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viernes, 8 de julio de 2016

La magia en la vida de Jesús 1 de 2

La magia en la vida de Jesús 1 de 2
Robert Ambelain.

«Que no se encuentre en tu pueblo a nadie que pregunte a los muertos...» DEUTERONOMIO, 18, 11

No hay ni un solo exegeta que no haya observado o reconocido que, en la vida de Jesús, hay un vacío oscuro, un período del que no se sabe absolutamente nada. Para los docetas y todos los gnósticos en general, y para Marción el primero. Jesús aparece de forma repentina, sin que se sepa de dónde viene. Es asimismo en Cafarnaúm donde fijan su primera aparición. Otros la sitúan en el vado del Jordán llamado Beta-Abara, en el pueblo de Betania. (Hemos visto, en el capítulo 11, que esos «años oscuros» cubren un período de actividad política, o incluso insurreccional.)

 

En ese período desconocido de la vida de Jesús, el rumor público judío incluía su estancia en Egipto, con el fin de estudiar allí la magia.

En efecto, en Israel existía una tradición sólidamente establecida según la cual Egipto era la patria de dicha ciencia, y que no se podía tener mejor maestro que un egipcio. Para todo talmudista sincero, experimentado, poseedor de la tradición esotérica de las sagradas Escrituras, uno de los tesoros robados a los egipcios cuando tuvo lugar su salida de Egipto (cf. Éxodo, 12, 35-36) fue precisamente ese conocimiento, y los famosos «vasos de oro y de plata» que los israelitas tomaron sutilmente de las gentes de Egipto la víspera de su partida en masa hacia la Tierra Prometida no eran otra cosa que las claves (los vasos, los secretos) del doble poder mágico (el oro y la plata), todavía representado en nuestros días esotéricamente mediante las dos llaves de oro y plata que figuran en el blasón de los papas.

Esta creencia estaba tan sólidamente arraigada en el espíritu del Israel antiguo, que todo viajero procedente de Egipto que entrara en Palestina era sometido a un escrupuloso registro a su paso por la frontera común. Y, en virtud de la palabra de las Escrituras, a todo aquel que introdujera un tratado cualquiera de magia le esperaba como castigo la pena de muerte a partir del momento en que franqueara los límites del país nabateo o de la vetusta tierra de Menfis:

«Que no se encuentre junto a ti a ninguno de aquellos que practique las adivinaciones, el sortilegio, el augurio, la magia; que practique hechizos, que consulte a los espectros y a los espíritus familiares, que interrogue a los muertos.» (Deuteronomio, 18,10-11.)

Por eso: «No dejarás vivir a la que practica la magia...» (Éxodo, 22, 17.)

Y este ostracismo llegaba muy lejos. En el siglo i de nuestra era, Rabbi Ismael ben Elischa, nieto del sumo sacerdote ejecutado por los romanos, impide a su sobrino Ben Dama que se deje curar por un cristiano de una mordedura de serpiente.

Basa su oposición en el tratado talmúdico Abhodah Zarah (27 B), el cual enseña que:

«Vale más perecer que ser salvado por la magia...»

Así pues, para los judíos Jesús operaba sus prodigios sustentándose en sus conocimientos de magia, que había aprendido y traído de Egipto, y cuyos elementos esenciales había conseguido disimular bajo sus ropas al pasar la frontera. (Qiddouschim, 49 B; Schab., 75 A y 104 B.) Todos sus discípulos eran como él, ya que él les había enseñado sus secretos. Eso es lo que explica sus milagros y el éxito que éstos traían aparejado para ellos, de cara a la multitud ignorante.

En la misma época se verá cómo Rabbi Eliezer ben Hyrcanos, que había sido acusado de haberse hecho cristiano en secreto, obtuvo finalmente la gracia, al haberse llegado a la conclusión de que un hombre tan sabio, tan fiel observador de la ley, no había podido extraviarse de tal modo de no haber caído en una especie de hechizo espiritual, practicado por los discípulos de Jesús.

Reconozcamos que esta opinión era todavía compartida por un porcentaje bastante elevado de cristianos en el siglo V. En efecto, está demostrado que los Evangelios llamados «de la Infancia», que se componen del Protoevangelio de Santiago, del Evangelio del pseudo Mateo, de la Historia de José el carpintero, y del Evangelio de Tomás, se reparten en fragmentos que pueden haber sido compuestos, unos a finales del siglo II, y los otros en el siglo v.

Pues bien, en todos esos textos se nos muestra al niño Jesús dotado de facultades mediúmnicas extraordinarias, y ya apto para realizar prodigios, a merced de sus reacciones infantiles. Se le ve penetrar en una caverna, donde una leona acaba de parir. Y ésta juega y retoza con Jesús, junto con los leoncillos. Y una palmera se inclina ante una orden suya, para ofrecer a María, su madre, los dátiles que desea. Una fuente brota por orden suya, para apagar la sed de sus padres. En el templo de Hennópolis, en Egipto, las trescientas sesenta y cinco estatuas de las divinidades cotidianas de las parénesis caen al suelo. Cuando juega con la tierra y el agua, de regreso a Judea, aquellos que estropean sus frágiles construcciones caen muertos a sus pies. Modela una docena de pájaros en arcilla, y les da vida con sólo una palmada.

Ante la indignación de la población, consecutiva al abuso que hace de sus poderes, sus padres lo encierran en la casa y no le dejan salir. Entonces, tanto para hacerse perdonar, como para demostrar su poder. Jesús devuelve la vida a un niño al que acababa de lanzar un hechizo mortal. Lo confían a un maestro de edad muy avanzada para que le enseñe a leer. El maestro, al golpear a Jesús con una varilla de estoraque, cae inmediatamente muerto. Un hecho confirma en los Evangelios canónicos ese carácter rencoroso de Jesús: es el episodio de la higuera (Mateo, 21, 19 y Marcos, 11, 21), que debería haber dado higos a Jesús instantáneamente, y fuera de temporada, y a quien él maldice por no haberlo hecho. En todos esos apócrifos, el padre de Jesús se llama José, evidentemente.

Pero han permanecido algunos fragmentos de una veracidad que a continuación fue sabiamente sofocada. Entre ellos están, por ejemplo, los siguientes del pseudo Mateo sobre sus hermanos:

«Cuando José iba a un banquete con sus hijos Santiago, José, Judas y Simón, así como con sus dos hijas. Jesús y su madre iban también, junto con la hermana de ésta, llamada María, hija de Cleofás...» (Cf. Evangelio del pseudo Mateo, 42,1.)

«José envió entonces a su hijo Santiago para recoger leña y llevarla a casa, y el niño Jesús le seguía. Pero mientras Santiago reunía las ramas, una víbora le mordió en la mano. Y como sufría y se moría. Jesús se le acercó y sopló en la herida. Inmediatamente el dolor cesó y la víbora cayó muerta, y Santiago permaneció entonces sano y salvo.» (Op. cit., 16,1.)

En los apócrifos etíopes encontramos lo mismo. Vemos a Jesús, en su edad madura, comunicando a sus discípulos fórmulas mágicas extrañas, algunas de las cuales las encontraremos en los formularios que todo buen doblara abisinio debe inevitablemente poseer.16

Esas son las creencias supersticiosas que compartían los judíos y los cristianos respecto a los «poderes» de Jesús. Lo que es seguro es que los cristianos más cerrados al análisis racional de un texto no podrán negar que Jesús utilizaba una técnica. Y ésta es la prueba: En su ingenuidad los creyentes ordinarios se imaginan que a Jesús le bastaba con dar una orden para que el milagro se produjera. Y nada de eso. Hay matices, y los procedimientos difieren según la naturaleza del resultado deseado. Los siguientes textos lo prueban:

«Cuando hubo partido de allí, Jesús fue seguido por dos ciegos que daban voces y decían: "¡Hijo de David, ten piedad de nosotros!" En cuanto hubo llegado a la casa, los ciegos se le acercaron y Jesús les dijo: "¿Creéis que puedo yo hacer esto?" Respondiéronle: "Sí, Señor". Entonces tocó sus ojos, diciendo: "Hágase en vosotros según vuestra fe". Y se abrieron sus ojos...» (Mateo, 9, 27.)

«Llegaron a Betsaida, y le llevaron a Jesús un ciego, rogándole que lo tocara. Tomando al ciego de la mano, lo sacó fuera del pueblo, y, poniendo saliva en sus ojos e imponiéndole las manos, le preguntó si veía algo. El ciego miró y le dijo: "Veo hombres, pero algo así como árboles que andan". Jesús le puso de nuevo las manos sobre los ojos, y cuando el ciego miró fijamente, fue curado, y vio con toda nitidez.» (Marcos, 8,22-26.)


«Pasando, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento [...]. Y después de haber dicho esto, escupió en el suelo e hizo un poco de lodo con la saliva. Luego aplicó este lodo sobre los ojos del ciego y le dijo: "Ve y lávate en la piscina de Siloé". Fue, pues, allí y se lavó, y regresó viendo claro.» (Juan, 9,1 y 6-7.)

La piscina de Siloé estaba situada cerca de una de las puertas de Jerusalén. Era allí donde los sacerdotes, revestidos con sus atavíos festivos, sacaban el agua que iban a utilizar para las purificaciones rituales del Templo. Desde que el profeta Isaías la había alabado (Isaías, 8, 6) se la tenía por santa, y todavía en la Edad Media tenía fama, entre los musulmanes, de dispensar un agua milagrosa. En efecto, en estos tres milagros se ve que Jesús emplea tres técnicas diferentes:

a) en el primer caso, la fe de los ciegos garantizaba el resultado, por lo que le basta con tocar sus ojos;
b) en el segundo caso, pone saliva suya sobre los párpados del ciego, y le impone las manos. Al ser incompleto el resultado, empieza de nuevo la operación, y por fin el ciego ve;
c) en el tercer caso, utiliza una vieja receta de la farmacopea antigua. Un código médico del siglo III, atribuido a Serenus Sammonicus, recomienda la aplicación de una capa de lodo para curar los tumores de los ojos.

Pero Jesús añade a ello, a modo de complemento, la inmersión en la piscina milagrosa de Siloé, o por lo menos el lavado de los ojos en esas célebres aguas.

Sobre el hecho de que Jesús utilizara la saliva en la curación de las afecciones oculares, éste no hace sino emplear una receta antiquísima que se basa en el valor terapéutico de la saliva. En los Anales de cirugía plástica de abril de 1961, págs. 235-242, podemos leer en el artículo «Las derivaciones salivales parotídeas en la xeroftalmia» los siguientes pasajes:

«El síndrome xeroftálmico que se desarrolla sobre un ojo con secreción lacrimal pobre o ausente, acarrea la queratinización o la descamación de la conjuntiva desecada, con formación de adherencias... La comea se opacifica... Las pestañas, al rozar, se convierten en un factor de ulceración... El descenso de la agudeza visual desemboca a menudo en una ceguera completa.»

«La saliva y las lágrimas tienen una composición muy parecida, y contienen ambas lisozima, sustancia bacteriostática de protección.» El cirujano comunicará entonces, por vía mucosa intrabucal, el canal secretor de las glándulas salivales con el fondo de saco conjuntivo. Y «...de ello resultará para el enfermo una mejora espontánea de la agudeza visual...» (Op. cit.)

De este conocimiento inconsciente es de donde deriva el gesto de numerosos escolares que, afligidos por dolor de ojos, humectan con su saliva, con ayuda de sus índices, los lagrimales doloridos, mientras hacen sus deberes bajo la lámpara familiar.

En el caso del exorcismo que nos cuenta Mateo (17, 21), también ahí se ha utilizado una técnica. Júzguese:

«Entonces se acercaron los discípulos a Jesús y aparte le preguntaron: "¿Cómo es que nosotros no hemos podido arrojar a ese demonio?" Jesús les respondió: "A causa de vuestra incredulidad; porque en verdad os digo que, si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a esa montaña: Vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible. Pero esta raza de demonios no se puede expulsar sino mediante la oración y el ayuno..."» (Mateo, 17,19-21.)

En primer lugar, observaremos que existe contradicción. El texto nos dice que nada es imposible para la/e absoluta y sincera. Pero el mismo texto nos precisa los elementos de una técnica, ascética y mística, para la obtención del resultado: la oración y el ayuno. Hay ahí una indiscutible contradicción, ya que la frase final implica que, según la naturaleza de los demonios, según su especie, debe utilizarse un procedimiento u otro. Por lo tanto, la fe sola es insuficiente, y hay que añadirle un soporte psíquico: ayuno, oración, sacramental (aceite, saliva, lodo, agua, etc.).17

Hay otros casos en los que el análisis debe ser más sutil, más prudente. Así, por ejemplo, el caso del poseso de Gerasa. Un hombre está poseído por numerosos demonios. Vive en los lugares desérticos y en los sepulcros. Rompe las cadenas y los hierros con los que se le quiere reducir. Jesús viene, ordena a los demonios que dejen a ese hombre. Ellos le suplican:

«...y le rogaban encarecidamente que no les mandase volver al abismo. Pues bien, había allí una piara de cerdos bastante numerosa paciendo en el monte, y suplicaron a Jesús que les permitiese entrar en ellos. Se lo permitió. Y saliendo los demonios del hombre, entraron en los puercos, y se lanzó la piara por un precipicio abajo hasta el lago, y se ahogó. Viendo los porquerizos lo sucedido, huyeron y lo anunciaron en la ciudad y en los campos...» (Lucas, 8,31-35.)

Observaremos, en primer lugar, que no son jabalíes, sino cerdos domésticos, dado que se trata de una piara con porquerizos. La escena tiene lugar en «el país de los gerasenos, que está frente a Galilea». Es, por lo tanto, la Galaadítide. Pero ¿qué probabilidades hay de que allí se criaran cerdos, animales cuyo consumo estaba formalmente prohibido por la ley, y cuya utilización, preparación y venta eran, por consiguiente, más que aleatorias? Por otra parte, en Gerasa y en su región no hay lago alguno. Para evitar este escollo se nos quiso transferir la escena a Betsaida-Julias, en las orillas del lago Tiberíades, alias de Genezaret, alias mar de Galilea. Pero entonces el suceso no se desarrolla ya en el país de Gerasa, ni en Galaadítide, sino en la Gaulanítide, y a más de ochenta kilómetros a vuelo de pájaro de Gerasa... Una vez más, los escribas anónimos del siglo iv imaginaron cualquier cosa, sin pararse a reflexionar.

Por último, en el Voyage en Orient de Gérard de Nerval leemos lo siguiente, y es Avicena el que habla: «Siempre he dicho que el cáñamo con el que se hace la pasta de haschich era esa misma hierba que, según decía Hipócrates, comunicaba a los animales una especie de rabia que les inducía a precipitarse al mar.» De hecho, si hacemos una selección entre los acontecimientos milagrosos cuyo origen es incontrolable, que los judíos atribuyen a la magia y los cristianos a milagros, vemos que la vida de Jesús está dominada por tres hechos importantes:

a) el encuentro con el Príncipe de las Tinieblas, en la cima de la montaña de la Cuarentena, en el desierto de Judá;
b) la evocación de Moisés y de Elias, en la cima del Tabor;

c) el diálogo final, poco antes de su detención, en el monte de los Olivos, con un «padre» misterioso. 

Tomado de: Jesús o el Secreto Mortal de los Templarios – Robert Ambelain.

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