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martes, 4 de septiembre de 2018

LOS MITOS SE TORNAN VERDAD

LOS MITOS SE TORNAN VERDAD
Andrew Thomas

En la tribu mansi, de la tundra de la Siberia ártica, existe una leyenda. Hace mucho, mucho tiempo, un pájaro de fuego convivía con nuestros antepasados: su calor era tan grande que hacía crecer árboles gigantes y alimentaba a extraños animales. Pero llegó un ladrón que lo robó, y se produjo entonces un intenso frío y vientos fortísimos. Los árboles y los animales extraños perecieron.

Ahora bien, no se trata en manera alguna de un mito, sino de un hecho científico, puesto que en la tundra siberiana se encuentran fósiles de esos árboles y animales prehistóricos. Los relatos verbales transmitidos de generación en generación son a veces de una precisión sorprendente.

En este libro hemos prestado gran atención a los mitos. Se los considera generalmente como producto de la fantasía, pero no siempre lo son. El folklore, memoria colectiva de la raza humana, contiene numerosos recuerdos de acontecimientos pasados, a menudo embellecidos por el narrador e inevitablemente deformados al pasar de una generación a otra. Ocurre con frecuencia que los mitos no son sino fósiles históricos. Sería adoptar una actitud nada científica rechazar la mitología como un conjunto de fábulas; la realidad de ayer es el mito de hoy. El mundo en que vivimos no será más que un mito dentro de una decena de miles de años. En ese lejano futuro, lossabios se enzarzarán en polémicas respecto al carácter mítico de las leyendas que hablarán de nuestra civilización desaparecida.

Hasta un período que se remonta por lo menos a 250 años, las ciudades de Pompeya y Herculano no representaban nada más que un mito. Cuando fueron descubiertas y sacadas a la luz, entraron en la Historia. Visitando Pompeya, yo sentía la impresión de encontrarme en una ciudad cuyos habitantes estuvieran simplemente dormidos.

Entre las afabulaciones de Heródoto figura la historia de un lejano país en que varios grifos montan guardia ante un tesoro de oro. Los arqueólogos soviéticos han descubierto este país: es el Altai, o Kin Shan en chino, que significa «la montaña de oro». Desde la Antigüedad, había allí minas de oro. Los sabios han descubierto en el valle de Pazyrka vestigios de una elevada civilización, en particular soberbios adornos que representan grifos. Así es como un mito confuso que hablaba de grifos, guardianes del oro, ha cesado de ser una simple leyenda (67).

Aunque la altura fortificada de Petra, perdida en el desierto al sur del mar Muerto, haya sido descrita por Eratóstenes, Plinio, Eusebio y muchos otros, se ha convertido con el tiempo en una ciudad legendaria. Hasta principios del siglo xix no consiguió Burckhardt encontrar la entrada de la garganta, descubriendo allí un edificio tallado en la roca firme, un anfiteatro y numerosas cavernas. Una vez más, la fábula se había convertido en realidad.

Cuando, en 1870, Heinrich Schliemann emprendió sus excavaciones en los cerros de Hissarlik, en Asia Menor, para encontrar la legendaria ciudad de Troya, los eruditos le creyeron loco. Sin embargo, la Ilíada de Homero decía la verdad; Troya no era un mito. Schliemann iba a descubrir las ruinas de una ciudad más antigua todavía que Troya; a continuación de su gran triunfo, fueron identificados los vestigios de Troya.

La historia de Diego de Landa, escrita en 1566, referente alpozo sagrado del sacrificio en el que los habitantes del Yucatán arrojaban víctimas humanas y joyas, ha sido considerada siempre por los historiadores como una simple leyenda. Pero, en el siglo xix, E. H. Thomson, diplomático y arqueólogo americano, dio validez al viejo relato indio al descubrir el pozo de Chichén-Itzá.

Hace seis siglos, un embajador chino llamado Chow-Ta-kwan sometía a su emperador la descripción de una ciudad fantástica, rodeada de murallas y perdida en la jungla, que habría sido el centro de un floreciente reino en el sur de China. Cuando el documento fue publicado en 1858, los sabios occidentales lo rechazaron como un producto de la imaginación. Pero antes de que pasara mucho tiempo, un naturalista francés, A. H. Mouhot, descubría en Indochina las ruinas de Ang-kor Thom, cuyo aspecto correspondía de modo sorprendente a la descripción hecha por el mandarín de la ciudad legendaria perdida en la jungla (68).

Cuando Marco Polo regresó a Europa y describió las piedras negras que ardían en China, calentando los baños cotidianos, no consiguió sino provocar las risas de sus compatriotas de Venecia. En primer lugar, las piedras no podían arder, y, además, ¿quién podía permitirse el lujo de bañarse a diario? Mis lectores habrán comprendido: la piedra negra es, simplemente, el carbón. También se ridiculizó su mención de aceite negro extraído en grandes cantidades de la tierra en la región del mar Caspio. Los ciudadanos de Venecia se regocijaban con estos cuentos, considerados en la actualidad como hechos científicos incluso por los niños.

Resulta a veces difícil determinar dónde cesa el mito y dónde comienza la Historia, dónde finaliza la Historia y dónde comienza el mito. En nuestros días, y aun en los medios científicos, se extiende cada vez más la tendencia a considerar la mitología y el folklore como fuentes históricas. El doctor Cari Sagan, eminente astrofísico de los Estados Unidos, ha reforzado este punto de vista al referirse a un viaje efectuado porLapérousse en 1786 al noroeste de América. Las leyendas transmitidas por los indios, que habían visto los barcos de los navegantes, cuentan detalles sorprendentemente precisos sobre el aspecto de la flota francesa que acudió a visitarles. Ello indica cómo el recuerdo de un acontecimiento puede conservarse, por transmisión verbal en las masas, a través de generaciones.

Los indios de Guatemala relatan leyendas muy curiosas cuyo origen se remonta al siglo xvi. Pero cuando esos relatos, referentes a una milagrosa aparición de seres divinos y a su manera de vivir, fueron atentamente analizados por la Universidad de Oklahoma, se vio al instante que aquellos seres mitológicos eran, simplemente, los invasores españoles.

Es necesario, ciertamente, tener en cuenta las inexactitudes, las exageraciones y las distorsiones que no pueden por menos que deslizarse en toda historia transmitida a través de los siglos. Pero ello no impide que los relatos contengan un núcleo de verdad, un reflejo de la vida de antaño. Contemplando las cosas desde este ángulo, no deberíamos rechazar las leyendas que nos hablan de una civilización altamente evolucionada y destruida por una catástrofe planetaria.

La ciencia actual retorna gradualmente a la sabiduría de la Antigüedad. Se enseñaba a los niños de la antigua Grecia que la Tierra era una esfera que flotaba en el espacio infinito. Sus maestros estaban informados sobre las dimensiones relativas del Sol y de la Luna y sobre la distancia aproximada que los separa de la Tierra. En las plazas públicas, los filósofos pronunciaban conferencias en que describían la Vía Láctea como un conglomerado de estrellas, cada una de las cuales era un sol. Bajo las columnas de su templo, hombres revestidos de togas y túnicas discutían sobre la posibilidad de vida en otros planetas.

Dos mil años más tarde, se enseñaba a los escolares europeos que la Tierra, centro de la creación, era plana, y que las estrellas eran agujeros en el firmamento. ¿Qué derecho tenemospues, nosotros, a mirar por encima del hombro a estos sabios del mundo clásico, cuya sabiduría era más grande que la de los teólogos medievales?

Todas esas tradiciones que nos hablan de tesoros sepultados hace millares de años no provienen necesariamente del mito. Si consintiéramos en utilizarlas como hipótesis de trabajo, podríamos llegar a grandes descubrimientos en el transcurso de nuestro siglo.

Su influencia sobre nuestra vida sería más intensa de lo que cabe imaginar. La prueba de un cataclismo geológico que, de modo súbito, destruyera la Atlántida exigirá la introducción de ajustes en nuestras ideas científicas y nos hará admitir la posibilidad de bruscas catástrofes a una escala planetaria. La Historia, en que tantos capítulos faltan, podrá trazar al fin un cuadro exacto de la evolución humana. Nuestros sociólogos descubrirán los sistemas sociales y económicos del mundo anterior al cataclismo y podrán estudiar su desarrollo, cosa de inapreciable valor para los que quieren formarse un juicio sobre los conflictos de las ideologías modernas. Instrumentos de maquinaria arcaica construidos conforme a principios que ignoramos podrían encauzar a nuestra ciencia por nuevos caminos. Las creencias de una raza desaparecida nos harán comprender el desarrollo de la consciencia humana. El descubrimiento de un mundo desconocido en el tiempo podría ser equivalente al descubrimiento de un mundo habitado en el espacio. Uno y otro transtornarían violentamente todas nuestras nociones.

Poniendo en duda ciertas opiniones generalmente aceptadas del pasado, se ha llegado a veces a grandes revelaciones. Roger Bacon diagnosticó perfectamente las causas de los errores humanos al escribir en su Opus Majus: «Pues toda persona, en todas las condiciones de la Vida, llega a las mismas conclusiones, aplicadas a losestudios y a toda forma de investigación, por medio de tres argumentos, cada uno peor que el otro: Éste es un modelo establecido por nuestros mayores; esta es la costumbre, esta es la creencia popular; debemos, en consecuencia, atenernos a ello.»

A semejanza de nuestros predecesores, nosotros continuamos viviendo en una sociedad mentalmente condicionada en la que todo abandono de un modo de pensamiento reconocido es considerado como una rebelión contra los ídolos de nuestro tiempo. Pero millares y millares de personas comienzan hoy a pensar por sí mismas. Para ellas, este libro representará algo más que una ficción.

Esperemos, pues, el advenimiento de esa época de progreso científico, el más revolucionario de todos los descubrimientos arqueológicos; el de los tesoros de la Atlántida.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LOS SECRETOS DE LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

LOS SECRETOS DE LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA
Andrew Thomas

Cuando los sacerdotes de Egipto y de Babilonia afirman que sus crónicas tenían una antigüedad de centenares de siglos, ello nos parece una burda exageración. Sin embargo, sabemos que las colecciones del Serapeum y el Brucheum de Alejandría contenían más de medio millón de manuscritos de un valor infinito. El descubrimiento de sólo una parte de esos documentos bastaría, quizá, para hacernos cambiar de golpe nuestras concepciones de la historia antigua.

La Biblioteca de Alejandría ha sido designada con justicia como el lugar de nacimiento de la ciencia moderna. Si la civilización europea hubiera tenido la suerte de heredarla en su totalidad, el progreso de la Humanidad se habría visto grandemente acelerado.

La línea de monarcas del antiguo Egipto finaliza con Cleo-patra. Ultima reina del país de los faraones, habría podido muy bien dar la orden de encerrar los archivos y los papiros en cámaras subterráneas.

Según una tradición, ciertos libros sagrados de Egipto fueron escondidos en lugares secretos poco tiempo antes de que los romanos incendiaran Alejandría y sus bibliotecas. Se llega, incluso, a sostener que el lugar en que se encuentran los escondrijos repletos de valiosos manuscritos es conocido de irnos cuantos iniciados de una antigua hermandad (60). 

Julio César incendió la flota egipcia frente a Alejandría; como se sabe, el incendio se propagó a la ciudad y destruyó el Brucheum. Diocleciano restauró las bibliotecas, pero, bajo el reinado de Aureliano, el Brucheum fue una vez más destruido por completo. Bajo el reinado de Teodosio, el Serapeum fue saqueado por fanáticos cristianos. La Historia no nos informa sobre el destino de los libros que fueron robados. Es posible que cierto número de rollos cayera en manos de hombres instruidos que los ocultaran en lugar seguro para beneficio de las generaciones futuras.

La señora H. P. Blavatsky afirma en su libro Isis sin velo que un monasterio griego posee un manuscrito muy raro de Theodas, escriba de la célebre Biblioteca de Alejandría. Asegura haber visto en manos de un monje una copia de este documento. Indica que poco tiempo antes de la entrada de Julio César en Egipto se estaban realizando reformas en la Biblioteca y que, previamente, los pergaminos más valiosos habían sido depositados en la casa de uno de los bibliotecarios.

Cuando el incendio provocado por los romanos destruyó los tesoros acumulados en la biblioteca de Cleopatra, se admitió generalmente que los papiros retirados habían ardido también, pero, gracias a los esfuerzos de los bibliotecarios, que contaban con la posibilidad de un desastre en tiempo de guerra, se habrían salvado en gran parte.

El informador de la señora Blavatsky, que poseía una copia del documento extendido por Theodas, le dijo que en el momento oportuno muchas personas podrían tomar conocimiento de este antiguo informe sobre el destino de la Gran Biblioteca. Les revelaría el lugar en que fueron escondidos los valiosos rollos. Se trataría, siempre según el monje, de millares de libros, especialmente seleccionados y almacenados en Asia. ¿Decía la verdad o inventaba?

sábado, 1 de septiembre de 2018

AERONAVES Y ASTRONAVES DE LA ANTIGÜEDAD

AERONAVES Y ASTRONAVES DE LA ANTIGÜEDAD
Andrew Thomas.

Es perfectamente lícito suponer que la mayoría de las leyendas referentes a las naves del espacio de la Antigüedad constituyen los ecos de una antigua civilización que conocía la aviación y la astronáutica. Pese a la enérgica oposición que la mayor parte de los sabios manifiestan hacia la teoría de una avanzada tecnología existente en un remoto pasado, pueden citarse numerosos hechos en apoyo de esta hipótesis.

El Ramayana hindú contiene detalladas descripciones de un vimana, o avión. Estaba propulsado por un líquido blanco amarillento. El vimana era de considerables dimensiones: de dos pisos, con ventanas y una cúpula con pináculo. Este avión de la Antigüedad podía volar, según la habilidad del conductor, con «la rapidez del viento» y produciendo un melodioso sonido. Su manejo exigía mucha inteligencia. El «avión» podía atravesar el cielo, o detenerse y permanecer inmóvil en el aire.

Los vimanas se guardaban en hangares llamados vimana griha. Según los testimonios de la Antigüedad, el vimana volaba por encima de las nubes, y a esa altura «el océano parecía un pequeño estanque». El aviador veía «las tierras bañadas por el océano y las desembocaduras de los ríos en el mar» (49).

Los aviones arcaicos eran utilizados para la guerra por los reyes, y para el deporte por personas importantes que buscaban su placer. ¿Nos es lícito creer que detalles tan precisos provienen de simple fantasía?

En China, el emperador Chun, que reinó hace 4.200 años, había construido una carroza voladora. No es solamente el primer piloto que menciona la Historia, sino también el primer paracaidista (44).

En un poema titulado Li Sao, Chu Yuan (340-278 a. de JC.) describe un viaje a través de los aires. Estaba arrodillado ante la tumba del emperador Chun, cuando hizo su aparición una carroza de jade tirada por cuatro dragones. Chu Yuan subió al aparato y voló a gran altura a través de China en dirección a la cordillera de Kun Lun. Durante este viaje a través de los aires, pudo observar la tierra sin ser molestado por los vientos ni por el polvo del desierto de Gobi; aterrizó sin tropiezos y, en otra ocasión, sobrevoló las montañas Kun Lun (53).

El emperador Cheng Tang (1766 a. de JC), fundador de la dinastía Chang, dio a Ki Kung Chi la orden de construir una carroza voladora. Este ingeniero de la Antigüedad obedeció y sometió su aparato a una prueba volando hasta la provincia de Ho-Nan. No obstante, el aparato fue destruido por orden imperial, a fin de que el secreto del mecanismo no pudiera caer en manos inadecuadas (44).

Las máquinas voladoras de la antigua China eran o bien el producto de una experimentación científica, o bien la supervivencia de una invención originaria de una raza anterior al Diluvio. Como en aquella época los chinos carecían de tecnología, debe aceptarse la segunda de estas dos hipótesis.
El vuelo de Chu Yuan sobre el Kun Lun nos indica quizá el origen de estos conocimientos técnicos de la China antigua. La imponente cordillera del Kun Lun está considerada por los chinos como la morada «de los dioses».

Estos «aviones» se hallaban tradicionalmente reservados a los emperadores y sabios taoístas, que se suponía actuaban como intermediarios entre los «genios de las montañas» y el común de los mortales.

Una prueba indirecta de nuestra teoría, según la cual la aviación era conocida en la Antigüedad, nos viene dada por la presencia de la expresión «carroza voladora» en el vocabulario chino. Cuando, a comienzos de nuestro siglo, hizo su aparición el avión, los chinos no se vieron obligados, como nosotros, a inventar una palabra nueva: les bastó con emplear la antigua: fei chi (carroza voladora).

En el segundo año del reinado del emperador Yao (2346 antes de JC.) hizo su aparición un hombre extraño. Se llamaba Chi Chiang Tzu-yu. Era un arquero tan hábil, que el emperador le confirió el título de «arquero divino» y le nombró «mecánico jefe».

Según los anales de China, subió sobre un pájaro celeste. Cuando fue «llevado al centro de un inmenso horizonte», advirtió que no podía observar el movimiento de rotación del Sol. Nuestros astronautas que atraviesan el espacio dirigiéndose desde la Tierra hacia la Luna o el planeta Marte son también incapaces de ver la salida o la puesta del Sol. El antiguo texto que nos habla del vuelo del «mecánico jefe», ¿no indica que el hombre podía atravesar el espacio interplanetario hace miles de años?

El gran pensador chino Chuang Tzu describió en el siglo m antes de nuestra Era una obra titulada Viaje hacia el infinito. Cuenta en ella cómo ascendió en el espacio hasta una distancia de 52.300 kilómetros de la Tierra sobre el lomo de un pájaro fabuloso de dimensiones enormes (54). Según las creencias taoístas, los «chen jen», u hombres perfectos, son capaces de volar a través de los aires en alas del viento. Atraviesan las nubes desde un mundo a otro y viven en las estrellas (55). Teng Mu, erudito de la dinastía Sung, ha hablado de «otros cielos y otras tierras». Ma Tse Jan, físico eminente de la vieja China, fue transportado vivo al cielo después de haber dominado la filosofía del Tao. 

En el curso de sus expediciones a través del Tibet y de Mongolia, el profesor Nicolás Roerich ha leído en libros budistas pasajes referentes a «serpientes de hierro que devoran el espacio con fuego y humo», así como otros que hablan de «habitantes de estrellas lejanas (20)».

En la revista soviética Neman (núm. 12, 1966), Viacheslav Zaitsev describe extraños discos de piedra descubiertos en el distrito de Baian-Kara-Ula, en la frontera entre China y el Tibet. Tienen agujeros en el centro, exactamente igual que los discos de gramófono. Una doble ranura con inscripciones en jeroglíficos corre en espiral desde el centro hacia el borde de estos discos.

El profesor Sum-Um-Nui, con la ayuda de cuatro de sus colegas, ha descifrado las inscripciones grabadas en esos surcos. Pero su descubrimiento pareció tan sensacional que la Academia de Prehistoria de Pekín rechazó al principio la publicación de los textos. Sólo cuando, finalmente, se obtuvo la autorización, pudieron los sabios chinos publicar un libro bajo el título, compuesto para intrigar a los lectores: Discos jeroglíficos revelan la existencia de naves espaciales hace doce mil años.

Un análisis efectuado en Moscú de varias partículas de la piedra de los discos había dado resultados sorprendentes: contenía una gran cantidad de cobalto y de varios otros metales. Sometidos al examen de un oscilógrafo, los discos manifestaban una frecuencia particular, como si hubieran sido cargados de electricidad hacía miles de años.

Los grabados existentes en estos discos de Baian-Kara-Ula representan el Sol, la Luna y las estrellas, así como varios puntos extraños deslizándose del cielo hacia la Tierra.

Chin Pe Lao, de la Universidad de Pekín, ha descubierto, a su vez, curiosos dibujos en las montañas de Ho-Nan y en una isla del lago Tungting. Realizadas hace unos 47.000 años, estas ilustraciones sobre granito representan gentes con grandes trompas y navios del espacio de forma cilindrica. Resulta ciertamente difícil admitir la existencia de astronaves y de cascos astronáuticos en una época tan remota.

Del estudio de los mitos y los documentos históricos se desprende, en todo caso, que en remotos tiempos debieron de existir realmente hombres que volaban hacia el cielo y visitantes cósmicos que descendían sobre la Tierra.

A cada uno de nosotros corresponde decidir si estos visitantes del espacio venían de otro planeta o de una colonia atlante escondida en un lugar secreto y alejado de nuestro globo terráqueo.

Pero no habría contradicción entre las dos versiones si admitiéramos, sobre la base de los datos disponibles, que la Atlántida mantenía contactos con las civilizaciones de otros planetas.

En un artículo titulado «Sobre las huellas de las leyendas», U. Katchev subraya en la revista soviética Smena cuan útil es dar pruebas de imaginación en el campo de la ciencia. Transcribimos de dicho artículo el extracto siguiente, que demuestra hasta qué punto coinciden estas ideas con las que inspiran el presente libro: «La Tierra fue visitada por una expedición de cosmonautas. La nave del espacio aterrizó sobre el continente de la Atlántida. Según todas las apariencias, la Tierra no era su base principal, pues en tal caso su estancia habría dejado huellas más definidas. Los astronautas debían de poseer unos conocimientos tecnológicos tales que podían construir satélites volantes en las condiciones especiales de su vida; utilizándolos como bases, iban a alcanzar la Tierra y otros planetas en «plañe-toplanos». Según toda probabilidad, sólo dieron a conocer a los atlantes unas pocas facetas de su civilización, ninguna de las cuales podía ser empleada para someter a esclavitud a los pueblos vecinos, lo que habría sido contrario a sus sentimientos, intensamente humanos. Todas las probabilidades indican que estas facetas eran la pintura, la escultura, la arquitectura, las matemáticas y la astronomía. Quizá visitaron la Tierra en varias ocasiones, y el folklore ha debido de guardar el recuerdo de ellas en sus descripciones de descensos de dioses sobre la Tierra. Los atlantes crearon el primer Estado de la Historia de la Humanidad. Su continente fue devorado por las aguas hace 11.500 años. La sede principal de la civilización desapareció. Gradualmente, los hombres perdieron los conocimientos adquiridos, y los vestigios de la antigua ciencia sólo ocasionalmente habían de aparecer en la superficie (56).»

Sirviéndose de cálculos matemáticos, el doctor Cari Sagan, astrofísico americano de primera fila, ha llegado a interesantes conclusiones. Sugiere que, si cada civilización avanzada de nuestra galaxia despachara una nave espacial una vez al año (según nuestra evaluación del tiempo) en dirección a las estrellas vecinas, el intervalo entre las visitas cósmicas se cifraría en unos 5.500 años. Conforme a los calados del doctor Sagan, los exploradores llegados de otros sistemas solares deberían bien pronto sobrevolarnos en el curso de sus giras de inspección regular. Al aterrizar, los cosmonautas se verían grandemente sorprendidos por los progresos alcanzados por la Humanidad desde el reinado de la primera dinastía del antiguo Egipto.
Dicho sea de paso, la tradición de los aztecas habla de una promesa hecha por «los hijos del cielo» de regresar al cabo de seis mil años, es decir, en nuestra época histórica (57).
El doctor Sagan está convencido de que «la Tierra pudo ser visitada numerosas veces por representantes de diversas civilizaciones galácticas durante períodos geológicos, y en modo alguno cabría descartar que existieran aún vestigios de tales visitas (58)». El sabio americano recomienda no rechazar a la ligera los mitos antiguos que nos hablan de la aparición de visitantes del espacio, designados por los documentos y por el folklore como «dioses» o «ángeles». 

En la actualidad, la reacción de un hombre o una mujer ignorantes que, habitando en una región aislada del mundo, no hubieran visto jamás un automóvil o un avión, sería aproximadamente la misma que la de nuestros antiguos ante la aparición de un extraño aparato.

Hace una veintena de años, se procedió a desmontar un jeep, cuyas piezas fueron transportadas luego a través del desfiladero de Rohtang, en el Himalaya, a cuatro mil metros de altura y vueltas a montar seguidamente en el lado de Lahoul. Cuando el jeep descendió al valle, los indígenas, sorprendidos por la aparición de un vehículo de propulsión mecánica como nunca hasta entonces habían visto, salieron todos para venerar aquella manifestación de un poder sobrenatural.

Cuando, en 1948, aterrizó en Ladakh por primera vez un avión, la reacción de los tibetanos ante aquel monstruo volador fue más divertida aún: llevaron heno para alimentarlo.

Interrogado sobre la probabilidad de contactos interplanetarios, K. E. Siolkovski, pionero de la astronáutica rusa, no ha vacilado en responder que la aparición de cosmonautas llegados de otros planetas pudo muy bien producirse en el pasado y se producirá ciertamente en el futuro (59).

Cuando, en 1930, se formuló la misma pregunta a otro sabio soviético, el profesor N. A. Rinin, éste respondió que «si se compulsan los relatos y leyendas de la Antigüedad, no se puede por menos de sentirse sorprendido ante las extrañas coincidencias existentes entre las leyendas que circulan por países separados unos de otros por océanos y desiertos. Tales coincidencias incluyen los relatos relativos a la aparición sobre la Tierra, en tiempos inmemoriales, de habitantes de otros mundos. ¿Por qué no admitir que en el fondo de esas leyendas existe un grano de verdad? (59)». 

Ahora bien, si seres procedentes de otros planetas nos han visitado en una época olvidada, resulta claro que frutos y granos desconocidos en la Tierra pudieron ser traídos a ella por «dioses» llegados de otros lokas o mundos, como afirman los libros de los brahmanes.

El problema de contactos cósmicos en el pasado, quizá en la época atlante, ha sido estudiado por los hombres de ciencia. Merece ciertamente una seria consideración en nuestra época, cuando también nosotros nos disponemos a explorar otros planetas.

Por detrás de las fábulas legendarias, podemos discernir vagamente la existencia de una época remota durante la cual una raza desaparecida pudo alcanzar un alto nivel de nociones tecnológicas.

viernes, 31 de agosto de 2018

ROCAS EN EL AIRE

ROCAS EN EL AIRE
Andrew Thomas

Cuando en OIIantay-Tambo y Sacsahuamán, Perú, se descubrió la albañilería preincaica, el peso de algunas de las piedras fue calculado en más de cien toneladas. A pesar de su enorme masa, los bloques estaban colocados con tal exactitud que apenas si se podían advertir las juntas a simple vista. Aparte de Egipto, estas construcciones erigidas por los arquitectos del Perú no han sido igualadas en ningún otro país.

La Gran Pirámide de Kufu, en Egipto, es una de las obras de construcción más precisas del mundo. Los que la erigieron hubieron de tener conocimientos superiores de geometría y arquitectura. Se ha podido decir: «El tiempo se burla de todo, pero las pirámides se burlan del tiempo.»

Los pulidos bloques de un peso de quince toneladas colocados en la base de la pirámide de Kufu están ajustados con una precisión de una centésima de pulgada. Resulta difícil introducir un papel fino entre estos bloques. Ninguna nación habría podido alcanzar una precisión semejante antes del advenimiento de la tecnología moderna.

Si aceptamos la fecha establecida por los egiptólogos para la construcción de la Gran Pirámide, este edificio, considerado hasta época reciente como el más alto del mundo, fue erigido en un tiempo en que no existían grúas ni ruedas. Solamente un siglo antes del comienzo de los trabajos de la pirámide, los egipcios utilizaban todavía argamasa de barro y paja. ¿Puede admitirse que en el curso de un siglo los antiguos egipcios fueron capaces de realizar progresos tan extraordinarios que les bastaron menos de veinte años para erigir un edificio de piedra que ha seguido siendo hasta nuestros días el más elevado de todos?

Nunca se ha explicado de manera satisfactoria cómo pudo llevarse a feliz término la construcción de la pirámide Kufu. Diodoro de Sicilia escribe que 360.000 hombres trabajaron en ella durante veinte años. La cifra dada por Heródoto es de cien mil hombres para el mismo período.

Según el historiador griego, esta extravagante empresa estuvo a punto de llevar a Keops o Kufu al borde de la bancarrota. Para salvar su situación, el cruel faraón decidió enviar a su hija, famosa por su belleza, a una casa especializada en el comercio de hechizos. La joven supo manejárselas bien en el asunto: no sólo obtuvo la suma exigida por su padre, sino que decidió, además, erigir un monumento en su propio honor y exigió a cada uno de sus visitantes que le hiciera donación de una piedra para esta construcción.

Quizá sea difícil aceptar un relato de este tipo como una contribución auténtica a la Historia. Heródoto pudo ser deliberadamente inducido a error por los sacerdotes egipcios, que no querían revelarle el verdadero medio utilizado para sus construcciones megalíticas.

Cuando, en el siglo xix, se procedió a tomar medidas exactas de la Gran Pirámide, se puso de manifiesto que el ángulo entre cada una de sus caras y la superficie de la base era de 51° 51' — 51° 52'. Como la cúspide de la pirámide había desaparecido, se determinó la altura de la construcción por medios geométricos. Luego, conforme a las enseñanzas de las matemáticas, el perímetro de la base fue dividido por el doble de la altura: se obtuvo el sorprendente resultado de 314149, o »i

La distancia media de la Tierra al Sol ha sido fijada en 149,5 millones de kilómetros. La pirámide de Keops tiene una altura de 147,8 metros, es decir, la distancia del Sol reducida mil millones de veces, con un error de un uno por ciento.

La unidad de longitud empleada para la construcción era el codo piramidal, equivalente a 635,66 milímetros. El radio de la Tierra, desde el centro hasta el Polo, es de 6,357 kilómetros, es decir, el codo piramidal multiplicado por diez millones.

A finales del siglo xvm, se aceptó como metro standard en París la diezmillonésima parte del cuadrante terrestre. En nuestro siglo, en el curso de mediciones más precisas de la Tierra, se ha reconocido la inexactitud del cálculo. Y, sin embargo, el codo egipcio equivale, con una precisión de una centésima de milímetro, a la diezmillonésima parte del radio de la Tierra.

La longitud en su base de una cara de la pirámide es de 365,25 codos piramidales. Pero también hay 365,25 días en un año, nueva extraña coincidencia entre las proporciones de la pirámide y los datos astronómicos. ¿No debe suponerse que el origen de los proyectos de la Gran Pirámide ha de buscarse en la Atlántida?

Tras un profundo estudio de las proporciones geométricas de la pirámide de Kufu, A. K. Abramov, ingeniero moscovita, ha llegado a la conclusión de que esta pirámide nos da una respuesta al problema, jamás resuelto por los matemáticos, de la cuadratura del círculo. Estima que los antiguos egipcios consiguieron resolverlo empleando el sistema septenario para

definir π como 22/7 . Ha podido constatar igualmente que utilizaban un «radián», o π/6 como unidad fundamental de medida. 
En el curso de una conversación que sostuve en Moscú con A. K. Abramov, éste me dijo: 

«Es indispensable tomar en consideración el marco histórico que determinó la aparición de la cuadratura del círculo en su aplicación práctica. Remontémonos 4.500 años en las profundidades de los tiempos, hacia la época en que fue construida la Gran Pirámide. Mucho antes de su erección, los hombres instruidos de la Antigüedad estaban al corriente de numerosos hechos objetivos. Entre los más importantes de ellos figura el descubrimiento de la relación entre la longitud de la circunferencia y su diámetro, igual a 22 / 7en el sistema septenario. Hacia la misma época, se descubrieron también ciertas variedades relativas, tales como el despliegue de la circunferencia, los tres sectores de un ángulo, el doblado de un cubo sin modificación de su forma, la conversión de volúmenes de cubos en volúmenes de esferas, etcétera. Como es lógico, los hechos descubiertos fueron aplicados a la realidad objetiva. Se ha establecido que la pirámide de Kufu está construida de tal modo que el perímetro de la base es igual a una circunferencia de radio igual a la altura de la pirámide. Con arreglo a las dimensiones de la pirámide expresadas en "radianes", esta igualdad entre los perímetros del cuadrado y del círculo se manifiesta con claridad en las ecuaciones siguientes, la primera de las cuales muestra la longitud de los cuatro lados de la Gran Pirámide, y la segunda, la de una circunferencia trazada con un radio equivalente a la altura de la pirámide (2π r):

440 X 4 = 1.760 2 X 22/7 X 280 = 1.760 * 

1 radián = π/6 = 0'523.8095 

Según Abramov, los sacerdotes de Egipto tenían una concepción especial de las tres dimensiones del espacio. A sus ojos, el punto representaba el lugar inicial de las tres direcciones: longitud, anchura y profundidad.

«Pitágoras era incapaz de captar la riqueza de las nociones geométricas de que disponía Egipto en su época —proseguía Abramov—. Los conocimientos egipcios eran de un orden superior. Su origen constituye un enigma. Pero los hechos reales están ahí para confirmar la existencia de esta ciencia superior: esas pirámides que han sobrevivido a los siglos atestiguan la sabiduría de sus constructores.
»Los matemáticos tal vez se sientan inclinados a exclamar: ¡Sea maldita esa ciencia desconocida y caigan en pedazos todas las pirámides! A fin de cuentas, nada podría impedirles proclamar que hemos alcanzado la cima de la civilización y que ningún hombre del pasado pudo ser más inteligente que el hombre de hoy.

»Lobachesvski, el gran matemático ruso, nos ha demostrado la universalidad de la geometría del espacio. Esta gran ciencia fue antaño importada a Egipto. Pero, ¿de dónde y por quién? Podrían quedar aclarados muchos misterios si admitiéramos que los primitivos Hijos del Sol eran portadores de la civilización llegados del espacio.

»La universalidad científica de la geometría nos prueba que la vida hizo su aparición en otros planetas antes, probablemente, que en el nuestro, pero que siguió la misma evolución en el terreno del conocimiento.

»Otra civilización cósmica podría haber aprendido a producir energía por métodos diferentes. Quizá fue capaz de transformar la luz en energía de propulsión sin tener que recurrir a los sincrotrones. En este caso, habría podido disponer de naves del espacio construidas de un modo diferente al nuestro», concluía A. K. Abramov.

Cuando la conversación hubo terminado, recordé una anécdota atribuida a Einstein, según la cual a la pregunta: «¿Cómo se hace un descubrimiento?», contestó éste: «Cuando todos los sabios presentes se han puesto de acuerdo para declarar que tal cosa sería imposible, llega un rezagado que resuelve lo imposible.»

Cuanto más se estudian las pirámides, más cree uno que fueron construidas por una raza de gigantes de la ciencia.

Según cierta tradición, los monumentos megalíticos fueron construidos utilizando las vibraciones de los sonidos. La gravitación habría sido neutralizada por sortilegios musicales y por varitas magnetizadas que levantaban las piedras en el aire. Se trata de una posibilidad, fantástica a primera vista, que merecería, no obstante, ser estudiada a fondo en nuestra época de la aviación y la astronáutica.

Existe entre los árabes una curiosa leyenda referente a la construcción de la Gran Pirámide:

«Pusieron bajo las piedras hojas de papiro en las que había escritas muchas cosas secretas y las golpearon luego con una varita. Entonces, las piedras ascendieron en el aire a la distancia de un tiro de flecha, y de este modo alcanzaron la pirámide.»

Los antiguos habrían podido dominar las fuerzas de la repulsión como las de la atracción, si hubieran tenido nociones científicas diferentes de la energía y de la materia.

Los bloques de la terraza de Baalbek, en el Líbano, son de cincuenta a cien veces más pesados que los de la Gran Pirámide; incluso las grúas más gigantescas de nuestra época serían incapaces de levantarlas desde el pie de la colina hasta la cima en que se encuentra la plataforma. ¿Quiénes fueron, pues, los titanes constructores de los edificios megalíticos del Líbano, de Egipto y del Perú?

En su libro La magia caldea, Francois Lenormant cita una leyenda referente a los sacerdotes de On, que con la ayuda de sonidos podían levantar pesadas piedras que un millar de hombres serían incapaces de mover. ¿Se trata de un mito, o del recuerdo popular de los logros de una ciencia desaparecida? Luciano (125 d. de JC.) da fe de la realidad de la «antigravitación» en la Antigüedad al hablar de la estatua de Apolo en un templo de Hierápolis. Mientras los sacerdotes levantaban la estatua, Apolo «les dejó en el suelo y se elevó por sí mismo». El hecho se produjo en presencia del propio Luciano. Pocas personas se dan cuenta de que, aun en nuestros días, se producen fenómenos semejantes a los realizados por «la ciencia prehistórica de la Antigüedad». En la India occidental, cerca de Poona, junto a la carretera de Satara, se encuentra la aldea de Shivapur, que posee una pequeña mezquita erigida a la memoria del derviche Qamar Alí, un santo de la secta de los sufíes. Delante de la mezquita, están colocadas dos rocas de granito de forma redondeada; una de ellas pesa 55 kilogramos, y la otra, más pequeña, 41.

Todos los días, grupos de peregrinos y de visitantes se reúnen alrededor de estas piedras, tocándolas con sus dedos índices y clamando con penetrante voz el nombre sagrado de «Qamar Alí». Está convenido que sólo once personas deben rodear la piedra más gruesa. De pronto, se ve cómo la roca se separa del suelo, pierde todo peso y se eleva en pocos segundos hasta una altura de dos metros; permanece en el aire un instante y, luego, vuelve a caer bruscamente al suelo. Lo mismo ocurre con la segunda roca, que es levantada por un grupo de nueve personas. 

Este extraordinario fenómeno se produce varias veces al día, con indescriptible asombro de todos los que participan en la experiencia. Normalmente, serían necesarios seis hombres para levantar la más grande de estas rocas de granito. Debería existir una seria explicación científica de este fenómeno, en el que puede participar activamente cualquier persona, un musulmán, un budista, un cristiano, un agnóstico. Pero ninguna de las personas que todos los días consiguen levantar la roca es capaz de dar tal explicación.

Aun cuando se mantenga el escepticismo, el hecho está ahí: contrariamente a todas las leyes de la física, una pesada piedra se eleva por sí sola a una altura de dos metros. En nuestra Era espacial, en que los sabios más eminentes se esfuerzan por penetrar en el misterio de la gravitación, este extraño fenómeno merecería ser objeto de una investigación seria. Todas las suposiciones son lícitas para explicar esta elevación automática de la roca. ¿Está provocada por las ondas de sonidos provenientes de la rítmica salmodia, por las corrientes biológicas surgidas de los dedos, o por sus efectos conjuntos? El hecho es que, cuando las palabras «Qamar Alí» no se pronuncian con voz muy alta y clara, la piedra no se eleva.

Este milagro de la India puede servir en nuestros días como demostración del método empleado en la Antigüedad para erigir las pirámides y las demás construcciones megalíticas.

jueves, 30 de agosto de 2018

ELECTRA, HIJA DE ATLAS

ELECTRA, HIJA DE ATLAS
Andrew Thomas

Entre los antiguos griegos existía un mito curioso. Aquel Atlas que sostenía las columnas situadas en el mar «más allá del horizonte más occidental» tenía una hija que se llamaba Electra. Según otras versiones, el dios Océano era su padre. En griego, Electra significa la «brillante», y también el «ámbar», productor de electricidad por fricción. Y como Atlas es comúnmente identificado con la Atlántida, ¿no podríamos interpretar este mito admitiendo la existencia de electricidad en aquel país sepultado por las aguas?

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, Wilhelm Koe-nig, ingeniero alemán encargado de unas excavaciones en el Irak, realizó un hallazgo extraordinario. En el curso de una excavación en las proximidades de Bagdad, descubrió, por pura casualidad, un poblado parto en el que encontró un cierto número de vasijas que, por su forma particular, hacían pensar en baterías. Su aspecto era el siguiente: un jarro o un cántaro contenía un cilindro de chapa de cobre, en cuyo interior había una varilla que, probablemente, servía de electrodo. Los bordes del cilindro de cobre estaban soldados con una aleación del 60 por ciento de plomo y el 40 por ciento de estaño. La varilla estaba sostenida por un tapón de asfalto. Un disco de cobre iba ajustado en el fondo del cilindro. El betún era utilizado como aislante. El espacio existente entre las paredes del cilindro de cobre y la varilla de hierro se hallaba relleno con ciertos electrólitos, pero las baterías eran tan antiguas que había desaparecido todo rastro de productos químicos.

Interesado por este hallazgo, el célebre sabio Wílly Ley pidió a la «General Electric Company», de Pittsfield, Massa-chusetts, que construyera una copia con la idea de poner a prueba la batería. El laboratorio de la «General Electric» fabricó un duplicado de la batería, rellenándola con sulfato de cobre en lugar del electrólito desconocido..., y el aparato funcionó (48).

Los arqueólogos han descubierto también materiales chapeados por electrólisis, de cuatro mil años de antigüedad, en la misma región en que se habían descubierto las baterías.

Los objetos de cobre descubiertos en Chan Chan, en el distrito Chimu, del Perú, están chapados en oro. Otros ornamentos, máscaras y cuentas, están chapados en plata. Existen también cierto número de objetos de plata chapados en oro. El americano Verrill, escritor y arqueólogo, hace notar que «el chapado es tan perfecto y unido que, si no se conociera su origen, se lo podría tomar por un recubrimiento electrolítico (28)».

La tumba del general chino Chow Chu (265-316 de nuestra Era) encierra un misterio que no ha encontrado explicación. El análisis espectral de un ornamento metálico indica un 10 por ciento de cobre, un 5 por ciento de magnesio y un 85 por ciento de aluminio. El aluminio es un producto de la electrólisis: ¿cómo puede encontrarse en una tumba antigua? Se han repetido los análisis en diversas ocasiones, pero siempre con el mismo resultado. ¿Deberá concluirse que los chinos utilizaban la electricidad en el siglo iv?

Un viejo manuscrito, Agastya Samhita, conservado en la biblioteca de los príncipes indios de Ujjain, contiene sorprendentes instrucciones para la construcción de baterías de elementos secos: 

«En un recipiente de barro se coloca una chapa He cobre bien limpia. Se recubre primero con sulfato de cobre y, luego, con serrín húmedo. Después, se pone sobre el serrín una chapa de cinc amalgamado con mercurio a fin de impedir la polarización. A su contacto, se producirá una energía líquida conocida con el doble nombre de «Mitra-Varuna». Esta corriente divide al agua en pranavayu y udanavayu. Se afirma que la unión de un centenar de estos recipientes produce un efecto muy activo (49).»

«Mitra-Varuna» se interpreta fácilmente como cátodo-ánodo, y los pranavayu y udanavayu, como oxígeno e hidrógeno. El sabio Agastya es, por su parte, bien conocido en la Historia como kumbhayoni, derivación de la palabra kumbha, o cántaro, en recuerdo de los cántaros de barro que utilizaba para fabricar sus baterías. Se le atribuye también la construcción de un pushpakavimana, o avión.

Pero, aparte de las baterías, la Historia menciona muchos otros milagros científicos producidos por los antiguos.

Según Ovidio, Numa Pompilio, segundo rey de Roma, solía invocar a Júpiter para que encendiera los altares con llamas venidas del cielo.

En la cúpula del templo que había construido, Numa hacía arder una luz perpetua. En el año 170 de nuestra Era, Pau-sanias vio, en el templo de Minerva, una lámpara de oro que daba luz durante un año sin que se la alimentara.

En las tumbas próximas a la antigua Menfis, en Egipto, se han encontrado en cámaras selladas lámparas que ardían perpetuamente; expuestas al aire, las llamas se apagaron. Se sabe que han existido lámparas perpetuas del mismo tipo en los templos de los brahmanes de la India.

La estatua de Memnón, en Egipto, comenzaba a hablar en cuanto los rayos del sol naciente iluminaban su boca. Juvenal dijo: «Memnón hace resonar sus cuerdas mágicas.» Los incas tenían un ídolo parlante en el valle de Rimac. Naturalmente, habría sido imposible construir estatuas semejantes sin tener conocimientos de física.

Es lícito pensar que las chispas que salían de los ojos de las divinidades egipcias, en particular de los de Isis, pudieron ser producidas por la electricidad: ¿acaso no se han encontrado en Egipto extraños aparatos eléctricos de este tipo? (38).

Luciano 120-180 d. de JC., el satírico griego, nos ha dejado una descripción de las maravillas que vio en el curso de su viaje realizado a Hierápolis, en el norte de Siria. Le fue mostrada una joya incrustada en la cabeza de oro de Hera; emanaba de ella una gran luz, «y el templo entero resplandece como si estuviera iluminado por millares de velas».

Otro milagro: los ojos de la diosa le seguían a uno cuando se movía. Luciano no ha dado explicación a este fenómeno; los sacerdotes se negaron a revelarle sus secretos.

Los frescos, de rico colorido, que recubren las paredes y los techos de las tumbas egipcias tuvieron que ser pintados a plena luz. Pero la luz del día no llega jamás a esas oscuras cámaras. No hay en ellas manchas producidas por antorchas o lámparas de aceite. ¿Se utilizaba luz eléctrica?

Los misterios del templo de Hadad, o de Júpiter, en Baal-bek están relacionados con piedras luminosas. No cabe poner en duda la existencia de esas piedras que, en la Antigüedad, suministraban luz durante las horas nocturnas, pues ha sido descrita por gran número de autores clásicos.

En el siglo i de nuestra Era, Plutarco escribía que había visto una «lámpara perpetua» en el templo de Júpiter Amón. Los sacerdotes le habían asegurado que ardía continuamente desde hacía muchos años; ni el viento ni el agua podían apagarla. 

En 1401, se descubrió la piedra sepulcral de Palas, hijo de Evandro; sobre la cabeza de este romano se hallaba colocada una lámpara que ardía con un fuego perpetuo; para apagarla se tuvo que romper toda la escultura,

San Agustín (nacido en el año 354 de nuestra Era) describe una lámpara de fuego perpetuo que vio en el templo de Venus. El historiador bizantino Cedrino (siglo xi) afirma haber visto en Edesa, Siria, una lámpara perpetua que ardía desde hacía cinco siglos.

El padre Régis-Evariste Huc (1813-1860) asegura haber examinado en el Tibet una de las lámparas que arden con un fuego perpetuo.

De las Américas nos llegan también relatos de estas extrañas lámparas. En 1601, al describir la ciudad de Gran Moxo, próxima a las fuentes del río Paraguay, en el Matto Grosso, Barco Centenera nos habla de una isla misteriosa que aún recordaban los conquistadores; «En medio del lago se encontraba una isla, con edificios soberbios cuya belleza sobrepasaba al entendimiento humano. La casa del Señor del Gran Moxo estaba construida en piedra blanca hasta el tejado. Tenía a su entrada dos torres muy altas y una escalera en medio. Dos jaguares vivos se hallaban atados a un pilar situado a la derecha. Estaban echados, encadenados a sendas argollas de oro. En la cúspide de este pilar, a una altura de 7,75 metros, había una gran luna que iluminaba brillantemente todo el lago, dispersando, de día y de noche, la oscuridad y la sombra.»

El coronel P. H. Fawcett oyó decir a los indígenas del Matto Grosso que en las ciudades perdidas de la jungla habían sido vistas luces frías y misteriosas. Escribiendo a Lewis Spen-ce, autor británico, declara: «Estas gentes tienen una fuente de iluminación que nos parece extraña y que representa, probablemente, los restos de una civilización que desapareció dejando unas cuantas huellas.*

Los mandanes, indios blancos de la América del Norte, recuerdan una época en que sus antepasados vivían al otro lado del Océano, en «ciudades de luces inextinguibles». ¿Se trataba de la Atlántida? ¿Heredarían los antiguos estas extrañas lámparas de los supervivientes atlantes?

Hace solamente unas docenas de años, se decía que los habitantes de las islas del Estrecho de Torres poseían bouia, es decir, piedras redondas que proyectaban una penetrante luz. Esas piedras, emisoras de luz, estaban adornadas con conchas, cabellos, dientes y presentaban colores diversos. A gran distancia, se veía de vez en cuando surgir, con gran sorpresa de los hombres blancos, una luz azul verdosa (50).

Recientemente, unos comerciantes de Nueva Guinea descubrieron en la jungla, cerca del monte Guillermina, un valle poblado por amazonas. Vieron, asombrados, grandes piedras redondas de 3,5 metros de diámetro colocadas en lo alto de columnas, que irradiaban una luz semejante a la del neón.

C. S. Downey, delegado participante en la Conferencia sobre Iluminación y Tráfico celebrada en Pretoria, África del Sur, quedó tan impresionado por las extrañas y extraordinarias iluminaciones de aquel poblado de la selva de Nueva Guinea, que no pudo por menos de declarar, en 1963: «Estas mujeres, que se hallan separadas del resto de la Humanidad, han desarrollado un nuevo sistema de iluminación que iguala, e incluso supera, al del siglo xx.»

No es probable que esas amazonas de la jungla hayan podido descubrir un sistema de iluminación superior al nuestro. Cabe que heredaran esas esferas luminiscentes de una civilización desconocida para la Historia.

La presencia en la Antigüedad de iluminaciones artificiales se halla atestiguada por los autores clásicos, así como por el folklore. Electra, hija luminosa de Atlas, podría quizá simbolizar, simplemente, la electricidad conocida en la Atlántida.

miércoles, 29 de agosto de 2018

LOS SABIOS DE LA INDIA, LAS ESTRELLAS Y LA EVOLUCIÓN

LOS SABIOS DE LA INDIA, LAS ESTRELLAS Y LA EVOLUCIÓN
Andrew Thomas

Durante siglos, los brahmanes han conservado cuidadosamente la tabla astronómica del Surya Siddhanta. En este texto astronómico de la India antigua, el diámetro de la Tierra estaba calculado en 12.617 kilómetros. La distancia de la Tierra a la Lima se establecía en 407.198 kilómetros.

El número aceptado por la astronomía moderna para el diámetro ecuatorial de nuestro planeta es de 12.756'5 kilómetros, y la distancia máxima que nos separa de la Luna se fija en 406.731 kilómetros, aproximadamente. Estas cifras nos demuestran la extraordinaria precisión a que habían llegado los astrónomos de la India antigua, y ello en una época en que los europeos se hallaban muy lejos aún de librarse del complejo de la «Tierra plana». La fecha de la última redacción del Surya Siddhanta se fija en el año 1000 d. de JC. Pero, según la opinión de ciertos hindúes, existían ediciones anteriores ya hacia el año 3000 a. de JC. En este caso, la obra nos parece tanto más sorprendente.

Los textos sánscritos de Manú contienen ideas sobre la evolución que se anticipan a Lamarck y Darwin en varios miles de años: 

«El primer germen de vida fue formado por el agua y el calor. El hombre atravesará el Universo, en un ascenso gradual, pasando por las rocas, las plantas, los gusanos, los insectos, los peces, las serpientes, las tortugas, los animales salvajes, el ganado y los animales superiores. Tales son las transformaciones de la planta en Brahma que deben producirse en su mundo.»

¿Encontramos en esta antigua versión de la doctrina de la evolución un profundo pensamiento surgido del cerebro de un sabio, o se trata de los restos de un tesoro arcaico celosamente conservado en la India por sacerdotes iniciados?

La cosmología hindú evaluaba la existencia del sistema solar en varios millones de años. Kalpa, o el día de Brahma, la duración vital de nuestro mundo, sería de 4.320 millones de años. Según los actuales cálculos científicos modernos, la edad actual de la Tierra se eleva a cinco mil millones de años. Aunque nuestra ciencia y la tradición brahmánica no estén completamente de acuerdo sobre la duración de la evolución solar, no puede por menos de impresionarnos la cronología cósmica de la India, ya que estos cálculos científicos se extien* den también sobre miles de millones de años.

Según las creencias de los drusos del Líbano, el mundo tenía en la época del divino Hakim, 3.430 millones de años de existencia.

La estela Metternich, en Egipto, hace alusión al «Barco de los millones de años» en que navega el dios Ra.

Esto nos indica claramente que en el mundo antiguo se consideraba el Universo como muy viejo, opinión a todas luces más sabia y juiciosa que la de nuestros predecesores del siglo xix, según los cuales la Tierra sólo existía desde hacía unos cuantos miles de años. Por lo que se refiere a las fuentes de la ciencia secreta en que se inspiraba la Antigüedad, se pierden en las profundidades de los tiempos. 

En libros tales como el Surya Siddhanta o el Brihath Satha-ka, los sabios pandits hindúes hablaban también de lo «infinitamente pequeño». En aquella remota época, dividían el día en 60 kala o ghatika, equivalentes cada uno de ellos a 24 minutos, subdivididos a su vez en 60 vikala equivalentes cada uno de ellos a 24 segundos. Venía luego una división entre 60 de los vikala en para, tatpara, vitatpara, ima y kashta. En esta división del tiempo, los brahmanes llegaban a la unidad más pequeña, al kashta, aproximadamente equivalente a 0,000.000.03 (tres cienmillonésimas de segundo). Es evidente que este kashta, fracción infinitesimal de un segundo, no significa absolutamente nada mientras no se posean instrumentos de precisión más perfeccionados que los que existen en la actualidad. Debe concluirse de ello que ese modo de medir el tiempo por fracciones de microsegundo constituye un método transmitido por los pandits, representantes de una civilización de tecnología muy avanzada, en la que no era desconocida la física nuclear. Por otra parte, el autor de la presente obra ha realizado una comprobación sorprendente: el kashta (3.10^8 segundos) está asombrosamente próximo a la duración de ciertos mesones e hiperones.

martes, 28 de agosto de 2018

DE LA FILOSOFÍA A LA FÍSICA NUCLEAR

DE LA FILOSOFÍA A LA FÍSICA NUCLEAR
Andrew Thomas

¿Por qué medio pudieron los sabios de la Antigüedad tomar conocimiento de datos científicos adelantados a su época? Las brillantes especulaciones de los antiguos filósofos tal vez desempeñaran su papel, pero, en numerosos casos, más que a vagas especulaciones, nos vemos enfrentados a conocimientos positivos.

Anaxímenes era consciente, hace 2.500 años, no sólo de la distancia que nos separa de las estrellas, sino también de la existencia de sus «compañeros no luminosos». Sin embargo, sólo en los últimos años ha obtenido la astronomía datos precisos sobre los planetas de otros sistemas solares.

Anaxágoras (500-428 a. de JC.) menciona también «otras tierras que producen la sustancia necesaria para sus habitantes». Hace nada más que uno o dos siglos, este brillante pensamiento de un griego antiguo habría hecho fruncir el ceño a la Iglesia y habría sido criticado por las Academias. ¿No demuestra esto que los filósofos antiguos estaban, de una manera inexplicable, más próximos a la verdad que la Europa occidental de hace unas cuantas generaciones?

Demócrito (460-361 a. de JC.) ha dado una explicación correcta de la Vía Láctea como conjunto de una inmensa multitud de estrellas distantes entre sí y dispersas en el espacio. Nuestra ciencia ha llegado a una conclusión semejante sólo hace unos doscientos años. ¿Eran deducciones filosóficas o indicios obtenidos de los custodios de la sabiduría antigua lo que permitió a estos griegos realizar una tal proyección sobre el futuro? Como si de un miembro de una Academia actual se tratara, Demócrito declara: «En realidad, no hay nada, fuera de los átomos y del espacio.» Junto a la carretera que discurre al nordeste de Atenas, se muestra todavía hoy el lugar en que en otro tiempo trabajaba Demócrito: se ve allí, en un cartel, la inscripción: «Laboratorio de investigaciones nucleares de Demócrito.»

En su juventud, Demócrito había recibido las enseñanzas de los magos abandonados por Jerjes en Abdera. Sexto Empírico (principios del siglo ni) afirma que Demócrito había adquirido sus conocimientos de la teoría atómica en la tradición antigua y, más especialmente, en las obras del fenicio Moschus, el cual tenía una concepción aún más correcta del átomo, ya que lo consideraba indivisible.

Según Séneca, Demócrito sabía que «había más planetas que los que podemos descubrir con los ojos». ¿Dónde pudo obtener Demócrito estos conocimientos astronómicos, anticipados —o, tal vez retrasados— en varios siglos a su época?

Demócrito afirmaba que el Sol tenía unas dimensiones enormes y que las manchas lunares estaban formadas por la sombra de elevadas montañas y de profundos valles. Consideraba que los mundos nacían y desaparecían constantemente en el espacio infinito. Las estrellas son soles, afirmaba Demócrito. Algunas son más grandes que nuestro sol, añadía Simplicio, en el siglo vi de nuestra Era. Otros filósofos señalaban las enormes distancias que separan nuestro mundo de las estrellas.

Pitágoras (siglo vi a. de JC.) había llegado a la conclusión de que la Tierra era una esfera, y Aristarco de Samos (310-230 a- de JC.) insistía en el hecho de que esta Tierra giraba alrededor del Sol.

Eratóstenes (276-195 a. de JC), conservador de la Biblioteca de Alejandría, calculó la circunferencia terrestre con un ligero error inferior a 360 kilómetros. Según Aquiles Tacio, los caldeos habían medido también la Tierra, con un resultado muy semejante al de Eratóstenes.

Opiniones de filósofos, obra atribuida a Plutarco, da como distancia que separa la Tierra del Sol la de 804 millones de «estadios». Ésta viene a ser la cifra aceptada por la astronomía moderna, a condición de que nuestra estimación del «estadio» antiguo sea correcta. ¿Poseían instrumentos de precisión los astrónomos de la Antigüedad? ¿Cómo habrían podido adivinar, si no, cosas tan extraordinarias?

Empédocles (494-434 a. de JC.) afirmaba que la luz necesitaba tiempo para transmitirse. Tenía también una idea de la mutación de las especies. Lucrecio (96-55 a. de JC.) era consciente de la velocidad uniforme con que los cuerpos caían en el vacío. En su poema De las cosas de la Naturaleza, traza, siglos antes de Darwin, una imagen de la lucha por la existencia. Pitágoras conocía, mucho antes de Newton, la ley de la fuerza de la atracción. Anaximandro (principios del siglo vi a. de Jesucristo) declaraba que todas las especies de la vida animal tenían un origen común.

Ciertamente, son bastante raros los casos en que los filósofos de la Antigüedad se sirven del lenguaje de nuestro siglo. Sin embargo, tenemos pruebas suficientes para poder afirmar que, en ciertos aspectos, los pensadores del mundo clásico eran, comparados con los maestros de la Escolástica de la Edad Media, auténticos gigantes del espíritu.

La Historia nos dice que Arquímedes había construido un planetarium en el siglo ni a. de JC. El Museo Arqueológico Nacional de Grecia posee, en este orden de ideas, una reliquia extraordinaria. El objeto había sido hallado en el Mediterráneo, en 1900, por irnos pescadores, pero su aplicación permaneció en el misterio hasta 1959, fecha en que un sabio de Cambridge, el doctor Derek Price, lo identificó como un modelo del sistema solar. Es un modelo muy preciso de mecánica que representa la Tierra, el Sol, la Luna y los planetas, fabricado por un obrero desconocido hacia el año 65 a. de JC. Se ve en él un complicado y preciso engranaje, puesto en movimiento por una pequeña manivela que conserva cada uno de los cuerpos celestes en la posición que les es propia. El modelo es demasiado delicado para que se le pueda tocar, pero aún se pueden reconocer en él el engranaje y las ruedas. El doctor Price afirmaba, en 1959, que «el hallazgo de un objeto semejante es tan sorprendente como lo sería el descubrimiento de un avión a reacción en la tumba del faraón Tutankamen (47)».

Cicerón menciona una esfera celeste del mismo tipo que se podía ver en Roma, en el templo de la Virtud. Subrayando la antigüedad de su origen, atribuye su invención a Tales de Mileto, en el siglo vi antes de nuestra Era.

Hace dos mil años, la ciudad de Siracusa, en Sicilia, poseía un planetarium en el que las estrellas eran puestas en movimiento mediante fuerza hidráulica.

Numerosos pensadores de la antigua Grecia llegaron a admitir la vida en otros planetas. Metrodoro de Lamsaco (siglo in a. de JC.) decía que considerar la Tierra como el único mundo habitado del espacio infinito era tan absurdo como pretender que sólo un grano de trigo crecía en un vasto campo.

¿Cómo no sorprenderse por esta especulación —si no conocimiento— concerniente a la vida en otros planetas, en tiempos en que el telescopio y todo el aparato científico moderno eran inexistentes? ¿Era sólo la inteligencia lo que permitía a esos filósofos adelantarse de tal modo a su época, o era también el acceso que tenían a la ciencia de una civilización desaparecida?

lunes, 27 de agosto de 2018

EN EL PAÍS DEL SOL NACIENTE

EN EL PAÍS DEL SOL NACIENTE
Andrew Thomas

Garcilaso de la Vega nos ha transmitido la historia de los incas. El Sol, antepasado de la Humanidad, tuvo piedad de los hombres y envió a Manco Capac y Mama Ocllo para enseñarles el arte de hilar y tejer. Los habitantes del Perú acogieron a los hijos del Sol y pusieron los cimientos de la ciudad de Cuzco. Según otra leyenda, llegaron del Este hombres blancos y barbudos que aportaron a los indígenas los beneficios de la civilización.

En 1952, B. E. Gilbey y M. Lubran realizaron análisis sanguíneos de los tejidos de cinco momias de reyes incas conservadas en el Museo Británico. Sus resultados fueron presentados en un informe sometido al Real Instituto Antropológico.

En la sangre de tres de esas cinco momias había rastros del grupo «A», absolutamente desconocido entre los indios de América. Ninguno era «Rh» negativo, pero uno de ellos contenía sustancia «D» y «c», con ausencia de «C» y de «E», combinación muy rara entre los indios. Había luego otra momia real inca que poseía las sustancias «C», «E» y «c», con ausencia de «D», tipo de sangre verdaderamente único, sin par en nuestra Tierra. Estos sorprendentes hechos nos demuestran que los reyes incas no podían pertenecer a la población indígena de América del Sur. 

Es de notar también que los conquistadores españoles oyeron a los cortesanos incas usar un lenguaje secreto, incomprensible para sus subditos.

Una tradición del mismo tipo se conserva en México, Guatemala y Yucatán, donde Quetzalcoatl, Kukumatz o Kukulkán es designado como hombre-dios. Era un hombre blanco, pelirrojo y barbudo. Tenía sobre los hombros una larga túnica de tela negra y mangas cortas. A continuación de Quetzalcoatl llegaron los toltecas, hábiles artesanos, constructores, escultores y agricultores.

La Serpiente emplumada, o Quetzalcoatl había llegado de un país situado al Este; con él, México entró en una Era de progreso y de gran prosperidad. En una de las versiones existe un interesante detalle referente a su llegada: aterrizó en una extraña nave alada en el lugar en que actualmente se encuentra Veracruz (28). El Codex Vindobonensis le representa descendiendo a tierra tras haber salido de un agujero en el cielo.

Cuando la misión de este apóstol de la civilización fue interrumpida por sus enemigos, regresó a la costa y partió en una balsa de serpientes hacia el país de Tlapallán. Otra leyenda cuenta cómo este mensajero se arrojó a una pira funeraria. Sus cenizas se elevaron al cielo y se transformaron en pájaro, mientras que su corazón se convirtió en el planeta Venus. Quetzalcoatl resucitó y subió al cielo como un dios. ¿Era su nave alada un ingenio espacial, y la pira funeraria su rampa de lanzamiento?

Civilizador, arquitecto, agricultor y jefe religioso, Quetzalcoatl ha dejado una huella indeleble en la historia de México, y todavía hoy es venerado en ese país.

Según Pedro de Cieza de León, Viracocha, figura legendaria de los incas, era un hombre blanco, de elevada estatura, llegado del país de la aurora. Inculcó la nobleza en los corazones de los incas y les reveló los secretos de la civilización. Una vez cumplida su misión, desapareció en el mar. El nombre de Viracocha significa «la espuma del mar». 

La actitud de los indios con respecto a la leyenda del semidiós blanco se manifiesta aún hoy en el hecho de que estos hombres del Perú saludan a un extranjero blanco que les es simpático llamándole «Viracocha».

Existe una indudable analogía entre las leyendas americanas de Quetzalcoatl y Viracocha y la tradición babilonia de Oanes, el hombre-pez, aunque sus países de origen se hallen tan distanciados el uno del otro. La mitología de numerosas razas abunda en historias referentes a dioses que vivieron en otro tiempo sobre la Tierra; productos de la fantasía, algunos de estos mitos deben, indiscutiblemente, de evocar acontecimientos históricos reales.

Se atribuye a estos apóstoles de la civilización, descendidos del cielo o surgidos del mar, el haber aportado a las tribus primitivas una cultura completa. Pero, ¿quiénes eran esos fundadores de las dinastías solares? Puede verse en ellos a los últimos atlantes escapados del gran Diluvio en aviones o naves del espacio, como afirma el canto épico de Gilgamés.

El sabio inglés W. J. Perry se hallaba convencido de que la Era de los dioses estaba ligada a los Hijos del Sol.

«Parece, pues, imponerse la conclusión de que los diversos grupos de Hijos del Sol dispersos a través del mundo provienen de la misma raza primordial (33).»

¿No sería esta raza la de los legendarios atlantes?

En Oriente, y sobre todo en la India, el visitante extranjero es considerado como una persona sagrada porque, según las creencias locales, los dioses hicieron en otro tiempo su aparición en forma de seres humanos. A fin de asegurarse los favores de estos visitantes que podrían venir de los cielos, los hindúes les otorgan hasta nuestros días su veneración y su más amplia hospitalidad, aun cuando tengan ante sí a un simple ser humano. La tradición se remonta a muchos milenios de antigüedad, a una época en que los dioses transitaban sobre la Tierra.

A mí me tocó en la India vivir un momento de confusión cuando, adornado con guirnaldas tropicales, vi cómo hombres y mujeres se prosternaban a mis pies para rendir homenaje a un «dios visitante».

domingo, 26 de agosto de 2018

LOS ANFIBIOS TRAEN LA CIENCIA

LOS ANFIBIOS TRAEN LA CIENCIA
Andrew Thomas.

Resulta difícil explicar el espectacular acceso de los súmenos, tras milenios de vida bárbara, a una época brillante si se rechaza el mito que nos habla de misteriosos seres llegados para implantar la civilización.

La tradición de Babilonia evoca visitas regulares efectuadas por los dioses para enseñar a los hombres las ciencias y las artes. Uno de esos misteriosos seres era Oanes, el dios-pez.

Beroso, sacerdote caldeo que vivió en la época de Alejandro el Magno, nos ha legado un excelente relato de las actividades de Oanes y sus compañeros. Este hombre sabio cuenta que en la antigua Babilonia las gentes vivían como animales salvajes. Pero de las aguas del golfo Pérsico surgió una extraña criatura con cuerpo de pez y cabeza humana; sus pies, juntos, formaban algo parecido a una cola de pez. Este curioso ser poseía el don de la palabra, aunque los antiguos babilonios lo hayan descrito a veces como «un animal carente de razón».

Oanes salía todos los días de las aguas para dar a los primitivos indígenas de Mesopotamia «una noción de las letras, las ciencias y las artes de toda especie». Enseñó a los primeros habitantes de Babilonia a «construir ciudades, erigir templos, redactar leyes, y les explicó los principios de los conocimientos geométricos». Les enseñó también la agricultura. En resumen, como dice Beroso, «les enseñó todo lo que contribuía a suavizar sus costumbres y a humanizar su vida». 

Según este cronista, «nada esencial se añadió después dé la aparición de Oanes y de otros anfibios que mejorara sus enseñanzas».

Evidentemente, esta historia de «anfibios» o «animales carentes de razón» llamados a enseñar la ciencia es insostenible. Oanes no era un dios, puesto que el mismo Beroso nos dice que su voz y su lenguaje eran articulados y humanos. No podemos resolver el problema de los orígenes de este civilizador si no es admitiendo la existencia de culturas superiores en épocas precedentes o en otros planetas.

Beroso nos cuenta que la cabeza de Oanes estaba alojada en una cabeza de pez. ¿No nos da con ello una buena descripción de un casco espacial a través del cual se podía ver una cabeza humana? En cuanto a los pies uniéndose en cola de pez, ello podría representar una descripción aproximada de la parte inferior de una escafandra.

Quienesquiera que fuesen esas criaturas, el hecho es que, a renglón seguido de su visita, los hombres se pusieron a construir ciudades y canales y a entregarse a experiencias en el terreno del pensamiento abstracto. Fue entonces cuando nacieron en Babilonia el arte, la música, la religión y la ciencia.

Antes de la aparición de Oanes, los ribereños del Eufrates eran salvajes. Después de su llegada, se convirtieron en seres civilizados y alcanzaron un alto nivel intelectual. Hacia el II milenio antes de nuestra Era, los matemáticos de Babilonia estaban ya muy avanzados en álgebra y geometría. Los astrónomos disponían de tablas exactas y podían determinar la posición de los cuerpos celestes en cualquier momento. \Y todo esto había comenzado con la aparición de aquel «dios-pez» surgido de las aguas del golfo Pérsico!

Oanes de Eridu era reconocido como padre de la metalurgia. Un himno en su honor proclama: «Tú eres quien purificas el oro y la plata y mezclas el cobre y el estaño.»

El bronce es una aleación de cobre con una décima parte de estaño. Hubieron de pasar siglos antes de que el hombre descubriera la posibilidad de obtener un metal fuerte mezclando estaño con cobre, a menos que el secreto le fuera transmitido como un regalo de una civilización superior en conocimientos tecnológicos. Europa vivió una dilatada Edad del Bronce, pero apenas si conoció la Edad del Cobre. Los objetos de bronce parecen haber hecho irrupción súbitamente y haberse extendido con rapidez. Los artesanos prehistóricos del bronce en Europa dan pruebas de una gran habilidad artística.

Esta vasta distribución de objetos de bronce a través de Europa nos permite extraer una conclusión sorprendente. En aquella época remota, el tráfico a través de las diferentes partes del continente estaba más desarrollado que en época posterior, en el alba de la civilización romana. Debieron de existir en la época prehistórica facilidades de fabricación y de transporte. Este secreto de la Edad del Bronce no se limita solamente a Europa: en América Central, el bronce llega también completamente fabricado desde una fuente desconocida.

K. K. Doberer sostiene que las naves atlantes navegaron en torno a África y llegaron a Asia. En Fabricantes de oro, escribe que entre los años 8000 y 10000 a. de JC. un grupo de personas desembarcó en el delta del Indo y en el fondo del golfo Pérsico. Esos hombres, que no eran arios ni semitas, crearon allí una civilización fundada en el dominio de los metales. Aquellos extranjeros, de elevada estatura y cabellos negros, sabían trabajar el oro y la plata, el cobre y el plomo, el estaño y el antimonio, el hierro y el níquel. Los conocimientos acerca de los metales que poseían en el año 8000 a. de JC, no fueron adquiridos por los europeos sino hasta varios milenios más tarde (32).

Nuestro autor alemán emite también la hipótesis de que la alquimia, o transmutación de los metales, nació en la Atlán-tida. Oro producido artificialmente fue enviado a la Atlántida para uso exclusivo de los cultos religiosos. Los sacerdotes de Sumer, de la India y de Egipto guardaban el secreto de esta ciencia oculta. 

Luego, cuando mensajeros procedentes de un país extranjero enseñaron la técnica de la aleación, se produjo una revolución técnica que estableció, a continuación del gran Diluvio, los fundamentos de una nueva civilización.

Se han descubierto objetos metálicos de origen sumerio en Rusia meridional, en Troya y en Europa Central. Hacia el año 3000 a. de JC, la civilización sumeria del bronce-estaño desapareció en Sumer a causa del cese de los suministros de estaño. La metalurgia prehistórica entró en una era de decadencia y quedó completamente olvidada hasta el día en que, al cabo de largos siglos, fue de nuevo descubierta.

sábado, 25 de agosto de 2018

LOS PORTADORES DE LA ANTORCHA DE LA CIVILIZACIÓN

LOS PORTADORES DE LA ANTORCHA DE LA CIVILIZACIÓN
Andrew Thomas

Existe en el Libro de tos Muertos una evocación de Thot, dios de las Letras y las Ciencias. Había nacido en un lejano país del Oeste, en una ciudad situada a orillas del mar, con dos volcanes activos en sus proximidades. Un día, algo extraordinario tuvo lugar en el país de Thot. El sol se oscureció, y los propios dioses se sintieron aterrorizados; pero el sabio Thot les ayudó a escapar de los lugares amenazados en dirección a un país oriental, al que llegaron atravesando las aguas. Al leer estos pasajes de un antiguo libro egipcio, uno no puede por menos de pensar en la Atlántida.

L. Filipoff, astrónomo del Observatorio de Argel, ha descubierto nuevos datos en un viejo texto conservado hasta nuestros días en una pirámide de las dinastías V y VI. Como el dios Thot estaba ligado al signo zodiacal de Cáncer, el sabio concluye que la llegada a Egipto de este portador de la civilización debió de producirse cuando el equinoccio vernal estaba en Cáncer, o sea, hacia 7256 a. de JC.

Se cuenta que el dios Hermes, a menudo identificado con Thot, sintió tanta compasión hacia una raza que vivía sin conocer las leyes que le enseñó la ciencia y la religión, las artes y la música, y, después, subió al cielo. Hermes enseñó a los hombres a escribir sus pensamientos, observar las estrellas, tocar la lira, curar el cuerpo y fundir los metales. Hermes, 5 Mercurio, hijo de Zeus y de Maya, era el mensajero celeste de los dioses; él inculcó a los hombres la noción de los seres divinos. De hecho, el nombre de Hermes significa en griego «el intérprete». Nieto de Atlas, era de ascendencia atlante.

Se representaba habitualmente a Mercurio, o Hermes, calzado con sandalias aladas, un pequeño casco alado en la cabeza y en la mano un caduceo, bastón con alas y serpientes, emblema de su misión de emisario de las potencias celestes-Antes de abandonar la Tierra para subir de nuevo a las estrellas, Hermes legó a la Humanidad sus Tablas de Esmeralda, en las que puede leerse:.

«Lo que está arriba es idéntico a lo que está abajo, y lo que está abajo es idéntico a lo que está arriba, para realizar las maravillas del Ünico.»

Los descubrimientos de la ciencia moderna en los campos de la biología, la astronomía y la física nuclear nos han demostrado la similitud entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande; nos demuestran, así, la verdad de la ley de Hermes. Las Tablas de Esmeralda contienen también el pasaje siguiente:.

«Puesto que todas las cosas deben su existencia a la Voluntad del Ünico, todas las cosas tienen su origen en la Cosa Ünica.»

Esta sentencia resume perfectamente la doctrina de la ciencia moderna concerniente a la unidad de la materia. En este antiguo documento pueden advertirse también dos alusiones a los rayos cósmicos, a la energía atómica y a sus peligros.

Jámblico (siglo iv d. de JC.) y Clemente de Alejandría (siglo n) hablan en sus escritos de los cuarenta y dos libros sagrados de los sacerdotes egipcios. Al mostrar estos rollos a Jámblico, se le explicó que su autor era Thot (Hermes). Treinta y seis de ellos contenían la historia de todos los conocimientos humanos, mientras que seis trataban de medicina y de cirugía. Algunos egiptólogos sustentan la opinión de que el papiro llamado de Ebers podría ser un fragmento de esas obras perdidas de Hermes.
Orfeo, hijo de Apolo, fue otro ser divino que llevó a los antiguos griegos la antorcha de la cultura. Era un gran vidente, músico, mago y filósofo. Enseñaba que la materia existía desde toda la eternidad y contenía el principio de todo lo existente. Sorprende encontrar en el alba de la Historia concepciones tan profundas. Pero el asombro es aún mayor cuando se oye a Orfeo hablar de otros mundos. Se dice, de hecho, que fue el primero en considerar la probabilidad de vida en las estrellas (31). No se puede comprender cómo habría podido concebir Orfeo esta inmensa idea de planetas habitados, a menos que se admita la realidad de una herencia cultural transmitida por la Atlántida.

Es muy probable que los antiguos misterios sirvieran de guardianes a esta ciencia secreta. Los misterios aseguraban tener el conocimiento de «seres celestes». En su cuarta égloga, Virgilio evoca una profecía relativa a su regreso del reino de los cielos.

En la India existe el recuerdo de una Edad en que los hombres podían hablar con los dioses. Tal vez fuera en esa época cuando unos visitantes divinos mencionaron ante los brahmanes la vida en el cosmos. Si no, ¿cómo habrían podido escribir los sabios, que escribieron los Vedas, que «existe vida en otros cuerpos celestes muy distantes de la Tierra»?

viernes, 24 de agosto de 2018

CUANDO LOS DIOSES VIVÍAN ENTRE LOS HOMBRES LOS SEMIDIOSES EN LA HISTORIA

CUANDO LOS DIOSES VIVÍAN ENTRE LOS HOMBRES LOS SEMIDIOSES EN LA HISTORIA
Andrew Thomas.

En las Metamorfosis, de Ovidio, puede leerse que, cuando el fango del gran Diluvio se secó, la tierra vio surgir nuevas y extrañas formas de vida, al tiempo que sobrevivían algunas de las formas antiguas.

Platón se refiere a la tradición de los sacerdotes egipcios, según la cual se habían producido en el pasado numerosas y devastadoras catástrofes. Los Sabios del valle del Nilo decían que la memoria de esos cataclismos se había desvanecido, ya que gran número de generaciones supervivientes habían desaparecido sin haber tenido la posibilidad de dejar huellas escritas. 

Teniendo en cuenta la amplitud universal del desastre atlante, es preciso admitir que la actividad volcánica continuó durante numerosos siglos. Mientras la tierra sumergida por las aguas no se secara lo suficiente como para admitir vegetación, no podía existir en ella vida humana ni animal. Los supervivientes de la Atlántida se habían dispersado por todo el mundo. El centro de la cultura, los elementos de la civilización, se habían extinguido. En ausencia de toda escritura en las primitivas condiciones impuestas por la catástrofe, el recuerdo de un poderoso imperio destruido por el fuego y las aguas sólo pudo perpetuarse por medio de la tradición oral. Ahí radica el origen de todos los mitos. Transmitidos de generacion en generación, ciertos hechos fueron olvidados o deformados. Tan sólo con el redescubrimiento de la escritura pudieron preservarse las leyendas de una manera permanente inscribiéndolas en tablillas o papiros.

El folklore ha inmortalizado a los seres divinos que, después del Diluvio, llevaron de nuevo la civilización a la Humanidad. Estos portadores de la antorcha implantaron el culto al Sol. Maestros bienhechores enseñaron a los hombres la astronomía, la agricultura, la arquitectura, la medicina y la reli gión. Las tablillas babilonias de arcilla nos hablan de estos seres descendidos del cielo: «Vino luego el Diluvio, y, después del Diluvio, la realeza descendió de nuevo de los cielos.»

Los cronistas de Sumer nos han legado sus listas de reyes que reinaron después del Diluvio. La Historia no concede crédito a esas listas, porque algunos reyes están señalados como «dioses» o «semidioses». Por otra parte, el período durante el cual gobernó la I dinastía después del Diluvio está cifrado en la inverosímil duración de 24.150 años.

Hasta el siglo xx, los arqueólogos no disponían de un solo documento que demostrara la existencia de reyes de Babilonia con anterioridad a la VIII dinastía. Luego, Sir Leonard Woo-lley descubrió en el monte ATUbaid, cerca de Ur, un antiguo templo dedicado a la diosa de Nin-Karsag. Entre las reliquias figuraba un rosario de oro que llevaba grabado el nombre de A-anni-pad-da. Más tarde, se encontró una tablilla que hablaba de la fundación del templo. Confirmaba, en escritura cuneiforme, que el templo había sido erigido por A-anni-pad-da, rey de Ur, hijo del rey Mes-anni-pad-da.

Ahora bien, Mes-anni-pad-da era el fundador de la III dinastía después del Diluvio, según la lista sumeria de soberanos, y se le consideraba hasta entonces como una personalidad legendaria. Esto nos demuestra que no siempre es aconsejable rechazar como fábulas ciertas leyendas. En el caso presente, encontramos allí una indicación directa del cataclismo y de las «dinastías divinas» que contribuyeron a la reeducación de la Humanidad.

Según Eupolemo (siglo n a. de JC), la ciudad de Babilonia debe su origen a los hombres que se salvaron del Diluvio. Los reyes de Sumer estaban considerados como los descendientes de éstos, y enviados por los «dioses» para reeducar a la raza humana. El primero de tales reyes divinos era Dungi, hijo de la diosa Ninsun (29).

V. A. Obrutchev, miembro de la Academia de Ciencias de la URSS, opina que los supervivientes del cataclismo llevaron la antorcha de las luces a todos los continentes. Su escuela de pensamiento científico define a la civilización desaparecida como «cultura madre».

Los seres superiores que llevaron nuevamente a la Humanidad a la civilización después de la desaparición de la Atlántida recibieron generalmente honores divinos. Los incas, así como los antiguos soberanos de Egipto, eran venerados como Hijos del Sol.

Heródoto indica claramente que Egipto fue gobernado por «dioses» que vivían entre los hombres. Según él, Horus, que venció a Tifón, fue el último dios que ocupó el trono de Egipto.

Cuando se dieron todas las condiciones para que el hombre pudiera actuar de nuevo sobre la Tierra, se asistió a la aparición de héroes. Dionisos, descendiente de Poseidón, rey de la Atlántida, recorrió el mundo entero enseñando la agricultura y la moral a los pueblos primitivos. El papiro de Turín afirma que el establecimiento de una dinastía de semidioses en Egipto se produjo en el año 9850 a. de JC.

Jean Bailly, sabio francés del siglo xvm, suscita una oportuna cuestión en su monumental Historia de la astronomía:. 

«¿Qué son, en definitiva, todos esos reinos de Devas (indios), o de Peris (persas), o esos reinos de las leyendas chinas: esos Tien-Hoang o reyes de los Cielos, coi* pletamente distintos de los Ti-Hoang, o reyes de la Tierra, y los Gin-hoang, hombres reyes, distinciones que concuerdan a la perfección con las de griegos y egipcios en sus enumeraciones de las dinastías de dioses, semi-dioses y mortales? (30)»

Las tradiciones concernientes a los dioses y los semidioses tienen un carácter universal y permanente; aunque con frecuencia acompañadas de superstición, deben ser consideradas como vagas evocaciones de tiempos antiguos en que hombres representantes de una elevada civilización precedente sirvieron de guías a los supervivientes del cataclismo.