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viernes, 6 de febrero de 2015

LA “MOMIA” OLVIDADA

LA “MOMIA” OLVIDADA

El hallazgo del niño inca del cerro El Plomo fue realizado el 1 de febrero de 1954 en la coordillera de los Andes, a unos 5.200 metros de altitud, en una zona fronteriza entre Chile y Argentina. Tal vez por ello, la controversia y la polémica siempre han rodeado al hallazgo y conservación de este cuerpo que ahora se mantiene en un museo oculto a las miradas de curiosos y extraños… 


El hallazgo del niño inca del cerro El Plomo en los Andes chilenos tuvo lugar el 1 de febrero de 1954 por los arrieros Luis Gerardo Ríos y su sobrino Jaime Ríos Abarca, hombres que conocen todos los pasos a través de la coordillera para guiar el ganado hasta Argentina. Podríamos hablar en pasado, pues son pocas las personas que aún realizan esta profesión y que poseen los conocimientos ancestrales de las cuevas y los acantilados de estas montañas, los pasos secretos entre sus entrañas, y la infinidad de leyendas que anidan entre sus cumbres. El descubrimiento se realizó a 5.200 metros de altitud en un lugar denominado “La Pirca de los Indios”. Tras hallar algunos utensilios y adornos indígenas de oro, los arrieros comenzaron a excavar en el hielo. Así fue como a un par de metros de profundidad, apareció un niño indígena enterrado en una cámara de hielo natural y, tras esconderlo en una cueva situada a unos 4.000 metros de altitud, se pusieron en contacto con los responsables del Museo de Historia Natural de Chile para negociar su venta. 

Poco tiempo después, el cuerpo era trasladado a la localidad de Puente Alto. Por desgracia algunas de las piezas del ajuar funerario de indudable valor arqueológico desaparecieron, seguramente en manos de coleccionistas particulares. En aquellos años Humberto Fuenzalida, director del Museo Nacional de Historia Natural, y Grete Mostny, jefe de la sección de Antropología, gestionaron la adquisición de este interesante hallazgo, el cual ocupaba todas las portadas de los períodos de la época. El desaparecido vespertino Los Tiempos publicaba las declaraciones de uno de los arrieros: “Cuando tropezamos con su cuerpo, y lo sacamos cuidadosamente, pesaba más o menos 35 kg, cuando volvimos a ‘;piedra numerada’, –donde lo escondieron– un mes y nueve días más tarde, nos encontramos con una tremenda novedad; estaba reseco y a lo sumo pesaba 15 kg. Fue el viento cordillerano que en esa región es seco y constante el que operó el milagro”. Según Hans Niemayer, quien años más tarde dirigió el museo, el proceso de deshidratación del cuerpo congelado comenzó al extraerlo de su cámara mortuoria donde estaba sometido a liofilización, lo que suponía una combinación perfecta de temperatura y humedad para lograr una conservación tan perfecta. Descripción del niño Hasta el momento la palabra momia, como habrá notado el lector, no la hemos usado. Precisamente este fue un punto de controversia en la época, pues algunos estudiosos decían que no podía considerarse una momia propiamente dicha, ya que éstas son desprovistas de sus vísceras para que se conserven largo tiempo. Sin embargo, el niño de El Plomo estába congelado, liofilizado, en términos científicos. Estaba intacto. Todos sus órganos vitales estaban en perfecto estado. El cuerpo exterior era similar al de un ser humano vivo, sus pies, su rostro, su boca, frente, ojos con pestañas, nariz, todo estaba en perfecto estado, hasta un complicado peinado con múltiples trenzas. El cuerpo permanecía reclinado sobre sus piernas y sus manos apoyadas en las rodillas, quizás en una actitud de oración o de asimilación de su destino. Valiosos objetos fueron encontrados junto al cadáver del niño inca: una figura de llama labrada en oro y plata en forma magistral, cuatro pequeñas bolsas con pelo, hojas de coca, cueros y pequeños adminículos. 

También llamó la atención un ídolo incaico de 15 centímetros representando a un indio con una toca roja. Son los objetos extraordinarios que pudieron rescatarse del clásico expolio de coleccionistas privados. El rotativo Los Tiempos en aquellos años se refería al hallazgo como “la gran noticia”, y describía al niño con un camisón de lana negro, un chal plomo con ribetes rojos, y falda negra con ribetes de piel de vicuña. Además mencionaba que la piel del cuerpo era tan extraordinaria que aún existían zonas que segregaban un líquido seroso –lo que apasionó aún más a los investigadores–, lo que demostraba que aún existían células vivas en el pequeño cuerpo congelado. Todos estos comentarios de la época hicieron crecer un aura fantástico y lleno de rumores, que no sólo agitó la mente de miles de ciudadanos de aquella época, sino también la de muchos científicos y estudiosos de los años 50. Fantásticas teorías y leyendas incluidas El descubrimiento de este niño liofilizado trajo consigo el alumbramiento de una serie de teorías y declaraciones, muchas de ellas en consonancia con el conocimiento de la época, otras, muy aventuradas y fuera de contexto. Una de las hipótesis más fantásticas que adquirió gran expectación y atención popular fue emitida por el biólogo español García Beltrán: el niño no era una momia, sino que estaba en un estado de “animación suspendida”, es decir, permanecía congelado pero no estaba muerto en el momento de su descubrimiento. Incluso se llegaron a apuntar más comentarios: debido al tiempo transcurrido entre el hallazgo y su traslado desde las montañas sin las precauciones debidas, este acto se podía considerar como un “asesinato”. Se aportaban como pruebas las emanaciones de fluidos corporales y sangre de los oídos del cuerpo, cuando fue trasladado hasta el museo que lo adquirió, y se afirmaba que el drástico cambio de temperaturas y el traslado del cuerpo sin una previa exploración médica fue lo que, en definitiva, le causó la muerte. ¡Todo esto 500 años después de ser enterrado por sus antepasados! 

Para argumentar tal hipótesis lo comparaba con el descubrimiento de pequeñas ranas que habían sido encontradas en rocas huecas en estado de suspensión vital y que luego habrían recobrado la vida. Para rematar este punto hay que añadir la creencia de que, al realizarse otros hallazgos parecidos en la zona del Monte Aconcagua, se había expandido la idea entre algunos estudiosos no académicos de que estos niños habían sido enterrados 500 años antes por los antiguos incas para “dejar un mensaje para los hombres de ciencia del futuro”. Pero la mente fértil de algunas personas no se detuvo allí. Se improvisaron expediciones al cerro El Plomo para reiniciar la búsqueda de una de las leyendas más hermosas de la historia amerindia: la existencia de la mítica ciudad perdida de los incas en los Andes. Así fue como en la década de los años 50, Richard Schaedel, jefe del centro de Estudios Antropológicos de la Universidad de Chile, planificó una expedición patrocinada por varias entidades sociales y medios de comunicación de la época. Las crónicas publicadas hablan de que temperaturas de 3 grados bajo cero recibieron a los quince exploradores sacrificados en la inhóspita montaña dispuestos a encontrar esa mítica ciudad inca. La expedición se componía de antropólogos, arqueologos, un médico y tres guías arrieros. 

Todos se aventuraron en las entrañas de los cerros circundantes donde se había encontrado al niño inca muerto. La expedición no tuvo suerte en su búsqueda principal, pero sí encontró varias minas de minerales de utilidad en las zonas cercanas al descubrimiento. Noticia que fue transmitida por los periodistas de La Nación y Los Tiempos que acompañaban a los expedicionarios con pesadas máquinas de escribir “Underwood”, tatarabuelas de nuestros modernos ordenadores. De vuelta a la realidad Tras recordar ese mundo mágico y fantástico que poseen las leyendas, y en especial, en Sudamérica, tomamos el pulso a la realidad y contactamos con las personas que en la actualidad están a cargo del niño inca, estudiosos del tema que poseen una visión netamente científica, reposada con el paso del tiempo aunque también, como veremos, poseedora de tintes muy humanos. Tras solicitar el permiso a María Elena Ramírez, directora del Departamento de Arqueología del Museo de Historia Natural de la capital chilena, para entrevistar a la arqueóloga Eliana Durán, la persona más cercana al hallazgo, descubrimos que esta funcionaria lleva más de 40 años junto a los restos del niño inca, siendo en estos momentos la trabajadora más antigua del museo. 

El primer obstáculo que nos encontramos es que está “estrictamente prohibido fotografiar al niño”. Aún más, la luz de la sala donde se encuentra sólo puede permanecer encendida durante un máximo de dos minutos. Y es que la conservación del cuerpo es algo prioritario. Para ello permanece en el interior de una vitrina especial que cumple estrictas normas de mantenimiento para la conservación del cuerpo congelado en unas dependencias del sótano del museo. De hecho, hace bastante tiempo que el niño no es exhibido al público general. Mientras Eliana Durán nos explica todo esto recorriendo los interminables y oscuros pasillos del edificio, adivinamos cierto tono cariñoso hacía ese cuerpo que lleva cuidando durante tantos años. “Al cabo de los años se ha convertido como un hijo más para mi –nos asegura la arqueóloga–, y trato de mantenerlo en las mejores condiciones que pueden ofrecer los escasos medios que se dedican en este país a cuidar estas muestras de Patrimonio Cultural”. Durante los escasos minutos que nos permitieron verlo, el niño nos causó un respeto especial. Es un representante de la cultura y de las creencias de la civilización inca de hace más de 500 años, cuando ésta estaba en todo su esplendor. Las estrictas medidas de conservación se deben a que Santiago de Chile es una de las ciudades más contaminadas de Sudamérica y la polución se filtra por todos los sitios. Los restos “momificados” del niño deben ser exhaustivamente revisados cada seis meses, y se aplican implementos antibacterianos para su conservación, permaneciendo a oscuras, pues la luz daña la materia orgánica. 

Precisamente por eso son pocas las autorizaciones dadas para visitarlo. Otro investigador que ha tenido la oportunidad de ver y estudiar de cerca al niño inca es Mario Castro, doctor en Antropología Biológica, subdirector de Bibliotecas de Archivos y Museos, y profesor de Antropología y Anatomía de la Universidad de Chile. “El Niño tiene aproximadamente 500 años de antigüedad, lo que correspondería con la época de la llegada de los españoles a América. Sin embargo –apunta el doctor–, y aunque se atribuye su pertenencia al periodo incaico, no podemos concretar una fecha más exacta ya que no existe una datación radiométrica específica”. El hallazgo no es el único en la zona del cerro El Plomo. Existen otros hallazgos similares como en el cerro Ampato en el Perú, o la famosa momia de Juanita en los Andes, que posteriormente fue llevada a los Estados Unidos. Aún así, el doctor Castro asegura que “las condiciones de conservación del niño inca son excepcionales comparadas con la de estos otros hallazgos. Nunca se había encontrado una pieza como si estuviera durmiendo. Este es un cuerpo que no está intervenido por el hombre, no hay ningún uso de una técnica especial; aquí el cuerpo se secó naturalmente, con vísceras y todo. El niño fue llevado a lo alto de la montaña y depositado en ese santuario. No fue agredido, ni sometido a ninguna acción física para ocasionarle la muerte. Al contrario, probablemente fue llevado arriba con delicadeza y se le dio a tomar algún brebaje de contenido alcohólico o con algún extracto de hierba especial con el fin de adormecerlo. Así permaneció en posición casi fetal y supuestamente también como una postura para abrigarse. La causa más razonable para explicar su muerte, según las conclusiones de los análisis que se han realizado hasta la fecha, es que finalmente falleciera a consecuencia de una hipotermia, ya que no se ha hallado ningún indicio de traumatismo en el cuerpo”. “Su camino hacia el santuario tuvo que ser bastante duro –sigue explicándonos Castro–, ya que sus pies estaban llagados. El tipo de calzado que usaba no era el más adecuado para realizar el largo trayecto por ese terreno montañoso hasta llegar a la cumbre”. 

Durante la entrevista también nos hizo mención a los rumores atribuidos al biólogo español García Beltrán que circulaban allá por el año 1954, que aseguraban que el cuerpo permanecía con las funciones vitales suspendidas y que, por lo tanto, estaba vivo. “Esas ideas fueron probablemente válidas para la época, aún así, eran muy aventuradas. Primero hay que dejar claro que el niño no estaba ‘;suspendido’ como se dijo. De alguna manera el frío actuó para que no se produjera el proceso normal de degradación de los tejidos y se detuviera la putrefacción y el deterioro de su cuerpo. Pero de ahí a que permaneciera vivo durante 500 años media un abismo”.

Estudios realizados El 7 de septiembre de 2003 se realizó en el hospital un estudio integral interdisciplinario del niño, donde también participaron profesionales de las facultades de Medicina y Ciencias Químicas y Farmacéuticas. Mediante una resonancia nuclear magnética de cuerpo completo y un escáner, se pudo analizar el estado de conservación de los tejidos internos del menor. Asimismo, se hicieron biopsias de hígado, músculo y hueso. También se tomaron muestras de pelo para la realización de análisis “antidoping” que corroboraron que el niño había consumido, tal vez por un largo período, hoja de coca. “Pudimos comprobar el buen estado de salud del niño, con núcleos de crecimiento en pleno desarrollo y carencia de enfermedades o alteraciones. Tampoco había signos de violencia. Era un menor físicamente activo, de buen desarrollo muscular y contextura normal, que falleció por una hipotermia”, señala el profesor Mario Castro, quien añade que en estos momentos se plantea reunir todos los estudios existentes sobre los análisis del cuerpo del niño inca. En el año 1982 se publicaron sólo dos trabajos y, por falta de medios, nunca se ha podido concretar un trabajo global respecto a este singular caso. Los restos liofilizados de este niño reposan en un sótano oscuro, dentro de una urna de cristal refrigerada, lejos de las curiosas miradas del público en el museo más importante y con tradición de Chile. Una verdadera reliquia que nos dejo nuestro pasado y que ha vencido el paso del tiempo.

Raúl Núñez

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