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domingo, 12 de junio de 2016

La caída de Adán y Eva

La caída de Adán y Eva


Nos dice el capítulo dos del Génesis que en el mismo momento de la creación del hombre Dios lo situó en un jardín paradisíaco, situado por la tradición entre los ríos Tigris y Éufrates, en donde más tarde surgieron las primeras civilizaciones. En el centro de ese jardín, al que habitualmente se denomina Paraíso, El Creador hizo brotar toda clase de árboles deleitosos y en su centro colocó los dos más importantes, a saber, el árbol de la “vida” que suele pasar más desapercibido, pero no por ello es menos importante, y el árbol de la “ciencia del bien y del mal”. De éste último, el hombre tenía prohibido comer, pues el día que lo hiciese moriría sin remedio. Si seguimos leyendo dicho capítulo, fue más adelante, cuando Dios creó a la mujer que, a la postre, fue la responsable de que el hombre le desobedeciera, cuando engañada por la serpiente propuso a su marido comer sus frutos, después de haberlo hecho ella previamente. A partir de aquí, empezaron todas las desgracias para el género humano: el hombre tendrá que ganarse el pan con el sudor de su frente; la mujer parirá con dolor; y perderán definitivamente la posibilidad de ser inmortales, para regresar al barro terrenal del que fueron formados.

En este relato, la serpiente encarna el principio anti-Dios para muchos exégetas cristianos, que en textos bíblicos posteriores, se le identificará con el diablo. Respecto al árbol de “la ciencia del bien y del mal, siguiendo las opiniones de M. García Cordero en su libro La Biblia y el legado del Antiguo Oriente, parece aludir a la línea divisoria entre lo permitido y lo prohibido, señalada por la misma divinidad, cuya voluntad es fuente de toda moralidad. En la perspectiva teológica de los hagiógrafos del Antiguo Testamento, Dios es omnipotente y totalmente libre en la imposición de sus mandatos, señalando la línea divisoria entre lo bueno y lo malo; de tal forma, que querer apropiarte de esa facultad es atentar contra la misma divinidad. Justo lo que le dice la serpiente a Eva: “seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” si coméis la fruta de ese árbol. El resultado de esta tentativa humana no podía ser otro que el castigo de soportar las penas, el dolor y la muerte.

Muy anterior al relato bíblico, nos encontramos con una historia bien estructurada, máxime, si tenemos en cuenta su antigüedad, y con paralelismos innegables con lo visto hasta ahora, concretamente en la biblioteca que mandó construir en Nínive el rey asirio Asurbanipal II, en el siglo VII antes de Cristo. Apareció entre sus más de veinticinco mil tabletas, el Poema de Gilgamesh, que recogiendo tradiciones más primitivas, ya que procedían del tercer milenio antes de nuestra Era, narra las hazañas de un curioso personaje que vivió en esa época ancestral. El profesor de Historia Antigua de la Univ. Complutense de Madrid Lara Peinado, nos ofrece una versión al español del texto acadio compuesto por doce tablillas; las seis primeras centradas principalmente en la búsqueda de la gloria por parte del mencionado Gilgamesh y, las seis restantes, en su búsqueda de la inmortalidad.

La que más nos interesa para la cuestión aquí planteada es la tablilla número once, en donde el héroe de esta historia, está punto de conseguir la eterna juventud y en un descuido, una serpiente pone fin a su anhelo mientras tomaba un baño relajante. Precisamente una serpiente. Una vez que, el que podríamos considerar el Noé mesopotámico Utnapishtim, le comunica a Gilgamesh que en el fondo del mar se encuentra una planta que lo hará joven de nuevo, se pone manos a la obra, se sumerge en su búsqueda y la encuentra. Se dirige con ella a su ciudad natal: Uruk, pero en el camino es cuando decide tomar ese imprudente baño, momento que aprovecha la astuta serpiente para comerse la planta, privando así al protagonista de esta historia de su ansiada inmortalidad*, mientras ella conservará para siempre su juventud. Creencia extendida entre los pueblos de este vasto territorio es, que las serpientes renacían de nuevo. El hecho de que el hagiógrafo que escribió estos primeros capítulos del Génesis conocía esta obra resulta evidente, lo cual, no impide que el contenido teológico que nos ofrece en su versión la convierta en una narración diferente. Por otra parte, parece ser que la planta no concede la inmortalidad, sino que te hace volver a una juventud perdida.

Es necesario tener presente, que en el Museo Británico de Londres se conserva un famoso cilindro sumerio datado en el tercer milenio antes de Cristo, en el que aparecen dos personajes sentados con dos cuernos (símbolo del poder de la divinidad), como deseando tomar el fruto que cuelga de un árbol y, detrás del personaje de la izquierda, aparece una serpiente erguida. A principios del siglo XX, se encontró otro cilindro similar, procedente de la ciudad sumeria de Ur (casualmente de donde era Abraham). Por último, en otro cilindro descubierto en Nippur en la misma fecha que el anterior, aparecen dos personas desnudas: un hombre y una mujer, entre ambas hay una planta; los dos individuos tienen una hoja en la mano y, junto a la planta, aparecen dos serpientes. Bien, todas estas evidencias le han llevado a pensar al exégeta ya mencionado más arriba García Cordero, que quizá el relato bíblico, haya sido estructurado en función de una antigua leyenda mesopotámica, en la que la serpiente, aparece como culpable de que nuestros primeros padres cometieran el pecado original. 

Resulta harto interesante y, por supuesto, muy bien argumentada, la hipótesis que expone el profesor Frazer (ya mencionado por mí en otras entradas de este blog), en su libro El folklore en el Antiguo Testamento, sobre la cuestión que aquí nos ocupa. Parte de la base, que el relato sobre la caída de nuestros primeros padres y, especialmente, el papel que desempeña la serpiente, nos ha llegado incompleto, y en consecuencia, desdibujado. En primer lugar, el árbol de “la vida”, en el relato original, no desempeñaría un papel puramente pasivo como se le atribuye en la versión actual, en donde todo el protagonismo, recae en el famoso árbol de la “ciencia del bien y del mal”, que en el fondo, se trataría de un árbol de la muerte y no del conocimiento, como se le ha venido atribuyendo en contraposición al anterior, y estaría cerca del él en el centro del paraíso, al alcance del hombre para que comiese su fruto, del que sí le estaba permitido comer. Si es que no se le conminó a ello por parte de la divinidad, para convertirse en inmortal. Si el uno te condenaba a morir, el otro te brindaba la inmortalidad. Pero el hombre eligió mal, engañado por la perversa serpiente, primero seduciendo a Eva, para que después conminase a Adán a hacer lo mismo.

Respecto a la serpiente, Frazer le otorga un papel de intermediaria entre Dios y el hombre, y eso explicaría que fuese el único animal del Paraíso que estuviese dotado del don de la palabra. También habría que aclarar, qué ganó la serpiente con su engaño, más aún si era tan astuta como se afirma, pues al final, ella fue maldecida por Dios, y condenada a arrastrarse para siempre con su vientre y comer el polvo de la tierra. Frazer nos dice lo siguiente: viendo que pasaba el tiempo y sus criaturas no comían la fruta que concedía la inmortalidad, Dios envió a la serpiente a comunicarle que lo hiciesen. Pero cambió el mensaje indicándole a Eva el árbol equivocado, mientras tanto, ella comió del árbol que daba la vida eterna. Por eso creían muchas civilizaciones antiguas, que las serpientes eran inmortales y gozaban de una permanente juventud, pues mudaban su piel cada año, sin embargo, el hombre no podía hacerlo, precisamente porque la serpiente le arrebató tal posibilidad. Envejecería y moriría, ese sería su cruel destino.

La comparación con otros relatos de pueblos primitivos en los que se plantea la historia del mensaje alterado, y el hecho de la muda de la piel, lleva a Frazer a sostener la probabilidad, de que sea esta la historia que estuviese en la forma original del texto, o alguna parecida. No obstante, a mí me resulta un tanto forzada la reconstrucción que hace de la misma. Lógicamente, como autor no creyente descarta cualquier posibilidad de revelación llevada a cabo por la divinidad.

Para finalizar, el propio lector sacará sus propias conclusiones sobre el significado de este hermoso y, a la vez, dramático relato, que nos transmite prácticamente desde el comienzo el texto bíblico. Son muchos los que han querido ver en él, una explicación sobre los motivos por el que el ser humano tiene que soportar el dolor y la muerte, siendo como es, el protagonista de la Creación divina. El autor del relato, nos transmitiría con su narración, una respuesta sencilla y clarificadora a estas cuestiones que tanto han interesado al hombre desde los primeros tiempos de la civilización.

http://historiarrc.blogspot.pe/2013/05/la-caida-de-adan-y-eva.html

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