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jueves, 19 de enero de 2017

EL CONCILIO DE NICEA

EL CONCILIO DE NICEA
José María Villa


A fin de regular el caos, el Imperio Romano en el III siglo d.C., estaba presidido por un gobierno colegiado denominado Tetrarquía, mediante el cual el poder lo compartían 4 personas. El imperio estaba dividido en Oriente y Occidente y a su vez cada uno de ellos tenía a dos Tetrarcas que actuaban simultáneamente. Un Augusto que se hacía cargo de la defensa del imperio y un Cesar que lo ayudaba y reemplazaba en caso de muerte.

En 324 d.C., Constantino, mediante el uso de alianzas y asesinatos elimina a los otros tres gobernantes y logra la reunificación total del Imperio Romano bajo su persona. Funda Constantinopla en lo que era la antigua ciudad griega de Bizancio (actualmente Estambul, capital de Turquía). Había conseguido, que sólo hubiera un emperador, una ley y una ciudadanía para todos los hombres libres. Sólo faltaba una religión única para todo el Imperio.

Constantino se da perfecta cuenta de que si quiere un respaldo religioso a su política, necesita que las diferentes religiones admitan el origen divino de su poder, no porque sea dios, sino porque dios así quería que fuera. Necesita que las diferentes religiones respalden al Estado y unifiquen criterios en vez de entrar en una guerra abierta por los creyentes.

Si bien Constantino no era cristiano, puesto que era un adorador del Solis Invictus (la religión más popular de ese entonces en el Imperio, que era el mitraismo), le gustaba la posibilidad de obtener un perdón público de sus pecados por medio del arrepentimiento, que solo el catolicismo permitía, luego de haber asesinado a su esposa y a algunos familiares.

Estaba también muy interesado en la convicción de los cristianos en una hermosa vida eterna en el paraíso, para aquellos pobres que mantuvieran su fe. Esto era muy importante porque, debido a la guerra civil de unificación del imperio, el número de pobres había aumentado. Por otra parte, el cristianismo al tener un férreo control moral, permitía un satisfactorio control de la población.

A fin de aunar las creencias era imperioso que hubiera una sola cristiandad, uniformada al máximo posible e incorpore creencias paganas y del mitraismo. Para ello convocó a los obispos a un concilio en Nicea cerca de su residencia imperial en Constantinopla. De esta manera, las discusiones doctrinales o disciplinarias de la Iglesia se convirtieron en problema de Estado.

Este Primer Concilio Ecuménico (es decir, universal), comenzó el 20 de mayo de 325, homenajeando el primer aniversario de la reunificación del imperio y se prolongó unos meses. Vemos que, a imagen del propio imperio, este concilio no fue convocado por la iglesia o uno de sus obispos, sino por un Emperador Romano. La pretensión posterior del obispado de Roma de ejercer una superioridad jerárquica sobre el resto de la cristiandad tiene mucho que ver con este deseo de uniformidad imperial. Extrapolando la situación, Constantino hizo exactamente lo mismo que haría el Gerente General de una gran empresa cuando dos de sus principales gerencias tienen una visión divergente del modo de concluir un negocio... convocar una reunión.

El número exacto de los obispos que asistieron al concilio nos es desconocido, pero al parecer fueron unos trescientos. Para comprender la importancia de lo que estaba aconteciendo, recordemos que varios de los presentes habían sufrido cárcel, tortura o exilio poco antes, y ahora, pocos años después, todos estos obispos eran invitados a reunirse en la ciudad de Nicea, y el emperador cubría todos sus gastos.

La cuestión más escabrosa que el Concilio de Nicea tenía que discutir para lograr la unidad de cristianismo era la controversia arriana sobre la trinidad. Dado que Arrio era solo un sacerdote y no era obispo, no tenía derecho a participar en las deliberaciones del concilio.

En la controversia teológica sobre la Trinidad, Arrio manifestaba que hubo un tiempo en que el Hijo, atendiendo a su propia naturaleza de hijo, no podía existir, puesto que es condición necesaria en las relaciones filiales que un padre sea mayor que su hijo. Pero esta afirmación destruye evidentemente la coeternidad de las tres personas de la Trinidad y da a entender que hubo una época en que no existía la Trinidad. Y ponía en duda la divinidad de Jesús.

Para el Emperador no existía problema a la hora de reunir a las diferentes religiones paganas o al mitraismo. El problema era, precisamente, meter en el saco a los cristianos. Y Arrio fue la excusa perfecta. Aquí Constantino también da muestras sobradas de ser un hombre de Estado. La doctrina arriana le es más simpática que la fundamentalista ostentada por Osio - el arrianismo es más acorde con su concepto de monarquía divina, el Hijo subordinado al Padre, al igual que el César al Augusto-, pero entiende que es necesario perder algo para ganar mucho.


Por esta razón, Constantino mismo presidió y dirigió activamente las discusiones e inclinó finalmente la balanza a favor de los que decían que Jesús es Dios y se llegó a la siguiente fórmula, que se conoce como el Credo de Nicea:

"Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles.
Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho;consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo.

Al hacer el análisis del sentido del Credo, según fue aprobado por los obispos reunidos en Nicea, resulta claro que el propósito de esta fórmula es excluir toda doctrina que pretenda que el Verbo es en algún sentido una criatura.

En todo caso, los obispos se consideraron satisfechos con este credo, y procedieron a firmarlo, dando así a entender que era una expresión genuina de su fe. Sólo unos pocos se negaron a firmarlo. Estos fueron condenados por la asamblea, y depuestos. Pero a esta sentencia Constantino añadió la suya, ordenando que los obispos depuestos abandonaran sus ciudades. Esta sentencia de exilio añadida a la de herejía tuvo funestas consecuencias, pues estableció el precedente según el cual el estado intervendría para asegurar la ortodoxia de la iglesia o de sus miembros.

Constantino, pues, puso en vigor las actas del concilio de Nicea y llegó a ordenar que el que encontrase algún libro de Arrio y no lo quemase, fuera condenado a muerte.

Consecuencias de la alianza

Pero, ¿Cuales fueron las consecuencias de que el Imperio Romano se aliase con el cristianismo?, ¿Cómo es posible que aquellos Obispos obedeciesen al poder temporal congregándose en un concilio convocado por un emperador pagano?

Constantino colmó de privilegios a los cristianos y elevó a muchos obispos a puestos importantes, confiándoles, en ocasiones, tareas más propias de funcionarios civiles que de pastores de la Iglesia de Cristo. A cambio, él no cesó de entrometerse en las cuestiones de la Iglesia, diciendo de sí mismo que era «el obispo de los de afuera» de la Iglesia. Las nefastas consecuencias de este contubernio no fueron previstas entonces.

Las tendencias a la uniformidad fueron consideradas por los emperadores como un medio sumamente útil del que servirse para lograr la más completa unificación del Imperio. La mentalidad romana, exigió la más completa uniformidad en las cuestiones más secundarias, como la fijación de la fecha de la Pascua, la de Cuaresma (es decir el tiempo de ayuno anual del cristianismo), las primeras discusiones sobre el celibato del clero, la institución de las vírgenes consagradas, referencias al uso de imágenes y temas como el matrimonio, bautismo, ayuno, excomunión, enterramiento, vigilias, o cumplimiento de la obligación de asistir a misa.

Las costumbres y prácticas paganas fueron penetrando cada vez más el carácter de la cristiandad ya que Constantino, para atraer a los paganos a la nueva religión católica, traspuso a ésta los ornamentos externos a los cuales los paganos estaban acostumbrados como el uso de templos dedicados a santos particulares, ornamentados en ocasiones con ramas de árboles; incienso, lámparas y velas; ofrendas votivas para recobrar la salud; agua bendita; fiestas y estaciones, procesiones, bendiciones a los campos; vestidos sacerdotales, la tonsura, el anillo de bodas, quizá el canto eclesiástico, el Kyrie Eleison, todo esto tiene un origen pagano y fue santificado mediante su adaptación en la Iglesia.

También unificó el mitrianismo con el cristianismo. Un buen ejemplo de ello es que el Festival del Nacimiento del Sol Invictus se celebraba cuando la luz del día aumentaba tras el solsticio de invierno, en alusión al "renacimiento" del sol. Este Festival corría desde el 22 al 25 de diciembre... -¿Les suena?-, curiosamente resulta que es a partir del Concilio de Nicea cuando queda sentado que el 25 de diciembre es la fecha del nacimiento de Cristo - no de Jesús, de Cristo- la fecha de celebración de la Navidad es impuesto como tal en Nicea. El gorro que usan obispos, arzobispos y el mismo Papa, la mitra, tiene su origen en el tocado que llevaban los sacerdotes de Mitra. Incluso el halo que aparece en las figuras de los santos rodeando su cabeza es una copia del que aparece alrededor de la cabeza del auriga del carro del Sol Invicto.

Constantino estableció en Nicea una nueva religión sincretizada, mezclando elementos del mitraismo, paganos y cristianos, rompiendo definitivamente con las fuentes judías de las cuales procedía el cristianismo original.

Este nuevo cristianismo denominado catolicismo (del griego, katholikós, universal) no se convirtió en la religión oficial en tiempos de Constantino, pero devino la religión popular, la religión de moda, pues era la que propiciaba el emperador. Es más, si el gobierno de Constantino no hubiera tenido lugar, el catolicismo no existiría. Esta situación preparó el camino a su promulgación como religión oficial del Imperio romano.

El gobierno de Constantino marca la época de la transformación del cristianismo en un sistema político, y aunque en cierto sentido puede decirse que este sistema se degradó hasta la idolatría. En el mundo moral como en el físico, sucede que cuando dos cuerpos se chocan, ambos cambian de figura; el paganismo fue modificado por el cristianismo, y éste por aquél.

La asimilación entre Iglesia y Estado favoreció fuertemente la aceptación de estructuras profanas por parte del catolicismo. Las formas de organización y el ceremonial cortesano marcaban de tal modo la imagen de la Iglesia, que muchas veces quedaba oscurecida su misión espiritual en la historia. A consecuencia de esta evolución, se impuso una diferencia, entre clérigos y laicos. Por la adaptación de la jerarquía eclesiástica al rango de los honores civiles, rivilegios y títulos de nobleza, el alto clero se separó abiertamente del pueblo. La originaria tensión entre Iglesia y mundo quedó substituida por la diferencia entre clero y laicos. En adelante se tiene por “espiritual” precisamente al clérigo - a quien está reservada la instrucción- y ya no simplemente al bautizado.

Los Textos sagrados

El Concilio de Nicea sirvió para acordar cuales textos sagrados serían aprobados y cuales eliminados en la nueva religión aprobada por el estado. Se eliminaron 25 textos bíblicos y más de veinte documentos de soporte, entre ellos el libro de Enoc, los aprobados fueron condensados y re-interpretados, convirtiéndose lo que hoy conocemos por La Sagrada Biblia. Esto nos dejó una herencia incompleta de sabiduría de los textos originales, eliminando información de quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos aquí y qué podemos esperar que suceda.

Desapareció toda información de la evolución de la conciencia a través de la reencarnación.

A partir del concilio de Nicea, la acción del hombre durante su única vida determina si el hombre pasará el resto de la eternidad en el cielo o en el infierno. Al ver el Universo con la óptica de una sola vida, apareció la idea de un Dios injusto y arbitrario que determina el nacimiento de las personas como ricas, pobres, sanas o enfermas por azar. Todo esto tuvo sentido mientras el aprendizaje espiritual se realizaba a través de la oscuridad del sufrimiento, el martirio o el sadismo inquisidor.

Pero este Concilio no sólo es curioso por eso. El "Milagro" de Nicea también permitió quitar de en medio 266 evangelios mediante la "intervención divina", que consistió en poner los 270 evangelios bajo una mesa del salón del Concilio, cerrar la puerta con llave y pedir a los Obispos que rezaran durante toda la noche para que dios pusiera sobre la mesa aquellos que fueran inspirados por él. Claro que, a falta de actas, tampoco sabemos quién guardó la llave durante la noche. Lo cierto es que a la mañana siguiente los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan estaban sobre la mesa. Sobrenatural o no, el responsable del "milagro" debió de haber ponderado mejor la elección de estos cuatro evangelios, pues los escogidos incurren en abundantes contradicciones lo que hace imposible que sean, por llamarlo de alguna manera, fiables.

La elección de esos cuatro evangelios de entre los 270 existentes, tuvo como consecuencia la muerte de decenas de miles de cristianos durante los tres años siguientes a la finalización del Concilio, porque la posesión de cualquiera de los 266 restantes se tipificó como un delito.

Las bases del catolicismo moderno y de la censura

Sin embargo, lo más importante es que lo que resulta del Concilio de Nicea es el catolicismo, con variaciones bastante pequeñas, que hoy día conocemos. Aparece una organización como jamás ha existido. Se aprueba todo lo relativo a las elecciones episcopales, los patriarcas y su jurisdicción, todo lo relativo a la excomunión, la prohibición de abandono de sus iglesias por parte de los clérigos, así como la prohibición de que Obispos, sacerdotes y diáconos pasen de una iglesia a otra. En este concilio se llegan a sentar incluso las bases de la liturgia que hoy día conocemos, pero también se le dan poderes a la nueva iglesia para embarcarse en una campaña de censura a gran escala destinada a silenciar a millones de disidentes a través del asesinato, la quema de libros, la destrucción de obras de arte, la desacralización de templos, la eliminación de documentos, inscripciones o cualquier otro posible indicio que pudiera poner en duda su derecho a ejercer el gobierno del espíritu del hombre, y que condujo a occidente a unos niveles de ignorancia desconocidos desde el nacimiento de la civilización greco-romana –

A fin de ocultar el hecho de que no existía base histórica alguna que justificase sus ficciones teológicas, el sacerdocio cristiano tuvo que recurrir al deleznable crimen de destruir casi cualquier traza de lo ocurrido durante los dos primeros siglos de la era cristiana. Lo poco que fue permitido que llegase hasta nosotros lo habían alterado y distorsionado hasta dejarlo por completo carente de cualquier valor histórico

Una vez que las autoridades eclesiásticas obtienen el derecho legal de destruir cualquier obra escrita que se opusiera a las bases sentadas en Nicea, entre los siglos III y VI, bibliotecas enteras fueron arrasadas hasta los cimientos, escuelas dispersadas y confiscados los libros de ciudadanos particulares a lo largo y ancho el imperio romano, con el pretexto de proteger a la iglesia contra el paganismo. Se establece la pena de muerte para cualquier persona que escribiera libros que contradijeran las doctrinas de la iglesia.

La construcción de iglesias sobre las ruinas de los templos y lugares sagrados de los paganos no sólo se convirtió en una práctica común sino también obligada para borrar por completo el recuerdo de cualquier culto anterior. Sin embargo, hubo cierta justicia poética en todo ello. En Egipto, ante la imposibilidad material de demoler las grandes obras de la época faraónica o de borrar los jeroglíficos grabados en la piedra, se optó por tapar los textos egipcios con argamasa, lo cual, lejos de destruirlos, sirvió para conservarlos a la perfección hasta nuestros días y eso ha permitido que tengamos un conocimiento de antiguo Egipto más detallado que el de los primeros siglos de nuestra era y, lo que es más importante, aquellos jeroglíficos preservaron la verdad, ya que contenían la esencia y el ritual del mito celeste que, casualidades de la vida, tiene una enorme similitud al mito evangélico.

Tras quemar libros y clausurar iglesias paganas, la iglesia se embarcó en otra clase de encubrimiento: la falsificación por omisión. La totalidad de la historia europea fue corregida por una iglesia que pretendía convertirse en la única y exclusiva depositaria de los archivos históricos y literarios. Uno de los mayores crímenes de toda la historia humana fue la destrucción de la biblioteca de Alejandría en 391. Con todos los documentos importantes custodiados en los monasterios y un pueblo llano degenerado al más absoluto analfabetismo, la historia cristiana pudo ser falsificada con total impunidad, convirtiendo a una religión de Estado en un Estado en sí misma.

El poder temporal

Constantino representa el nacimiento de la monarquía absoluta, hereditaria y por derecho divino, algo hasta entonces inusual en el Imperio Romano que siempre conservó sus estructuras republicanas. Para Constantino, el catolicismo vendría a ser la culminación del proceso unificador que había estado obrando en el Imperio desde hacía siglos. Los cristianos, en adelante, no sólo deberían obediencia a Dios, sino también al emperador. Constantino consigue aquello que se había propuesto, la creación de una religión de Estado que respaldará su poder, y con el tiempo todas las monarquías europeas católicas siempre hicieron hincapié en que su poder fue entregado por el propio dios. Paradójicamente, con el devenir de los siglos, acabaron siendo los monarcas quienes tuvieron que rendir obediencia a los papas, herederos de los antiguos césares, y someterse a su voluntad

En cualquier caso, la formula monárquica absolutista, sancionada por la Iglesia, e inaugurada por Constantino el Grande, tendría su continuidad tras la desaparición del Imperio, a lo largo de toda la Edad Media y, en muchos casos, hasta el siglo XX. Así, los monarcas medievales lo eran “Por la Gracia de Dios” y los títulos “káiser” y “zar” eran transcripciones derivadas de la palabra “césar”. 

En parte, esta espectacular expansión del catolicismo se debió a razones políticas, pues, al trasladar la capital del Imperio a Oriente, (pasó de Roma a Constantinopla) muchas familias senatoriales romanas vieron en el nuevo clero católico que se estaba preparando, la posibilidad de recuperar en Roma una influencia política que habían perdido siglos atrás. Fue el nacimiento de una nueva casta política: el alto clero romano que después desempeñaría un destacado papel en la política europea medieval.

En sus últimos años, los hechos históricos se mezclan con la leyenda. Se consideró inapropiado que Constantino hubiese sido bautizado en su lecho de muerte y por un obispo de dudosa ortodoxia (Eusebio de Nicomedia era arriano), y de este hecho parte una leyenda según la cual el papa Silvestre I habría curado al emperador pagano de la lepra. También según esta leyenda, Constantino habría sido bautizado tras haber donado unos palacios al papa. En el siglo VIII aparece por primera vez un falso documento conocido como «Donación de Constantino», en el cual, un recientemente convertido Constantino entrega el gobierno temporal sobre el Imperio de Occidente, incluida la misma Roma, al papa.

En tiempos del imperio carolingio, este documento se usó para aceptar las bases del poder temporal del papa de Roma, aunque fue denunciado como apócrifo por el emperador Otón III, y mostrado como la raíz de la decadencia del Papado por el poeta Dante Alighieri. En el siglo XV nuevos expertos en filología demostraron la falsedad del documento.

Gracias a estos documentos, la Iglesia católica ocupó los denominados Estados Pontificios (Estados de la Iglesia) un conglomerado de territorios básicamente centro italianos, que se mantuvieron como un estado independiente, bajo la directa autoridad civil de los Papas, y cuya capital fue Roma entre los años 752 y 1870 cuando luego de una batalla Víctor Manuel II declara a Roma capital del flamante reino de Italia. Hubo un conflicto hasta que en 1929 se firmaron los Pactos de Letrán donde el papa reconocía a Italia como estado Soberano e Italia reconocía la Ciudad del Vaticano como Estado independiente bajo la jurisdicción papal.

De cualquier modo, el mayor legado del emperador pagano Constantino: la Iglesia católica romana, le ha sobrevivido hasta nuestros días con escasos cambios, y constituye el último vestigio del antiguo Imperio Romano de Occidente fenecido en el año 476, cuando todavía no existía ninguna de las actuales naciones europeas.

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Cronicas alejandrinas

Según las Crónicas Alejandrinas, un manuscrito del siglo V, el instigador de aquella hecatombe fue el patriarca monofisita de Alejandría, Teófilo (385-412), caracterizado por su fanático fervor en la demolición de templos paganos. Los cristianos enardecidos rodearon el templo de Serapis. Fue el propio Teófilo, tras leer el decreto de Teodosio, quien dio el primer hachazo a la estatua de Serapis, cuya cabeza fue arrastrada por las calles de la ciudad y luego enterrada. La ruina de la ciudad fue tan atroz que uno de los padres de la Iglesia griega, san Juan Crisóstomo (347-407), escribió: “La desolación y la destrucción son tales que ya no se podría decir dónde se encontraba el Soma”. Se refería a la tumba de Alejandro, el mausoleo del fundador de la urbe y el monumento más emblemático de la ciudad. Con este acto de barbarie Teófilo creía cumplido para siempre su propósito de enterrar las verdades ocultas sobre su religión y su presunto fundador, que seguramente no le eran desconocidas merced a sus contactos con los sacerdotes paganos. Aquella villanía nos ha afectado a todos pues se calcula que la pérdida de información científica, histórica, geográfica, filosófica y literaria que provocó un retraso de casi mil años en el desarrollo de la civilización humana. Para mayor escarnio, en el lugar en que se erigía aquel templo del saber fue edificada una iglesia en honor a los presuntos mártires de las persecuciones del emperador Nerón. En el año 415 comenzó una persecución contra los paganos de Alejandría, dándoseles la opción de convertirse a la nueva fe o morir. Esto era especialmente doloroso para filósofos y académicos, ya que suponía rechazar todo el conocimiento que tanto trabajo les había costado alcanzar. Hipatia, la filósofa y matemática más importante de la ciudad, se negó y se mantuvo firme en sus convicciones por lo que fue acusada de conspirar contra Cirilo, líder cristiano de Alejandría. Unos días después, un enardecido grupo de fanáticos religiosos interceptó el transporte en el que se dirigía a trabajar, la arrancaron de éste y con filos de conchas marinas le fueron arrancando la piel hasta que murió a consecuencia del dolor y la pérdida de sangre. Cirilo, instigador de este sádico asesinato, fue canonizado. El asesinato de Hipatia se considera el momento histórico en que se produce definitivamente la muerte del mundo clásico. En el siglo V la destrucción era tan completa que el arzobispo Crisóstomo pudo declarar con satisfacción: “Cada rastro de la vieja filosofía y literatura del mundo antiguo ha sido extirpado de la faz de la Tierra”. En un momento del proceso se estableció la pena de muerte para quien escribiera cualquier libro que contradijera las doctrinas de la Iglesia. Papa tras Papa se continuó con este proceso sistemático de asesinato de la Historia.

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