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martes, 26 de enero de 2016

JUAN SANTOS ATAHUALPA APU INCA (Sexta parte)

JUAN SANTOS ATAHUALPA APU INCA (Sexta parte)


Desde la floresta, los indios silenciosos los contemplaban, como buitres a la espera que la muerte se hiciera cargo de ellos. Un día, un hombre que se metió entre unos arbustos a hacer sus necesidades, no regresó. Cuando lo encontraron, tenía el cuello atravesado por una flecha. La lluvia, como si vaciaran todos los mares, no dejaba de caer, inmisericorde, continua, apabullante. Otros elementos igualmente nocivos dieron cuenta de las engreídas tropas del rey: avispas, abejas asesinas, grillos, zancudos, mosquitos, isangos que dejan sus huevos en las heridas abiertas de los penosos caminantes haciéndolos sufrir indeciblemente. A su pesar, tuvieron que conocer a la shushupe, la más grande de las serpientes que llega a sobrepasar los tres metros de longitud con un diámetro superior a los diez centímetros en la parte más gruesa; en la cola lleva una lanceta venenosa cuya pinchadura puede ser tan mortal como la misma mordedura. Es la única serpiente que ataca y persigue al hombre empleando tanto la cola como los colmillos; cuando llega a adulta le emergen unas pequeñas orejas muy erguidas que le dan un aspecto aterrador. Otros cayeron gimiendo de dolor y fiebre en el poco tiempo que pudieron vivir desde que sintieron sus carnes desgarradas con las picaduras de las otras mortíferas serpientes: ajuaringa, jergón, mantona, cascabel, loro machaco y la mortal nacanaca. Toda esta variedad asombrosa de animales, entremezclada con la alfombra vegetal que cubre la tierra, fue dando cuenta de los extraños. Tuvieron que avanzar en marchas forzadas por las enormes montañas cortadas a pico, por quebradas profundas, llanuras inmensas cubiertas de espesísimo follaje impenetrable para los rayos del sol, humedad continua por los torrenciales aguaceros que caen, de una parte y de otra; la escasa o nula evaporación por lo espeso del bosque. Como si esto fuera poco, en acciones sincronizadas de exterminio meticulosamente planificado, los rebeldes atacaban en ocasiones y lugares menos esperados. En la floresta quedaban numerosos muertos y heridos. Los rebeldes se llevaban provisiones y armamento. Es más, la presión sicológica que sufrían los españoles era insoportable. Un día, un grito de sorpresa de un español convocó a todos los famélicos caminantes. En medio de una trocha encontró tirada la bolsa multicolor del alegre español que había desaparecido los primeros días; cuando la abrieron para ver lo que había dentro, quedaron mudos de espanto. Junto a la flauta, alegre compañera del español, había un bulto pequeño que todos reconocieron. Era su cabeza reducida hasta el tamaño de un puño con sus ensortijados pelos rubios, sus barbas floridas y mefistofélicas en pequeño; tenía la boca y los ojos cocidos. El jefe de los baquianos, aterrorizado sólo alcanzó a musitar:

— ¡Los jíbaros también luchan con ellos!.- Todos lo comprendieron. Estaban frente a un ejército que conocía su escenario y sus posibilidades. Un ejército de hombres valientes, decididos y enterados. Era una guerra de guerrillas de combatientes que conocían la selva como la palma de su mano, contra los que se caían de cansancio, hambre y terror. A estas alturas, el General de Armas, don José de Llamas, Marqués de Mena Hermosa, tuvo que volver sobre sus pasos, dejando en la selva a numerosos muertos por agotamiento y otros tantos por picaduras de serpientes; los más, rematados por los chunchos que los seguían con una paciencia inclemente. En todo ese tiempo ni un sólo indio se les ha acercado. Han cruzado territorio amuesha y yánesha sin trabar combate ni una sola vez; como si en este lugar no existieran indios. Pero ellos estaban ocultos, confundidos con su camuflaje natural, entre la floresta; trepados sobre altos montes, escondidos sin ser vistos, en oquedales y vericuetos, contemplando cómo se suicidaban al penetrar en terrenos que desconocían. Claro, eso lo habían previsto. Al final, lejos de exterminarlos con sus manos, dejaron que la selva con sus alimañas, víboras, lluvias y mil dificultades, se encargara de ellos.

La debacle repercutió muy hondo en el espíritu soberbio de los españoles. En un parte de guerra que publica aquellos días un sacerdote, (Los franciscanos jamás trataron con respeto a Juan Santos y, en muchos casos, se dejaron llevar por un prejuicio malsano), dice:

“Vino dicho caballero a Tarma a principios de año 1746 (se refieren al marqués de Mena Hermosa) con nombramiento de Gobernador de la Provincia, y como de secreto se hizo las prevenciones para una formal entrada. El mes de febrero mandó llamar al Gobernador de Fronteras don Benito Troncoso –sobreviviente de una anterior empresa guerrera- para que mandase un trazo de la tropa que se meditaba. Advirtió este caballero al general, lo intempestivo que era esta expedición en aquel tiempo por ser en rigor de las lluvias y el grande peligro que corría de malograrse con pérdida de la reputación de las armas españolas. Respondió el General Llamas que “tenía órdenes expresas para que se ejecutase así. 

“Determinóse la salida para principios del mes de marzo. El General José Llamas con doscientos hombres y trescientos de carga, entró por Huancabamba al Cerro de la Sal; y Benito Troncoso con ciento cincuenta hombres de armas y doscientos de carga, entró por Ocsabamba (Oxapampa) y Quimiri, para juntarse al primer trozo. Acompañaron al General los Padres Misioneros franciscanos, Fr. Juan Francisco Mateo y Pedro Domínguez. A Benito Troncoso acompañó el padre Fr. José de San Antonio”.

“La expedición fue desgraciada e intempestiva. Los víveres se pudrieron por la humedad de las continuas lluvias. Las mulas de silla como de carga murieron; de suerte que habiendo llegado a últimos de marzo el general Llamas con su gente fatigada al Cerro de la Sal, no pudiéndose encontrar con la gente de Troncoso, que se había adelantado a Nijandaris, se vio precisado a dar la vuelta con su gente a pie por donde habían entrado, dejando en el camino alguna gente rendida; muchos murieron de cansancio, hambre y fatiga”.

“La gente de Troncoso tuvo un pequeño combate con los indios de Nijandaris y hubo heridos y muertos de ambas partes. Finalmente se retiraron todos, sin más fruto que muchas enfermedades contraídas por el cansancio y las humedades y mucha pérdida de caballería, víveres y tropa. Dispuso Dios para bien de los nuestros que el rebelde se haya retirado; pues si los hubiese acometido por aquellos montes con el desorden y fatigas en que se hallaban sin poder valerse de las armas de fuego, por estar la pólvora húmeda, hubiera sucedido un estrago muy afrentoso a las armas españolas; pues los pocos indios que se hallaban escondidos por los montes hicieron algunas hostilidades y muertes de los soldados, que desmandados del cuerpo de la tropa, caían al alcance de sus flechas. Se tiene por cierto que el general don José Llamas se quejó de haber sido engañado por los padres jesuitas que le habían asegurado que luego que llegase con su tropa al Cerro de la Sal, saldría el curaca don Mateo de Asia con su gente a auxiliarles y le entregaría en su poder al rebelde. Este fue el motivo de hacer la entrada intempestiva sin hacer las prevenciones necesarias, sin consulta de experimentados y todo como en secreto”.

“Con esta malograda expedición quedaron los infieles y los incrédulos tan insolentes que no temieron desafiar a los españoles, ni se descuidaban de hacerles todo el daño que podían”.

https://pueblomartir.wordpress.com/2015/01/10/juan-santos-atahualpa-apu-inca-sexta-parte/

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