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sábado, 20 de agosto de 2016

DE LA REGULARIDAD INICIÁTICA

DE LA REGULARIDAD INICIÁTICA

Rene Guenon

El vinculamiento a una organización tradicional regular, hemos dicho, es no solamente una condición necesaria de la iniciación, sino que es incluso lo que constituye la iniciación en el sentido más estricto, tal como la define la etimología de la palabra que la designa, y es lo que se representa por todas partes como un «segundo nacimiento», o como una «regeneración». «Segundo nacimiento», porque abre al ser un mundo diferente de aquel donde se ejerce la actividad de su modalidad corporal, mundo que será para él el campo de desarrollo de posibilidades de un orden superior; «regeneración», porque restablece así a este ser a prerrogativas que eran naturales y normales en las primeras edades de la humanidad, cuando ésta todavía no se había alejado de la espiritualidad original para hundirse cada vez más en la materialidad, como debía hacerlo en el curso de las épocas ulteriores, y porque debe conducirle, como primera etapa esencial de su realización, a la restauración en él del «estado primordial», que es la plenitud y la perfección de la individualidad humana, y que reside en el punto central, único e invariable, desde donde el ser podrá elevarse después hacia los estados superiores.

Nos es menester insistir todavía a este respecto sobre un punto capital: el vinculamiento de que se trata debe ser real y efectivo, y que un supuesto vinculamiento «ideal», tal como algunos se han complacido a veces en considerarle en nuestra época, es enteramente vano y de efecto nulo[1]. Eso es fácil de comprender, puesto que se trata propiamente de la transmisión de una influencia espiritual, que debe efectuarse según leyes definidas; y esas leyes, aunque son evidentemente diferentes de aquellas que rigen las fuerzas del mundo corporal, no son por eso menos rigurosas, y presentan incluso con estas últimas, a pesar de las diferencias profundas que las separan, una cierta analogía, en virtud de la continuidad y de la correspondencia que existen entre todos los estados o los grados de la Existencia universal. Esta analogía es la que nos ha permitido, por ejemplo, hablar de «vibración» a propósito del Fiat Lux por el que es iluminado y ordenado el caos de las potencialidades espirituales, aunque no se trate en modo alguno de una vibración de orden sensible como las que estudian los físicos, como tampoco la «luz» de la que se habla puede ser identificada a la que es aprehendida por la facultad visual del organismo corporal[2]; pero estas maneras de hablar, aunque son necesariamente simbólicas, puesto que están fundadas sobre una analogía o sobre una correspondencia, por eso no son menos legítimas ni están menos justificadas, ya que esta analogía y esta correspondencia existen muy realmente en la naturaleza misma de las cosas y van incluso, en un cierto sentido, mucho más lejos de lo que se podría suponer[3]. Tendremos que volver de nuevo más ampliamente sobre estas consideraciones cuando hablemos de los ritos iniciáticos y de su eficacia; por el momento, basta con retener que en eso hay leyes que es menester tener en cuenta forzosamente, a falta de lo cual el resultado apuntado no podría ser alcanzado, de la misma manera que un efecto físico no puede ser obtenido si uno no se coloca en las condiciones requeridas en virtud de las leyes a las que está sometida su producción; y, desde que se trata de operar efectivamente una transmisión, eso implica manifiestamente un contacto real, cualquiera que sean por lo demás las modalidades por las que pueda ser establecido, modalidades que estarán determinadas naturalmente por esas leyes de acción de las influencias espirituales a las cuales acabamos de hacer alusión.

De esta necesidad de un vinculamiento efectivo resultan inmediatamente varias consecuencias extremadamente importantes, ya sea en lo que concierne al individuo que aspira a la iniciación, ya sea en lo que concierne a las organizaciones iniciáticas mismas; y son esas consecuencias las que nos proponemos examinar al presente. Sabemos que hay gentes, y muchos incluso, a quienes estas consideraciones les parecerán muy poco agradables, ya sea porque perturbarán la idea demasiado cómoda y «simplista» que se hayan formado de la iniciación, ya sea porque destruirán algunas pretensiones injustificadas y algunas aserciones más o menos interesadas, pero desprovistas de toda autoridad; pero éstas son cosas en las que no podríamos detenernos por poco que sea, puesto que no tenemos y no podemos tener, aquí como siempre, ninguna otra preocupación que la de la verdad.

Primeramente, en lo que concierne al individuo, es evidente que, según lo que acaba de ser dicho, su intención de ser iniciado, incluso admitiendo que sea verdaderamente para él la intención de vincularse a una tradición de la cual puede tener algún conocimiento «exterior», no podría bastar de ninguna manera por sí misma para asegurarle la iniciación real[4]. En efecto, en esto no se trata de «erudición», que, como todo lo que depende del saber profano, aquí no tiene ningún valor; y no se trata tampoco de sueño o de imaginación, como tampoco de aspiraciones sentimentales cualesquiera. Si, para poder llamarse iniciado, bastase con leer libros, aunque sean las Escrituras sagradas de una tradición ortodoxa, acompañadas incluso, si se quiere, de sus comentarios más profundamente esotéricos, o con pensar más o menos vagamente en alguna organización pasada o presente a la que uno atribuye complacidamente, y tanto más fácilmente cuanto peor conocida sea, su propio «ideal» (esta palabra que se emplea en nuestros días para cualquier propósito, y que, significando todo lo que se quiera, no significa verdaderamente nada en el fondo), sería verdaderamente muy fácil; y la cuestión previa de la «cualificación» se encontraría por eso mismo enteramente suprimida, ya que cada uno, al ser llevado naturalmente a estimarse «bien y debidamente cualificado», y al ser así a la vez juez y parte en su propia causa, descubriría ciertamente sin esfuerzo excelentes razones (excelentes al menos a sus propios ojos y según las ideas particulares que se haya forjado) para considerarse como iniciado sin más formalidades, y ya no vemos siquiera por qué habría de detenerse en tan buena vía, y habría de vacilar en atribuirse de un solo golpe los grados más transcendentes. Aquellos que se imaginan que uno «se inicia» a sí mismo, como lo decíamos precedentemente, ¿han reflexionado alguna vez en esas consecuencias más bien enojosas que implica su afirmación? En esas condiciones, no más selección ni control, no más «medios de reconocimiento», en el sentido en que ya hemos empleado esta expresión, no más jerarquía posible, y, bien entendido, no más transmisión de nada; en una palabra, no más nada de lo que caracteriza esencialmente la iniciación y de lo que la constituye de hecho; y sin embargo eso es lo que algunos, con una sorprendente inconsciencia, osan presentar como una concepción «modernizada» de la iniciación (bien modernizada en efecto, y ciertamente bien digna de los «ideales» laicos, democráticos e igualitarios), sin sospechar siquiera que, en lugar de haber al menos iniciados virtuales, lo que después de todo es todavía algo, así ya no habría más que simple profanos que se darían indebidamente por iniciados.

Pero dejemos ahí estas divagaciones que pueden parecer desdeñables; si hemos creído deber hablar un poco sobre ello, es porque la incomprehensión y el desorden intelectual que caracterizan desafortunadamente a nuestra época les permiten propagarse con una deplorable facilidad. Lo que es menester comprender bien, es que, desde que se habla de iniciación, se trata exclusivamente de cosas serias y de realidades «positivas», diríamos de buena gana si los «cientificistas» profanos no hubieran abusado tanto de esta palabra; que se acepten estas cosas tales como son, o que ya no se hable en absoluto de iniciación; no vemos ningún término medio posible entre estas dos actitudes, y valdría más renunciar francamente a toda iniciación que dar su nombre a lo que no sería más que una vana parodia, sin hablar siquiera de las apariencias exteriores que buscan salvaguardar también a algunas otras contrahechuras de las que tendremos que hablar luego.

Para volver de nuevo a lo que ha sido el punto de partida de esta digresión, diremos que es menester que el individuo tenga no sólo la intención de ser iniciado, sino que sea «aceptado» por una organización tradicional regular, que tenga cualidad para conferirle la iniciación[5], es decir, para transmitirle la influencia espiritual sin cuyo concurso, a pesar de todos sus esfuerzos, le sería imposible llegar nunca a liberarse de las limitaciones y de las trabas del mundo profano. Puede suceder que, en razón de su falta de «cualificación», su intención, por sincera que pueda ser, no encuentre ninguna respuesta, ya que la cuestión no es esa, y en todo esto no se trata en modo alguno de «moral», sino únicamente de reglas «técnicas» que se refieren a leyes «positivas» (repetimos esta palabra a falta de encontrar otra más adecuada al efecto), y que se imponen con una necesidad tan ineluctable como se imponen, en otro orden, las condiciones físicas y mentales indispensables para el ejercicio de algunas profesiones. En parecido caso, jamás podrá considerarse como iniciado, sean cuales sean los conocimientos teóricos que llegue a adquirir en otras partes; y, por lo demás, hay que suponer que, incluso bajo este aspecto, no irá nunca muy lejos (hablamos naturalmente de una comprehensión verdadera, aunque todavía exterior, y no de la simple erudición, es decir, de una acumulación de nociones que hace llamada únicamente a la memoria, así como eso tiene lugar en la enseñanza profana), ya que el conocimiento teórico mismo, para rebasar un cierto grado, supone ya normalmente la «cualificación» requerida para obtener la iniciación que le permitirá transformarse, por la «realización» interior, en conocimiento efectivo, y así a nadie podría serle impedido desarrollar las posibilidades que lleva verdaderamente en sí mismo; en definitiva, no son descartados más que aquellos que se ilusionan por su propia cuenta, creyendo poder obtener algo que, en realidad, se encuentra que es incompatible con su naturaleza individual.

Pasando ahora al otro lado de la cuestión, es decir, al que se refiere a las organizaciones iniciática mismas, diremos esto: es muy evidente que no se puede transmitir más que aquello que se posee; por consiguiente, es menester necesariamente que una organización sea efectivamente depositaria de una influencia espiritual para poder comunicarla a los individuos que se vinculan a ella; y esto excluye inmediatamente todas las formaciones pseudoiniciáticas, tan numerosas en nuestra época, y desprovistas de todo carácter auténticamente tradicional. En efecto, en estas condiciones una organización iniciática no podría ser el producto de una fantasía individual; no puede estar fundada, a la manera de una asociación profana, sobre la iniciativa de algunas personas que deciden reunirse adoptando unas formas cualesquiera; e, incluso si esas formas no son inventadas completamente, sino tomadas de ritos realmente tradicionales de los que sus fundadores hayan tenido algún conocimiento por «erudición», por eso no serán más válidas, ya que, a falta de filiación regular, la transmisión de la influencia espiritual es imposible e inexistente, de suerte que, en semejante caso, no se trataría más que de una vulgar contrahechura de la iniciación. Con mayor razón es así cuando no se trata más que de reconstituciones puramente hipotéticas, por no decir imaginarias, de formas tradicionales desaparecidas desde un tiempo más o menos remoto, como las del antiguo Egipto o las de Caldea por ejemplo; e, incluso si hubiera en el empleo de tales formas una voluntad seria de vincularse a la tradición a la que han pertenecido, por eso no serían más eficaces, ya que nadie puede vincularse en realidad más que a algo que tiene una existencia actual, y todavía es menester para eso, como lo decíamos en lo que concierne a los individuos, ser «aceptado» por los representantes autorizados de la tradición a la cual uno se refiera, de tal suerte que una organización aparentemente nueva no podrá ser legítima más que si es como un prolongamiento de una organización preexistente, de manera que mantenga sin ninguna interrupción la continuidad de la «cadena» iniciática.

En todo esto, no hacemos en suma más que expresar en otros términos y más explícitamente lo que ya hemos dicho más atrás sobre la necesidad de un vinculamiento efectivo y directo y la vanidad de un vinculamiento «ideal»; y, a este respecto, es menester no dejarse engañar por las denominaciones que se atribuyen algunas organizaciones, denominaciones a las que no tienen ningún derecho, pero con las que intentan darse una apariencia de autenticidad. Así, para retomar un ejemplo que ya hemos citado en otras ocasiones, existe una multitud de agrupaciones, de origen muy reciente, que se titulan «rosacrucianos», sin haber tenido jamás el menor contacto con los Rosa-Cruz, bien entendido, aunque no fuera más que por alguna vía indirecta y desviada, y sin saber siquiera lo que éstos han sido en realidad, puesto que se los representan casi invariablemente como habiendo constituido una «sociedad», lo que es un error grosero y también específicamente moderno. Lo más frecuentemente, es menester no ver ahí más que la necesidad de adornarse con un título efectista o la voluntad de imponerse a los ingenuos; pero, incluso si se considera el caso más favorable, es decir, si se admite que la constitución de algunas de esas agrupaciones procede de un deseo sincero de vincularse «idealmente» a los Rosa-Cruz, eso no será todavía, bajo el punto de vista iniciático, más que una pura nada. Por lo demás, lo que decimos sobre este ejemplo particular se aplica igualmente a todas las organizaciones inventadas por los ocultistas y demás «neoespiritualistas» de todo género y de toda denominación, organizaciones que, sean cuales sean sus pretensiones, no pueden, en toda verdad, ser calificadas más que de «pseudoiniciáticas», ya que no tienen absolutamente nada real que transmitir, y ya que lo que presentan no es más que una contrahechura, e incluso muy frecuentemente una parodia o una caricatura de la iniciación[6].

Agregamos todavía, como otra consecuencia de lo que precede, que, aunque se trate de una organización auténticamente iniciática, sus miembros no tienen el poder de cambiar sus formas a su gusto o de alterarlas en lo que tienen de esencial; eso no excluye algunas posibilidades de adaptación a las circunstancias, que, por lo demás, se imponen a los individuos más bien que derivarse de su voluntad, pero que, en todo caso, están limitadas por la condición de no atentar contra los medios por los que son aseguradas la conservación y la transmisión de la influencia espiritual de la que es depositaria la organización considerada; si esta condición no fuera observada, resultaría de ello una verdadera ruptura con la tradición, lo que haría perder a esta organización su «regularidad». Además una organización iniciática no puede incorporar válidamente a sus ritos elementos tomados a formas tradicionales diferentes de aquella según la cual está constituida regularmente[7]; tales elementos, cuya adopción tendría un carácter completamente artificial, no representarían más que simples fantasías redundantes, sin ninguna eficacia desde el punto de vista iniciático, y que, por consiguiente, no agregarían absolutamente nada real, sino que, más bien, su presencia no podría ser incluso, en razón de su heterogeneidad, más que una causa de perturbación y de desarmonía; por lo demás, el peligro de tales mezclas está lejos de estar limitado únicamente al dominio iniciático, y se trata de un punto bastante importante como para merecer ser tratado aparte. Las leyes que presiden el manejo de las influencias espirituales son algo demasiado complejo y demasiado delicado como para que aquellos que no tienen de ello un conocimiento suficiente puedan permitirse impunemente aportar modificaciones más o menos arbitrarias a formas rituales en las que todo tiene su razón de ser, y cuyo alcance exacto corre mucho riesgo de escapárseles.

Lo que resulta claramente de todo eso, es la nulidad de las iniciativas individuales en cuanto a la constitución de las organizaciones iniciáticas, ya sea en lo que concierne a su origen mismo, ya sea bajo la relación de las formas que revisten; y se puede destacar a este propósito que, de hecho, no existen formas rituales tradicionales a las que se les pueda asignar como autores individuos determinados. Es fácil comprender que ello sea así, si se reflexiona que la meta esencial y final de la iniciación rebasa el dominio de la individualidad y de sus posibilidades particulares, lo que sería imposible si para ello se estuviera reducido a medios de orden puramente humanos; así pues, de esta simple precisión, y sin ir siquiera al fondo de las cosas, se puede concluir inmediatamente que es menester la presencia de un elemento «no humano», y tal es en efecto el carácter de la influencia espiritual cuya transmisión constituye la iniciación propiamente dicha.



[1] Para algunos ejemplos de este supuesto vinculamiento «ideal», por el cual algunos llegan hasta pretender hacer revivir formas tradicionales enteramente desaparecidas, ver El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XXXVI; por lo demás, volveremos sobre ello un poco más adelante.
[2] Por lo demás, expresiones como las de «Luz inteligible» y «Luz espiritual», u otras expresiones equivalentes a esas, son bien conocidas en todas las doctrinas tradicionales, tanto occidentales como orientales; y, a este propósito, recordaremos solamente, de una manera más particular, la asimilación en la tradición islámica, del Espíritu (Er-Rûh), en su esencia misma, a la luz (En-Nûr).
[3] Es la incomprehensión de una tal analogía, tomada equivocadamente por una identidad, la que, junto a la constatación de una cierta similitud en los modos de acción y los efectos exteriores, ha llevado a algunos a hacerse una concepción errónea y más o menos groseramente materializada, no solo de las influencias psíquicas o sutiles, sino de las influencias espirituales mismas, asimilándolas pura y simplemente a fuerzas «físicas», en el sentido más restringido de esta palabra, tales como la electricidad o el magnetismo; y de esta misma incomprehensión ha podido venir también, al menos en parte, la idea demasiado extendida de buscar establecer aproximaciones entre los conocimientos tradicionales y los puntos de vista de la ciencia moderna y profana, idea absolutamente vana e ilusoria, puesto que son cosas que no pertenecen al mismo dominio, y puesto que, por lo demás, el punto de vista profano en sí mismo es propiamente ilegítimo. — Cf. El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XVII.
[4] Con eso entendemos no solo la iniciación plenamente efectiva, sino inclusive la simple iniciación virtual, según la distinción que hay lugar a hacer a este respecto y sobre la cual tendremos que volver más delante de una manera más precisa.
[5] Con eso no queremos decir solo que se debe tratar de una organización propiamente iniciática, a exclusión de cualquier otra suerte de organización tradicional, lo que es en suma muy evidente, sino también que esta organización no debe depender de una forma tradicional a la que, en su parte exterior, el individuo en cuestión sea extraño; hay casos incluso en los que lo que se podría llamar la «jurisdicción» de una organización iniciática es todavía más limitada, como el de una iniciación basada sobre un oficio, y que no puede ser conferida más que a individuos pertenecientes a dicho oficio o que tengan con él al menos algunos lazos bien definidos.
[6] Investigaciones que hemos debido hacer sobre este tema, en un tiempo ya lejano, nos han conducido a una conclusión formal e indudable que debemos expresar aquí claramente, sin preocuparnos de los furores que la misma puede arriesgarse a suscitar por diversos lados: si se pone aparte el caso de la supervivencia posible de algunas raras agrupaciones de hermetismo cristiano de la edad media, por lo demás extremadamente restringidas, es un hecho que, de todas las organizaciones con pretensiones iniciáticas que están actualmente extendidas en el mundo occidental, no hay más que dos que, por decaídas que estén una y otra a consecuencia de la ignorancia y de la incomprehensión de la inmensa mayoría de sus miembros, pueden reivindicar un origen tradicional auténtico y una transmisión iniciática real; estas dos organizaciones, que, a decir verdad, no fueron primitivamente más que una sola, aunque con ramas múltiples, son el Compañerazgo y la Masonería. Todo lo demás no es más que fantasía o charlatanismo, cuando no sirve incluso para disimular algo peor; ¡y en este orden de ideas, no hay invención, por absurda o por extravagante que sea, que no tenga en nuestra época alguna posibilidad de triunfar y de ser tomada en serio, desde los delirios ocultistas sobre las «iniciaciones en astral» hasta el sistema americano, de intenciones sobre todo «comerciales», de las pretendidas «iniciaciones por correspondencia»!
[7] Es así como, bastante recientemente, algunos han querido intentar introducir en la Masonería, que es una forma iniciática propiamente occidental, elementos tomados a doctrinas orientales, de los que, por lo demás, no tenían más que un conocimiento completamente exterior; se encontrará un ejemplo de ello citado en El Esoterismo de Dante, p. 20, ed. francesa.

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