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lunes, 4 de julio de 2016

La resurrección de Lázaro

La resurrección de Lázaro


Siendo el primero en la resurrección de los muertos, había de anunciar la luz al pueblo y a los gentiles.

Hechos,26, 23

 

Acabamos de ver que Andrés, apóstol, no es otro que Eleazar, cuyo abreviatura es Lázaro. Él es el “resucitado” célebre. Sin duda los espíritus desconfiados hace mucho tiempo que hicieron observar que ese viaje al más allá no le había dado a conocer nada nuevo, y que, todo lo más, se había comportado como un hombre corriente, emergiendo de un profundo sueño, natural o provocado. Veamos un poco más de cerca el relato de los hechos.

Éste no nos lo aporta más que el evangelio llamado de Juan. Antes había aparecido el episodio de la hija de Jairo, jefe de la Sinagoga (Lucas, 8, 41), pero como se nos precisa que la niña dormía y no estaba muerta (Jesús dixit, Lucas, 8, 52), no se trata sino de un fenómeno de catalepsia, y no de una resurrección.

En el caso de Lázaro, alias Eleazar, alias Andrés,[1] la cosa es muy distinta. Este episodio sólo figura en Juan, 11, 1 a 44. aquí está:

“Había un enfermo, Lázaro, de Betania, de la aldea de María y de Marta, su hermana. Era esta María la que ungió al Señor con ungüento y le enjugó los pies con sus cabellos, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo. Enviaron, pues, a las hermanas a decirle: “Señor, el que amas está enfermo”. Oyéndolo Jesús, dijo: “Esta enfermedad no es de muerte, sino para Gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

“Jesús amaba a Marta y a su hermana y a Lázaro. Aunque oyó que estaba enfermo, permaneció en el lugar en que se hallaba dos días más, pasados los cuales dijo a sus discípulos: “Vamos otra vez a Judea”.[2]

Los discípulos le dijeron: “Rabbi, los judíos te buscan para apedrearte, ¿y de nuevo vas allá?”. Respondió Jesús: “¿No son doce las horas del día? Si alguno camina durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque no hay luz en él”. Esto dijo, y después añadió: “Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero yo voy a despertarle”. Dijéronle entonces los discípulos: “Señor, si duerme, sanará”. Hablaba Jesús de su muerte, y ellos pensaron que hablaba del descanso del sueño. Entonces les dijo Jesús claramente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vamos allá”. Dijo, pues, Tomás, llamado Dídimo, a los compañeros: “Vamos también nosotros a morir con él”.

“Fue, pues, Jesús, y se encontró con que llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Estaba Betania cerca de Jerusalén, como a unos quince estadios,[3] y muchos judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas por su hermano.
Marta, pues, en cuanto oyó que Jesús llegaba, le salió al encuentro; pero María se quedó sentada en casa. Dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios lo otorgará”. Díjole Jesús: “Resucitará tu hermano”. Marta le dijo: “Sé que resucitará en la resurrección, en el último día”. Díjole Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Díjole ella: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo”.[4]

“Diciendo esto, se fue y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto: ‘El Maestro está ahí, y te llama’. Cuando oyó esto, se levantó al instante y se fue a Él, pues aún no había entrado Jesús en la aldea, sino que se hallaba aún en el sitio donde le había encontrado Marta. Los judíos que estaban con ella consolándola, viendo que María se levantaba con prisa y salía, la siguieron pensando que iba al monumento a llorar allí.

“Así que María llegó donde estaba Jesús, viéndole, se echó a sus pies, diciendo: “Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano”. Viéndola Jesús llorar, y que lloraban también los judíos que venían con ella, se conmovió hondamente y se turbó, y dijo: “¿Dónde la habéis puesto?”. Dijéronle: “Señor, ven y ve”.

“Lloró Jesús.

“Y los judíos decían: “¡Cómo le amaba!”. Algunos de ellos dijeron: “¿No pudo éste, que abrió los ojos del ciego, hacer que no muriese?”.

“Jesús, otra vez conmovido en su interior, llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: ‘Quitad la piedra’. Díjole Marta, la hermana del muerto: ‘Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días’. Jesús le dijo: ‘¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?’. Quitaron, pues, la piedra, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: ‘Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que tú me has enviado’. Diciendo esto, gritó fuerte: ‘¡Lázaro, sal fuera!’. Salió el muerto, ligados con fajas pies y manos, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: ‘Soltadle y dejadle ir’.” (Juan, 111, 1 a 44).

Aquí plantearemos una pregunta embarazosa:

¿Cómo un hombre, con la cara envuelta, los miembros atados con vendas, y reducido al estado de momia impotente, pudo levantarse, caminar, dirigirse a ninguna parte?

Volvamos ahora atrás, y tomemos de nuevo a Juan, en el capítulo 10, y leámoslo entero, hasta el versículo 39. Todo lo que cuenta se desarrolla en Jerusalén: “... Se celebraba entonces en Jerusalén la Dedicación. Era invierno. Y Jesús se paseaba en el Templo por el pórtico de Salomón”. (Op. cit., 10, 22-23).

Ahora pasemos a los versículos 39 a 42 del mismo capítulo: “(Jesús) Partió de nuevo al otro lado del Jordán, al sitio en que Juan había bautizado la primera vez, y permaneció allí”. (Op. cit., 10, 40-41).

El lugar “en que Juan había bautizado la primera vez” es el vado “de Betania, al otro lado del Jordán” (Juan, 1, 28), es decir, un lugar situado en Perea, territorio llamado, efectivamente, “más allá del Jordán” (véase el mapa nº 8 del Atlas biblique pour tous, del R.P. Grollenger, O.P., Editions Sequoia). Pero no es la Betania de los alrededores de Jerusalén, que está situada en Judea ... Así pues, la “Betania, al otro lado del Jordán” (Juan, 1, 28) es desconocida, y Ainón (más o menos: “regiones de fuentes”), donde Juan bautizaba “porque había mucha agua”, “cerca de Salim” (Juan, 3, 23), tampoco puede localizarse con certeza, según nos dice el R.P. Grollengerg. Pero una vez más, y de todos modos, no es la que está situada a unos dos kilómetros de Jerusalén, sino que esa otra está al menos a cuarenta kilómetros, a vuelo de pájaro, del otro lado del citado Jordán.

Juan el Bautista, por lo tanto, se encontraba en Perea, y eso está bien establecido. Ahora saltemos de Juan 10, 42 al capítulo 12,1:

“Seis días antes de la Pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos”. (Juan, 12, 1). ¡Pero si ya estaba allí! ¡Si todo el capítulo precedente lo muestra precisamente en Betania! Decididamente, esa localidad se convirtió para nuestros piadosos falsificadores en una verdadera obsesión, y no sabiendo ya cómo salirse del fárrago de mentiras que elaboraron de manera tan imprudente, cayeron por último en la incoherencia.

Y, en efecto, del mismo modo que el episodio de la mujer adúltera (Juan, 8, 3) no fue introducido en ese Evangelio hasta que accedió al pontificado el papa Calixto (217-222), la pseudo-resurrección de Lázaro tampoco apareció en los “arreglos” de los monjes copistas hasta los siglos IV y V.[5] Porque es de todo punto evidente que si Mateo, Marcos, Lucas y los Hechos de los Apóstoles, así como todas las Epístolas de Pablo, Pedro, Santiago, Juan y Judas ignoran semejante prodigio (como es el caso), es que en la época de su redacción nadie conocía dicho relato. Y queda en pie una prueba perentoria, el pasaje siguiente de los Hechos de los Apóstoles, en el que Pablo, entonces en Cesarea Marítima, en el año 58, declara al rey Agripa y a la reina Berenice:

“Gracias al socorro de Dios persevero firme hasta hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes y no enseñando otra cosa sino lo que los profetas y Moisés han dicho que debía suceder: que el Mesías había de padecer, que siendo el primero en la resurrección de los muertos, había de anunciar la luz al pueblo y a los gentiles”. (Cf. Hechos de los Apóstoles, 26, 23).[6]

De modo que Pablo ignora que el primer resucitado de entre los muertos fue Lázaro, y no Jesús. Por lo visto ignora que en el instante del último suspiro de éste en la cruz de la infamia, resucitaron también numerosos muertos, que hasta entonces yacían en las tumbas del cementerio ritual de Jerusalén, próximo a los Olivos, porque:

“La tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos, y muchos cuerpos de santos que dormían, resucitaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Él, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos”. (Cf. Mateos, 27, 52-53).

Por consiguiente, si damos crédito a Juan y a Mateo, Jesús no pudo ser el primer resucitado de entre los muertos. A menos que todo eso fuera imaginado en los siglos IV y V.

Pero si los testigos del prodigio que constituyó la resurrección de Lázaro tuvieron una existencia real, conviene desvelar la superchería de que fueron víctimas o cómplices, pues vamos a ver la forma en que se operó:

En todo Egipto, y principalmente en la península del Sinaí, existe una solanácea llamada sekaron, es decir, “la embriagadora”. Pertenece al subgrupo de los beleños, es la Hyoscyamus muticus.

De ella, los antiguos extraían el banj o bang, que, según la dosis utilizada, era un potente narcótico o un simple alucinógeno.

Por otra parte, conviene saber qué era lo que se entendía por tumba ritual en aquella época, en Israel.

En una pared rocosa, se excavaba primero un estrecho pasillo en suave pendiente y a cielo abierto, a menudo provisto de escalones, a fin de alcanzar más rápidamente la profundidad requerida. Entonces, en la fachada frente a la que iba a desembocar el pasillo, se practicaba una abertura muy baja, que generalmente se obturaba con una losa de piedra. Si la tumba era importante, se utilizaba una muela de grano, que se hacía rodar cómodamente por una zanja practicada a derecha o a izquierda.

Tras la abertura así comenzada en la pared, se hacía una primera cámara funeraria, en el centro de la cual se excavaba una pequeña fosa. Alrededor de esta fosa corría un alzapié, especie de camino de ronda que permitía circular.

En la pared del fondo de esta primera cámara, se practicaba otra puerta, y se excavaba detrás de ella una segunda cámara funeraria. Las paredes de esta última tenían nichos, en los que se depositaba a los muertos. Esos nichos tenían una pendiente destinada a facilitar el flujo de los líquidos orgánicos procedentes de la descomposición de los cadáveres, y esos líquidos eran recogidos en canales que desembocaban en la fosa central de la primera cámara.

Cuando los esqueletos estaban totalmente descarnados y secos, se los retiraba de su nicho y se los encerraba en pequeños osarios análogos a nuestros “féretros de reducción”. Los líquidos orgánicos se evaporaban poco a poco en la fosa central, pero mientras ésta no se hubiera secado, según los términos de la Ley judía se debía pintar de blanco, con cal viva, todo el exterior de la tumba: escalera, losa de cierre, canal, marco de la puerta. De donde la expresión de “sepulcro blanqueado”, sinónimo de “lugar impuro”. Cuando Jesús trataba a sus adversarios con este mismo término, la injuria no era leve, como se ve. Esto equivalía, en efecto, a calificarlos de “carroña”, o de “podredumbre”.

Volvamos ahora a Lázaro. Supongamos que este último aceptara desempeñar el papel de “compadre” en una superchería destinada a inflar desmesuradamente la reputación taumatúrgica de Jesús, y a facilitar así el reclutamiento y la acción del movimiento zelote.[7]

Absorbería el banj o un potente narcótico equivalente. Tras un simulacro de enfermedad de evolución rápida y muerte oficial, le llevarían a una tumba, siempre dormido, y le abandonarían en el rodapié funerario, enrollado dentro del sudario habitual y provisto de los vendajes rituales, y a continuación cerrarían la tumba. El herbario secreto del vudú africano o antillano posee recetas que permiten hacer creer en una muerte aparente sin discusión posible. Era con semejantes procedimientos que se obtenía, no hace aún demasiado tiempo, a los famosos zombies, y el Código penal haitiano se vio en la obligación de dictar penas extremadamente severas para luchar contra estos asesinos mentales. En el caso de Lázaro no se trata sino de un sueño muy corto. La permanencia de cuatro días en esa capilla funeraria sería facilitada mediante el aporte de víveres y de agua por Marta y María. La impureza ritual y el miedo supersticioso a los muertos descartaban cualquier indiscreción nocturna. No quedaba ya sino prevenir a Jesús y esperar su llegada, el “milagro” estaba a punto. En cuanto al olor de putrefacción, era fácil de obtener en el último momento con una pieza de carne pasada, en el fondo de la cueva.

¿Quién puede saberlo? Quizá la pseudo-resurrección de Lázaro no fue en realidad otra cosa que una tentativa de ensayo de la que proyectaba Jesús. La crucifixión vino a trastornarlo todo.



NOTAS COMPLEMENTARIAS


Se observará que:

1.      María es la hermana de Lázaro, alias Andrés (Juan, 11, 1-4).

2.      Andrés es el hermano de Simón-Pedro, por lo tanto lo es también de Jesús (véase el capítulo 8).

3.      María es por lo tanto la hermana de Jesús, por vía de consecuencia, lo mismo que Marta. Esas son las hermanas anónimas citadas en Mateo (13, 56), y en Marcos (6, 3).

4.      Ahora bien, María es la mujer que unge a Jesús con nardo en Betania (Juan, 1-4).

5.      Y la mujer que unge a Jesús es precisamente la pecadora pública de la ciudad, una prostituta, según Lucas (7, 38).

6.      María, hermana de Jesús, es por lo tanto una mujer de mala vida.

7.      Y Jesús la anima a perseverar, a pesar de los reproches de Marta, su otra hermana (Lucas, 10, 42).


Empieza a comprenderse aquí por qué Jesús declara, en Mateos (20, 31 y 32), que las prostitutas adelantarán a los otros creyentes en el reino de Dios, y por qué las gentes “de mala vida” le ofrecen un festín en la casa de Leví (Mateo, 9, 10; 11, 19; Marcos, 2, 15-16; Lucas, 5, 30; 14, 1; 15, 2).



[1] Véase el capítulo 8.
[2] ¡Como si Betania no estuviera en Judea! Los escribas ignaros del siglo IV no tenían ninguna idea de la geografía de Palestina.
[3] Un estadio equivale a 185,015 metros.
[4] Observemos que el tema de una resurrección final estaba lejos de ser una creencia oficial en el Israel de aquella época. En cuanto a la idea de un Hijo de Dios en el sentido que nosotros le damos hoy, hubiera sido blasfematoria.

[5] Cf. Jesús o el secreto mortal de los templarios: “Las piezas del expediente”, catálogo de los manuscritos, pp. 24-36.

[6] Eso son afirmaciones gratuitas, y a un Doctor de la Ley de aquella época no le era difícil demostrar que Saulo-Pablo ignoraba todo sobre las Escrituras en lo que concernía al Mesías esperado.

[7] Durante las guerras tribales que desolaron el ex-Congo belga, los brujos vendían a los guerreros negros un “agua mágica” destinada a hacerlos casi inmortales.

TOMADO DE: LOS SECRETOS DEL GOLGOTA DE ROBERT AMBELAIN.

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