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viernes, 19 de agosto de 2016

DE LAS CONDICIONES DE LA INICIACIÓN

DE LAS CONDICIONES DE LA INICIACIÓN

 Rene Guenon


Podemos volver de nuevo ahora a la cuestión de las condiciones de la iniciación, y diremos primero, aunque la cosa pueda parecer evidente, que la primera de estas condiciones es una cierta aptitud o disposición natural, sin la cual todo esfuerzo permanecería vano, ya que el individuo no puede desarrollar evidentemente más que las posibilidades que lleva en él desde el origen; esta aptitud, que hace lo que algunos llaman lo «iniciable», constituye propiamente la «cualificación» requerida por todas las tradiciones iniciáticas[1]. Por lo demás, esta condición es la única que, en un cierto sentido, es común a la iniciación y al misticismo, ya que está claro que el místico debe tener, él también, una disposición natural especial, aunque enteramente diferente de la de lo «iniciable», e incluso, por algunos lados, hasta opuesta; pero esta condición, para el místico, si es igualmente necesaria, es además suficiente; no hay ninguna otra que deba venir a agregarse a ella, y las circunstancias hacen todo lo demás, haciendo pasar a su discreción, de la «potencia» al «acto», tales o cuales de las posibilidades que conlleve la disposición de que se trate. Esto resulta directamente de ese carácter de «pasividad» del que hemos hablado más atrás: en efecto, en parecido caso, no podría tratarse de un esfuerzo o de un trabajo personal cualquiera, que el místico nunca tendrá que efectuar, y del que incluso deberá guardarse cuidadosamente, como de algo que estaría en oposición con su «vía»[2], mientras que, al contrario, en lo que respecta a la iniciación, y en razón de su carácter «activo», un tal trabajo constituye otra condición no menos estrictamente necesaria que la primera, y sin la cual el paso de la «potencia» al «acto», que es propiamente la «realización», no podría cumplirse de ninguna manera[3].

Sin embargo, eso no es todavía todo: no hemos hecho en suma más que desarrollar la distinción, planteada por nós al comienzo, de la «actividad» iniciática y de la «pasividad» mística, para sacar de ella la consecuencia de que, para la iniciación, hay una condición que no existe y que no podría existir en lo que concierne al misticismo; pero hay todavía otra condición no menos necesaria de la que no hemos hablado, y que se coloca en cierto modo entre aquellas que acabamos de tratar. Esta condición, sobre la que es menester insistir tanto más cuanto que los occidentales, en general, son bastante dados a ignorarla o a desconocer su importancia, es incluso, en verdad, la más característica de todas, la que permite definir la iniciación sin equívoco posible, y no confundirla con ninguna otra cosa; por ella, este caso de la iniciación está mucho mejor delimitado de lo que podría estarlo el del misticismo, para el que no existe nada de tal. Es frecuentemente muy difícil, cuando no completamente imposible, distinguir el falso misticismo del verdadero; el místico es, por definición misma, un aislado y un «irregular», y a veces ni él mismo sabe lo que es verdaderamente; y el hecho de que en él no se trata de conocimiento en estado puro, sino que incluso lo que es conocimiento real está siempre afectado por una mezcla de sentimiento y de imaginación, está todavía muy lejos de simplificar la cuestión; en todo caso, en eso hay algo que escapa a todo control, lo que podríamos expresar diciendo que, para el místico, no hay ningún «medio de reconocimiento»[4]. Se podría decir también que el místico no tiene «genealogía», que no es tal sino por una suerte de «generación espontánea», y pensamos que estas expresiones son fáciles de comprender sin más explicaciones; desde entonces, ¿cómo se atrevería uno a afirmar sin ningún género de dudas que alguien es auténticamente místico y que otro no lo es, cuando todas las apariencias pueden ser sensiblemente las mismas? Por el contrario, las contrahechuras de la iniciación siempre pueden ser descubiertas infaliblemente por la ausencia de la condición a la que acabamos de hacer alusión, y que no es otra que el vinculamiento a una organización tradicional regular.

Hay ignorantes que se imaginan que uno «se inicia» a sí mismo, lo que es en cierto modo una contradicción en los términos; olvidan, si es que lo han sabido alguna vez, que la palabra initium significa «entrada» o «comienzo», confunden el hecho mismo de la iniciación, entendida en su sentido estrictamente etimológico, con el trabajo que hay que llevar a cabo ulteriormente para que esa iniciación, de virtual que ha sido primeramente, devenga más o menos plenamente efectiva. Comprendida así, la iniciación es lo que todas las tradiciones concuerdan en designar como el «segundo nacimiento»; y, ¿cómo un ser podría actuar por sí mismo antes de haber nacido?[5]. Sabemos bien lo que se podrá objetar a eso: si el ser está verdaderamente «cualificado», lleva ya en él las posibilidades que se tratan de desarrollar; ¿por qué, si ello es así, no iba a poder realizarlas por su propio esfuerzo, sin ninguna intervención exterior? Eso es, en efecto, una cosa que es permisible considerar teóricamente, a condición de concebirla como el caso de un hombre «dos veces nacido» desde el primer momento de su existencia individual; pero, si en eso no hay imposibilidad de principio, por ello no hay menos una imposibilidad de hecho, en el sentido de que eso es contrario al orden establecido para nuestro mundo, al menos en sus condiciones actuales. No estamos en la época primordial en la que todos los hombres poseían normal y espontáneamente un estado que hoy día está vinculado a un alto grado de iniciación[6]; y por lo demás, a decir verdad, la misma palabra iniciación, en una tal época, no podía tener ningún sentido. Estamos en el ­Kali-Yuga, es decir, en un tiempo donde el conocimiento espiritual ha devenido oculto, y donde únicamente algunos pueden alcanzarle todavía, provisto que se coloquen en las condiciones requeridas para obtenerle; ahora bien, una de esas condiciones es precisamente ésta de la que hablamos, como otra condición es un esfuerzo del que los hombres de las primeras edades tampoco tenían necesidad alguna, puesto que el desarrollo espiritual se cumplía en ellos tan naturalmente como el desarrollo corporal.

Así pues, se trata de una condición cuya necesidad se impone en conformidad con las leyes que rigen nuestro mundo actual; y, para hacerlo comprender mejor, podemos recurrir aquí a una analogía: todos los seres que se desarrollarán en el curso de un ciclo están contenidos en el comienzo, en el estado de gérmenes sutiles, en el «Huevo del Mundo»; desde entonces, ¿por qué no iban a nacer al estado corporal por sí mismos y sin padres? Eso tampoco es una imposibilidad absoluta, y se puede concebir un mundo donde ello fuera así; pero, de hecho, ese mundo no es el nuestro. Reservamos, bien entendido, la cuestión de las anomalías; puede que haya casos excepcionales de «generación espontánea», y, en el orden espiritual, nós mismo hemos aplicado hace un momento esta expresión al caso místico; pero hemos dicho también que éste en un «irregular», mientras que la iniciación es algo esencialmente «regular», que no tiene nada que ver con las anomalías. También sería menester saber exactamente hasta dónde pueden llegar éstas; ellas también, deben entrar en definitiva en alguna ley, ya que todas las cosas solo pueden existir como elementos del orden total y universal. Eso solo, si se quisiera reflexionar en ello, podría bastar para hacer pensar que los estados realizados por el místico no son precisamente los mismos que los del iniciado, y que, si su realización no está sometida a las mismas leyes, es porque se trata efectivamente de algo diferente; pero podemos dejar ahora enteramente de lado el caso del misticismo, sobre el que hemos dicho bastante para lo que nos proponemos establecer, para no considerar ya exclusivamente más que el de la iniciación.

En efecto, nos queda precisar el papel del vinculamiento a una organización tradicional que, bien entendido, no podría dispensar de ninguna manera del trabajo interior que cada uno no puede cumplir más que por sí mismo, pero que es requerido, como condición previa, para que este trabajo mismo pueda producir efectivamente sus frutos. Debe comprenderse bien, desde ahora, que aquellos que han sido constituidos como los depositarios del conocimiento iniciático no pueden comunicarle de una manera más o menos comparable a la manera en que un profesor, en la enseñanza profana, comunica a sus alumnos fórmulas librescas que ellos no tendrán más que almacenar en su memoria; aquí se trata de algo que, en su esencia misma, es propiamente «incomunicable», puesto que son estados que hay que realizar interiormente. Lo que se puede enseñar, son únicamente métodos preparatorios para la obtención de esos estados; lo que puede ser proporcionado desde fuera a este respecto, es en suma una ayuda, un apoyo que facilita grandemente el trabajo que hay que cumplir, y también un control que descarta los obstáculos y los peligros que pueden presentarse; todo eso está muy lejos de ser desdeñable, y aquel que fuera privado de ello correría mucho riesgo de desembocar en un fracaso, pero eso no justificaría todavía enteramente lo que hemos dicho cuando hemos hablado de una condición necesaria. Así, no es eso lo que tenemos en vista, al menos de una manera inmediata; todo eso no interviene sino secundariamente, y en cierto modo a título de consecuencias, después de la iniciación entendida en su sentido más estricto, tal como lo hemos indicado más atrás, y cuando se trata de desarrollar efectivamente la virtualidad que ella constituye; pero todavía es menester, ante todo, que esta virtualidad preexista. Así pues, es de otro modo como debe ser entendida la transmisión iniciática propiamente dicha, y no podríamos caracterizarla mejor que diciendo que ella es esencialmente la transmisión de una influencia espiritual; tendremos que volver de nuevo sobre esto más ampliamente, pero, por el momento, nos limitaremos a determinar más exactamente el papel que juega esta influencia, entre la aptitud natural previamente inherente al individuo, y el trabajo de realización que cumplirá a continuación.

Hemos hecho observar en otra parte que las fases de la iniciación, del mismo modo que las de la «Gran Obra» hermética, que no es en el fondo más que una de sus expresiones simbólicas, reproducen las del proceso cosmogónico[7]; esta analogía, que se funda directamente sobre la del «microcosmos» con el «macrocosmos», permite, mejor que toda otra consideración, aclarar la cuestión de que se trata al presente. Se puede decir, en efecto, que las aptitudes o posibilidades incluidas en la naturaleza individual no son primeramente, en sí mismas, más que una materia prima, es decir, una pura potencialidad, donde no hay nada de desarrollado o diferenciado[8]; es entonces el estado caótico y tenebroso que el simbolismo iniciático hace corresponder precisamente al mundo profano, y en el que se encuentra el ser que no ha llegado todavía al «segundo nacimiento». Para que ese caos pueda comenzar a tomar forma y a organizarse, es menester que una vibración inicial le sea comunicada por las potencias espirituales, que el Génesis hebraico designa como los Elohim; esta vibración, es el Fiat Lux que ilumina el caos, y que es el punto de partida necesario de todos los desarrollos ulteriores; y, desde el punto de vista iniciático, esta iluminación está constituida precisamente por la transmisión de la influencia espiritual de la que acabamos de hablar[9]. Desde entonces, y por la virtud de esta influencia, las posibilidades espirituales de ser ya no son la simple potencialidad que eran antes; han devenido una virtualidad presta a desarrollarse en acto en las diversas etapas de la realización iniciática.

Podemos resumir todo lo que precede diciendo que la iniciación implica tres condiciones que se presentan en modo sucesivo, y que se podrían hacer corresponder respectivamente a los tres términos de «potencialidad», de «virtualidad» y de «actualidad»: 1º, la «cualificación», constituida por algunas posibilidades inherentes a la naturaleza propia del individuo, y que son la materia prima sobre la cual deberá efectuarse el trabajo iniciático; 2º, la transmisión, mediante el vinculamiento a una organización tradicional, de una influencia espiritual que da al ser la «iluminación» que le permitirá ordenar y desarrollar esas posibilidades que lleva en él; 3º, el trabajo interior por el que, con el concurso de «ayudas» o de «soportes» exteriores, si hay lugar a ello, y sobre todo en las primeras etapas, este desarrollo será realizado gradualmente, haciendo pasar al ser, de escalón en escalón, a través de los diferentes grados de la jerarquía iniciática, para conducirle a la meta final de la «Liberación» o de la «Identidad Suprema».



[1] Por lo demás, por el estudio especial que haremos a continuación de la cuestión de las cualificaciones iniciáticas, se verá que esta cuestión presenta en realidad aspectos mucho más complejos de lo que se podría creer a primera vista y si uno se atuviera únicamente a la noción muy general que damos aquí de ella.
[2] También los teólogos ven de buena gana, y no sin razón, un «falso místico» en aquel que busca, por un esfuerzo cualquiera, obtener visiones u otros estados extraordinarios, aunque ese esfuerzo se limite solo al mantenimiento de un simple deseo.
[3] De eso resulta, entre otras consecuencias, que los conocimientos de orden doctrinal, que le son indispensables al iniciado, y cuya comprensión teórica es para él una condición preliminar de toda «realización», puede faltarle enteramente al místico; de ahí viene frecuentemente, en éste, además de la posibilidad de errores y de confusiones múltiples, una extraña incapacidad de expresarse inteligiblemente. Por lo demás, debe entenderse bien, que los conocimientos de que se trata no tienen absolutamente nada que ver con todo lo que no es más que instrucción exterior o «saber» profano, que aquí no tiene ningún valor, así como lo explicaremos también después, y que incluso, teniendo en cuenta lo que es la educación moderna, sería más bien un obstáculo que una ayuda en muchos casos; un hombre puede muy bien no saber leer ni escribir y alcanzar no obstante los grados más altos de la iniciación, y tales casos no son extremadamente raros en oriente, mientras que hay «sabios» e inclusive «genios», según la manera de ver del mundo profano, que no son «iniciables» a ningún grado.
[4] Con esto no entendemos palabras o signos exteriores y convencionales, sino aquello de lo que tales medios no son en realidad más que la representación simbólica.
[5] Recordamos aquí el elemental adagio escolástico: «para actuar, es menester ser».
[6] Es lo que indica, en la tradición hindú, la palabra Hamsa, dada como el nombre de la casta única que existía en el origen, y que designa propiamente un estado que es ativarna, es decir, más allá de la distinción de las castas actuales.
[7] Ver El Esoterismo de Dante, concretamente pp. 63-64 y 94, (ed. francesa).
[8] No hay que decir que, hablando rigurosamente, no es una materia prima más que en un sentido relativo, no en el sentido absoluto; pero esta distinción no importa bajo el punto de vista en el que nos colocamos aquí, y por lo demás es la misma cosa para la materia prima de un mundo tal como el nuestro, que, al estar ya determinada de una cierta manera, no es en realidad, en relación a la substancia universal, más que una materia secunda (cf. El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. II), de suerte que, incluso bajo esta relación, la analogía con el desarrollo de nuestro mundo a partir del caos inicial es verdaderamente exacta.
[9] De ahí vienen expresiones como las de «dar la luz» y «recibir la luz», empleadas para designar, en relación al iniciador y al iniciado respectivamente, la iniciación en el sentido restringido, es decir, la transmisión misma de que se trata aquí. Se observará también, en lo que concierne a los Elohim, que el número septenario que les es atribuido está en relación con la constitución de las organizaciones iniciáticas, que debe ser efectivamente una imagen del orden cósmico mismo.

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