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domingo, 28 de agosto de 2016

DE LAS PRUEBAS INICIÁTICAS

DE LAS PRUEBAS INICIÁTICAS
 Rene Guenon


Consideramos ahora la cuestión de lo que se llama las «pruebas» iniciáticas, que no son en suma más que un caso particular de los ritos de este orden, pero un caso bastante importante como para merecer ser tratado aparte, tanto más cuanto que da lugar también a muchas concepciones erróneas; la palabra misma «pruebas», que se emplea en múltiples sentidos, tiene quizás algo que ver con todos estos equívocos, a menos, no obstante, de que algunas de las acepciones que ha tomado corrientemente no provengan ya de confusiones previas, lo que es igualmente muy posible. No se ve muy bien, en efecto, por qué se califica comúnmente de «prueba» a todo acontecimiento penoso, ni por qué se dice que alguien que sufre está siendo «probado»; es difícil ver en eso otra cosa que un simple abuso de lenguaje, cuyo origen, por lo demás, podría no carecer de interés buscar. Sea como sea, esta idea vulgar de las «pruebas de la vida» existe, inclusive si no responde a nada claramente definido, y es sobre todo la que ha dado nacimiento a falsas asimilaciones en lo que concierne a las pruebas iniciáticas, hasta tal punto que algunos han llegado a no ver en éstas más que una suerte de imagen simbólica de aquellas, lo que, por una extraña inversión de las cosas, daría a suponer que son los hechos de la vida humana exterior los que tienen un valor efectivo y los que cuentan verdaderamente desde el punto de vista iniciático mismo. Sería verdaderamente muy simple si la cosa fuera así, y entonces todos los hombres serían, sin sospecharlo, candidatos a la iniciación; bastaría que cada uno hubiera atravesado algunas circunstancias difíciles, lo que ocurre más o menos a todo el mundo, para alcanzar esta iniciación, de la que, por otra parte, sería muy difícil decir por quién y en el nombre de qué sería conferida. Pensamos haber dicho bastante ya sobre la verdadera naturaleza de la iniciación como para no tener que insistir sobre la absurdidad de tales consecuencias; la verdad es que la «vida ordinaria», tal como se entiende hoy día, no tiene absolutamente nada que ver con el orden iniciático, puesto que corresponde a una concepción enteramente profana; y, si se considerara por el contrario la vida humana según una concepción tradicional y normal, se podría decir que es ella la que puede ser tomada como un símbolo, y no a la inversa.

Este último punto merece que nos detengamos en él un instante: se sabe que el símbolo debe ser siempre de un orden inferior a lo que es simbolizado (lo que, lo recordamos de pasada, basta para descartar todas las interpretaciones «naturalistas» imaginadas por los modernos); puesto que las realidades del dominio corporal son las del orden más bajo y más estrechamente limitado, no podrían ser simbolizadas por nada, y por lo demás no tienen ninguna necesidad de ello, puesto que son directa e inmediatamente aprehensibles para todo el mundo. Por el contrario, todo acontecimiento o fenómeno, por insignificante que sea, podrá siempre, en razón de la correspondencia que existe entre todos los órdenes de realidades, ser tomado como símbolo de una realidad de orden superior, realidad de la que es en cierto modo una expresión sensible, por eso mismo de que deriva de ella como una consecuencia se deriva de su principio; y a este título, por desprovisto de valor y de interés que sea en sí mismo, podrá presentar una significación profunda para aquel que es capaz de ver más allá de las apariencias inmediatas. En eso hay una transposición cuyo resultado, evidentemente, ya no tendrá nada de común con la «vida ordinaria», y ni siquiera con la vida exterior de cualquier manera que se la considere, puesto que ésta ha proporcionado simplemente el punto de apoyo que permite, a un ser dotado de aptitudes especiales, salir de sus propias limitaciones; y este punto de apoyo, insistimos en ello, podrá ser cualquiera, puesto que aquí todo depende de la naturaleza propia del ser que se sirva de él. Por consiguiente, y esto nos lleva de nuevo a la idea común de las «pruebas», no hay nada imposible en que, en algunos casos particulares, el sufrimiento sea la ocasión o el punto de partida de un desarrollo de posibilidades latentes, pero exactamente como cualquier otro acontecimiento puede serlo en otros casos; la ocasión, decimos, y nada más; y eso no podría autorizar a atribuir al sufrimiento en sí mismo ninguna virtud especial y privilegiada, a pesar de todas las declamaciones acostumbradas sobre este punto. Por lo demás, destacamos que este papel completamente contingente y accidental del sufrimiento, incluso reducido así a sus justas proporciones, es ciertamente mucho más restringido en el orden iniciático que en algunas otras «realizaciones» de un carácter más exterior; es sobre todo en los místicos donde deviene en cierto modo habitual y parece adquirir una importancia de hecho que puede ser causa de ilusión (y, bien entendido, en esos místicos mismos los primeros), lo que se explica sin duda, al menos en parte, por consideraciones de naturaleza específicamente religiosa[1]. Es menester agregar todavía que la psicología profana ha contribuido ciertamente en una buena parte a extender sobre todo eso las ideas más confusas y más erróneas; pero, en todo caso, ya se trate de simple psicología o de misticismo, todas estas cosas no tienen absolutamente nada en común con la iniciación.

Aclarado eso, nos es menester indicar también la explicación de un hecho que podría parecer, a los ojos de algunos, susceptible de dar lugar a una objeción: aunque las circunstancias difíciles o penosas sean ciertamente, como lo decíamos hace un momento, comunes a la vida de todos los hombres, ocurre bastante frecuentemente que aquellos que siguen una vía iniciática las ven multiplicarse de una manera desacostumbrada. Este hecho se debe simplemente a una suerte de hostilidad inconsciente del medio, hostilidad a la que ya hemos tenido la ocasión de hacer alusión precedentemente: parece que este mundo, queremos decir el conjunto de los seres y de las cosas mismas que constituyen el dominio de la existencia individual, se esfuerza por todos los medios en retener al que está cerca de escapársele; tales reacciones no tienen en suma nada que no sea perfectamente normal y comprehensible, y, por desagradables que puedan ser, no hay ciertamente nada de qué sorprenderse. Así pues, en eso se trata de obstáculos suscitados por fuerzas adversas, y no, como a veces parece imaginarse erróneamente, de «pruebas» queridas e impuestas por los poderes que presiden la iniciación; es necesario acabar de una vez por todas con esas fábulas, ciertamente mucho más próximas de los delirios ocultistas que de las realidades iniciáticas.

Lo que se llama las pruebas iniciáticas es algo completamente diferente, y nos bastará ahora una palabra para zanjar definitivamente todo equívoco: son esencialmente ritos, lo que las pretendidas «pruebas de la vida» no son evidentemente de ninguna manera; y no podrían existir sin este carácter ritual, ni ser reemplazadas por nada que no poseyera este mismo carácter. Con esto, se puede ver enseguida que los aspectos sobre los que más se insiste generalmente son en realidad completamente secundarios: si estas pruebas estuvieran destinadas verdaderamente, según la noción más «simplista», a mostrar si un candidato a la iniciación posee las cualidades requeridas, es menester convenir que serían muy ineficaces, y se comprende que aquellos que se atienen a esta manera de ver estén tentados de considerarlas como sin valor; pero, normalmente, aquel que es admitido a sufrirlas ya debe haber sido reconocido, por otros medios más adecuados, como «bien y debidamente cualificado»; es menester pues que se trate de algo muy diferente. Se diría entonces que estas pruebas constituyen una enseñanza que se da bajo una forma simbólica, y que está destinada a ser meditada ulteriormente; eso es muy cierto, pero se puede decir otro tanto de cualquier otro rito, ya que todos, como lo hemos dicho precedentemente, tienen igualmente un carácter simbólico, y por consiguiente una significación que incumbe profundizar a cada uno según la medida de sus propias capacidades. La razón de ser esencial del rito, es, así como lo hemos explicado en primer lugar, la eficacia que le es inherente; por lo demás, no hay que decirlo, esta eficacia está en estrecha relación con el sentido simbólico incluido en su forma, pero por eso no es menos independiente de una comprehensión actual de este sentido en aquellos que toman parte en el rito. Por consiguiente, es en este punto de vista de la eficacia directa del rito donde conviene colocarse ante todo; el resto, cualquiera que sea su importancia, no podría venir más que en segundo rango, y todo lo que hemos dicho hasta aquí es suficientemente explícito a este respecto como para dispensarnos de detenernos más en ello.

Para más precisión, diremos que las pruebas son ritos preliminares o preparatorios a la iniciación propiamente dicha; constituyen su preámbulo necesario, de tal suerte que la iniciación misma es como su conclusión inmediata. Hay que destacar que revisten frecuentemente la forma de «viajes» simbólicos; por lo demás, anotamos este punto sólo de pasada, ya que no podemos pensar en extendernos aquí sobre el simbolismo del viaje en general, y diremos solamente que, bajo este aspecto, se presentan como una «búsqueda» (o mejor una «gesta», como se decía en la lengua de la edad media) que conduce al ser de las «tinieblas» del mundo profano a la «luz» iniciática; pero todavía esta forma, que se comprende así por sí misma, no es en cierto modo más que accesoria, por muy apropiada que sea a aquello de lo que se trata. En el fondo, las pruebas son esencialmente ritos de purificación; y es eso lo que da la explicación verdadera de esta palabra «pruebas», que tiene aquí un sentido claramente «alquímico», y no el sentido vulgar que ha dado lugar a los errores que hemos señalado. Ahora bien, lo que importa para conocer el principio fundamental del rito, es considerar que la purificación se opera por los «elementos», en el sentido cosmológico de este término, y la razón de ello puede expresarse muy fácilmente en algunas palabras: quien dice elemento dice simple, y quien dice simple dice incorruptible. Por consiguiente, la purificación ritual tendrá siempre como «soporte» material los cuerpos que simbolizan los elementos y que llevan sus designaciones (ya que debe entenderse bien que los elementos mismos no son en modo alguno cuerpos pretendidos «simples», lo que, por lo demás, es una contradicción, sino eso a partir de lo cual se forman todos los cuerpos), o al menos uno de estos cuerpos; y esto se aplica igualmente en el orden tradicional exotérico, concretamente en lo que concierne a los ritos religiosos, donde este modo de purificación se usa no solo para los seres humanos, sino también para otros seres vivos, para objetos inanimados y para lugares o edificios. Si el agua parece jugar aquí un papel preponderante en relación a los otros cuerpos representativos de elementos, es menester decir no obstante que este papel no es exclusivo; quizás se podría explicar esta preponderancia destacando que el agua, en todas las tradiciones, es además más particularmente el símbolo de la «substancia universal». Sea como sea, apenas hay necesidad de decir que los ritos de los que se trata, lustraciones, abluciones u otros (comprendido ahí el rito cristiano del bautismo, el cual ya hemos indicado que entra también en esta categoría), no tienen, como tampoco lo tienen, por lo demás, los ayunos de carácter igualmente ritual o la prohibición de algunos alimentos, absolutamente nada que ver con prescripciones de higiene o de limpieza corporal, según la concepción estúpida de algunos modernos, que, al querer reducir expresamente todas las cosas a una explicación puramente humana, parecen complacerse en elegir siempre la interpretación más grosera que sea posible imaginar. Es verdad que las pretendidas explicaciones «psicológicas», aunque son de apariencia más sutil, no valen más en el fondo; todas desdeñan igualmente considerar la única cosa que cuenta en realidad, a saber, que la acción efectiva de los ritos no es una «creencia» ni una cuestión teórica, sino un hecho positivo.

Se puede comprender ahora por qué, cuando las pruebas revisten la forma de «viajes» sucesivos, éstos se ponen respectivamente en relación con los diferentes elementos; y solo nos queda indicar en qué sentido debe entenderse, desde el punto de vista iniciático, el término mismo de «purificación». Se trata de conducir al ser a un estado de simplicidad indiferenciada, comparable, como lo hemos dicho precedentemente, al de la materia prima (entendida naturalmente aquí en un sentido relativo), a fin de que sea apto para recibir la vibración del Fiat Lux iniciático; es menester que la influencia espiritual cuya transmisión le va a dar esta «iluminación» primera no encuentre en él ningún obstáculo debido a «preformaciones» inarmónicas provenientes del mundo profano[2]; y por eso debe ser reducido primeramente a este estado de materia prima, lo que, si se quiere reflexionar en ello un instante, muestra bastante claramente que el proceso iniciático y la «Gran Obra» hermética no son en realidad más que una sola y misma cosa: la conquista de la Luz divina que es la única esencia de toda espiritualidad.



[1] Por lo demás, habría lugar a preguntarse si esta exaltación del sufrimiento es verdaderamente inherente a la forma especial de la tradición cristiana, o si no le ha sido más bien «sobreimpuesta» en cierto modo por las tendencias naturales del temperamento occidental.
[2] Por consiguiente, la purificación es también, a este respecto, lo que se llamaría en el lenguaje cabalístico una «disolución de las cortezas»; en conexión con este punto, hemos señalado igualmente en otra parte la significación simbólica del «despojamiento de los metales». Ver El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, capítulo XXII.

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