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jueves, 18 de agosto de 2016

ERRORES DIVERSOS CONCERNIENTES A LA INICIACIÓN

ERRORES DIVERSOS CONCERNIENTES A LA INICIACIÓN 
Rene Guenon


Para despejar el terreno de alguna manera, no creemos superfluo señalar también desde ahora algunos otras errores concernientes a la naturaleza y a la meta de la iniciación, ya que todo lo que hemos tenido la ocasión de leer sobre este tema, durante muchos años, nos ha aportado casi diariamente pruebas de una incomprehensión casi general. Naturalmente, no podemos pensar en hacer aquí una suerte de «registro» en el que pondríamos de manifiesto todos esos errores uno a uno y en detalle, lo que sería demasiado fastidioso y desprovisto de interés; será mejor limitarnos a considerar algunos casos en cierto modo «típicos», lo que, al mismo tiempo, tiene la ventaja de dispensarnos de hacer alusiones demasiado directas a tal autor o a tal escuela, puesto que debe entenderse bien que estas precisiones tienen para nós un alcance completamente independiente de toda cuestión de «personalidades», como se dice comúnmente, o más bien, para hablar en un lenguaje más exacto, de individualidades. 

Recordaremos primero, sin insistir demasiado en ello, las concepciones enormemente extendidas según las cuales la iniciación sería algo de orden simplemente ­«moral» y «social»[1]; esas son demasiado limitadas y «terrestres», si se puede expresar así, y, como lo hemos dicho frecuentemente con otros propósitos, el error más grosero está lejos de ser siempre el más peligroso. Para cortar toda confusión, diremos sólo que tales concepciones no se aplican realmente ni siquiera a esa primera parte de la iniciación que la antigüedad designaba bajo el nombre de «misterios menores»; éstos, así como lo explicaremos más adelante, conciernen a la individualidad humana, pero en el desarrollo integral de sus posibilidades, y por consiguiente más allá de la modalidad corporal cuya actividad se ejerce en el dominio que es común a todos los hombres. No vemos verdaderamente cuál podría ser el valor o incluso la razón de ser de una pretendida iniciación que se limitaría a repetir, disfrazándolo bajo una forma más o menos enigmática, lo más banal que hay en la educación profana, lo que está más vulgarmente «al alcance de todo el mundo». Por lo demás, con eso no entendemos negar en modo alguno que el conocimiento iniciático pueda tener aplicaciones en el orden social, tanto como en no importa cuál otro orden; pero eso es otra cuestión: primeramente, esas aplicaciones contingentes no constituyen en modo alguno el fin de la iniciación, como tampoco las ciencias tradicionales secundarias constituyen la esencia de una tradición; y después, tienen en sí mismas un carácter completamente diferente de éste del que acabamos de hablar, ya que parten de principios que no tienen nada que ver con preceptos de «moral» corriente, sobre todo cuando se trata de la famosísima «moral laica», tan querida por tantos de nuestros contemporáneos, y, además, proceden por vías inaprehensibles a los profanos, en virtud de la naturaleza misma de las cosas; por consiguiente, está bastante lejos de lo que alguien llamaba un día, en términos propios, «la preocupación de vivir convenientemente». En tanto que uno se limite a «moralizar» sobre los símbolos, con intenciones tan loables como se quiera, no se hará ciertamente obra de iniciación; pero volveremos sobre esto más adelante, cuanto tengamos que hablar más particularmente de la enseñanza iniciática. 

Errores más sutiles, y por consiguiente más temibles, se producen a veces cuando se habla, a propósito de la iniciación, de una «comunicación» con estados superiores o «mundos espirituales»; y, ante todo, en eso hay muy frecuentemente la ilusión que consiste en tomar por «superior» lo que no lo es verdaderamente, simplemente porque aparece como más o menos extraordinario o «anormal». Sería menester en suma que repitiéramos aquí todo lo que ya hemos dicho en otra parte de la confusión de lo psíquico y de lo espiritual[2], ya que, a este respecto, es esa la que se comete más frecuentemente; de hecho, los estados psíquicos no tienen nada de «superior» ni de «transcendente», puesto que forman parte únicamente del estado individual humano[3]; y, cuando hablamos de estados superiores del ser, con eso entendemos, sin ningún abuso de lenguaje, los estados supra-individuales exclusivamente. Algunos van incluso todavía más lejos en la confusión y hacen de «espiritual» casi sinónimo de «invisible», es decir, que toman por tal, indistintamente, todo lo que no cae bajo los sentidos ordinarios y «normales»; ¡hemos visto calificar así hasta el mundo «etérico», es decir, simplemente, la parte menos grosera del mundo corporal! En estas condiciones, es muy de temer que la «comunicación» de que se trata se reduzca en definitiva a la «clarividencia», a la «clariaudiencia», o al ejercicio de alguna otra facultad psíquica del mismo género y no menos insignificante, incluso cuando sea real. En efecto, eso es lo que ocurre siempre de hecho, y, en el fondo, todas las escuelas pseudoiniciáticas del occidente moderno están más o menos ahí; algunas se ponen incluso expresamente como meta el «desarrollo de los poderes psíquicos latentes en el hombre»; en lo que sigue, todavía tendremos que volver de nuevo sobre esta cuestión de los pretendidos «poderes psíquicos» y de las ilusiones a las que dan lugar. 

Pero eso no es todo: admitamos que, en el pensamiento de algunos, se trate verdaderamente de una comunicación con los estados superiores; eso estará todavía muy lejos de bastar para caracterizar la iniciación. En efecto, una tal comunicación es establecida también por los ritos de orden puramente exotérico, concretamente por los ritos religiosos; es menester no olvidar que, en este caso igualmente, entran en juego influencias espirituales y no ya simplemente psíquicas, aunque para fines completamente diferentes de aquellos que se refieren al dominio iniciático. La intervención de un elemento «no humano» puede definir, de una manera general, todo lo que es auténticamente tradicional; pero la presencia de este carácter común no es una razón suficiente para no hacer después las distinciones necesarias, y en particular para confundir el dominio religioso y el dominio iniciático, o para ver entre ellos todo lo más una simple diferencia de grado, mientras que hay realmente una diferencia de naturaleza, e incluso, podemos decir, de naturaleza profunda. Esta confusión es muy frecuente también, sobre todo entre aquellos que pretenden estudiar la iniciación «desde afuera», con intenciones que, por lo demás, pueden ser muy diversas; así, es indispensable denunciarla formalmente: el esoterismo es esencialmente otra cosa que la religión, y no la parte «interior» de una religión como tal, incluso cuando toma su base y su punto de apoyo en ésta como ocurre en algunas formas tradicionales, en el islamismo por ejemplo[4]; la iniciación no es tampoco una suerte de religión especial reservada a una minoría, como parecen imaginarlo, por ejemplo, aquellos que hablan de los misterios antiguos calificándolos de «religiosos»[5]. No nos es posible desarrollar aquí todas las diferencias que separan los dos dominios religioso e iniciático, ya que, todavía más que cuando se trataba solo del dominio místico, que no es más que una parte del primero, eso nos llevaría ciertamente muy lejos; pero, para lo que tratamos al presente, bastará precisar que la religión considera al ser únicamente en el estado individual humano y no apunta de ninguna manera a hacerle salir de él, sino, al contrario, a asegurarle las condiciones más favorables en este estado mismo[6], mientras que la iniciación tiene como meta esencialmente rebasar las posibilidades de este estado y hacer efectivamente posible el paso a los estados superiores, e incluso, finalmente, conducir al ser más allá de todo estado condicionado cualquiera que sea. 

De eso resulta que, en lo que concierne a la iniciación, la simple comunicación con los estados superiores no puede ser considerada como un fin, sino solo como un punto de partida: si esta comunicación debe ser establecida primeramente por la acción de una influencia espiritual, es para permitir después una toma de posesión efectiva de esos estados, y no simplemente, como en el orden religioso, para hacer descender sobre el ser una «gracia» que le liga a ellos de una cierta manera, pero sin hacerle penetrar en ellos. Para expresarlo de una manera que será quizás más fácilmente comprehensible, diremos que, si por ejemplo alguien puede entrar en relación con los ángeles, sin dejar por eso de estar encerrado en su condición de individuo humano, por eso no estará más avanzado desde el punto de vista iniciático[7]; aquí no se trata de comunicar con otros seres que están en un estado «angélico», sino de alcanzar y de realizar uno mismo un tal estado supraindividual, no, bien entendido, en tanto que individuo humano, lo que sería evidentemente absurdo, sino en tanto que el ser que se manifiesta como individuo humano en un cierto estado, tiene también en él las posibilidades de todos los demás estados. Por consiguiente, toda realización iniciática es esencial y puramente «interior», al contrario de esa «salida de sí» que constituye el «éxtasis» en el sentido propio y etimológico de esta palabra[8]; y esa es, no ciertamente la única diferencia, pero al menos sí una de las grandes diferencias que existen entre los estados místicos, que pertenecen enteramente al dominio religioso, y los estados iniciáticos. En efecto, es a eso a lo que es menester volver siempre en definitiva, ya que la confusión del punto de vista iniciático con el punto de vista místico, cuyo carácter particularmente insidioso hemos tenido que subrayar desde el comienzo, tiene la naturaleza de confundir a algunos espíritus que no se dejarían atrapar en las deformaciones más groseras de las pseudoiniciaciones modernas, y que incluso podrían quizás llegar a comprender sin demasiada dificultad lo que es verdaderamente la iniciación, si no encontraran en su camino estos errores sutiles que bien parecen estar puestos ahí expresamente para desviarles de una tal comprehensión. 

[1] Este punto de vista es concretamente el de la mayoría de los masones actuales, y, al mismo tiempo, es también sobre el mismo terreno exclusivamente «social» donde se colocan las mayor parte de aquellos que les combaten, lo que prueba también que las organizaciones iniciáticas no dan pie a los ataques del exterior sino en la medida misma de su degeneración. 
[2] Cf. El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XXXV. 
[3] Según la representación geométrica que hemos expuesto en El Simbolismo de la Cruz, estas modalidades de un mismo estado son simples extensiones que se desarrollan en el sentido horizontal, es decir, a un mismo nivel, y no en el sentido vertical según el que se marca la jerarquía de los estados superiores e inferiores del ser. 
[4] Es para marcar bien esto y para evitar todo equívoco por lo que conviene decir «esoterismo islámico» o «esoterismo cristiano», y no, como hacen algunos, «islamismo esotérico» o «cristianismo esotérico»; es fácil comprender que en eso hay algo más que un simple matiz. 
[5] Se sabe que la expresión «religión de misterios» es una de las que aparecen constantemente en la terminología especial adoptada por los «historiadores de las religiones». 
[6] Bien entendido, aquí se trata del estado humano considerado en su integralidad, que comprende la extensión indefinida de sus prolongamientos extracorporales. 
[7] Por esto se puede ver cuanto se ilusionan aquellos que, por ejemplo, quieren atribuir un valor propiamente iniciático a unos escritos como los de Swendenborg. 
[8] Por lo demás, no hay que decir que esta «salida de sí» no tiene absolutamente nada de común con la pretendida «salida en astral» que juega un papel tan grande en los delirios ocultistas.

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