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miércoles, 27 de agosto de 2014

Carros de Fuego

Carros de Fuego

Por Angel Rodríguez Alvarez
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“La resplandeciente rueda descendió majestuosamente, con lentitud, hasta tocar el suelo.
Una vez que el fuego hubo desaparecido, descendieron de ella dos hombres. Eran de gran estatura y sus rostros brillaban como el Sol y sus ojos eran como antorchas.
Enoch se humilló ante ellos, como señal de entera sumisión y respeto. Los dos hombres se dirigieron al Patriarca y le dijeron:
“Prepárate, pues hoy mismo estarás con nosotros en los cielos”.
Y Enoch subió al carro de fuego y se acomodó, teniendo frente a él un mar de cristal, a través del cual podía verlo todo. Había muchas pequeñas luces de diferentes colores, algunas de ellas parpadeantes, así como extraños mecanismos que aquellos hombres manejaban para dominar el espíritu del carro volante, que se manifestaba en una vorágine de fuego que había que tener bajo control.
Condujéronlo entonces a los cielos, penetrando en el Gran Abismo, que es el hogar de todas las estrellas y cuerpos celestes. Entró hasta que se detuvo frente a un muro que parecía hecho de sillares de cristal y estaba rodeado de lenguas de fuego.
Había allí un gran palacio, hecho éste de cristal labrado, con suelo embaldosado de placas de vidrio. Enoch vio que todo el suelo era de cristal. Y quedó maravillado ante lo que veía.
El Patriarca fue llevado muchas veces a los cielos, y se le confiaron muchos secretos del Universo, de la Humanidad y de la Creación. Y Enoch lo escribió todo. Escribió lo que vio y cuanto le dijeron. Y quedó como testimonio para generaciones futuras.
Pero un día fue arrebatado para siempre y nunca más volvió. Enoch no murió, como el resto de los humanos, para poder llegar a los cielos, sino que fue llevado allí en carne y hueso”.
Este es uno de los relatos de arrebatamiento o “abducción” que narran las Escrituras Antiguas, ya sean sagradas y admitidas por la Iglesia, o por los libros llamados apócrifos, rechazados tal vez porque “hablan demasiado claro y de manera poco conveniente sobre ángeles, dioses y toda la corte celestial”, a quienes, en esos apócrifos, se les atribuye un aspecto y manifestaciones poco espirituales.
Y estos “arrebatamientos” ocurren en lo que los antiguos llamaban “la Gloria de Dios”, o los“carros de fuego”“escudos volantes”, etc., cuya descripción nos parece demasiado sospechosa, pues nos muestran con claridad que se están narrando hechos relacionados con lo que parecen ser vehículos nada espirituales, en los que se desplazan estos ángeles o dioses, o lo que sean, a lo largo y ancho de nuestro mundo y en el espacio exterior.
La Iglesia sale del paso, ante tan embarazosos relatos, diciendo que se trata de leyendas y relatos de ciencia-ficción, pero en absoluto hechos reales.
Siguiendo los razonamientos eclesiásticos, deberíamos sacar en conclusión que la Biblia y otras escrituras sagradas son en realidad
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 relatos de ciencia ficción, y que nada de cuanto se relata en ellas corresponde a hechos reales, pero no es así. Muchas veces hemos dicho que la Biblia está conectada directamente con los relatos escritos en las tablillas de escritura cuneiforme de los sumerios que relatan los sucesos ocurridos en los primeros tiempos de la Humanidad, tiempos en que los dioses y los humanos tenían un contacto permanente, no tengo muy claro si  para bien o para mal.

Y estos dioses viajaban en “carros de fuego”, que es la denominación más común con la que se trata de describir los vehículos aéreos de estos dioses.
Con variantes como “escudos de fuego”, o el “trono de Dios”, estos artefactos son algo sólido, tangible, nada espiritual, por muchos esfuerzos que se hayan hecho por buscárseles significaciones místicas o psicológicas, como trata de hacer Carl Gustav Jung, partiendo del concepto de los arquetipos, cuyo verdadero significado, para él, se encuentra en lo más profundo del inconsciente humano, (no sólo individualmente, sino colectivamente) .
Asocia Jung a los OVNIS por su forma circular, (los OVNIS no son siempre circulares), con losmandalas, formas circulares de realización espiritual, para buscar la culminación, la totalidad.
Bien. Admito que esa forma circular sea obsesiva para la Humanidad, pero tal vez se deba a la huella que dejó en los seres humanos esa interacción que tuvieron, vuelvo a insistir en lo de “para bien o para mal”, con sus dioses, en la Antigüedad.
En cuanto a la tendencia de atribuir los relatos sobre estas cuestiones simplemente a la fantasía, (tanto por parte de la Iglesia como por historiadores y/o arqueólogos), vemos que en la India, donde con más descaro se describen los carros de fuego de los dioses con detalles verdaderamente sorprendentes y a veces inquietantes, los cronistas tenían muy claro la forma de separar la realidad de la ficción. Los relatos que pertenecían a la ficción, a la fantasía, se clasificaban dentro de lo que se llamaba categoría “Daiva”, mientras que los que eran relatos que se correspondían absolutamente con la realidad estaban clasificados como relatos “Manusa”.
Curiosamente, los relatos pertenecientes al Mahabarata, al Ramayana, al Saramangana Sutradhara y otros, tenidos por fantasiosos, pertenecen a la categoría de los relatos “Manusa”, por tanto relatos reales. Justamente son estas escrituras hindúes las que nos describen los vimanas, con detalles técnicos tal vez muy simples e infantiles, pero lo suficientemente clarificadores en el tema que nos ocupa.
“Nuestros dioses tenían unos carros maravillosos y tremendamente poderosos, con los cuales se desplazaban a velocidades increíbles. Estaban hechos con planchas de metal. Estas planchas eran muy lisas y estaban bien unidas. Con estos carros se elevaban muy alto en los cielos y podían, también, bajar hasta la tierra. Tan veloces eran, que muchas veces no podíamos seguirlos con la vista. Y salían hacia los cielos, viajando hasta los palacios de los dioses, que se hayan rodeando la Tierra o habitando entre las estrellas.
Volaban sobre la tierra, sobre el agua y también bajo el agua, sin que ello les procurase dificultad alguna, no importando si había claridad o no, pues los pilotos podían ver en la oscuridad. Era muy grande el espanto que producían entre nuestros enemigos, e incluso entre nosotros mismos, cuando no se les obedecía fielmente.
Uno de los Elohim, conocido por el nombre de Y´hova, aterrizó en Irak. El era uno de los llamados celestiales, y era un dios terrible, muy arrogante y poderoso, que no tenía piedad ni siquiera para con sus hermanos, los propios Elohim.
Este celestial pertenecía a la Hermandad Negra y su carro de fuego era llamado “El Poder” y “La Gloria del Señor”. La energía que proporcionaba su movimiento era Krod, una energía poderosísima capaz de matar por sí misma, fulminando a quien entrase en contacto con ella. Antes de tocar tierra se balanceó como una hermosa piedra de crisólito. Todos los humanos presentes se humillaron ante el dios, temerosamente.
Y´hova los miró despectivamente, y después alzó su vista hacia lo alto, donde aparecieron de pronto otros carros de fuego”.
Estos carros de fuego tenían un armamento terrible, destacando la facultad de producir catástrofes climáticas de carácter local o de mayor extensión, como grandes vendavales, inundaciones, horribles tormentas, etc. Sin olvidar ese otro armamento terrible, como lo es el termonuclear, que se supone que fue lo que redujo a cenizas a las ciudades de la Pentápolis, entre ellas Sodoma y Gomorra, o la espantosa destrucción de Mohenjo Daro, donde se aprecian las características típicas de una explosión de esa naturaleza, con vitrificación de las piedras, y la masacre instantánea de miles de personas y animales.
Los dioses no lo dudaban a la hora de masacrar a sus enemigos.
“Nosotros los Awilu fuimos creados por los dioses, pues los Igigi entraron en cólera y se rebelaron, molestos por tener que efectuar trabajos tan duros, como la extracción del oro de las entrañas de la Tierra. Y su clamor llegó hasta los cielos.
Así pues, los dioses decidieron crear un siervo para realizar esa labores. Y nosotros, los humanos, seríamos pues sus siervos y esclavos y trabajaríamos para ellos. Y así fueron nuestros amos y señores. 
Nos hicieron de la sangre divina, mezclada con la arcilla. Así fue como nos dieron vida, creando después unas matrices en número de catorce, (siete mujeres y siete hombres), que fueron la génesis de toda la Humanidad.
Crearon también la monarquía, para que una serie de elegidos por los dioses velaran por que se cumplieran las normas y costumbres dictadas por los seres celestiales, y no fuese así perturbado su descanso, pues los Awilu éramos muy ruidosos.
La monarquía, (Nam-lugal), debería hacer cumplir con las normas dictadas para nosotros los Awilu, los humanos de la Tierra.
Y vieron que era algo conveniente y que era bueno y que servía a sus intereses, pues un pueblo sin rey es como un rebaño sin pastor. Y se regocijaron con ello. Y crearon la primera ciudad, Eridu, y el primer rey Awilu fue Alulim, a quien los Elohim concedieron una existencia de 28.800 años.
Así pues, la monarquía es sagrada, pues procede de los cielos, y es la única forma de gobierno respetable. En medio de la ciudad se construyó una morada para los dioses. En su patio se guardaban los carros de fuego, los veloces y temibles pájaros celestes.
Cuando Anu descendió para visitar la Tierra, las naves de los dioses se elevaron en el cielo para recibirle”.
Estos carros de fuego también se utilizaron para transportar a los elegidos de entre los humanos, a quienes se llevaba a los “cielos” para recibir una preparación determinada. Estos terrestres narraban sus experiencias con todo detalle, y su descripción del vuelo coincide con la que haría cualquier persona que viajase en una nave que se fuese alejando del planeta:
Volaron durante un tiempo y el dios le dijo:  Mira hacia abajo y ve en qué se está convirtiendo la Tierra.
Y miró, y vio que la Tierra se estaba convirtiendo en una colina lejana. Había disminuido su tamaño. Una hora más tarde volvió a mirar hacia abajo y vio que la Tierra era ahora como una pequeña esfera, y el océano como un caldero de agua.
El tiempo avanzaba, y una hora más tarde, la Tierra era sólo como una pequeña mota de polvo, apenas visible, mientras el carro de fuego continuaba volando velozmente hacia el abismo donde moran las estrellas y donde los dioses habitan. Después, la Tierra dejó de verse, y otros mundos se presentaban ante sus asombrados ojos.
Tardaron mucho tiempo en devolverlo a este mundo, y cuando regresó había sido dado ya por muerto, y todos se maravillaron de verlo”.
Cuando los israelitas dejaron la esclavitud a la que habían estado sometidos en Egipto, bajo el mandato del faraón, obligado éste a dejarlos marchar por la fuerte presión del Dios de Israel, mediante una serie de horribles plagas, tuvieron que afrontar un gran éxodo a través del desierto para dirigirse a la Tierra Prometida, siendo acompañados por quien viene representado como Dios en la Biblia durante todo el camino, y yendo un “ángel” en su carro de fuego abriendo ese camino.
Dios iba controlándolo todo desde lo alto, en forma de nube o columna de humo durante el día y con la apariencia de una columna de fuego al caer la noche.
“Ahora ya en mi vejez, recuerdo aquellos tiempos en que fuimos liberados del árduo trabajo que nos tenía encadenados en Egipto. Aunque cobrábamos un salario, el trabajo era muy duro y el trato vejatorio. Eramos auténticos esclavos y no teníamos apenas derechos.
Hubo dificultades para convencer al Faraón, quien se negaba reiteradamente a dejarnos partir, pero la Gloria del Señor estaba con nuestro Patriarca Moisés, y obligó a los egipcios, mediante plagas horribles, a ceder y permitir nuestra salida.
Más de seiscientos mil hombres, sin contar a los niños, y las mujeres que formábamos nuestro pueblo, nos reunimos en Succoth. Llevábamos nuestro ganado y nuestras pertenencias y nuestras joyas. Y calzamos nuestros pies con sandalias y nos ceñimos las vestiduras y nos preparamos para la partida, expectantes.
A una señal de Moisés, nos pusimos en marcha. Los egipcios nos dejaron marchar, hartos de los padecimientos que habían sufrido por nuestra causa. Una gran alegría iluminaba nuestros rostros y encendía nuestro corazón.
Comenzaba para Israel una nueva vida, una vida propia y digna. 
Cuando no habíamos caminado ni una jornada, apareció sobre nosotros la Gloria del Señor, en forma de columna, cubriéndonos como si fuese un dosel. El calor era sofocante, y su presencia nos daba sombra y nos proveía de humedad y frescura. Esto iba a ser fundamental durante nuestro viaje. Más abajo, casi delante del gentío, se desplazaba el carro de fuego del ángel del Señor.
Partidos pues de Sucott, fuimos a poner campamento en Etham, en las cercanías del desierto. Había gran animación, y se oían cantos y alabanzas. Al caer la noche, la columna que parecía una nube se transformó en una columna de fuego, de tal fulgor que iluminaba nuestro campamento.
Durante el día había estado en movimiento, yendo por delante del pueblo, abriendo nuestro camino, pero al caer la noche se mantuvo quieta en lo alto, deteniéndonos y acampando nosotros, también. Así habría de ser durante todo el viaje. El carro de fuego del ángel se asentó sobre la arena, algo alejado del pueblo. Teníamos órdenes severas de no acercarnos a él”.      
Los israelitas podían haber tomado el camino más corto hacia su destino. Era una ruta directa, pero con un grave inconveniente que era el hecho de que pasaba por el país de los filisteos, quienes hubieran, sin duda alguna, atacado a los israelitas. Pero ese enfrentamiento no entraba, de momento, en los planes de Jehová. Fue por esto por lo que los dirigió hacia las orillas del Mar Rojo.
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Mientras tanto, la cabeza del faraón bullía en mil ideas diferentes y contradictorias. Poco a poco fue tomando una determinación.

Tal y como explica el historiador Josefo, el faraón, que para atacar a los filisteos de la costa mediterránea había reunido y preparado seiscientos carros de combate, cincuenta mil jinetes y doscientos mil hombres de a pie, los utilizó, sin embargo, para perseguir a los israelitas, al haberse arrepentido de haberlos dejado marchar. Iban con  las tropas incluso los sacerdotes, y en cabeza de la marcha, el propio faraón. Estaban decididos a hacer regresar a los israelitas, pues no querían quedarse sin servidores.
Le habían dicho al faraón que los israelitas no iban directamente a la tierra de Canaán, por el camino normal de Wadi Watir, sino que se habían desviado hasta el Mar Rojo, y se hallaban acampados en la entrada del desierto. Al saber dónde se hallaban y que tenían a las montañas por el Sur, y al Mar Rojo por delante, y a sus tropas por detrás, comentó:
“Encerrados están en la tierra; el desierto los ha encerrado”.
Así pues, parecía que el pueblo de Israel se hallaba en una ratonera.
“Nos hallábamos cerca de un área grande de playa, en la costa occidental de Aquaba, y en ese lugar había suficiente espacio para dos millones de personas, (hombres mujeres y niños), y para nuestros rebaños. Pero no podíamos pasar ni volver, pues el Mar de Edom nos cerraba el paso, y así las montañas, también. Y el ejército de faraón se había lanzado a nuestra búsqueda, procurando nuestra perdición. Y Moisés, (Moshé) habló con el ángel del Señor. Y viendo nuestro temor, Moisés nos habló y nos transmitió la voluntad del Señor de detener al faraón.
Y el ángel del Señor, que siempre iba delante del pueblo, se colocó detrás. Y así lo hizo también la nube donde se hallaba la Gloria del Señor. Y se interpusieron entre nuestro pueblo y las tropas del faraón. Y hubo una fuerte oscuridad entre ellos y nosotros, mientras que había luz por delante de nosotros, para alumbrar nuestro camino. Y entre nuestros enemigos había gran confusión, pues no podían ver nada.
Y el Señor hizo que las aguas del Mar de Edom se separaran en el lugar de Nuweiba, donde había un puente natural que quedó al descubierto, ofreciéndonos un lugar de paso, pues a ambos lados de ese paso era todo un abismo infranqueable.
Y nuestro pueblo cruzó por aquel lugar el Mar de Edom, que tenía sus aguas separadas por obra del Señor, formando dos enormes montañas de agua a lado y lado. Un gran temor nos invadía.
Y cruzamos en seco, pero cuando los carros y jinetes del faraón quisieron perseguirnos, la nube volvió las aguas a su sitio, y murieron todos ahogados, excepto los hombres de a pie, que venían más rezagados. Y vimos cuán grande es el poder del Señor”.      
En el lugar de Nuweiba existe una montaña a manera de puente, con una anchura de unos 900 metros, lo cual es suficiente para que todo el pueblo pudiera pasar con relativa facilidad, y salvar los 16 kilómetros que los separaban de la otra orilla. A ambos lados de ese “puente”, la profundidad es grande y existe una fuerte pendiente que no habrían podido subir los israelitas.
¿Realidad o ficción el paso del Mar Rojo?.
Dos científicos japoneses, dos físicos, estuvieron tratando de reproducir este fenómeno de separación de las aguas en el año de 1994. Estos dos hombres, de la Universidad de Tokio, llamados Shogo Ueno y Masakazu Iwasaka, crearon un fortísimo campo electromagnético, mediante unas bobinas eléctricas de gran potencia, alrededor de un tubo horizontal de vidrio, parcialmente lleno de agua.
Este campo era quinientas mil veces más fuerte que el de la Tierra. El agua fue desplazada hacia los extremos del tubo, quedando el centro en seco. Exactamente como en el Mar Rojo.
Científicos europeos y estadounidenses han reproducido este interesante descubrimiento.
“Pasaron los días, estábamos cansados y los alimentos escaseaban de manera alarmante, por lo que las gentes comenzaron a murmurar contra Moisés y contra su hermano Aarón. Hubo escenas de graves altercados, y decían a grandes gritos:
¡Ojalá hubiésemos muerto en Egipto, pues allí nunca nos faltaba el pan, las cebollas, la carne y la bebida hasta hartarnos!. ¡Y nos has traído aquí, a morirnos en medio de la nada!.
Y Moisés, muy preocupado, se comunicó con la nube, y el Señor le dijo:
Haré llover aves del cielo, para que tu pueblo se alimente.
Y sucedió que llovieron multitud de codornices que nos apresuramos a recoger para reconfortarnos y poder mantenernos, pues pretendíamos conservar los rebaños para la Tierra de Promisión.
Y por la mañana apareció, al evaporarse el rocío, algo como granos, como si fuera algún trigo celestial. Y los recogimos para molerlo y hacer harina y consumirlo como pan.
Y era agradable al paladar, y su sabor nos recordaba a las obleas con miel.
Pero se nos avisó seriamente de que no atesoráramos más del necesario, y que de no hacerlo así se pudriría y no podríamos usarlo.
Y así lo hicimos, y se nos prometió que tendríamos este maná celestial hasta llegar a la Tierra Prometida.
Y todas las mañanas, muy temprano, aparecía el rocío sobre la arena, y al  evaporarse el rocío veíamos siempre los granos del pan que llovía desde la Gloria del Señor. Y hubo suficiente, siempre, para todos. Ya no moriríamos de hambre porque nuestro Dios, el Dios de Israel, estaba alimentando a su pueblo con el maná diario y con aves del cielo, que alguna vez nos enviaba para completar nuestra alimentación”.
Lo que las Escrituras refieren sobre el maná es algo muy curioso, y se han  realizado multitud de estudios para averiguar qué era este misterioso alimento.
Y se ha llegado a esclarecer que lo que recogían los israelitas era un alga con un tremendo poder alimenticio. Este alga era cultivada en la nube o columna por los Elohim y proporcionaba un alimento muy completo, hasta el punto de que no se necesitaría otra cosa para subsistir. Era de la especieChlorella, un alga de agua dulce.
Se regaba y trataba con una máquina llamada Othiq Yomin, que era alimentada por energía nuclear, y que producía un rocío artificial. Era la misma máquina que proporcionaba la fina llovizna que procuraba frescor y humedad al pueblo de Israel, para defenderlo del sofocante calor del desierto.Con el cuerpo de la nube o gloria del Señor obtenían sombra, y esta máquina del maná les proporcionaba la humedad, y ahora también, alimento.
El alga Chlorella es desintoxicante, tiene un 61% de proteínas, y gran cantidad de vitaminas y minerales. Es muy buena contra la fibromialgia y el síndrome de la fatiga crónica, es cicatrizante, corrige la hipertensión y los problemas cardiovasculares, regenera células de la piel, corrige el colesterol, mejora el rendimiento físico, ayuda al crecimiento de los niños, etc. etc. La lista es muy grande. Es un alimento total.
Posiblemente fue la primera planta verde que apareció sobre la Tierra hace unos 600 millones de años. La variedad Chlorella Pirenoidosa es muy consumida en Japón.
La máquina Othiq Yomin, también llamada el Anciano de los Días, fue entregada a los israelitas, posteriormente, como regalo y para que la guardaran junto al Arca de la Alianza. De su custodia y mantenimiento se encargó a los sacerdotes de la tribu de Leví.
Unos ingenieros electrónicos, (Sassoon y Dale), reprodujeron la citada máquina del maná, siguiendo las instrucciones del Zohar.
De todo esto hay algo que me llama la atención, y es el hecho de que a pesar de estar siempre en las cercanías de su Dios, a quien podían ver, que les ayudaba, y que era temible, los israelitas se rebelaban, murmuraban y se comportaban de forma inconveniente, con excesiva frecuencia.
Los israelitas acamparon cerca del monte Sinaí, donde permanecieron mucho tiempo, y donde Moisés recibió las Tablas del Pacto.
También se sucedieron hechos prodigiosos, como el milagro del agua, que hoy día sigue sucediéndose.
Tenemos lo sucedido a unos soldados sudaneses que se encontraban en la zona del Sinaí o monte Horeb, como confirmación de lo que decimos.
Acababan de acampar en las estribaciones del Sinaí. Eran miembros del cuerpo de camelleros, y se pusieron a cavar febrilmente entre las peñas, buscando el agua que se encuentra bajo ellas, obedeciendo las órdenes de su sargento.
El sargento perdió la paciencia y cogió una pala, cavando con fuerza para demostrar a sus hombres cuál era la forma adecuada de proceder.
Gritó: ” ¡Vamos, dadle duro, caramba!”.
Al palear sobre la arena, la pala encontró una roca.
Al golpear con fuerza la dura roca, formada de viejas calizas, ésta se quebró y cayó al suelo. El interior blando quedó al descubierto y un chorro de agua brotó con fuerza.
Los sudaneses, entre risas, dijeron: “He aquí, entre nosotros, al profeta Moisés”.
Al final, el sargento reía también con sus hombres por la broma, satisfecho de su trabajo. Esta es la forma en que en la actualidad, como en los tiempos de Moisés, se procuran el agua quienes acampan en la zona.
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“A medida que nos acercábamos al monte Horeb, éramos conscientes de que el  agua escaseaba, y el pueblo estaba sediento. Y Moisés habló con Y´hová, quien le dijo que iba a hacer un milagro, para que el pueblo conociera su poder.
Y Moisés, siguiendo las indicaciones del Señor, se acercó a una roca, y en presencia de todo el pueblo  tomó su vara y golpeó la roca por dos veces.
Y brotó un caudal de agua limpia de la cual bebimos todo el pueblo y nuestro ganado. Y esto hizo el Patriarca por indicación del Señor, quien por siempre sea alabado.
Una vez que hubimos saciado nuestra sed, y con los ánimos más calmados,      acampamos en las cercanías del monte Horeb.
El Señor dio instrucciones a Moisés, y le conminó a que ascendiera al monte, para llegar hasta su Presencia.
Y acampamos. Y cuando estábamos establecidos, miramos hacia el monte y éste estaba como con fuego. Y todo el monte Horeb humeaba, porque Y´hová había llegado hasta él. Y el humo subía como el de un horno y todo el monte, y la Tierra cercana al monte, se estremecía con violencia.
Y llamó Y´hová a Moisés al monte y Moisés subió. Y puso Moisés límites al monte para que ni el pueblo ni los sacerdotes traspasaran esos límites.
Sólo podían subir Aarón su hermano y Moisés. Y todos sentíamos gran temor ante el fuego, los temblores, los truenos y los relámpagos. Y se nos dijo que si cruzábamos los límites, caeríamos ante la ira del Señor”.      
La Gloria del Señor descendió sobre el Monte Horeb, o Sinaí, y la temperatura, hasta 50 metros por debajo de la cima era tan intensa, que vitrificó la roca, convirtiéndola en obsidiana, como cristal volcánico, según los arqueólogos saudíes.
Todos sabemos lo que ocurrió en el Monte Horeb, donde se nos dice que los       Elohim entregaron una serie de normas sociales, de obligado cumplimiento,  grabadas en piedra, que conocemos como los Diez Mandamientos.
Moisés permaneció en el monte por espacio de cuarenta días, que puede ser una cifra simbólica, para expresar que estuvo allí “mucho tiempo”.
Cuando bajó, su rostro resplandecía. Después de los sucesos del Sinaí, Dios le ordenó a Moisés que construyese un Tabernáculo que sirviese como templo portátil, germen del que en su día sería el Templo de Israel.
Este Tabernáculo se erigió porque Y´hová quería tener un lugar donde morar, aparte de su morada habitual en la Gloria del Señor, que acompañaba permanentemente a los israelitas. Cuando se construyó, la nube permanecía sobre el Tabernáculo, y la Presencia Divina lo ocupaba completamente.
Físicamente consistía en una construcción rectangular realizada con tablas de madera Sittim, (un tipo de acacia existente en la zona del Sinaí), y con bases de plata. Las tablas estarían recubiertas de oro.
Este templo portátil estaba dividido interiormente en dos partes o cámaras,  por una cortina o velo, decorado con querubines. El nombre de la cámara principal era el Lugar Santísimo, donde entraba el Sumo Sacerdote una vez al año, durante la fiesta de las expiaciones. La segunda cámara se llamaba el Lugar Santo, donde los sacerdotes, en general, oficiaban sus rituales.
Cuando la nube se colocaba sobre el Tabernáculo, y la Gloria del Señor lo  ocupaba, el pueblo acampaba y esperaba, y cuando la nube se elevaba, entonces el pueblo se ponía en movimiento. Era algo como un hangar donde no se podía entrar sin permiso, pues se corría el riesgo de morir, o de coger una lepra muy similar a la que aqueja a los afectados por radiación intensa. Algo había dentro que era mortal para cualquier ser humano.
En ese Tabernáculo, en el Lugar Santísimo, se instaló la llamada Arca de la Alianza, donde se guardó la vara de Aarón, las tablas de los Diez Mandamientos, y la Otihq Yomin más adelante, aunque los estudiosos bíblicos hablan de una copa con un poco de maná, y no de la máquina que lo elaboraba.
“Y se levantó un Tabernáculo para honrar al Señor, y para que el Señor lo habitase entre nosotros. Y eso se hizo el primer día del mes primero del segundo año de nuestra salida de Egipto.
Y el Tabernáculo ocupó, con su atrio, la parte central del campamento. A su alrededor se agruparon las diferentes tribus del pueblo de Dios. Después de ser elegidos los que iban a ser sacerdotes ante el Señor, y serles asignadas las vestiduras sagradas, se asignaron doce carros cubiertos, así como sus doce bueyes, para transportar el tabernáculo, donde moraba la Presencia Divina.
Al día siguiente de ser elegidos los sacerdotes, dos de ellos, los que eran hijos de Aarón hermano de Moisés, los llamados Nadab y Abiú, tomaron sus incensarios y poniendo fuego en ellos, le añadieron incienso, que ofrecieron delante de Y´hová. Pero Y´hová entró en cólera, y consideró su fuego como un fuego extraño, que El no les había pedido.
Y de la presencia de Y´hova, delante de su presencia, del propiciatorio del Arca de la Alianza, entre los dos querubines de oro brotó un fuego que mató a los hijos de Aarón delante del Señor. Porque el Señor les consideró falsos adoradores.
Y todos temíamos grandemente la cólera de Y´hova. En otra ocasión, María, hermana de Moisés y de Aarón discutía sobre la primacía de la posición de Moisés, discusión en la que estaba de acuerdo Aarón.
Y la Gloría del Señor se elevó bruscamente del Tabernáculo, y María quedó cubierta con lepra totalmente. Y Aarón fue atacado por un gran temor. Aarón acudió a Moisés, y Moisés intercedió por su hermana ante Dios. Y Y´hová limpió de la lepra a María. Pero quiso el Señor que hubiera de pasar por el período de espera para el ceremonial inmundo, como escarmiento. Así pues, permaneció alejada del campamento por siete días, apartada del pueblo de Dios, por su pecado de soberbia, para que tuviese tiempo de meditar.
Y en el Tabernáculo fue instalada el Arca de la Alianza, y a través de esta Arca se comunicaba Moisés con Y´hová, cuando el Señor no estaba en el Tabernáculo. Y también hablaba Moisés con el Señor a través de los mecanismos del Urim y el Thummim, que eran como dos piedras que lanzaban destellos”.
Son curiosos los artefactos que acompañan en todo momento al pueblo israelita. Las varas, como la de Aarón, que llegó a reverdecer, y de las que cada tribu poseía una. La propia Arca de la Alianza, por encima de la cual, entre los dos querubines se “veía” la Presencia Divina, y que funcionaba como un aparato de comunicación a distancia. El Urim y el Thummim, extrañas piedras que servían para hacer consultas a Y´hová, etc.
Y de temer era la cólera de este Dios, Y´hová, que enseguida acababa con la vida de quien le incomodase lo más mínimo, y que exigía obediencia total y absoluta.
¿Por qué Y´hová quería tener una morada entre los israelitas, además de habitar en la Gloria del Señor, que iba sobre la nube?.
Un mes más tarde de estos sucesos, los israelitas levantaron el campamento del Sinaí donde habían permanecido casi un año y retomaron su camino hacia la Tierra Prometida.
Está claro que Yavéh, Jehová, o como queramos llamarlo, Dios de los israelitas, es alguien con un genio tremendo y un personaje muy vengativo y cruel. Mata o castiga con severidad dando gran importancia a hechos a los que los humanos no damos tanta importancia. Esperemos que exista en el Universo alguien que sea un verdadero Dios, lleno de bondad, y que no necesite “carros de fuego” para desplazarse, como hace este dios, (ahora sí, con minúsculas), que parece ser, en realidad Enlil, el hermano y rival de Enki, con quien se mantiene enfrentado, desarrollando terribles guerras en las que se ve involucrado el ser humano.
Jehová sería pues Enlil, y Baal sería Enki. Enki sí es un dios que manifiesta simpatía hacia nosotros y nos ayuda con
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 frecuencia.

Esta rivalidad entre los dioses dio origen a los relatos de los enfrentamientos entre el Bien y el Mal, siendo uno u otro dependiendo del bando donde se encontrasen los humanos que relataban estas guerras, en las cuales no se dudó a la hora de emplear armas nucleares.
En general los dioses no nos permitían ningún tipo de autonomía:
“Los humanos fueron engendrados de forma que no pudieran cuestionar. A quien lo hacía se le marginaba o se le ajusticiaba, sin más. Nosotros necesitábamos obreros, servidores y no estábamos dispuestos a que los humanos llegasen a ser como nosotros. Por eso los manteníamos limitados.
Pero se extendieron demasiado, pues aprendieron a reproducirse, y eso enojó mucho a Enlil, que quería deshacerse de la raza humana, aunque aún no tenía claro cómo hacerlo. Enlil convocó a los dioses para que, en Asamblea, decidieran sobre ese final de los humanos.
Enki se opuso con total rotundidad. Después de los esfuerzos por conseguir esa raza de obreros, cuya eficiencia era indiscutible, a lo que se habían dedicado tanto él como Ninhursag, era absurdo pensar en destruirlos ahora.
Como siempre, ambos hermanos se enfurecieron y enfrentaron uno contra el otro. En un principio se acordó no exterminarlos a todos, sino a un número determinado, a quien se aniquilaría por hambre.
Sin embargo, cuando el canibalismo se hizo presente entre los humanos, ante la escasez de alimento, Enki los proveyó, a espaldas del irascible Enlil, con lo que la mayor parte sobrevivió. Fue entonces burlado, pero llegaría otra ocasión para él.
Enlil fue el primero en darse cuenta de que se acercaba un cambio polar para el planeta Tierra, y guardó el secreto para sí mismo. Y esperó que llegase el momento. Nadie, excepto las familias celestiales, sobrevivirían al cambio polar, pues no habría tiempo para evacuar a los terrestres.
Los espías de Enki advirtieron a éste con tiempo de lo que se avecinaba. Y cuando el Diluvió llegó, los humanos se ahogaron todos, excepto un grupo de ellos que fueron advertidos a tiempo por Enki. Eran los pertenecientes a una familia, cuya cabeza visible era de la misma condición genética que Enki. Por éso, y no por su bondad, fue elegido. La familia y los amigos cercanos a esa familia. Y fueron puestos a salvo en una nave submarina, donde se almacenó, también, material genético de animales en “pares”. Y así burló Enki, una vez más, a Enlil”.
Los propios dioses quedaron horrorizados por las consecuencias del Diluvio, y juraron que en el futuro jamás exterminarían al ser humano, decisión a la que se adhirió, finalmente, con algo de reticencia, Enlil, quien debió pensar que, a fin de cuentas, iban a necesitar los servicios de esos obreros.
Cualquier desgracia que en el futuro pudiera amenazar a la raza humana sería conjurada por los dioses, que se obligaron, bajo ese juramento, a protegerlos para siempre.
Cuando uno habla de dioses, o de entidades con una significación religiosa, y sobre todo cuando las historias, leyendas o mitos sobre estas entidades vienen reflejadas en Escrituras Sagradas, nos interesamos por la opinión que sobre ellos tienen las autoridades eclesiásticas, y en particular la Iglesia Católica, que es la más cercana a nosotros.
Sobre la verdadera naturaleza de los ocupantes de los “carros de fuego”, (OVNIS en su acepción actual), la Iglesia Católica no tiene las cosas muy claras. En ese sentido son un fiel reflejo de la posición que el resto de la sociedad tiene sobre esta fenomenología: Desde los que creen que son fenómenos naturales poco conocidos, que inducen a error a los testigos de los avistamientos, pasando por los que aceptan y defienden la hipótesis de que estamos siendo visitados por seres de otros mundos desde la más remota antigüedad, hasta los que se decantan por atribuir a los tripulantes de los carros de fuego la naturaleza angélica ( y, cómo no, la diabólica), que serían, estas últimas, la opinión que tenían nuestros ancestros sobre los visitantes.
No existe, al menos que sepamos, una opinión “oficial” de la Iglesia, aunque apostaría mi mano derecha a que en cierto nivel eclesiástico sí se sabe mucho sobre el tema.
La opinión que más gracia me ha hecho es la del Padre Antonio Felices, que  entroncaría bastante con lo que hemos venido comentando:      
“Aquellos seres que se parezcan más a los hombres quizá sean nuestros  protectores. Esto concuerda con muchos pasajes de la Sagradas Escrituras.
Una Biblia por cierto, a la que yo pienso que sólo ahora, con la presencia de OVNIS y extraterrestres, estamos empezando a entender de verdad. Quizás ellos trajeron la simiente de vida a nuestro planeta. Dios, como afirma Santo Tomás, nunca obra directamente” .     
Sigue el Padre Felices especulando sobre la posibilidad de que sobre estos seres físicos existan otros con diferentes naturalezas, cada vez más sutiles, hasta llegar a un plano de espiritualidad total, que sería la idea más aproximada que podríamos tener sobre Dios. Algún otro eclesiástico afirma que los tripulantes de los carros de fuego no estarían afectados por el “pecado original”, y que serían de una moralidad muy  elevada.
Bueno, la verdad es que los dioses eran muy aficionados a las orgías, y que disfrutaban de todo cuanto fuera placentero. Y a sus servidores, o esclavos, o sea, a nosotros, nos utilizaban para sus “juegos”, que a ellos les resultaban muy divertidos. Desde el punto de vista de la Moralidad Católica,los dioses serían unos  juerguistas e inmorales.
E incluso yendo un poco más allá, podríamos pensar que “nuestro pecado original” sería la herencia genética que heredamos de ellos, puesto que nos crearon partiendo de sí mismos y del Homo Sapiens, que marca en gran medida nuestro comportamiento social.
Pero todo esto son especulaciones, sin ninguna base seria que lo apoye. Fuese como fuere, de “angelitos” tenían poco, y una de sus mayores diversiones era la guerra, que practicaban como si fuera un deporte, alimentada esta actividad por la fuerte rivalidad existente entre estos dioses-demonios.
¿Y en la actualidad?. ¿Tienen algo que ver los OVNIS de hoy con los carros de fuego del ayer?. ¿Es todo simple fantasía?.
Como escribió el Padre Salvador Freixedo: “Defendámonos de los dioses”.
 http://www.laconcienciadeki.com/wordpress/?p=3238

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