; pero esta eventualidad misma supone que sus representantes autorizados, por razones cuyos únicos jueces son ellos, habrán renunciado a asegurar la continuación de la transmisión de la que son los depositarios; y así, la única causa posible de su supresión, o más bien de su extinción, se encuentra necesariamente en su interior mismo. 

En fin, toda organización iniciática es también «inaprehensible» desde el punto de vista de su secreto, puesto que éste es tal por naturaleza y no por convención, y puesto que, por consiguiente, no puede ser penetrado en ningún caso por los profanos, hipótesis que implicaría en sí misma una contradicción, ya que el verdadero secreto iniciático no es nada más que lo «incomunicable», y sólo la iniciación puede dar acceso a su conocimiento. Pero esto se refiere más bien a la segunda de las dos distinciones que hemos indicado más atrás, la de las organizaciones iniciáticas y de las sociedades secretas que no tienen en modo alguno ese carácter; por lo demás, esta distinción, parece, debería poder hacerse muy fácilmente por la diferencia misma de la meta que se proponen las unas y las otras; pero, de hecho, la cuestión es más compleja de lo que parece a primera vista. No obstante, hay un caso que no puede ofrecer ninguna duda: cuando uno se encuentra en presencia de una agrupación constituida para fines cualesquiera y cuyo origen es enteramente conocido, de la cual se sabe que ha sido creada completamente por unas individualidades cuyos nombres se pueden citar, y que no posee por consiguiente ningún vinculamiento tradicional, uno puede estar seguro de que esta agrupación, cualesquiera que sean por lo demás sus pretensiones, no tiene absolutamente nada de iniciático. La existencia de formas rituales en algunas de esas agrupaciones no cambia nada al respecto, ya que tales formas, tomadas o imitadas de las organizaciones iniciáticas, no son entonces más que una simple parodia desprovista de todo valor real; y por otra parte, esto no se aplica solo a organizaciones cuyos fines son únicamente políticos o más generalmente «sociales», en uno cualquiera de los sentidos que se pueden atribuir a esta palabra, sino también a todas esas formaciones modernas que hemos llamado pseudoiniciáticas, comprendidas ahí aquellas que invocan un vago vinculamiento «ideal» a una tradición cualquiera. 

Por el contrario, puede haber duda desde que se trata de una organización cuyo origen presenta algo enigmático y que no podría ser atribuido a unas individualidades definidas; en efecto, inclusive si sus manifestaciones conocidas no tienen evidentemente ningún carácter iniciático, puede ser no obstante que represente una desviación o una degeneración de algo que era primitivamente tal. Esta desviación, que puede producirse sobre todo bajo la influencia de preocupaciones de orden social, supone que la incomprehensión de la meta primera y esencial ha devenido general en los miembros de dicha organización; por lo demás, puede ser más o menos completa, y lo que subsiste todavía de organizaciones iniciáticas en occidente representa en cierto modo, en su estado actual, un estadio intermediario a este respecto. El caso extremo será aquel donde, aunque se conservan no obstante las formas rituales y simbólicas, nadie tiene ya la menor consciencia de su verdadero carácter iniciático, de suerte que ya no se las interpreta más que en función de alguna aplicación contingente cualquiera; por lo demás, legítimo o no, esa no es la cuestión, puesto que la degeneración consiste propiamente en el hecho de que no se considera nada más allá de esta aplicación y del dominio más o menos exterior al que ella se refiere especialmente. Está bien claro que, en parecido caso, aquellos que no ven las cosas más que «desde el exterior» serán incapaces de discernir aquello de lo que se trata en realidad y de hacer la distinción entre tales organizaciones y aquellas de las que hablábamos en primer lugar, tanto más cuanto que, cuando éstas han llegado a no tener ya, conscientemente al menos, más que una meta similar a aquella por la cual las otras han sido creadas artificialmente, de eso resulta una suerte de «afinidad» de hecho en virtud de la cual las unas y las otras pueden encontrarse en contacto más o menos directo, e incluso acabar a veces por entremezclarse de manera más o menos inextricable. 

Para hacer comprender mejor lo que acabamos de decir, conviene apoyarse en casos precisos; citaremos así el ejemplo de dos organizaciones que, exteriormente, pueden parecer bastante comparables entre ellas, y que, sin embargo, difieren claramente por sus orígenes, del tal suerte que entran respectivamente en la una y en la otra de las dos categorías que acabamos de distinguir: los Iluminados de Baviera y los Carbonarios. En lo que concierne a los primeros, los fundadores son conocidos, y se sabe de qué manera han elaborado el «sistema» por su propia iniciativa, al margen de todo vinculamiento a nada preexistente; se sabe también por qué etapas sucesivas han pasado los grados y los rituales, de los que algunos nunca fueron practicados y no existieron más que sobre el papel; pues todo fue puesto por escrito desde el comienzo y a medida que se desarrollaban y se precisaban las ideas de los fundadores, y eso es incluso lo que hizo fracasar sus planes, que, bien entendido, se referían exclusivamente al dominio social y no le rebasaban bajo ningún aspecto. Así pues, no es dudoso que en eso no se trata más que de la obra artificial de algunos individuos, y que las formas que habían adoptado no podían constituir más que un simulacro o una parodia de iniciación, puesto que faltaba el vinculamiento tradicional y puesto que la meta realmente iniciática era extraña a sus preocupaciones. Si se considera al contrario el Carbonarismo, se constata, por una parte, que es imposible asignarle un origen «histórico» de este género, y, por otra, que sus rituales presentan claramente el carácter de una «iniciación de oficio», emparentado como tal a la Masonería y al Compañerazgo; pero, mientras que éstos han guardado siempre una cierta conciencia de su carácter iniciático, por disminuida que esté debido a la intrusión de preocupaciones de orden contingente, y a la parte cada vez mayor que se les ha hecho en ellos, parece (aunque nunca se pueda ser absolutamente afirmativo a este respecto, puesto que un pequeño número de miembros, y que no son forzosamente los jefes aparentes, pueden constituir siempre la excepción a la incomprehensión general sin dejar aparecerlo en nada)[3] que el Carbonarismo haya llevado finalmente la degeneración al extremo, hasta el punto de no ser nada más de hecho que aquella simple asociación de conspiradores políticos cuya acción es conocida en la historia del siglo XIX. Los Carbonarios se mezclaron entonces a otras asociaciones de fundación completamente reciente y que nunca habían tenido nada de iniciático, mientras que, por otro lado, muchos de entre ellos pertenecían al mismo tiempo a la Masonería, lo que puede explicarse a la vez por la afinidad de las dos organizaciones y por una cierta degeneración de la Masonería misma, que va en el mismo sentido, aunque menos lejos, que la del Carbonarismo. En cuanto a los Iluminados, sus relaciones con la Masonería tuvieron un carácter completamente diferente: aquellos que entraron en ella no lo hicieron más que con la intención bien determinada de adquirir una influencia preponderante y de servirse de ella como de un instrumento para la realización de sus designios particulares, lo que fracasó por lo demás como todo el resto; y, para decirlo de pasada, por esto se ve bastante bien cuan lejos están de la verdad aquellos que pretenden hacer de los Iluminados mismos una organización «masónica». Agregaremos también que la ambigüedad de esta denominación de «Iluminados» no debe ilusionar a nadie: la misma no era tomada ahí más que en una acepción estrictamente «racionalista», y es menester no olvidar que, en el siglo XVIII, las «luces» tenían en Alemania una significación casi equivalente a la de la «filosofía» en Francia, es decir, que no se podría concebir nada más profano e incluso más formalmente contrario a todo espíritu iniciático o solamente tradicional. 

Abriremos aún un paréntesis a propósito de esta última precisión: si ocurre que ideas «filosóficas» y más o menos «racionalistas» se infiltran en una organización iniciática, es menester no ver en eso más que el efecto de un error individual (o colectivo) de sus miembros, debido a su incapacidad de comprender su verdadera naturaleza, y por consiguiente de guardarse de toda «contaminación» profana; este error, bien entendido, no afecta en modo alguno al principio mismo de la organización, pero es uno de los síntomas de esta degeneración de hecho de la que hemos hablado, degeneración que, por lo demás, puede alcanzar un grado más o menos avanzado. Diremos otro tanto del «sentimentalismo» y del «moralismo» bajo todas sus formas, cosas no menos profanas por su naturaleza misma; por lo demás, en general, todo eso está ligado más o menos estrechamente a un predominio de las preocupaciones sociales; pero es sobre todo cuando éstas llegan a tomar una forma específicamente «política», en el sentido más estrecho de la palabra, cuando la degeneración corre el riesgo de devenir irremediable. Uno de los fenómenos más extraños en este género, es la penetración de las ideas «democráticas» en las organización iniciáticas occidentales (y naturalmente, aquí pensamos sobre todo en la Masonería, o al menos en algunas de sus fracciones), sin que sus miembros parezcan apercibirse de que en eso hay una contradicción pura y simple, e incluso, bajo un doble aspecto: en efecto, por definición misma, toda organización iniciática está en oposición formal con la concepción «democrática» e «igualitaria», primeramente en relación al mundo profano, frente al cual ella constituye, en la acepción más exacta del término, una «elite» separada y cerrada, y después en sí misma, por la jerarquía de grados y de funciones que establece necesariamente entre sus propios miembros. Por lo demás, este fenómeno no es más que una de las manifestaciones de la desviación del espíritu occidental moderno que se extiende y penetra por todas partes, incluso allí donde debería encontrar la resistencia más irreductible; y esto, por otra parte, no se aplica únicamente al punto de vista iniciático, sino también al punto de vista religioso, es decir, en suma a todo lo que posee un carácter verdaderamente tradicional. 

Así, al lado de organizaciones que han permanecido puramente iniciáticas, hay aquellas que, por una razón o por otra, han degenerado o se han desviado más o menos completamente, pero que, no obstante, permanecen todavía iniciáticas en su esencia profunda, por incomprendida que ésta sea en su estado presente. Hay después aquellas que no son más que su contrahechura o su caricatura, es decir, las organizaciones pseudoiniciáticas; y finalmente hay otras organizaciones de carácter igualmente más o menos secreto, pero que no tienen ninguna pretensión de este orden, y que no se proponen sino metas que no tienen evidentemente ninguna relación con el dominio iniciático; pero debe entenderse bien que, sean cuales sean las apariencias, las organizaciones pseudoiniciáticas son en realidad tan profanas como estas últimas, y que así las unas y las otras no forman verdaderamente más que un solo grupo, por oposición al de las organizaciones iniciáticas, puras o «contaminadas» de influencias profanas. Pero, a todo eso, es menester agregar aún otra categoría, las de las organizaciones que dependen de la «contrainiciación», y que tienen ciertamente, en el mundo actual, una importancia mucho más considerable de lo que se estaría tentando a suponer comúnmente; nos limitaremos aquí a mencionarlas, sin lo cual nuestra enumeración presentaría una grave laguna, y señalaremos solo una nueva complicación que resulta de su existencia: ocurre en algunos casos que ejercen una influencia más o menos directa sobre las organizaciones profanas, y especialmente pseudoiniciáticas[4]; de ahí surge una dificultad más para determinar exactamente el carácter real de tal o cual organización; pero, bien entendido, no vamos a ocuparnos aquí del examen de los casos particulares, y nos basta haber indicado con suficiente claridad la clasificación que conviene establecer de una manera general. 

Sin embargo, eso todavía no es todo: hay organizaciones que, aunque no tienen en sí mismas más que una meta de orden contingente, poseen no obstante un verdadero vinculamiento tradicional, porque proceden de organizaciones iniciáticas de las que, en cierto modo, no son más que una emanación, y por las que son dirigidas «invisiblemente», aunque sus jefes aparentes sean enteramente extraños al asunto. Este caso, como ya lo hemos indicado, se encuentra en particular en las organizaciones secretas extremo orientales: constituidas únicamente en vista de una meta, especial, generalmente no tienen más que una existencia pasajera, y desaparecen sin dejar rastro desde que su misión está cumplida; pero, en realidad, representan el último escalón, y el más exterior de una jerarquía que se eleva de grado en grado hasta las organizaciones iniciáticas más puras y más inaccesibles a las miradas del mundo profano. Así pues, aquí no se trata en modo alguno de una degeneración de las organizaciones iniciáticas, sino más bien de formaciones expresamente queridas por éstas, sin que ellas mismas desciendan a ese nivel contingente y se mezclen a la acción que se ejerce en él, y eso para fines que, naturalmente, son muy diferentes de todo lo que puede ver o suponer un observador superficial. Recordaremos lo que ya hemos dicho más atrás sobre este tema, a saber, que las más exteriores de estas organizaciones pueden encontrarse a veces en oposición e incluso en lucha unas con otras, y tener no obstante una dirección o una inspiración común, puesto que esa dirección está más allá del dominio donde se afirma su oposición y es la única por la cual es válida; y quizás esto encontraría también su aplicación en otras partes además del extremo oriente, aunque una tal jerarquización de organizaciones superpuestas no se encuentra sin duda en ninguna parte de una manera tan clara y tan completa como en lo que depende de la tradición taoísta. Se tienen ahí organizaciones de un carácter «mixto» en cierto modo, de las que no se puede decir que sean propiamente iniciáticas, aunque tampoco que sean simplemente profanas, puesto que su vinculamiento a las organizaciones superiores les confiere una participación, aunque sea indirecta e inconsciente, en una tradición cuya esencia es puramente iniciática[5]; y algo de esta esencia se reencuentra siempre en sus ritos y en sus símbolos para aquellos que saben penetrar su sentido más profundo. 

Todas las categorías de organizaciones que hemos considerado apenas tienen en común más que el único hecho de tener un secreto, cualquiera que sea por lo demás su naturaleza; no hay que decir que, de una a otra, esta naturaleza puede ser extremadamente diferente: entre el verdadero secreto iniciático y un designio político que se tiene oculto, o aún la disimulación de la existencia de una asociación o de los nombres de sus miembros por razones de simple prudencia, no hay evidentemente ninguna comparación posible. Y todavía no hablamos en eso de esas agrupaciones de fantasía, como existen tantas en nuestros días y concretamente en los países anglosajones, que, para «remedar» a las organizaciones iniciáticas, adoptan formas que no recubren absolutamente nada, que están realmente desprovistas de todo alcance e incluso de toda significación, y sobre las cuales pretenden guardar un secreto que no se justifica por ninguna razón seria. Este último caso no tiene otro interés que mostrar bastante claramente la equivocación que se produce corrientemente, en el espíritu del público profano, sobre la naturaleza del secreto iniciático; se imagina, en efecto, que éste recae simplemente sobre los ritos, así como sobre palabras y signos empleados como medios de reconocimiento, lo que haría de él un secreto tan exterior y artificial como no importa cuál otro, un secreto que, en suma, no sería tal sino por convención. Ahora bien, si un tal secreto existe de hecho en la mayor parte de las organizaciones iniciáticas, no obstante, no es más que un elemento completamente secundario y accidental, y, a decir verdad, no tiene más que un valor de símbolo en relación al verdadero secreto iniciático, que es tal por la naturaleza misma de las cosas, y que, por consiguiente, nunca podría ser traicionado de ninguna manera, puesto que es de orden puramente interior y puesto que, como ya lo hemos dicho, reside propiamente en lo «incomunicable». 

[1] De hecho, la intención desfavorable que se le achaca comúnmente procede únicamente de ese rasgo característico de la mentalidad moderna que hemos definido en otra parte como el «odio al secreto» bajo todas sus formas. (Ver El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XII). 
[2] Es menester no olvidar mencionar el lado «financiero« exigido por el hecho de este aparato mismo, ya que como se sabe muy bien, la cuestión de las «cotizaciones» toma una importancia considerable en todas las sociedades, comprendidas ahí las organizaciones iniciáticas occidentales que han tomado la forma exterior. 
[3] Por lo demás, nadie podría reprocharles una tal actitud, si la incomprehensión ha devenido tal que sea prácticamente imposible reaccionar contra ella. 
[4] Cf. el Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XXXVI. 
[5] Recordaremos que el taoísmo representa únicamente el lado esotérico de la tradición extremo oriental, cuyo lado exotérico está constituido por el confucionismo.

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