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martes, 3 de enero de 2017

Lo oculto y el mundo moderno

Lo oculto y el mundo moderno

Micea Eliade plantea como historiador las características más sobresalientes del fenómeno del ocultismo durante los siglos XIX y XX, y resalta su relación con la creación artística.

Fotografía de Papus en su logia.


Según el Oxford Dictionary, el término “oculto” [occult] se usó por primera vez en 1545 para denotar lo que “no es aprehendido o no es aprehensible por la mente; lo que está más allá del alcance del en­tendimiento o el conocimiento común”. Casi un siglo después, en 1633, el término recibió un significado suplementario, a saber, el tema de esas “reputadas ciencias antiguas y medievales, que, según se sos­tenía, implicaban el uso de agentes de una naturaleza secreta y mis­teriosa (por ejemplo, la magia, la alquimia, la astrología, la teosofía)”. Una definición más amplia del término es la que ofrece Edward A. Tiryakian en su interesante ensayo Toward the Sociology oí Esoteric Culture (“Para una sociología de la cultura esotérica”). Por ocultis­mo –escribe Tiryakian– entiendo prácticas intencionales, técnicas o procedimientos que: a) suponen la existencia de fuerzas ocultas o secretas en la naturaleza o en el cosmos, que no pueden ser reconocidas o medidas por los ins­trumentos de la ciencia moderna, y b) tienen como consecuencias, deseadas o intencionales, resultados empíricos tales como obtener conocimiento sobre el curso concreto de los acontecimientos, o su modificación respecto de lo que habrían sido sin su intervención… Más aún, en la medida en que no cualquier actor puede ser el sujeto de la actividad oculta, sino alguien que ha adquirido el conocimien­to y las artes necesarias para esas prácticas, y en la medida en que esas artes se aprenden y transmiten de una manera organizada, rutinizada y ritualizada socialmente (aunque no públicamente asequible), podemos decir que esas prácticas son ciencias ocultas o artes ocultas. (pp. 498 y sig.)

La definición de “esoterismo” es algo más delicada. Tiryakian llama “esotéricos” a esos: sistemas de creencias religioso-filosóficas sobre las que se basan lastécnicas y prácticas ocultistas; es decir, el término esotéricos se refiere a descripciones y explicaciones cognitivas de la naturaleza y delcosmos, a reflexiones epistemológicas y ontológicas sobre la realidadesencial; esas descripciones y explicaciones constituyen el bagaje deconocimientos que proporciona el fundamento de los procedimientos ocultistas. (p. 499)

Ahora bien, el representante más importante y significativo del esoterismo, Rene Guénon, se opone radicalmente a las llamadas prácticas ocultistas. Como veremos, hay que tener en cuenta esta dis­tinción, que nos ayudará a comprender los papeles paralelos del ocultismo y el esoterismo en la época actual.Como se sabe, todas las creencias, teorías y técnicas abarcadas por los términos oculto y esotérico eran ya populares en las postri­merías de la Antigüedad. Algunas de ellas –la magia, la astrología, la teúrgia y la necromancia– habían sido inventadas o sistematiza­das dos mil años antes en Egipto y en Mesopotamia. Es innecesario agregar que la mayoría de esas prácticas no desaparecieron por completo durante la Edad Media. Pero adquirieron un nuevo prestigio y se volvieron muy respetables y estuvieron en boga en el Renacimien­to italiano.

Los escritores franceses del siglo XIX y su interés por el ocultismo

La moda del ocultismo fue creada por un seminarista francés, AIphonse-Louis Constant, nacido en 1810 y conocido por su nom de plume, Éliphas Lévi. En rigor de verdad, el término “ocultismo” fue acuñado por el aspirante al sacerdocio y usado por primera vez en in­glés por el teósofo A. D. Sinnett en 1881. En sus años maduros Lévi leyó la Kabbala Denudata de Christian Rosenroth y ocasionalmente las obras de Jacob Boehme, Swedenborg, Louis-Claude de Saint-Martin (le philosophe inconnu) y otros teósofos del siglo XVIII. Sus libros –Dogme et rituel de la haute magie (1856), L’histoire de la magie (1859) y La clefde grands mystéres (1861)– alcanzaron un éxito que nos resulta hoy difícil de comprender, puesto que no son sino un montón de ideas confusas y pretenciosas. El “abbé” Lévi fue “iniciado” en numerosas sociedades secretas –los rosacruces, los francma­sones, etcétera– de Francia e Inglaterra; conoció a Bulwer-Lytton, autor de una novela ocultista famosa, Zanoni, y le causó cierta impresión a Madame Blavatsky, la fundadora de la Sociedad Teosófica.

Éliphas Lévi, que murió en 1875, fue muy apreciado por la generación siguiente de neoocultistas franceses. El más conocido de sus discípulos fue el doctor Encausse, nacido en 1865, que empleó el seu­dónimo de “Papus”. Éste afirmaba que había recibido el ritual de ini­ciación de otro individuo bastante misterioso, Don Martines de Pasqually (1743-1774), quien había fundado una nueva orden esotérica que ostentaba un nombre pomposo: Francmasonería de los Caballe­ros Masones Elegidos Cohén del Universo. Papus pretendía también ser el “discípulo verdadero” de Saint-Martin, le phihsophe inconnu.No puedo examinar aquí la tesis central de Martines de Pasqually; será suficiente decir que, a su parecer, el objetivo de la iniciación era devolver a los hombres sus “privilegios adámicos”, es decir, hacerles recuperar su condición primigenia de “hombres-dios creados a ima­gen de Dios”. Estas creencias fueron compartidas por le phihsophe inconnu y la mayoría de los théosophes cristianos del siglo XVIII. Para todos esos autores, en efecto, se podía recuperar la condición original del hombre antes de la caída mediante la “perfección espiritual”, la teúrgia (es decir, la evocación de espíritus angélicos) u obras alquímicas. Las incontables sociedades secretas, grupos místicos y logias masónicas del siglo XVIII perseguían, todas ellas, la regeneración del hombre caído. Sus símbolos centrales eran el Templo de Salomón, que debía ser reconstruido simbólicamente; la Orden de los Caballe­ros Templarios, que debía ser por lo menos reconstituida parcialmen­te; y el Grial, cuyo mito y significado oculto se suponía que estaban presentes en las operaciones de la alquimia espiritual.

Papus proclamaba haber tenido acceso a toda esa tradición ocul­tista. De acuerdo con ello él creó –su expresión fue “reconstituyó”– la Orden de los Martinistas, a cuyos miembros estaba él dispuesto a revelarles la doctrina secreta de Louis-Claude de Saint-Martin. Pero según los cognoscenti esa orden reflejaba casi exclusivamente las ideas de Papus. Sin embargo, la orden tuvo gran éxito al comienzo. Entre los miembros de su primer “concejo supremo” se contaban varios escritores muy conocidos, por ejemplo Maurice Barres, Paul Adam, Joseph Péladan, Stanislas de Guaita y otros. Al mismo tiempo, Papus colaboró en la fundación de otros grupos ocultistas: la Iglesia Gnóstica Universal y la Orden Cabalística de la Rosacruz.

Lo significativo de este interés fin de siécle por lo oculto es el pa­pel que desempeñaron los escritores franceses. Incluso un escéptico como Anatole France afirmó, en un artículo publicado en 1890, quecierto conocimiento de las ciencias ocultas es hoy necesario para comprender gran número de obras literarias de este período. Lo má­gico ocupó un lugar importante en la imaginación de nuestros poe­tas y novelistas. El vértigo de lo invisible se había adueñado de ellos, la idea de lo desconocido les obsesionaba y la época volvió a Apuleyo y a Flegón de Tralles. 

Anatole France tenía razón. En efecto, una de las novelas más fa­mosas de esos días, Là bas de J.-K. Huysmans, se inspiraba en un mago negro contemporáneo, un ex cura católico, el abate Boullan, y en la disputa sobre la magia entre ese último y otro hechicero, el es­critor Stanislas de Guaita. En realidad, cuando Boullan murió en 1893, Huysmans y otros miembros íntimos del grupo de ocultistas es­taban convencidos de que había sido matado por de Guaita actuando como mago negro. Hay que señalar también aquí que más o me­nos en esos mismos años varios escritores ingleses se interesaron por las prácticas ocultistas y trataron de ingresar como iniciados en sociedades secretas herméticas. Recordemos la Orden del Alba de Oro, que contó entre sus miembros a William Butler Yeats, S. L. Mathews y Aleister Crowley.

No entraré en la exposición de la historia ulterior de estos movimientos ocultistas ni en el origen y desarrollo de la Sociedad Teosófica de Madame Blavatsky y otros grupos similares, como la Sociedad Antroposófica de Rudolf Steiner. Pero aquí debemos hacer dos observaciones. Primero, que la crítica más informada y demoledora de todos estos grupos llamados ocultistas fue realizada, no por un ob­servador racionalista “de fuera”, sino por un autor perteneciente al círculo interno, iniciado en algunas de las órdenes secretas y muy fa­miliarizado con sus doctrinas; además, su crítica no partía desde una perspectiva escéptica o positivista, sino de lo que él llamó el “esoterismo tradicional”. Este crítico erudito e intransigente fue René Guénon. Segundo: con algunas excepciones, los movimientos ocultistas no atrajeron la atención de competentes historiadores de las ideas, pero sí fascinaron a muchos escritores importantes, desde Baudelaire, Verlaine y Rimbaud hasta André Bretón y algunos autores post surrealistas como René Daumal.

Volveré más adelante a referirme a René Guénon y a su crítica radical de todos los movimientos ocultistas y pseudoespiritualistas del siglo pasado. Por el momento, veamos el impacto de esas con­cepciones sobre los escritores europeos, y en particular el interés deéstos por lo oculto. Ya en el siglo XVIII, durante la Ilustración, y en los períodos prerromántico y romántico de la primera mitad del siglo XIX, buen número de autores alemanes y franceses utilizaban libremente las enseñanzas ocultistas y teosóficas en sus obras. Entre1740 y 1840 aparecieron muchas novelas y cuentos muy populares y a veces excelentes, firmados por Goethe (Wilhelm Meisters Wanderjahre, 1795-1796), Schiller (Der Geistesseher, 1787), Jean-Paul (Die unsichtbare Loge, 1793), Achim von Arnim (Der Kronenwachter, 1817), Novalis (Die Lehrlinge von Sais, 1797-1798), Zacharias Werner (Die Söhne des Thales, 1803), Charles Nodier (Trílby, 1822; Jean Sbogar, 1818; etcétera), Balzac (Séraphita, 1834) y otros. Es ob­vio que resulta difícil poner todas esas obras literarias bajo un de­nominador común. Cabe afirmar, empero, que sus temas e ideolo­gía ocultistas reflejaban la esperanza de una renovatio personal o colectiva –una restauración mística de la dignidad y los poderes originales del hombre–; en suma, las creaciones literarias reflejaban y prolongaban las concepciones de los teósofos de los siglos XVII y XVIII y de sus fuentes.

Una orientación bastante distinta es la que prevalece en los autores franceses de la segunda mitad del siglo XIX que se sintieron atraí­dos por las ideas, mitologías y prácticas ocultistas que Éliphas Lévi, Papus y Stanislas de Guaita habían popularizado. Desde Baudelaire y Verlaine, Lautréamont y Rimbaud, hasta nuestros contemporáneos André Bretón y sus discípulos, todos estos artistas utilizaron el ocul­tismo como un arma poderosa en su rebelión contra el establishment burgués y su ideología. Repudian la religión, la ética, las normas so­ciales y la estética oficiales contemporáneas. Algunos de ellos no sólo son anticlericales, como la mayor parte de la intelligentsia francesa, sino anticristianos; en realidad reniegan de los valores judeocristianos al par que de los ideales grecorromanos y renacentistas. Se inte­resaron por los gnósticos y los grupos secretos, no sólo por su ense­ñanza oculta, sino también porque habían sido perseguidos por la Iglesia. Esos artistas buscaban en las tradiciones ocultistas elementos prejudeocristianos y preclásicos (pregriegos), es decir, métodos crea­dores y valores espirituales egipcios, persas, indios o chinos. Busca­ban sus ideales estéticos en las artes más arcaicas, en la revelación “primordial” de la belleza. Stéphane Mallarmé afirmó que un poeta moderno debe ir más allá de Homero, porque la decadencia de la poesía occidental había comenzado con éste. Y cuando el entrevistador le preguntó: “¿Pero qué poesía existía antes de Homero?” Mallarmé contestó: “¡Los Vedas!”.

Los escritores y artistas vanguardistas del siglo XX fueron todavía más lejos. Buscaron fuentes de inspiración nuevas en las artes plásti­cas del Lejano Oriente y las máscaras y estatuas de África y Oceanía. El surrealismo de André Bretón proclamó la muerte de toda la tra­dición estética occidental. Junto a otros surrealistas, como Éluard y Aragón, se adhirió al comunismo; asimismo buscó inspiración poéti­ca en diferentes tendencias del inconsciente, y en la alquimia y el sa­tanismo. René Daumal aprendió por sí mismo sánscrito y redescu­brió la estética india; por otra parte, estaba convencido de que gracias a Gurdjiev, el misterioso maestro del Cáucaso, había descubierto una tradición iniciática olvidada desde mucho tiempo atrás en Occidente. Para concluir, digamos que desde Baudelaire hasta Bre­ton, para la vanguardia literaria y artística francesa el ocultismo representaba una de las críticas y rechazos más eficientes de los valores religiosos y culturales de Occidente –eficiente porque se consideraba que estaba basado en hechos históricos.

Destaco ese aspecto del problema porque, como se sabe, las revo­luciones artísticas (es decir, las transmutaciones de los valores estéti­cos) anticipan lo que ocurrirá una o dos generaciones después en un segmento más amplio de la sociedad. Además, el interés de los escri­tores por el ocultismo fue, por lo menos en parte, contemporáneo de las investigaciones de Freud sobre el inconsciente y el descubrimien­to del método psicoanalítico, que contribuyeron a modificar notablemente las costumbres y modos del pensamiento europeo. Freud apor­tó pruebas de los valores gnoseológicos de los productos de la fantasía que hasta entonces habían sido considerados sin significado u opacos.

Una vez que las expresiones del inconsciente fueron articuladas en un sistema de significados comparable con un lenguaje no verbal, el in­menso número de universos imaginarios reflejados en la creación li­teraria puso al descubierto una significación secreta, más profunda, independiente del valor artístico de las obras respectivas.


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