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lunes, 20 de agosto de 2018

EL ÉXODO A TRAVÉS DE LOS MARES Y DE LOS AIRES

EL ÉXODO A TRAVÉS DE LOS MARES Y DE LOS AIRES
Andrew Thomas.

La mitología y los escritos antiguos nos hacen saber que el último día de la Atlántida se vio marcado por una inmensa catástrofe. Olas tan altas como montañas, huracanes, explosiones volcánicas, sacudieron el planeta entero. La civilización sufrió un retroceso, y la Humanidad superviviente quedó reducida al estado de barbarie.

Las tablas sumerias de Gilgamés hablan de Utnapichtim, primer antepasado de la Humanidad actual, que fue, con su familia, el único supervivente de un inmenso diluvio. Encontró refugio en un arca para sus parientes, para animales y pájaros. El relato bíblico del Arca de Noé parece ser una versión tardía de la misma historia.

El Zend-Avesta iranio nos proporciona otro relato de la misma leyenda del Diluvio. El dios Ahuramazda ordenó a Yima, patriarca persa, que se preparara para el Diluvio. Yima abrió una cueva, donde, durante la inundación, fueron encerrados los animales y las plantas necesarios para los hombres. Así fue como pudo renacer la civilización después de las destrucciones ocasionadas por el Diluvio.

El Mahabharata de los hundúes cuenta cómo Brahma apareció bajo la forma de un pez ante Manú, padre de la raza humana, para prevenirle de la inminencia del Diluvio. Le aconsejó construir una nave y embarcar en ella «a los siete Rishis (sabios) y todas las distintas semillas enumeradas por los braH-manes antiguos y conservarlas cuidadosamente».

Manú ejecutó las órdenes de Brahma, y el buque, que le llevó con los siete sabios y con las semillas destinadas al avituallamiento de los supervivientes, navegó durante años sobre las agitadas aguas antes de atracar en el Himalaya.

La tradición hindú designa a Manali, la ciudad de Manú, en el valle de Kulu, como el lugar posible en que se vio desembarcar a Manú. La región es generalmente conocida por el nombre de «Aryavarta», país de los arios. Este capítulo ha sido escrito por el autor del presente estudio al pie del Himalaya.

La semejanza entre el relato de Noé y el de Manú no parece deberse a una simple coincidencia. Es un hecho conocido que, en todas las evocaciones del gran Diluvio, se atribuye a ciertos personajes elegidos un conocimiento previo de la proximidad de la catástrofe mundial.

La salida del país condenado de la Atlántida fue realizada en barco, y también por los aires. De apariencia fantástica, esta teoría se apoya en numerosas tradiciones históricas.

Existe entre los esquimales una curiosa leyenda, según la cual habrían sido transportados al Norte glacial por gigantescos pájaros metálicos. ¿No nos hace esto pensar en la existencia de aviones en aquella época prehistórica?

Los aborígenes del territorio septentrional de Australia tienen también una leyenda del Diluvio y de los hombres-pájaros. Karán, jefe de la tribu, dio alas a Waark y a Weirk cuando «el agua invadió los brazos del mar, cuando el mar ascendió y recubrió al país entero, las colinas, los árboles, en una palabra, todo». Entonces, el propio Karán levantó el vuelo y se instaló a lo largo de la Lima, observado por los hombres-pájaros (14).

El canto épico de Gilgamés nos da un cuadro dramático del desastre planetario: 

«Una nube negra se elevó desde los confines del cielo. Todo lo que era claro se volvió oscuro. El hermano no ve a su hermano. Los habitantes del cielo no se reconocen. Los dioses temían al Diluvio. Huyeron y ascendieron al cielo de Anu.»

¿Quiénes eran esos «habitantes del cielo»? ¿Quiénes eran esos dioses que temían al Diluvio y se refugiaron en los cielos? Si hubieran sido seres etéreos, no se habrían sentido aterrorizados por el furor de los elementos. Cabe suponer que estos habitantes del cielo no eran otros que los jefes atlantes que tenían aviones, o incluso astronaves, a su disposición.

Según la religión sumeria, el «cielo de Anu» era la sede de Anu, padre de los dioses. Su significado estaba asociado con las palabras «grandes alturas» y «profundidades», lo que hoy llamamos «el espacio». Los hombres del cielo partieron al espacio: tal es nuestra interpretación de este desconcertante pasaje del canto épico.

El libro de Dzyan, recibido hace unos cien años por Héléne Blavatsky en una ermita del Himalaya, podría ser una página perdida de la historia de la Humanidad:

«Sobrevinieron las primeras Grandes Aguas y devoraron las Siete Grandes Islas. Todo lo que era santo fue salvado; todo lo que era impuro fue aniquilado (15).»

Un antiguo comentario de este libro explica con perfecta claridad el modo en que se produjo el éxodo de la Atlántida. 

En previsión de la catástrofe inevitable, el Gran Rey, «de rostro deslumbrante», jefe de los hombres esclarecidos de la Atlántida, envió sus navios del aire a los jefes, sus hermanos con el mensaje siguiente: «Preparaos, levantaos, hombres de la Buena Ley, y atravesad la Tierra mientras todavía está seca.»

La ejecución de este plan debió de mantenerse secreta a los poderosos y malvados jefes del imperio. Entonces, durante una noche oscura, mientras el pueblo de la «Buena Ley» se hallaba ya a salvo del peligro de la inundación, el Gran Rey reunió a sus vasallos, escondió su «rostro deslumbrante» y lloró. Cuando sonó la hora, los príncipes embarcaron en vimanas (naves aéreas) y siguieron a sus tribus a los países del Este y del Norte, a África y a Europa. Entretanto, gran número de meteoritos cayeron en masa sobre el reino de la Atlántida, donde dormían los «impuros».

Si bien la posibilidad de un éxodo de la Atlántida por vía aérea no debe ser necesariamente aceptada, merece, no obstante, ser objeto de un examen científico. ¿Acaso no contiene la Enciclopedia de los viajes interplanetarios, publicada en la URSS por el profesor N. A. Rynin, una ilustración en la que se ve a los Grandes Sacerdotes atlantes elevarse en avión, mientras, al fondo, la Atlántida se hunde en los mares?
En la época prediluviana eran, sin duda, muy pocas las personas que poseían aviones o astronaves; incluso en nuestros días, solamente las compañías comerciales o los Gobiernos son propietarios de aviones o cohetes cósmicos. La situación no debía de ser distinta en la época atlante.

Los babilonios han conservado el recuerdo de astronautas b de aviadores prehistóricos en la persona de Etana, el hombre volador. El museo de Berlín posee un sello cilindrico en el que aparece atravesando los aires a lomos de un águila, entre el Sol y la Luna. 

En Palenque, México, puede verse el curioso dibujo de un sarcófago extraído de una pirámide descubierta por el arqueólogo Ruz-Lhuillier. Representa, en estilo maya, a un hombre sentado sobre una máquina semejante a un cohete que despide llamaradas por un tubo de escape. El hombre está inclinado hacia delante: sus manos reposan sobre unas barras. El cono del proyectil contiene gran número de misteriosos objetos que podrían ser partes de su mecanismo. Después de haber analizado numerosos códices mayas, los franceses Tarade y Millou han llegado a la conclusión de que se trata de un astronauta a bordo de una nave espacial, tal como las concebía este pueblo (16).

Los jeroglíficos existentes en el borde significan el Sol, la Luna y la Estrella Polar, lo que vendría a apoyar la interpretación cósmica. Mas, por otra parte, las dos fechas marcadas sobre la tumba —603 y 663 d. de JC.— no dejan de suscitar nuestras dudas. Sin embargo, en el caso de que el sacerdote enterrado en la tumba no fuera simplemente un sacerdote astrónomo, sino un guardián de la tradición de los «dioses astrales» de la América Central, el ornamento podría explicarse como una evocación de viajes espaciales anteriores.

Esta tradición de antiguas naves aéreas se nos aparece como un vago eco de la aviación y la astronáutica prehistóricas. Podría admitirse una explicación parecida, ya que, según ciertos atlantólogos, la civilización habría alcanzado antes del Diluvio un nivel muy elevado.

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