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jueves, 7 de julio de 2016

Jesús entre los doctores

Jesús entre los doctores
Robert Ambelain.

«A los cinco años se alcanza la edad requerida para estudiar las Escrituras; a los diez para estudiar la Michna; a los trece para observar los Mandamientos...» TALMUD, tratado Aboth, V, 24

Hemos visto que los padres de Jesús, José y María, no se habían preocupado de él durante toda una jornada de viaje, por un camino peligroso, al regreso de la Pascua de Jerusalén, y que al fin, cuando se dieron cuenta de su desaparición, regresaron a Jerusalén y, al cabo de tres días de búsqueda inútil, lo encontraron «en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas. Cuantos le oían quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas». (Lucas, 2, 46-47.)


El texto es bastante claro. Jesús hace preguntas a los doctores de la ley, éstos le responden, él les escucha. Ellos le preguntan a su vez, y él les responde inteligentemente. Estamos asistiendo aquí a una vulgar sesión de catecismo judaico. De esta escena tan sencilla, común a todos los pequeños judíos, como veremos en seguida, se nos ha querido hacer, una vez más, un episodio sublime. Y este hecho se ha convertido, tanto en los pintores como en los «historiadores sagrados», en un lugar común bien conocido de todos: Jesús enseñando a los doctores de la Ley.

¿Cómo imaginar que los doctores de la Ley, versados todos ellos, sin excepción, en las sutilidades de las exégesis de la Tora y del Talmud, e incluso en el caso de algunos de ellos, en los misteriosos arcanos de la Cabala, cómo admitir que esos hombres se hubieran rebajado a nivel de catecúmenos para instruirse humildemente de un chiquillo de doce años7 Porque, según Lucas (2, 42), Jesús, en ese episodio, contaba sólo doce años de edad.

Pues bien, es precisamente esta última precisión la que nos permite situar la naturaleza exacta de dicho episodio, que en el curso de los siglos se convertiría en una importantísima ceremonia ritual: la Bar Mitzva.

En el judaismo, cuando un hombre alcanza, a los trece años, la mayoría de edad religiosa, adquiere, por ese mismo hecho, la mayoría de edad jurídica y el pleno estatuto de hombre. Sus transacciones comerciales de toda naturaleza son jurídicamente válidas, y tanto su noviazgo como su matrimonio son asimismo válidos. Se hace responsable de todos sus actos, infracciones, y transgresiones de la ley, y, por ello mismo, es merecedor también de todas las sanciones prescritas por la citada ley.

A partir de esa edad es considerado como un judío adulto, y tiene la obligación de observar todos los preceptos positivos, así como de no transgredir los mandamientos negativos. Se le cuenta, además, como miembro del quorum necesario para que pueda celebrarse el oficio público, y está cualificado para que se le pueda invitar a leer la Tora en la sinagoga local.

La manifestación más importante asociada a la Bar Mitzva es indiscutiblemente el hecho de llevar, a partir de entonces, las filacterias rituales para las oraciones de la mañana de cada día laborable, mientras que antes se estaba dispensado de ello.

Antaño no existía ceremonia alguna para el acceso a la mayoría de edad religiosa y civil. Más tarde, en una época que es imposible determinar con exactitud, se constituyó un conjunto de formas rituales. Pero es probable que en Jerusalén, en los tiempos de Jesús, no se practicara para tal fin sino un simple examen, ante los doctores de la ley, que tenía como objeto verificar si el nuevo fiel estaba capacitado para asumir todas sus nuevas responsabilidades en el marco de la ley religiosa, que regía asimismo la vida civil en Israel.

Fue más adelante cuando se empezó a celebrar la Bar Mitzva como una solemne fiesta familiar. El día del sabbat de la semana en el curso de la cual el muchacho cumplía los trece años, era llamado al oficio de la mañana a la sinagoga para la lectura de la ley, y se le daba a leer la sección de Maftir de la Tora, así como el pasaje de los profetas, todo ello acompañado de bendiciones iniciales y terminales. La convocatoria para la lectura de la Tora, el hecho de cantar el himno llamado Haftarah, constituía una especie de ceremonia pública de iniciación a la comunidad religiosa. Primitivamente era el padre del Bar Mitzva quien pronunciaba, mientras leía su pasaje de la Tora, una bendición especial en la cual daba gracias a Dios por haberle descargado de la responsabilidad que él tenía hasta entonces sobre la conducta de su hijo. El joven Bar Mitzva, a su vez, pronunciaba un corto discurso de forma religiosa en la sinagoga o durante la comida familiar que celebraba este acontecimiento.

Así pues, aquello que fue pomposamente titulado «Jesús enseñando a los doctores de la Ley» se limita, sencilla y humildemente, a su examen de mayoría de edad religiosa y civil. Y casi con toda probabilidad fue debido al hecho de su mayoría de edad irrevocable, por lo que José y María, muy ocupados con sus otros hijos más pequeños, se pusieron en camino de regreso sin preocuparse por su hijo mayor, que legalmente ya estaba emancipado.

Pero, una vez más, esto indica el poco caso que hacían de las revelaciones del ángel Gabriel en lo que a su hijo primogénito se refería.


Tomado de: Jesús o el Secreto Mortal de los Templarios – Robert Ambelain.

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