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jueves, 30 de junio de 2016

El Simbolismo en Blanca Nieves y los Siete Enanitos

El Simbolismo en Blanca Nieves y los Siete Enanitos


Como es de conocimiento Walt Disney (1901 - 1966), co-fundador de la famosa empresa “The Walt Disney Company”, fue un masón de grado 33 del Rito Escocés.

Algo que me llamó mucho la atención fue un escrito de Belfort Nurnberg "Blanca Nieves y el Simbolismo de la Iniciación" que dice lo siguiente:

La Madrastra representa al mundo profano, con sus constantes ataques y maldad imperante, que pretende adueñarse de nuestro corazón.

Blanca Nieves representa al iniciado que debe escapar de la malvada Reina y así empezar el proceso de la iniciación, que le permitirá encontrarse consigo mismo, llegando a identificar y reconocer a los siete pecados capitales, que son aquellos a los cuales nuestra propia naturaleza humana está principalmente inclinada, estos están simbolizados por los siete enanitos.
Con respecto a los enanitos se menciona lo siguiente:

Doc, representa a la soberbia, el deseo de recibir altos honores y gloria a cualquier costo, creerse superior a los demás. La humildad es la virtud para vencerla.

Estornudo, representa la avaricia, el deseo desmedido de acaparar las riquezas materiales, sin importar el daño causado al prójimo. La generosidad es la virtud necesaria para vencerla.

Tontin, representa la lujuria, el apetito sexual que nos convierte en esclavos y tontos. El autocontrol y la castidad logra el dominio de los apetitos sexuales.

Gruñón, representa la ira, que genera la dificultad para aceptar contrariedades o vivir en permanente descontento y odio a los demás. La paciencia es la virtud para vencerla.

Feliz, representa la gula ante la comida y la bebida. La templanza es lo que permite la moderación en el comer y beber.

Tímido, representa la envidia, el vivir resentido por las cualidades, bienes o logros de los demás. La caridad conlleva a desear y hacer siempre bien a los demás.

Dormilón, representa pereza, el desgano por obrar en el trabajo o por responder a los bienes espirituales y hacer el bien a los demás. La diligencia promueve el hacer el bien sin mirar a quien.

Se debe morir en mundo profano al igual que lo hizo Blanca Nieves para recorrer el camino iniciático descrito en este cuento y haber vencido a los siete pecados convertidos en las virtudes, que nos alumbraran el sendero y permitirán continuar la eterna búsqueda de la verdad.

Publicado por Julio Nakayama Fukuda

http://elblogdelprofano.blogspot.pe/2011/02/el-simbolismo-en-blanca-nieves-y-los.html

miércoles, 29 de junio de 2016

Leonor de Aquitania Constructora de una Utopía en el medioevo

Leonor de Aquitania 
Constructora de una Utopía en el medioevo

Músicos y trovadores 
Codex Manesse, s. XIV


Duquesa de Aquitania, condesa de Poitiers, reina de Francia y luego de Inglaterra a lo largo del siglo XII, la vida de esta controvertida mujer se circunscribe a la de un mito vivo. Ejerció el arte del gobierno junto a sus dos maridos y por momentos en solitario, participó en la segunda Cruzada, se inclinó hacia el estudio de las artes liberales desde su infancia, promoviendo más adelante las denominadas "cortes de amor"; engendró diez hijos entre los que destacan Ricardo Corazón de León y María de Champaña; amó y odió y se mantuvo firme, activa y fiel a sus ideales hasta el fin de su longeva vida.

Nieta de Guillermo IX de Aquitania, apodado el Trovador, e hija de Guillermo X -duque de Aquitania y conde de Poitou o sea de todo el sudeste de la Francia actual-, esta mujer nacida alrededor del año 1122 fue instruida en un ambiente culto y a la vez guerrero, y al decir del historiador Jean Markale, que le ha dedicado un libro bien interesante:

Hay que destacar que no se escatimó absolutamente ningún recurso para darle una educación cuidada, digna, en todos sus aspectos, de su rango, y de la pretensión de la casa de Aquitania de estar entre las más evolucionadas y refinadas de su tiempo. Se la proveyó, igual que a su hermana Petronila, de preceptores hábiles. Aprendió el latín y la lengua norte, además de otras lenguas. Adquirió la costumbre de frecuentar a los trovadores, de escuchar sus cantos y relatos. La corte de Poitiers, que ella hiciera célebre, después, con sus famosas "cortes de amor", era, desde hacía mucho tiempo, el lugar de encuentro de toda una fauna intelectual venida de países diferentes. Se encontraban, en este país-frontera entre la lengua de oc y la lengua de oïl, trovadores y troveros, bardos armoricanos o bretones insulares, hasta musulmanes llegados de España. El medio cultural que rodeó a Leonor durante su infancia y adolescencia explica todo el interés que ella manifestó más tarde por las artes y las letras, y también su inteligencia personal. (J. Markale,La vida, la leyenda, la influencia de Leonor de Aquitania, dama de los trovadores y bardos bretones. José J. de Olañeta editor, Palma de Mallorca, 1999)

Tan es así que incluso en la escultura que cubre su sepulcro, aún hoy visible en la abadía de Fontevraud, se la puede contemplar con un libro abierto entre sus manos.

Talla del sepulcro de la reina muerta en 1204

En todas las crónicas y documentos se destaca su extraordinaria belleza, la fuerza de su carácter, su espíritu libre, emprendedor y luchador, una inteligencia despierta y una gran habilidad estratégica, así como el magnetismo que ejercía y la inspiración que infundía en todo su entorno, siempre luminoso, marcial y musical, por lo que no le han faltado admiradores y por supuesto detractores, tanto en su tiempo como posteriormente, ya que es una constante, cuando sólo se pone el acento sobre la individualidad, que surjan los juicios morales y políticos tan cambiantes como las modas o las tendencias. Pero lo cierto es que esta reina cumplió una función ejemplar que fue mucho más allá de sus simples ambiciones personales (que muy probablemente las tuvo), o de los intereses de su linaje o de los de los territorios en los que ejerció como soberana.

Podríamos decir que en su persona coagularon ciertas energías universales o arquetípicas que fue actuando cada vez más conscientemente a lo largo de su prolongada existencia, o sea que se prestó a cumplir con su destino: el de aglutinar diversas corrientes de pensamiento tradicionales vivas en el medioevo (los restos de la tradición celta todavía palpitantes en las leyendas artúricas y del mago Merlín y los símbolos fundamentales de la cultura judeo-cristiana y pagana muy presentes en las tierras en las que gobernó) y sintetizarlas, recuperando la noción de un centro -que se había desdibujado desde la caída del Imperio carolingio- alrededor del cual debía revitalizarse toda la civilización (el imperio angevino que se extendió durante el reinado de ella y su segundo esposo Enrique II de Plantagenet representó ese intento), partiendo del nivel más alto, o sea del espiritual-intelectual, y de ahí para abajo, ordenando todos los estamentos de la sociedad. Y para ello apoyó y potenció con tesón el cultivo del arte de la palabra, de la poesía, de la música y la danza -tan presente en las "cortes de amor" que ideó- inseparables de las gestas marciales, o sea, de la vivencia simbólica y sagrada de la guerra; Leonor actuó como inspiradora y mecenas de una nueva corriente literaria en lengua romance que fue decisiva para irradiar las ideas siempre vivas y perennes emanadas de la Tradición Unánime, haciendo que coagularan sobre la tierra en el momento histórico que le tocó vivir.

Dos danzantes
Codex Manesse, s. XIV

Muchos historiadores presentan a esta reina como la artífice de una utopía literaria -pero acaban tildándola de irreal y por ello de irrealizable-, e incluso la interpretan como una especie de válvula de escape o de entretenimiento que diseñó para las féminas nobles de aquel tiempo, demasiado dominadas por los varones y con la necesidad de hacerse con un espacio propio, cuando a nuestro entender, pensamos que en aquel momento todavía pervivía la visión sagrada del mundo, y se sabía que cualquier civilización se sustenta y fundamenta en el mundo de los arquetipos y de las ideas, verdaderos inspiradores de todas las manifestaciones secundarias derivadas de esos órdenes principiales. En este sentido, y aunque no compartimos el punto de vista del historiador que citamos, sí nos resulta muy útil la información que aporta acerca de la importancia de la utopía en el pensamiento de Leonor:

La finalidad de Leonor fue construir una nueva sociedad feudal basada en el respeto al juramento de fidelidad, el conocimiento perfecto del mundo y de sus secretos, la buena relación de unos y otros, el lujo y la prosperidad. Es evidentemente una sociedad ideal, y la Utopía no está lejos. Se piensa en esas leyendas celtas de la Tierra de las Hadas, allí donde reina una mujer misteriosa, que dispone de poderes casi divinos, heredera de antiguas diosas solares, brillando sobre el universo con todo su encanto y todo su poder de imantación. Ella quiso, en esta corte de Poitiers, sentirse en el centro de un mundo cerrado y perfecto, del cual estuviera erradicada cualquier mezquindad. Es el mito de la isla de Avalon que vuelve a la superficie. El mismo que encontraremos, un siglo después, en la vasta novela Lancelot en Prose, en particular en la descripción que se hace del extraño mundo de la Dama del Lago. El sueño de Leonor se manifiesta de forma casi consciente, como si los autores de la novela hubieran conservado la nostalgia de ese instante entrevisto. Es también el universo de la condesa de Poitou el que el clérigo Ulrich von Zatzikhoven, en su versión primitiva de la leyenda, imagina: 'Ella era reina, la mejor que ha existido hasta ahora. Era una mujer llena de sabiduría. Diez mil mujeres vivían con ella, en su tierra, y no conocían al hombre ni las leyes de los hombres. Todas las mujeres vestían ropas y mantos de seda bordados de oro... Todo el año esta tierra florecía como si fuera el mes de mayo...'

Estamos, evidentemente, en los dominios de la más pura Utopía. Es el reino de las hadas. Ese universo irreal correspondía a un ideal ginecocrático que se afirmaba entre las mujeres de la nobleza, una vez que comprendieron que se las había apartado voluntariamente del poder. Pero como su revuelta no podía tener otro medio que el sueño y la poesía, intentaban extraer de ellos el máximo de posibilidades. (...) Hay que pensar que, habiendo agotado todos los medios de persuasión, las mujeres decidieron servirse de una especie de arma secreta que era inherente al encanto y aún a su condición. El arma secreta no era otra que el fino amor. (J. Markale, op. cit.)

Sello de Leonor de Aquitania

Nosotros vemos en este término del fino amor una idea-fuerza, el motor generador y cohesionador de un proyecto intelectual de gran alcance, con repercusiones en el ámbito espiritual, cultural, social y político que aquella mujer fue entreviendo, promoviendo y expandiendo en todos los territorios en los que reinó. El "amor cortés" se sirvió de la palabra ritmada, de la poesía, del canto y de la música como vehiculadores de las verdades eternas, reveladoras del orden interno del universo y del hombre; la lengua de oc -que es como se la denominó, o el lenguaje de los pájaros-, es en realidad el lenguaje del símbolo, trasmisor del conocimiento de la cosmogonía, dotado por ello de un inmenso poder creador y a la vez transmutador. Pero, ¿cómo se gestó y se fue desarrollando ese proyecto utópico en el pensamiento de la reina? Y, ¿cómo lo fue llevando a cabo?

Ya hemos visto el ambiente culto y abierto de la corte donde nació Leonor, pues tanto su abuelo como su padre, y también su tío Raimundo de Poitiers, fueron grandes protectores de poetas, trovadores y juglares venidos de las tierras hispánicas así como de las insulares bretonas, trayendo consigo la poesía místico-amorosa musulmana y persa y por otro lado todo el caudal de leyendas, gestas y relatos épicos celtas en los que la mujer tenía un papel intelectual destacado en la búsqueda y realización del Conocimiento.

El Caballero y su Dama
Codex Manesse, s. XIV

Estamos en el último periodo de la compleja época feudal -claramente jerarquizada y ensamblada a imitación del modelo del cosmos-, con infinidad de pequeñas cortes que deben someterse y jurar fidelidad a su señor, cuestión indispensable para que se mantenga el buen gobierno de un territorio más o menos vasto que reproduce en pequeño al universo. En la cúspide, el Caballero y su esposa, la Dama; por encima sólo Amor, símbolo del Principio, del Origen del que emana el cosmos, que necesita de la polarización en un principio masculino y en otro femenino para generar todo su despliegue, así como de la constante complementación de ese aparente par de opuestos para mantener un equilibrio siempre difícil, que finalmente hará retornar toda aquella manifestación sexuada a su Origen único e increado.

En este andamiaje orgánico todo está, pues, íntimamente religado, siempre y cuando se mantenga vivo el recuerdo de esas ideas motrices, las cuales deben ser reconocidas y actuadas a distintos niveles por los seres humanos que conforman la sociedad. A la Dama corresponde entonces un papel receptivo e imantador, siendo su lugar de actuación la corte; simboliza a la sustancia universal indiferenciada, capaz de albergar en potencia todas las ideas y formas sutiles, y de seleccionarlas, combinarlas, gestarlas, alumbrarlas y difundirlas en los corazones de los adeptos, que al recibirlas se sentirán atraídos por su irresistible fuerza, análoga a la de la gravedad, y emprenderán la batalla interna del alma que busca retornar a su origen, análogo a su destino. Esto hace que la Dama ejerza una función nuclear, protectora y atractiva a la vez, y que en ella cristalicen los más altos atributos de la deidad, es decir, la Sabiduría, la Inteligencia y la Belleza. Todos los vasallos, caballeros, bardos, poetas y trovadores, le rinden pleitesía y encaminan sus gestas y hazañas para alcanzarla, o sea para conquistar lo que ella simboliza, esto es la posibilidad de un alma totalmente regenerada que se unirá así al Espíritu, liberándose de las cadenas de lo perentorio y participando de la Inmortalidad. 

"L'Epître d'Othéa" de Cristina de Pizán (s. XV)
Venus derramando corazones sobre sus adeptos

Como contraparte, el señor feudal es el prototipo del principio masculino, activo; su función principal es la guerra, a la que se dedica en cuerpo y alma para defender sus posesiones y conquistar nuevas fronteras, contando con la fidelidad incondicional de todos los vasallos y caballeros adheridos a sus filas, los que toman a la Dama -esposa de su señor-, como referente del fin último por el que luchar. Por su "Señora" están dispuestos a emprender cualquier hazaña, pero también a perderlo y entregarlo todo, hasta su vida, si con ello conquistan su corazón. La reciprocidad de ese vínculo sutil -de naturaleza más intelectual que carnal o afectivo-, hace que la Dama les infunda valentía, coraje, generosidad y sabiduría, virtudes que son las que caracterizan al guerrero. Se trata de una dialéctica indisoluble entre la Gracia y el Rigor que tiene su origen en Amor, en la Unidad. Amor es el verdadero principio de los seres y las cosas, así como el eje vertebrador del mundo, el vehículo de la manifestación, y el soporte o la escala para realizar el viaje ascendente de retorno a su morada. Vemos, pues, que en plena edad media seguía viva la idea que Platón expresó tan nítidamente en su diálogo El Banquete: Amor, el dios más joven y el más antiguo; el principio, el medio y el fin. Por otra parte, y aunque este tema no podrá ser tratado en el trabajo que aquí nos ocupa, este mismo Amor estaba en el centro de las organizaciones iniciáticas de corte militar y caballeresco que existieron en esta época, tal la de los monjes-guerreros templarios, organizaciones en las que los varones, utilizando como soporte el arte de la guerra, pudieron realizar el viaje de Conocimiento de su Identidad.

Combate ante las damas
Codex Manesse, s. XIV 

Leonor, nacida en el seno de un mundo que todavía tenía esta visión sagrada, fue reconociendo ciertas señales, fue jugando las cartas que se le daban en cada momento y construyendo poco a poco una Utopía, en cuyo centro situó a Amor y a la Palabra como vehículo de transmisión de esa concepción en todo conforme al orden interno del Universo.

Cuando se casó en 1137 con Luis VII -heredero del trono de Francia- y se trasladó a París con quince años, ya hizo los primeros intentos de llevarse consigo una pléyade de artistas dedicados a las artes y las letras, cosa que no fue de muy buen recibo en la corte del joven Luis, más bien taciturno, extremadamente religioso y poco dado a festejos, danzas y cantos trovadorescos, en contraposición a la liberalidad de costumbres de aquella bellísima joven impregnada de la poesía de los clásicos y de la de los bardos bretones que le acercaron el mundo mitológico y mágico de la cultura celta.

Boda de Luis VII y Leonor de Aquitania
Grandes Crónicas de Francia, Ms. 12, 217 (s. XIV)

En 1148 comenzó la Segunda Cruzada, y el ahora ya rey, muy piadoso y de costumbres monacales, quiso participar en ella desplegando un inmenso ejército para defender Jerusalén y otros lugares santos. Leonor lo acompañó, con todo su séquito de damas. No hay constancia de que las mujeres participaran activamente en la batalla, pero con este peregrinaje se empezó a gestar el mito vivo de una reina espléndida que emulaba a aquellas guerreras amazonas y también a las reinas-magas-guerreras celtas, iniciadoras en los misterios de la guerra y la sexualidad de los héroes de las islas británicas. Leonor viaja además con todos aquellos caballeros que habían jurado vasallaje a su esposo y que reconocían en ella a la Dama incitadora del Amor más alto, aunque la leyenda de este larguísimo viaje no está exenta de murmuraciones acerca del romance que mantuvo con alguno de los caballeros más allegados, e incluso con su tío carnal, Raimundo de Poitiers -con el que estuvo muy unida desde su infancia, compartiendo la pasión por el estudio y las artes-, que en ese momento era príncipe de Antioquía (cargo que detentó desde 1136 a 1149) y que los recibió en su palacio. Por otra parte, el arribo a Bizancio, y luego a la ciudad Santa, le hizo conocer esas cortes de ensueño del próximo oriente y la puso en contacto con las corrientes culturales allí conservadas.


Codex Manesse, s. XIV

Al poco de regresar de esta gesta en la que los ejércitos de Luis VII y de otros reyes de Occidente fueron vencidos, la relación de los esposos se deteriora profundamente, y aunque median como conciliadores el mismo Bernardo de Claraval y el Papa Eugenio III, Leonor solicita el divorcio alegando un parentesco de sangre muy cercano con su marido, con lo cual acaba consiguiendo la nulidad. En 1152 se vuelve a casar con el joven Enrique II Platagenet (hijo de Godofredo Plantagenet), rey de Inglaterra, valeroso e inteligente guerrero, así como hombre cultivado y también gran amante de la poesía y de las artes liberales. Con esta feliz alianza, todos los territorios que gobernaron vieron florecer la cultura en muchos sentidos, y se convirtieron en centros de irradiación de un modo de ser, vivir y pensar impregnado del mito del héroe civilizador iniciado por una reina-maga que le transmite los secretos de sí mismo y del universo. La corte de los monarcas era móvil, y los viajes por sus posesiones continentales e insulares constantes, a veces juntos, en otras ocasiones repartiéndose las tareas. Por doquier fomentaron el cultivo de las artes liberales, recibieron a artistas, a juglares y trovadores que sirvieron de soporte para la difusión de ese mito que ellos iban actuando. La leyenda del rey Arturo y la reina Ginebra, de los caballeros de la Tabla redonda y del Santo Graal renacía y se encarnaba en sus vidas.

Enrique II Plantagenet

Ahora bien, siempre que se intenta explicar de dónde ha venido, cómo se ha verificado esta fusión entre cortesía, temas caballerescos y mitos célticos, se ve uno conducido infaliblemente a la corte de Leonor. En su estela aparecen los poetas que darán fama a Tristán y a Iseo, a Perceval y a Lanzarote, al rey Arturo y al hada Morgana, a la reina Ginebra y al mago Merlín.

Entre ellos está María de Francia, que tal vez fue hija de Godofredo Plantagenet, convertida en abadesa de Shaftesbury, y, sobre todo, de Chrétien de Troyes, el genial novelista a quien imitarán todas las literaturas occidentales. También están los escritores desconocidos, por lo menos por el gran público de nuestro tiempo, al que le falta cierta curiosidad imaginativa respecto a lo que precedió al demasiado famoso Renacimiento. En primer lugar, Wace, normando de Jersey, que fue lector (clerc clisant) en la corte de Inglaterra en tiempos de Leonor y que en su Roman de Brut tradujo la obra arturiana de Godofredo de Monmouth, insuflando los matices delicados del amor aprendidos de Bernat de Ventadorn y de sus émulos: en su obra, las pasiones violentas de la mitología céltica se tiñen de cortesía. E, indudablemente, hay que añadir a Béroul, a Thomas y a tantos anónimos cantores de Tristán, todos más o menos marcados por la influencia anglonormanda.

El ascendiente de Leonor no se limita a las letras; Benoît de Sainte-Maure dedica a la que denomina "Rica Dama de un rico rey" su Roman de Troie, donde "la materia antigua", totalmente transformada, no es sino un pretexto para poner en escena damas y caballeros. Felipe de Thaon procede de igual forma en su Bestiario, una obra típicamente románica en la que el mundo animal se convierte en "selva de símbolos", el universo entero descifrado como un vasto enigma donde se lee en filigrana la historia del hombre y la de su redención. Se han encontrado, asimismo, y no sin malicia, alusiones a la historia de Leonor en una epopeya del tiempo de su segundo matrimonio, Girart de Roussillon, en la que un rey, en el cual se podría reconocer a su primer esposo, exclama suspirando: "¡Oh reina, cuántas veces me habéis engañado!".

Pero sobre todo fue por la difusión de las leyendas artúricas y su transformación en narraciones corteses (romans courtois) que Leonor, su corte y sus allegados merecerán la gratitud de todos aquellos que en cualquier tiempo y en todas las lenguas occidentales han sentido la intensa fuerza poética que emana de temas como el Tristán o la búsqueda del Graal. (Régine Pernoud, Leonor de Aquitania, Ed. Acantilado, Barcelona, 2011)

Codex Manesse, s. XIV

Y en otro momento, la misma historiadora contemporánea, apunta a propósito de Chrétien de Troyes:

No sería imposible que el asunto de su primera narración, Erec y Enide, se lo inspirase la persona misma de Leonor. En su obra exalta la grandeza de la pareja, no cuando los amantes gozan uno del otro, absortos en una felicidad que los encierra en ellos mismos, sino cuando al buscar juntos un fin común son plenamente el Caballero y la Dama, y provocan, por el don de sí mismos y por haber afrontado juntos la aventura de la "Alegría de la Corte". Tal había sido, durante casi quince años, la vida de Enrique y Leonor, entregados conjuntamente a la misión de llevar, en pleno acuerdo, su vasto reino hacia gloriosos destinos. (Régine Pernoud, op. cit.)

Es bajo su reinado, nos sigue relatando Pernaud en su estudio, que hacen desenterrar las ruinas de Glastonbury para buscar la tumba del rey Arturo y el lugar donde supuestamente José de Arimatea habría iniciado a los celtas en la fe cristiana, y donde además se habría escondido el Santo Grial. La leyenda de esta copa se remonta al origen de los tiempos (por tanto está vinculada con la Tradición Unánime o Primordial, de la que derivan todas las otras que se expresan a lo largo del devenir cíclico), y se dice que la tallaron los ángeles en la piedra esmeralda que se desprendió de la frente de Lucifer, el ángel de la Luz, por lo que se la vincula con la simbólica del tercer ojo, lo que es lo mismo que decir, con el sentido de eternidad.

Copa del tarot de Marsella

Dicho receptáculo sagrado que contiene el elixir de inmortalidad -símbolo también del centro del mundo por su asimilación al corazón o a la caverna-, le fue entregado a Adán en el Paraíso, pero en el momento de ser expulsado del Edén lo perdió, iniciándose con este hecho simbólico el alejamiento del ser humano del estado de unidad y el consiguiente ofuscamiento de su conciencia así como el olvido de su verdadera procedencia e identidad suprahumana. Sin embargo no se perdió definitivamente, pues la leyenda explica que Set, el tercer hijo de Adán, pudo entrar en el Paraíso terrestre y recuperar el precioso vaso. René Guénon relata en el artículo que dedica a este tema, entroncado directamente con la Tradición Primordial:

Había, pues, desde entonces, por lo menos una restauración parcial, en el sentido de que Set y los que después de él poseyeron el Graal podían por eso mismo establecer como una imagen del Paraíso perdido. La leyenda, por otra parte, no dice dónde ni por quién fue conservado el Graal hasta la época de Cristo, ni como se aseguró su transmisión; pero el origen céltico que se le reconoce debe probablemente dejar comprender que los druidas tuvieron una parte de ello y deben contarse entre los conservadores regulares de la tradición primordial. (...) Después de la muerte de Cristo, el Santo Graal, según la leyenda, fue llevado a Gran Bretaña por José de Arimatea y Nicodemo; entonces comienza a desarrollarse la historia de los Caballeros de la Tabla redonda y sus hazañas, que no es nuestra intención seguir aquí. La Tabla redonda estaba destinada a recibir al Graal cuando uno de sus caballeros lograra conquistarlo y transportarlo de Gran Bretaña a Armórica. (René Guénon, "El sagrado corazón y la leyenda del Santo Graal" enSímbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Eudeba, Buenos Aires, 1988)

Esta leyenda es la que llegó hasta la corte de Enrique II y Leonor, que cautivados por su profunda significación (aunque nunca podremos saber si hicieron una lectura únicamente exotérica o penetraron su sentido más interno o esotérico) impulsaron su fijación por escrito en toda esa serie de novelas artúricas encabezadas por las de Troyes y Boron. Aquellos monarcas se convirtieron en los mecenas de una enseñanza fundamental que se depositó en esos escritos de forma más o menos velada, difundiéndose con enorme celeridad por todo Occidente. Hoy en día se diría que pusieron de moda este género novelesco; a nuestro parecer, cumplieron la función de recoger cabos sueltos de la tradición celta -heredera de la Tradición Unánime-, y ponerlos en correspondencia con las simbólicas análogas depositadas en la cristiana, haciendo que las ideas motrices, eternas y siempre vivas se reactualizaran y adquirieran un vigor civilizador inmenso. Guénon vuelve a apuntar al respecto:

El hecho de que el sentido superior se hace menos transparente en Chestien de Troyes, por ejemplo, que en Robert Boron, no prueba, pues, necesariamente que el primero haya sido menos consciente del sentido simbólico que el segundo; aún menos debiera concluirse que ese sentido esté ausente de sus escritos, lo cual representaría un error comparable al que consiste en atribuir a los antiguos alquimistas preocupaciones de orden únicamente material por la sola razón de que no hayan juzgado propio escribir literalmente que su ciencia era en realidad de naturaleza espiritual. Además, el asunto de la "iniciación" de los autores de esas novelas quizá tenga menos importancia de lo que podría creerse a primera vista, pues de todas maneras eso no hace cambiar nada a las apariencias bajo las cuales se presenta el tema; desde que se trata de una "exteriorización" de datos esotéricos, pero no en modo alguno de una "vulgarización", es fácil de comprender que deba ser así. Iremos más lejos: inclusive un profano puede, para tal "exteriorización", haber servido de "portavoz" a una organización iniciática, que lo haya escogido a tal efecto simplemente por sus cualidades de poeta o escritor, o por cualquier otra razón contingente. Dante escribía con perfecto conocimiento de causa; Chrestien de Troyes, Robert de Boron y muchos otros fueron probablemente mucho menos conscientes de lo que expresaban, y quizá, incluso, algunos de ellos no lo fueron en absoluto; pero poco importa en el fondo, pues, si había tras ellos una organización iniciática, cualquiera que ésta fuera, el peligro de una deformación debida a la incomprensión de ellos quedaba por eso mismo descartada, ya que tal organización podía dirigirlos constantemente sin que ellos lo supieran, sea por medio de algunos de sus miembros que les proveían de los elementos que elaborar, sea por sugerencias o influjos de otro género, más sutiles y menos "tangibles" pero no por eso menos reales ni eficaces. Se comprenderá sin dificultad que esto nada tiene que ver con la llamada "inspiración" poética tal como la entienden los modernos, y que no es sino pura y simple imaginación, ni con la "literatura" en el sentido profano del término, y agregaremos en seguida que no se trata tampoco de "misticismo". (René Guénon, "El Santo Graal", Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, op. cit.)

Jean Mansel, "La Flor de las Historias"

Decir que desconocemos la cercanía o grado de conocimiento que tuvieron Enrique II y Leonor sobre las organizaciones iniciáticas de la edad media, por ejemplo la de los templarios u otras de corte caballeresco, pero lo cierto es que su sensibilidad hacia todo lo relacionado con la cultura y mitología celta y su imbricación con la cristiana les atrajo poderosamente, y se convirtieron en los impulsores de esas ideas centrales que reconocieron como muy potentes -imprescindibles- para la cohesión de su imperio. Además hay un hecho muy significativo en cuanto a esta simbólica del Graal que de nuevo nos aporta René Guénon en su estudio:

Entre tanto, mencionaremos aún, en lo que concierne a la leyenda del Santo Graal, una extraña complicación que hasta ahora no hemos tomado en cuenta: por una de esas asimilaciones verbales que a menudo desempeñan en el simbolismo un papel no desdeñable, y que por otra parte tienen quizá razones más profundas de lo que se imaginaría a primera vista, el Graal es a la vez un vaso (grasale) y un libro (graduale). ("El Sagrado Corazón y la leyenda del Santo Graal", ibid.)

Lo cual nos hace ver que a la vez que las cortes de aquellos monarcas devinieron centros de difusión de la gesta del precioso vaso y su búsqueda -que no es sino la búsqueda de la Tradición cada vez más oculta y de las ideas que ella vehicula, así como de la posibilidad de encarnarlas, lo que es el núcleo de toda Iniciación-, además, esas ideas se fijaron por escrito, evitando así que se perdieran en el olvido y sirvieran de germen para el nuevo ciclo que se avecinaba, es decir, el esplendor del Renacimiento.

Sin embargo, tras más de quince años de armonioso matrimonio, el rey se fue distanciando de Leonor; se entregó de pleno a las luchas por defender sus territorios y a vivir amoríos con diversas amantes. La reina, entonces, prosiguió con su tarea cultural en solitario, y más adelante acompañada por algunos de sus hijos:

Leonor se ha vuelto a encontrar con sus hijas mayores, que por entonces residían en Poitiers: Alix de Blois (que más tarde profesará en Fontevraud y que, a juzgar por los regalos de Leonor, habría de ocupar un lugar privilegiado en su corazón), y María Champaña, que, sin lugar a dudas, es de sus diez hijos aquella en quien Leonor se ve mejor retratada: "la condesa gozosa y alegre... con que la Champaña se ilumina", como dijo de ella el trovador Rigaud de Berbezilh, que frecuentó su corte. María ha heredado de su madre el gusto por las letras, la curiosidad inteligente y el don de inspirar la poesía en torno suyo; Chrétien de Troyes se mueve en su estela, y, a sus instancias, escribirá el cuento de Lanzarote o El Caballero de la Carreta, que de todas las novelas de caballería es la que expresa mejor el culto a la dama, pues, por amor a Ginebra, Lanzarote acepta hasta el deshonor y consiente en ser vencido y pasar por cobarde.

Quizá fue en este ambiente fecundo donde María de Francia (¿se trata, como se ha supuesto, de una hermana bastarda de Enrique Plantagenet?) compuso sus Lais, unos deliciosos cuentos en verso, inspirados por completo en el sentimiento cortés y caballeresco, sobre temas célticos inseparables de la atmósfera de Leonor tanto como la misma poesía de los trovadores. En todo caso la corte de Poitiers contó aquellos años de nuevo con Bernat de Ventadorn y con otros poetas, como Rigaud de Berbezilh, que saluda a Leonor con la denominación Plus-que-Dame ('Más que Señora'), o Gaulcelm Faidit, que intercambia divertidas réplicas con el joven Godofredo de Bretaña en uno de esos jeux-partis ('juegos de controversia'), poemas en que dos interlocutores se responden, tan del gusto de la época." (Régine Pernoud, op. cit.)

Escenas trovadorescas
Códice Rico

Detengámonos ahora en estas famosas "cortes de amor" inventadas por Leonor . Según explica de nuevo la historiadora francesa contemporánea:

No eran otra cosa más que juegos de ingenio, distracción de una sociedad letrada a la que nada apasionaba tanto como el análisis de los matices del amor; por medio del juego, se proponían casos y se daban sentencias semejantes en su forma a las que se dictaban con ocasión de las audiencias feudales de las cortes señoriales ante las cuales se fallaban los pleitos. La extraordinaria obra de Andrés el Capellán, titulada Tratados de Amor, ha mantenido el recuerdo de aquellas asambleas que discutían de temas corteses bajo la égida de una noble dama, la vizcondesa Ermengarda de Narbona, Isabel de Flandes y, a veces, la misma Leonor o su hija María de Champaña. (Régine Pernaud, ibid.)


Codex Manesse, s. XIV

Pero después del sucinto recorrido por la vida de esta reina, por los escenarios en los que se movió, por los intereses que la atrajeron, por las actividades que promovió, nos preguntamos: ¿simples juegos de entretenimiento? ¿o subyacía algo más detrás de todas estas multifacéticas expresiones de la corte, sin que por ello dejaran de poseer un carácter lúdico y con el tiempo, además, cayeran inexorablemente en la esclerotización y la degradación?

¿No será que esta especie de "teatralización cortés" revelaba un modo de ser, de pensar, de ordenar la vida de esa sociedad alrededor de un corazón o centro del que emanaban múltiples expresiones de la Belleza y del Amor, a través de una Inteligencia que siempre está diseñando, seleccionando, componiendo, articulando y dando forma y sentido a todo lo manifestado? ¿Y que la omnipresente Sabiduría atraía hacia sí a todos los seres que la evocaban con el pensamiento y con sus actividades rituales a la vez que los fecundaba?

La esencia de la Tradición se mantiene viva y se transmite de modos sorprendentes, semiocultos en expresiones poco definidas pero que tienen como base el símbolo y el mito, y su puesta en movimiento que es el rito, tres elementos centrales en las cortes de que hablamos. Quizás no todos los participantes de esta gran representación fueran conscientes de ello, otros sí; algunos seguro que fueron sabios iniciados, anónimos, que trabajaban en solitario pero sin dejar de influir sobre su entorno; otros, en cambio, estaban vinculados a algunas de las organizaciones iniciáticas guerreras o de oficio vivas en esa época que tuvieron una incidencia directa en la articulación de todo este espectáculo; el grueso de los "actores" sólo fueron oficiantes y ejecutores poco o nada conscientes de un conjunto de ritos con los que, sin embargo, se aseguraba la transmisión ininterrumpida de los valores e ideas perennes y generatrices del Universo. Ritos que indudablemente estaban articulados no por individualidades, sino por una Inteligencia Universal, que se revelaba en los corazones de los que se abrían a su influjo, por lo que ya se ve que este órgano simbólico no era, ni es, el depositario de la sensiblería o el sentimentalismo, sino de la intuición intelectual, que es la vía directa que conecta el alma con el Espíritu.

Música de arpa, flauta, laúd y tamboril; poesía, palabra conjugada por el trovador y cantada por el juglar que viaja libremente de una corte a otra; danzas de damas y caballeros ajustadas a una geometría exacta; juegos de mesa, barajas mágicas, libros mudos, partidas de estrategia sobre tableros que representaban el mundo en miniatura; torneos con un amplio despliegue de símbolos heráldicos, divisas, estandartes; justas para medir fuerzas y practicar estrategias; ingenios intelectuales, como fueron esa especie de juicios sobre casos amorosos para que las damas deliberasen y emitieran sus sentencias; escribas que fijaban por escrito las leyendas y los mitos; pintores que los iluminaban... La corte devino un inmenso escenario en el que se desplegaban un sinfín de posibilidades artísticas rituales. O mejor dicho, el rito de la vida y de la muerte gobernado por Amor se dramatizaba con una gran variedad de tonos y matices, haciendo vivir a todos los que de él participaban una existencia significativa, donde el número y la palabra actuaban como vehículos de lo sobrenatural, y donde cada quién, según sus posibilidades, cumplía una función y seguía los senderos de su destino.

La rica iconografía de los numerosos manuscritos de esa época que se ha conservado, nos ayuda también a aproximarnos a aquellas "cortes de amor", a su núcleo. Los protagonistas son la dama y el trovador, que en ocasiones se identifica igualmente con el guerrero. Por otra parte también hemos podido leer algunos de los poemas que escribieron estos poetas errantes, e incluso escuchar sus versiones musicadas y cantadas en la lengua de oc; canciones sencillas, sin florituras, a veces se diría que demasiado simples, y con una temática repetida hasta la saciedad, lo que nos hace pensar que en todo ello subyacía una estrategia para impregnar a toda la sociedad de esta energía vivificante y regeneradora, impulsadora de las conquistas, y por encima de todas ellas, de la del alma en pos de su unión con el Espíritu; o sea, el Amor como el origen y eje de la religio mentis que unía todos los seres, fenómenos, cosas y acontecimientos en torno a él.

Codex Manesse, s. XIV

Dice un estribillo de uno de los versos del trovador Bernat de Ventadorn, cantor que peregrinó por las cortes de Leonor:

Poco puede valer el cantar
si el canto no surge de dentro del corazón
y el canto no puede surgir del corazón
si en él no hay leal amor cordial.
Por eso mi cantar es perfecto
porque tengo y empleo la boca, los ojos, 
el corazón y el juicio en el gozo de amor (...)

Y según apunta Jaume Vallcorba en su ensayo De la Primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante acerca de esta centralidad de la idea del Amor en dichas cortes:

Se trata de un amor no sometido a los altibajos a que nos acostumbran las relaciones humanas. No espera tanto gratificaciones externas ni beneficios que no sean los que surgen de él. Será solamente desde la soledad tensa, estimulada por obra del amor hacia aquellas virtudes superiores encarnadas y representadas por la dama, como será posible adquirir el "pretz", al fin y al cabo, el mejor y más anhelado de los beneficios.

"Pretz". Palabra mágica. Literalmente significa 'precio', y engloba todo aquel conjunto de valores propios de la sociedad caballeresca, entre los cuales destacan, como joyas del mérito, la virtud, la generosidad y la valentía. (...)

No se tratará, pues, de nada más que de dar forma a lo informe, de hacer aflorar las cualidades escamoteadas por el invierno en lo profundo de cada ser en el esplendor de una primavera con la que concordará sin contraste, y todo ello por la fuerza de atracción, la imantación si se quiere, de una dama en la que convergen todas las cualidades físicas, así como la totalidad y plenitud de las virtudes morales. El mecanismo es de una eficacia extraordinaria; la forma artística, de un enorme rendimiento, objetiva, con una precisión y finura inesperadas, el esfuerzo enorme que significa construirse a uno mismo, así como el dolor que cuesta vencer el lastre en un proceso de elevación y purificación constante y sin tregua para llegar a merecer a una dama hacia la que se tiende sin lograr conseguirla nunca. Y hacerlo, además, desde la libertad, desde la decisión consciente y sin constricciones, y comprometer en ello la vida entera, por pesado que sea el sufrimiento que este esfuerzo conlleva.

El amor se establece así como una experiencia global, que afecta a la totalidad del poeta y de su entorno. No es un aspecto parcial de su personalidad, ni tampoco un accidente, feliz aunque circunstancial. Todo lo domina, gobierna sobre todo, todo lo configura y lo conforma todo a su modelo. Ovidio lo había explicado muy bien, pero los trovadores lo llevan aún más allá. (Jaume Vallcorba, De la primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante. Ed. Acantilado, Barcelona, 2013)

El árbol cuyo corazón es "Amor" 
florece entre el trovador y la dama 
Codex Manesse, s. XIV

No entraremos en particularidades, es decir, en si tal trovador cantó sus poemas a ésta o aquélla dama, lo cual nos llevaría a un tedioso estudio que podría perderse en lo múltiple e indefinido. Para quien esté interesado ya existen diversas obras de consulta; lo que buscamos es descubrir qué representa toda esta teatralización orquestada por Leonor de Aquitania, que luego tendría una incidencia decisiva en el Renacimiento.

Hay algo de arquetípico en la dinámica de la relación entre el trovador y la dama, algo que va más allá del vínculo entre dos seres, algo que apela a la íntima ligazón del alma y el Espíritu y al modo de restablecer una unidad que sólo se ha perdido en apariencia. El trovador se reconoce como un ser ignorante, navegando en las tinieblas, el sueño y el olvido. Pero un llamado interno lo conduce hasta la dama que elige libremente como aquélla por la que estará dispuesto a afinar su alma, dejando que broten las más sutiles y ritmadas palabras de su pensamiento, iniciando de este modo un proceso de purificación que aspira a efectivizar la unión con esa mujer, vehiculadora de cualidades divinas. 

Codex Manesse, s. XIV

Empero, aún y la diferencia de rango, se trata de una relación de reciprocidad, pues la dama debe también aceptarlo como su cortejador, bajo el juramento de una fidelidad incondicional. Por otra parte hay un componente rompedor en todo el asunto, ya que dicha mujer está casada, es la esposa del señor feudal, que sin embargo acepta ese 'adulterio', no tanto literal sino más bien en el plano de las ideas. El vínculo del poeta y la dama, y también el de ésta con todos los caballeros que le juran pleitesía, es el garante de la cohesión de todo ese ensamblaje social y cultural, y en última instancia, es la expresión de la Sabiduría y la Inteligencia divinas -que cristalizadas en la dama- atraen a todos los seres hacia sí, al tiempo que derraman sobre ellos la posibilidad de identificarse con su esencia única, o sea con la Unidad o Amor, origen y destino de toda la manifestación universal.

La relación [entre el trovador y la dama] copia el ritual y las obligaciones jurídicas de las auténticas ceremonias de vasallaje, y en ellas el poeta se instituye libremente vasallo de una mujer a la que promete servir para siempre como señor feudal, convirtiéndose en consecuencia en su señor, a la que llamará 'midons', un término que deriva del habitual jurídico 'meus dominus'. El poeta será finalmente investido vasallo con un beso, el 'osculum' que sellaba la unión del soldado con su señor y que los trovadores no se cansan de reclamar. (Jaume Vallcorba, op. cit.)

Codex Manesse, s. XIV

La dama deviene entonces un símbolo de la Musa inspiradora, despertando en el alma del cantor el deseo de conocer esos otros espacios interiores siempre presentidos, de identificarse con ellos; movido y atraído por los altos atributos que en ella se revelan, emprende un camino de ascenso, a modo de lo que describe Platón en El Banquete, cuando identifica a Amor con la escala que conecta el mundo tal cual lo conciben los sentidos con todos los otros estados superiores del ser, que a modo de gradas elevan el pensamiento, universalizándolo. El Amor es pues ese puente, motivo por el cual se lo invoca, se lo implora, se lo evoca, se articulan juegos de palabras, de gestos, de músicas que pretenden la constante conjugación de los aparentes opuestos. 

Codex Manesse, s. XIV

Desde el momento que comienza este proceso -tan análogo al de la Iniciación-, se despega de la tierra, de lo que uno conoce de sí mismo en tanto que ser individual, y se anhela penetrar aquellos otros estados de conciencia cada vez más internos y secretos, universales y arquetípicos. El vate percibe la irrealidad de lo material y sensible y raptado por el furor poético se dispone a someterse a todas las pruebas que la dama le va infligiendo. El deseo por realizar la unión crece en la misma medida que se va abriendo una brecha más y más grande entre los amantes.

Y, aunque se afirme lo contrario en los poemas, se diría que para los trovadores la cuestión no es tratar más o menos hiperbólicamente las virtudes de la persona amada para conseguir así sus favores, sino que parece que quieran establecer, por vía de la distancia, una desigualdad cualitativa tal que haga imposible cualquier intercambio erótico, tan distanciados están los méritos de uno y otra, tan lejos están uno de la otra. Y esta hiperbolización del mérito, estas virtudes infinitas de la dama se encuentran siempre en un único punto, que es el de la identidad de la perfección. (Jaume Vallcorba, ibid.)

Codex Manesse, s. XIV

La batalla interna se ha desencadenado, y el trovador parte errabundo por el mundo al advertir en sí mismo la necesidad de purificar su alma. Esos espacios interiores del pensamiento y ese deseo por conocer lo Perfecto que la dama encarna le están cerrados en tanto en cuanto no se produzca en su conciencia una total transmutación, idea ésta vinculada mucho más con la de la realización espiritual que promueve la iniciación, que con el simple cambio y mejoramiento de la persona que persigue la vía moral y la mística religiosa. El trovador Bernat Ventadorn lo expresa así en otro de sus cantos:

...pues no me puedo abstener de amar a aquella de quien nunca obtendré ventaja. Me ha robado el corazón, me ha robado a mí, y a sí misma y a todo el mundo; y cuando me privó de ella no me dejó nada más que deseo y corazón anheloso... Ya que con mi señora no me pueden valer ruegos ni piedad ni el derecho que tengo, y a ella no le viene en gana que yo le ame, no se lo diré nunca más. Así pues, me alejo de ella y desisto; me ha muerto y como muerto le respondo, y me voy, ya que no me retiene, desgraciado, al destierro, no sé dónde.

Codex Manesse, s. XIV

El poeta pasa por experiencias bien extremas, empieza a vivir un desarraigo radical, un desapego de todo lo que le ata a este mundo -tanto posesiones materiales como mentales, prejuicios, ideas preconcebidas-, entrando incluso en un estado de profunda melancolía y desasosiego, preámbulo, sin embargo, de una auténtica muerte del ego, que de producirse, le conlleva el renacimiento como un hombre regenerado, un hombre nuevo, nacido por segunda vez. Ventadorn lo describe con estas inocentes palabras en otra de sus canciones:

Tengo el corazón tan lleno de alegría que todo me lo transfigura: el frío me parece flor blanca, roja y amarilla, pues con el viento y con la lluvia me crece la ventura; por lo que mi mérito aumenta y sube y mi canto mejora. Tanto amor tengo en el corazón, tanta alegría y dulzura, que el hielo me parece flor y la nieve verdura. 

Y esto provoca un vuelco en la aventura protagonizada por esos amantes. El poeta suele retornar ante su dama siendo totalmente otro, y la dama con frecuencia no lo reconoce, tal es la transmutación de ambos. Todo su peregrinaje le ha hecho conocer, sin embargo, la verdadera naturaleza del Amor; porque era ciertamente Amor quien lo atraía, pero así no le quería. Y dejando atrás toda ilusión, incluso la de la bella, sabia e inteligente dama que simbolizaba los más altos atributos de la deidad, es que ha podido realizar en su interior las sagradas nupcias del cielo y la tierra, de lo humano con lo suprahumano, y conocer o sea ser, que todo está en su interior, es decir que Todo es Uno y que Uno es Todo. Lo Perfecto se contempla entonces sin mediación ni vehículo; todos los opuestos se han conjugado en la unidad original, que es el Destino también único de todo lo manifestado.

Margarita de Angulema, duquesa de Alençon y reina de Navarra, escribirá en el siglo XIV una obra inspirada en estas ideas del "amor cortés" titulada justamente Las Cortes de Amor, y, entre las muchas historias acerca de temas amorosos que debaten un grupo de damas, destaca una que sintetiza la revelación final que acontece en el corazón del trovador. En esta historia, ubicada en la corte del rey y la reina de Castilla, un noble caballero declara su amor a la reina, y ésta, para ponerlo a prueba, lo destierra durante siete años a un lugar lejano en el que no tendrá ni una sola noticia de su amada, entregándole la mitad de un anillo para poder reconocerse transcurrido ese periodo. Pasados los siete años, vuelve el caballero siendo totalmente otro, e intercepta a la reina cuando se dirige a misa. Ella no lo reconoce pero acepta la carta que le tiende. Al abrirla cuando ya se han perdido de vista, descubre la mitad del anillo y este escrito:

El tiempo, con su poder, me hizo del amor saber, y en el correr de los tiempos conocer mil contratiempos, fatigas y sinsabores, pues que el fin de mis amores, mostrarse incrédulo quiso y ser del amor remiso. Y ese tiempo, que forjara en mi corazón tan cara afección, por fin dispuso que lo diera por concluso, pues que no fuisteis creyente de lo que estaba patente. El tiempo, así, me enseñara en lo que mi amor basara: hiciéralo en tu beldad, que entrañaba tal crueldad. El tiempo hacer me viera que belleza es pasajera, y que si feliz me siento de tu crueldad cobré aliento. Que echado de tu presencia, negada por ti la anuencia de contemplarte y servirte, sentíme más y más triste, y hube de aliviar el peso de tu rigor tan exceso. Mas no por eso dejara de obedecerte, y quedará así mi ánimo contento, que el tiempo, que mi tormento inició, fue bondadoso y aquí me trajo piadoso, y así puedo, aquí y ahora, decirte sin más demora, no un saludo de venida sino un adiós de partida.

El tiempo deshizo el nudo y quedó el amor desnudo tal cual es; y yo lo viera y todo el tiempo sintiera los amores padecidos que cegaban mis sentidos, y de los que nada queda sino el pesar que haber pueda. Pues lo engañoso aprendí de este amor, y comprendí con el tiempo el verdadero, lo que me fuera hacedero en este aislado paisaje, donde por todo mensaje no dejara en siete años de dolerme de mis daños. Con el tiempo supe y vi lo que después conocí era amor de lo sublime, y de inmediato sentime tan de este amor poseído cuan del otro desprendido. Y, con el tiempo, a él me diera tan de lleno, y me prohibiera, con el tiempo, cualquier otro, que al suyo volví mi rostro y me puse a su servicio y le ofrendé en sacrificio mi alma y mi corazón. Mientras os amé, os amé en razón ninguna vuestro aprecio; y ofendiéndolo yo, necio, tampoco lo amé yo nada. Muerte por vos me fue dada y de él, a quien huía, recibí la vida mía.

Y, con el tiempo el pasar, su amor vacío de pesar siempre de bondad embargado, ha vencido y ha domado al tuyo de tal manera, que aunque otrora me tuviera en dulce engaño sumido, en cenizas convertido lo dejé y lo eché al viento. Te lo quité, ya lo siento, mas te lo devuelvo entero, que de amor perecedero ya necesidad no tengo, pues caído en amor vengo tan perfecto y perdurable que átame lazo inmutable. Así, pues, a él me encamino, y a servirle tal me inclino que ni a ti ni a nadie más serviré nunca jamás. (Margarita de Valois, Las Cortes de Amor, Belacqua, Barcelona, 2005)

Codex Manesse, s. XIV

Aquella relación, que ha operado una verdadera transmutación interna, ha descrito en última instancia el viaje del alma en pos de su destino, de su unión con el Espíritu. Se ha reconocido el origen de la dualidad en la unidad, y dama y trovador han podido realizar la plenitud de los misterios de la sexualidad del cosmos, o sea, todas las hierogamias en los distintos planos del Ser, y todo ello en sí mismos, en su conciencia. Han peregrinado, atraídos y guiados por Inteligencia y Sabiduría, al centro nodal, al Origen, al Uno sin segundo, al Palacio del Amor. Y ahora, nos recuerdan mucho más a esos dos arcanos del Tarot: El Loco y El Mundo; dos cartas que se identifican con el "más allá", con el mundo de la Metafísica, de lo Ilimitado, de aquella Realidad Absoluta que está siempre presente, en un plano otro no sujeto a lo cíclico ni a las leyes que ordenan y regulan el cosmos, y que paradójicamente se experimenta habiendo conocido la Cosmogonía completa, la Unidad del Todo. El trovador es ese loco de amor por la Vida y el Conocimiento que liberado de cualquier atadura se mueve con plena soltura y desprendimiento por todos los senderos del Universo, visibles e invisibles, sabiéndose en verdad un extranjero de esta tierra, e incluso de los cielos que median entre ella y la cúspide del Universo, y no necesitando ya de ninguna corte ni dama, ni de nada que fuera algo, sino que se halla sumido y embebido permanentemente en el Misterio inabarcable, en el Dios Desconocido.

Arcano "El Loco" del Tarot de Marsella

Por su parte la dama ha dejado su corte y su trono, su cetro y corona; abandonó la gloria de este mundo. Ni viva ni muerta, o quizás habiendo conocido la esencia de estos dos estados, se ubica ahora en el linde entre el Cosmos y el "otro mundo" o el "más allá". Sin negar el Universo, pero a la vez desidentificada de él, es la quintaesencia siempre virgen, apta para engendrar un nuevo ciclo de los que conforman la cadena de los mundos, o la sucesión de eones o manvántaras, pero simultáneamente participa de la posibilidad de lo no manifestado que nunca jamás se manifestará. Su desnudez alude al estado de virginidad permanente, "centro y síntesis de la creación" que dará cabida el Ser en el seno del No-Ser que todo lo abarca. No se sabe si la mandorla la alumbra o la engulle, si viene o va, si es o no es, aunque en verdad reúne en sí la Posibilidad Universal de ser y no ser a un mismo tiempo.

Arcano "El Mundo" del Tarot de Marsella

Por cierto que el Libro Mudo de Toth, conocido popularmente como Tarot, es un juego aparentemente inocente en el que están depositados los altos conocimientos de la Cosmogonía en el conjunto de las 78 láminas llamadas "arcanos", divididas en tres grupos: los 22 Arcanos Mayores, los 40 Arcanos Menores y las 16 cartas de la Corte. Este mazo -origen de todos los juegos de cartas que se integraron en las actividades lúdicas de la corte, extendiéndose también entre los estamentos populares-, apareció curiosamente durante el Medioevo en la zona del sur de Francia, justamente en las tierras gobernadas durante más de 80 años por Leonor, y se dice que fue compuesto por sabios alquimistas, astrólogos, poetas, en definitiva iniciados a veces escondidos bajo el disfraz del juglar, que fijaron en imágenes las ideas y arquetipos de una Sabiduría perenne, que de este modo se conservó y transmitió de una forma velada. No podremos saber con certeza si algunos de esos sabios errantes se movieron por las cortes de la reina que ocupa este trabajo, pero no sería nada extraño. Por otra parte es muy significativo que la simbólica fijada en las cartas tenga muchos puntos de contacto con la vida de la corte, no porque sí en las 16 cartas llamadas precisamente de la Corte, los iconos son el Rey, la Reina, el Caballero y el Vate, en correspondencia con los cuatro mundos o planos del Universo. Este es un tema que no podemos abarcar aquí, y que requerirá de otro estudio, pero remitimos al lector a estos dos links:



Leonor de Aquitania pasó gran parte de los últimos años de su vida cautiva en los distintos castillos de su reino, donde la encerró su esposo sin posibilidad de moverse libremente como había hecho siempre. Desde su prisión, veía como su imperio comenzaba a descomponerse en medio de las luchas fratricidas de sus hijos para hacerse con el poder (y ella, aún y su aislamiento, no estuvo exenta de influir sobre unos y otros intentando alianzas y ciertas maniobras políticas). Pero lo cierto es que se apartó del bullicio de la corte, de los cantos de trovadores, de viajes y actos oficiales. Nada se sabe de las vivencias internas de esa mujer ya madura; sólo el testimonio de su soledad. Su herencia intelectual-espiritual quedó depositada en aquellas arquitecturas cortesanas y literarias que fomentó con tanta pasión y tesón a lo largo de muchísimos años. De ellas puede hacerse una lectura puramente exotérica, con implicaciones culturales y morales indiscutibles. Pero también hemos podido descubrir otra lectura interna y la huella de ciertas trazas en las que se adivina la presencia de las ideas siempre vivas, eternas, emanadas de un Origen intemporal que está siempre presente en el tiempo histórico, dándole sentido y orientación. Aunque el Graal (o sea las verdades eternas que transmite la Tradición) estaba cada vez más oculto, fue posible seguirle la pista, y guiados y atraídos por Amor, los iniciados de ese tiempo continuaron recibiendo y vertiendo el elixir de inmortalidad en sí mismos y en sus descendientes, asegurando su transmisión hasta el día de hoy, donde el precioso vaso se revela en quien lo busca de corazón.

Una vez liberada de su encierro, la reina, con casi ochenta años y ya retirada en la abadía de Fontevraud, viuda y con sólo dos hijos que la sobrevivieron (uno de ellos Juan sin Tierra, el que debía heredar el reino de los Plantagenet para lo cual resultó totalmente inepto), aún tuvo la fortaleza de viajar a la corte de su hija Leonor de Plantagenet, casada con Alfonso VIII de Castilla, para escoger de entre sus nietas la que debiera desposarse con el futuro rey de Francia; la elegida fue Blanca de Castilla, entregada al nieto del que fuera el primer esposo de Leonor de Aquitania. Si bien el imperio de los Plantagenet se derrumbaba, la reina anciana consiguió que la sangre de su estirpe se cruzara con la del reino que perdió al casarse por segunda vez. Blanca de Castilla, casada con Luis VIII de Francia y madre de Luis IX apodado San Luis, tuvo también un papel decisivo, como gobernanta y como amante de las letras y las artes.

Toda aquella construcción de las "cortes de amor" y la poesía de los trovadores tendrá posteriormente una influencia indiscutible en la gestación del Renacimiento, y concretamente en autores claramente identificados con la cadera áurea, o sea con los eslabones de la transmisión del esoterismo en Europa, como fueron Petrarca, Boccaccio y Dante, y también en la organización iniciática a la que pertenecieron, la de los Fieles de Amor. Pero esto ya necesitaría de un estudio otro, que dejamos para otra ocasión.

Dante y Beatriz

http://la-caracola.es/biografias.html

martes, 28 de junio de 2016

Mujeres que acompañan a Jesús

Mujeres que acompañan a Jesús



Jacob Boehme, Libri Apologetici, 1764


Hablar del judío Jesús, el Mesías no reconocido como tal por su propio pueblo, es entrar de lleno en terreno conflictivo: "no penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz sino espada" (Mateo 10, 34), afirma en una de sus sentencias; y más cuando lo que nos interesa es recorrer su historia arquetípica y su relación con otros personajes -especialmente las mujeres que lo acompañaron citadas tanto en los Evangelios sinópticos como en los apócrifos- sin caer en valorizaciones religioso-moralistas dualistas que "santifican" a muchas de estas hembras, haciéndolas ejemplo de virtud, bondad y castidad y habitantes de un mundo idealizado que sólo aboga por el bien, en contraposición a las pecadoras e inclinadas al vicio y el mal, censuradas y castigadas por el buenismo oficial, pero que al convertirse tras conocer al Señor abandonan el camino de la perdición y entran en la nube inmaculada que deben salvaguardar con sus renuncias -casi siempre rebajadas al plano material-, a las que se agregan el sufrimiento y el dolor, lo que para el punto de vista del religioso-pietista es la vía a imitar y para el de sus detractores, un modelo a transgredir; posturas ambas que se encierran en una dualidad insalvable, estrecha de miras y falta de la lectura universal y liberadora que subyace en el relato evangélico, por otra parte totalmente actual y actuante, dada la naturaleza intemporal del mito y el símbolo.

El modo de explicar la genealogía del que se hacía llamar "Hijo del hombre" es de por sí contradictoria si no se reconoce que el ser humano reúne en sí una ascendencia a la vez humana y suprahumana, o sea, que aun poseyendo un linaje de sangre y de carne que lo alumbra como criatura, su origen divino es jerárquicamente superior, aunque sea el más olvidado o negado en sociedades desacralizadas como la nuestra, que además ignoran, sino es que vilipendian de plano, la posibilidad de la encarnación del Verbo en el seno de la manifestación y la existencia de avataras que cíclicamente aparecen sobre la tierra para revivificar el mensaje de la Sabiduría Perenne.

Jesús se vincula por vía paterna con la casa del rey David -que a su vez deriva del patriarca Abraham, descendiente de Set, el tercer hijo de Adán-, y por tanto mantiene una ligazón directa con el prototipo del primer hombre según se relata en el texto del Génesis; mientras que por vía materna se dice que la joven María de Nazaret concibe sin mediación de varón, tal cual le sucedió a Eva con respecto a Caín, sobre el que afirmó: "he adquirido un varón con el favor de YHVH" (Gen. 4,1), y de hecho la tradición explica que es Lucifer, el ángel de la luz, el emisario que la fecunda.

Pero este doble linaje, que incluye la concepción contranatura y el posterior nacimiento como criatura de carne y huesos, no es exclusivo del Cristianismo, sino una constante en muchas otras tradiciones. Por ejemplo el Buda Gautama es hijo de Mahamaya, la diosa identificada con Durgâ, de la que se explica que siendo virgen lo engendró y alumbró. Lo mismo sucede con Zoroastro, y al otro lado del Atlántico con muchos de los héroes o dioses civilizadores, tal como expone Federico González en El Simbolismo Precolombino:

"…los dioses Quetzalcoatl y Huitzilopochtli son hijos de vírgenes, y en los indios quiché de Guatemala, Ixbalamqué y Hunahpú, los héroes por excelencia, son hijos de la doncella Ixcuiq. Asimismo los chibchas de Colombia reverenciaban a un hijo del sol que fue fecundado por intermedio de sus rayos en una virgen; y Viracocha, en el Perú, embaraza a una joven agraciada sin que ésta lo advierta. Para los talamancas de Costa Rica, Sibú, un niño-dios, nace de una mujer embarazada por el viento…" (El simbolismo precolombino, Ed. Kier, Buenos Aires, 2003)

La lista sería interminable, pues también en la China encontramos a la Virgen-Madre Shing Mu y en algunas culturas africanas aparecen doncellas fecundadas por vía extraordinaria, y lo mismo sucede en la civilización greco-latina lo que da constancia de la universalidad de esta simbólica y su presencia en todas las culturas de la tierra. Nos dice de nuevo Federico González en su Diccionario Enciclopédico de Símbolos y Temas Misteriosos en la voz "Virgen":

"Las vírgenes han sido honradas en todas las culturas como mujeres solas, no dedicadas a la mundanidad y sus pringosas adherencias profanas, sino entregadas a la contemplación y el culto a Dios (a los dioses). Esa entrega las hacía invulnerables y como tales sagradas y viviendo lo más alto; en el Cristianismo son esposas de Jesús, entre los Incas las esposas del sol, etc., es decir servidoras de lo sagrado. Esto les confiere poderes, entre ellos la intercesión entre cielo y tierra, como era el caso de pitonisas y vestales.

Negación de la fecundación, la virgen se abstenía de la reproducción. Pero las más sagradas de las doncellas han sido siempre las que conservando su virginidad original pudieron ser madres. Esta contradicción inicial da, sin embargo, la descendencia más santa y trascendente. Son numerosísimos los ejemplos que ilustran esta Tradición universal: entre nosotros la Virgen María, en la Tradición precolombina Quetzalcoatl es hijo de una doncella, Rómulo y Remo en Roma son alimentados por una loba pero paridos por la vestal Rhea Silva; Buda por la virginal Maya.

Ello está íntimamente relacionado con la naturaleza y la vida, que produciendo sus frutos y mieses vuelve a su estado original. Esto último también es relacionado con los ritos de purificación, entre ellos el bautismo y la confesión".

La virginidad actualiza una idea universal y arquetípica que acontece en el alma del Ser Universal, la cual se traduce como la inviolabilidad y el carácter inexpugnable de un ámbito de la conciencia que es simple vacuidad y receptividad, y que paradójicamente es el único apto para acoger la semilla de inmortalidad, por intermediación del Verbo espermático o la Palabra fecundadora a la que se refieren de modo unánime las tradiciones. El ser humano, siendo un modelo en miniatura del Ser universal, puede experimentar en su interior ese estado en el que acontece la teofanía y la hierogamia, de ahí que se hable de vírgenes que además son madres, lo que sin negar la posibilidad de que ello acontezca en el plano biológico, se refiere sobre todo a una virginidad, concepción y generación en el alma, que sometida al largo proceso de transmutación se irá así deificando. Y ese vacío y receptividad no debe confundirse con la pasividad del místico que espera recibir ciertos vagos efluvios celestes que le provocan unos arrobamientos sentimentales y emotivos sin lograr salir jamás de su individualidad -pues la relación que mantiene con la deidad es dual-, sino que aquí nos referimos a la posibilidad de despertar a la visión unitaria del cosmos que se produce en el hombre gracias a la Iniciación en los Misterios, los que utilizan como soporte el conocimiento de la Cosmogonía como vehículo para la experiencia de lo auténticamente Metafísico.

Desde esta perspectiva, la virginidad es buscada activamente, se provoca la completa disolución de las falsas creencias y construcciones mentales (más adelante veremos como muchas de las mujeres que se acercan a Jesús se marchan siendo completamente otras) lo que se equipara a una muerte real y efectiva que simultáneamente se abre a aquel espacio interno nuevo, virgen, purificado y apto para concepciones insospechadas.

Ubicados en el plató del Alma del Mundo -o sea en el centro de nosotros mismos-, donde se dramatiza y recrea la historia arquetípica del Verbo hecho hombre que viene a anunciar la Buena Nueva de la liberación obtenida por un sacrificio reiterado, reseguiremos diversas escenas del itinerario simbólico de la vida de Jesús en esos textos sagrados cargados de un gran poder emotivo e intelectual que transportan a un espacio otro de la conciencia, vivo, perenne y actual y al que siempre se puede acceder si uno se deja penetrar e impregnar por sus imágenes evocadoras y sintéticas.

En el Evangelio de Lucas se relata que María estaba sola en su habitáculo y recibió la visita del ángel, el cual le anunció que alumbraría un hijo al que pondría por nombre Jesús. María se preguntaba cómo sería posible este prodigio pues todavía no "conocía" varón y el ángel le respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lucas 1, 35). En el evangelio de Mateo también se testimonia dicha concepción contranatura con la que se daría cumplimiento la profecía de Isaías: "Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, nombre que significa 'Dios con nosotros'". Esta joven -que reconocemos como esa faceta receptiva del alma- hizo un gesto sencillo pero fundamental: se entregó con plena confianza y con una mentalidad libre de prejuicios a unas posibilidades que la excedían: "Hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38).

El niño-dios nació en Belén, nombre que etimológicamente significa la ciudad del "pan", población ubicada al este del Mediterráneo, en el creciente fértil, y lo hizo en un establo o cueva en medio de la noche más oscura y larga del año, o sea en el solsticio de invierno, momento en que el sol invictus triunfa e inicia con toda la fuerza un nuevo ciclo que tiene su punto álgido en el solsticio de San Juan de verano, instante en que vuelve a detenerse y al que seguirá el inexorable descenso que cerrará el año llegando otra vez ante la Puerta de los Dioses. La vida de este avatara está vinculada con los extremos de la cruz circunscrita en la rueda calendárica, expresión del dios tiempo que perennemente se regenera al devorarse y realumbrarse a sí mismo, a la vez que abre en su deambular dos puertas simbólicas, la del solsticio de verano, que representa la entrada en el cosmos y la del solsticio de invierno, a través de la cual se sale a lo supra cósmico y metafísico.

Jesús, concebido simbólicamente en el equinoccio de primavera, nació en el solsticio de invierno y morirá y resucitará en la luna llena más cercana al equinoccio de primavera; su primo Juan Bautista, el que abre la Puerta de los hombres, bautizaba con agua y anunció en ese punto cardinal meridional la llegada de la Luz: "El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo" (Juan 1, 15); mientras que San Juan Evangelista, el discípulo amado de Jesús (cuya festividad de celebra el 27 de diciembre o sea justo en el solsticio de invierno que espacialmente se relaciona con el norte) dará testimonio en su Evangelio y en el libro del Apocalipsis de las palabras de su maestro: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8, 12); además san Juan Evangelista es también el anunciador del retorno o Parusía de Cristo al fin de los tiempos. No es difícil pues advertir la relación simbólica de Jesús y el sol, faros luminosos que ordenan y sacralizan el tiempo y el espacio en el que acontece la teofanía, siendo su luz el símbolo de la Luz invisible del Principio del que todo parte y al que todo retorna: "Yo y el Padre somos uno" (Juan 10, 30).

Ese infante fue adorado por unos pastores que vivían al raso y por tres Reyes Magos que leyendo en la escritura celeste de los astros reconocieron el advenimiento del Mesías. Ante tales hechos extraordinarios, los Evangelios dicen que: "María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lucas 2, 19). Unos días más adelante, de acuerdo con las leyes judaicas, Jesús fue presentado en el templo de Jerusalén, y allí sus padres recibieron nuevas señales acerca de la naturaleza extraordinaria de su vástago, comenzando a entrever la envergadura de su destino que no se concretaría hasta muchos más años después; es aquí en el templo donde el judío Simeón dirigió estas palabras a su madre:"Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (Lucas 1, 34-35).

En este primer tramo del itinerario, la virgen-madre se ha librado completamente, ha concebido, gestado y alumbrado, y acompaña al infante mientras medita en lo más íntimo de su ser la grandeza de lo que su alma entrevé para sí y para su más preciado tesoro, su hijo; se mantiene siempre vigilante, lo que es una constante en las diosas vírgenes de las que antes hemos hablado, por ejemplo Durgâ, o en el caso de nuestra cultura Diana y también Atenea, las cuales aparecen provistas de armas y prestas a la batalla, siendo además diosas de la guerra y de la muerte, y muy unidas por tanto a la simbólica de la sangre. En María se hacen presentes todas estas realidades que se han querido dulcificar o desvirtuar rebajándolas a un sentimentalismo sufriente y devocional, sin ver su alcance universal y cosmogónico, pero no porque sí en el Himno acatista atribuido a san Germán, patriarca de Constantinopla, se ensalza a la virgen María en estos términos:

"...la esposa inviolada también es calificada de generadora de la luz indecible, maestra que va más allá de toda enseñanza, iluminadora de la mente de los creyentes, entrada de la puerta del paraíso, ciencia radiante de la gracia, relámpago que ilumina el alma, rayo que aterra a los enemigos, viva imagen del agua del bautismo, 'tú que lavas la mancha del pecado, tú que das la victoria, tú que dispersas a los enemigos'". (Julius Evola, La Metafísica del Sexo, J. J. Olañeta Editor, Barcelona, 1997)

Expresiones muchas de ellas que reflejan el carácter marcial y a la vez destructor y constructor de la Inteligencia, energía igualmente encabezada por María y las diosas referidas más arriba. Por otra parte, el sacrificio y la sangre derramada aparecen unánimemente como el alimento fundamental e indispensable que nutre y regenera la hoguera de la vida del ser universal, de ahí que:

"La diosa se complace en la sangre y la muerte. Eso es visible del modo más claro en Kâlî. Pero en la época arcaica, en varias regiones de Grecia, en Esparta, en Brauron y otros lugares, se ofrecían sacrificios humanos a Artemis Orthia, también llamada Tauria; cuando se abolieron los sacrificios humanos, quedó como rastro el rito de la diamastigosis, de la flagelación de adolescentes en Esparta durante las fiestas de esta diosa, a fin de que su sangre mojara el altar: porque a la diosa virgen le gustaba la sangre. En otras ciudades griegas, también los adoradores de Deméter se flagelaban unos a otros. La fiesta de Cibeles, que en Roma se inspiraba en el culto a la Gran Diosa, se celebraba del 15 al 27 de marzo, y este último día lo señalaba el calendario como dies sanguinis. Ese día, los sacerdotes de la diosa se azotaban y se infligían heridas y unían sus gritos al son de las flautas y los timbales. Luego, tras una velada misteriosa, se decía que los iniciados se unían a la Gran Diosa. Los ritos orgiásticos consagrados a la diosa Ma, que también era una diosa de la guerra, tenían un carácter parecido. Hay un fenómeno que entra en el mismo contexto: solía confiarse a sacerdotisas la ejecución de sacrificios sangrientos, por ejemplo entre los galos y los indios americanos. Y si bien había un rito arcaico practicado por las vestales, las vírgenes sagradas romanas, guardianas de la llama que es vida, rito que consistía en arrojar al Tíber veinticuatro fantoches, la opinión predominante considera que al principio se trataba de víctimas humanas". (Julius Evola, op. cit., pág. 161-162)

Y nos preguntamos, ¿no es la transformación del agua en vino en las bodas de Caná lo que marca el pistoletazo de salida de la vida pública de Jesús? ¿No es justamente su madre la que ordena que se haga todo lo que él diga, por tanto la que le abre la puerta hacia la transmisión de la doctrina que culminará con la transmutación de ese vino en la sangre sacrificial vertida sobre la tierra? Pero no nos avancemos…

Muy pronto la muerte acechó al niño-dios en el país que lo vio nacer, y alertado José en un sueño del inminente peligro que se avecinaba, huyó con su mujer y el pequeño a Egipto, centro espiritual de Occidente durante centurias, cuna de la Tradición Hermética, en cuyos templos recibieron enseñanzas esotéricas tanto sabios de la tradición judía (José el hijo de Jacob, Moisés, etc.), como de la griega, tal el caso de Pitágoras y Platón y un número incalculable de hombres de conocimiento que se acercaron a estos centros espirituales con el fin de recibir la iniciación en los misterios cosmogónicos y metafísicos. Es por tanto también muy significativo desde el punto de vista simbólico que Jesús permaneciera durante un tiempo indeterminado en esta región que para la antigüedad fue uno de los símbolos del corazón del mundo.

Aunque es poco lo que trasciende en los Evangelios de los años ocultos de Jesús, en los que sí se destaca que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lucas 2, 52), se menciona otro hecho significativo de su infancia. Cuando contaba 12 años, con motivo de la fiesta de la Pascua, bajó a celebrarla a Jerusalén con sus padres, y ya de regreso a Nazaret, éstos no lo encontraron entre la caravana de peregrinos. Volvieron a la Ciudad Santa y lo localizaron dentro del templo donde estaba escuchando y preguntando a los doctores de la ley: "Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: 'Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo angustiados, te andábamos buscando'. Él les dijo: 'Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabéis que yo debía estar en la casa de mi Padre?'. Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón" (Lucas 2, 48-51).

Es en esa pequeña localidad de Galilea -cerca del lago que los judíos denominan Kinneret por su forma parecida a la de un laúd y también a una matriz-, donde Jesús crece, madura y va vislumbrando su destino, alimentado por aquellas aguas nutricias. Justamente el nombre de su madre está relacionado con el agua que es fuente de vida y crecimiento, y también con la muerte; María, Miriam en hebreo, tiene valor numérico 850, que reducido teosóficamente es 13 (el mismo del arcano XIII del Tarot de Marsella: "La Muerte"), siendo además el que corresponde a la letra "mem" (la decimotercera del alfabeto hebreo) con la que empiezan aquellos dos nombres y también "mavet" (mem, vav, tau = 446 = 14) que significa muerte. La "mem" es una de las tres letras madre de esta lengua sagrada -reveladora de la cosmogonía-, y se halla vinculada al principio femenino y receptivo del cosmos y a la sustancia indiferenciada que con frecuencia se representa por el elemento agua (agua = "maim", que comienza y acaba justamente por "mem" y en cuyo medio se alberga "iod", que es el germen, la semilla de inmortalidad); por otro lado la "shin" es símbolo del principio masculino y el "alef" del neutro que equilibra los aparentes contrarios y del cual procede esa polarización primigenia. Además, a la "mem" corresponde el valor numérico 40 que siempre es símbolo de un círculo completo que reproduce el proceso de vida-muerte-resurrección al que se somete el Alma en su sutil proceso de transmutación, ideas todas ellas presentes en la figura de la madre de Cristo, también ejemplo vivo de las grandes aguas del mundo intermediario (Yetsirah y Beriyahsegún la terminología de la Cábala) que deben ser atravesadas en el viaje iniciático, en pos de la asunción de su fusión con el Espíritu, lo que no se alcanza sin un "hacer sagrado" reiterado.

Por eso, una vez el hijo se ha preparado interiormente en el seno de esa gran matriz representada tanto por su progenitora como por la geografía en la que residen, se abre un nuevo canal de parto en Caná, otra localidad de aquella región acogedora del norte de Israel, de la que uno nunca saldría pues es todo alimento, cobijo, luz y calor. Sin embargo, ha llegado el momento del salto cualitativo, y así como de ese pequeño mar nutricio brota el río Jordán que irriga y da vida a todo Israel, el Mesías es también expulsado de su regazo para asumir su destino que es el sometimiento a la Voluntad de la Providencia. Llegado ya a la edad adulta, y tras ser bautizado en el Jordán por su primo Juan, Jesús prosigue su "viaje" que culminará en Jerusalén, sobre la cúspide del monte Gólgota donde muere, resucitando pasados tres días. María es quien lo azuza y lo entrega para dar cumplimiento a todas las palabras que sobre el Verbo encarnado se han profetizado.

"Tres días después se celebra una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: ‘No tienen vino’. Jesús le responde: '¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora'. Dice su madre a los sirvientes: 'Haced lo que él os diga'. Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús:'Llenad las tinajas de agua'. Y las llenaron hasta arriba. 'Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala'. Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: 'Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tu has guardado el vino bueno hasta ahora'. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días". (Juan 2, 1-12)

La transmutación del alma a lo largo del viaje iniciático se equipara a la que acontece con la uva, fruto misterioso cuya agua madurada a la luz y al calor del sol se convierte luego en la oscuridad de la barrica (una matriz) en una sustancia de otra naturaleza; en un líquido simbólico que expande la conciencia, llevando incluso a la catarsis, a la apertura de un estado de "lucidez" que de contar con un guía interno (la doctrina, la vía simbólica) trastorna los sentidos, purifica y despierta el alma al mundo de los ángeles, los arcángeles, dioses o númenes con los que se equipara para ascender la escala helicoidal que remonta los cielos planetarios hasta la región más alta del empíreo. No porque sí, en hebreo "vino" (iod, iod, nun = 70) y "secreto" (samek, vav, dalet = 70) son palabras equivalentes ya que tienen el mismo valor numérico. Y además, 70 = 7 + 0 = 7 es el número de las sefiroth de construcción cósmica y de los peldaños de la escala iniciática en algunas tradiciones, y curiosamente es el mismo al que se reduce Caín = 100 + 10 + 50 = 160 = 1 + 6 + 0 =7, lo que ya veremos más adelante cómo se religa.

Y es sobre esta alquimia interna del anima, que Jesús conoce paso a paso porque la ha experimentado en sí, que comenzará a revelarla, a través de la Palabra, de sus gestos y de su propio proceso vital que es ejemplo vivo de los grados de la Gran Obra. En el relato de esta boda también se pone de relieve la entrega total de la madre, que dona lo mejor de sí misma, su propio hijo, como ofrenda sacrificial en la que se seguirá escribiendo el discurso de una gesta mítica que nombra con la Palabra todo lo nombrable -la cosmogonía completa-, como mapa de ruta para remontarse a la casa del Padre, pues"nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto" (Juan 13, 6-7).

Son multitudes las que se acercan y prestan oído al mensaje revolucionario de este provocador que ha venido a hacer cumplir la ley divina liberadora -que no es dogma sino doctrina-, pero al mismo tiempo a romper con los clichés humanos rígidos, hipócritas, legalistas y siempre insuficientes que cortan las alas al vuelo interior hacia la conquista del Origen increado. Y no es casualidad que muchas de las seguidoras sean hembras que aparecen con el nombre de María, empezando como hemos visto por su madre, y también por María la madre de Santiago y José, María mujer de Clopás, y otras…

"Y sucedió que a continuación iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios. Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes". (Lucas 8, 1-3)

Es de destacar que las mujeres que lo buscan, se le acercan, lo llaman y le tocan las vestiduras son enfermas o pecadoras, tal la hemorroísa, la encorvada, la poseída por demonios, la adúltera, la ya difunta hija de Jairo, etc., las cuales experimentan una total transmutación ante la presencia del Mesías. Este hecho extraordinario sólo puede comprenderse a la luz de la visión mágico-teúrgica de la existencia; si las relaciones analógicas entre distintos órdenes de la realidad se rompen o debilitan, se originan entonces desequilibrios, enfermedades, ignorancia o error (que es lo que es el pecado), sobre todo si lo que se corta o desdibuja es el vínculo entre la realidad material y psíquica (correspondiente al cuerpo y el alma individual) con la de las ideas universales generadoras y nutricias que sustentan esos mundos inferiores, las que a su vez emanan de los principios arquetípicos eternos. Cuando Jesús les dice a todas ellas: "Tu fe te ha salvado", no está aludiendo a una ciega creencia en poderes personales que sanan desde afuera, sino que ahí se apela al despertar de aquellas hembras a la aprehensión unitaria del cosmos que todo lo incluye como manifestación de un misterio insondable que se da a conocer a sí mismo a través de su creación. Y ese reconocimiento, que implica la muerte a un punto de vista profano, dual y fragmentado, conlleva de inmediato el nacimiento a una nueva vida y a la posibilidad de que aquella experiencia de unidad que se ha producido virtualmente en un espacio virgen del alma, pueda completarse si se resiguen todos los jalones de la vía de Conocimiento, expresada en los Evangelios como un sendero que retorna a la fuente de agua viva (fuente es "ayin" = ayin, iod, nun = 130 = 13, palabra que también significa "ojo"), a esas aguas celestes que brotan del manantial de la Sabiduría que el propio Jesús simboliza, tal como le transmite a una mujer samaritana: …"el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna" (Juan 4, 14-15).

Así comienza un largo proceso de reconstrucción, pues lo conocido de modo virtual debe realizarse efectivamente, pero ¿cómo?

"Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios" (Lucas 9, 62) -empieza diciendo el guía interno. "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar el hombro" (Lucas 9, 58). "No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis" (Lucas 12, 22). "Velad". "No juzguéis, para que no seáis juzgados" (Mateo, 7, 1)."El reino de Dios viene sin dejarse sentir… porque el Reino de Dios ya está entre vosotros" (Lucas 17, 20-21). "No amontonéis tesoros en la tierra… amontonaos más bien tesoros en el cielo… Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón" (Mateo 6, 19-21). Y seguiríamos espigando muchas de sus palabras a modo de ideas fuerza que insinúan el sendero a seguir; palabras remitidas al centro del ser humano, que cobran sentido en la soledad de la meditación, donde siempre la contemplación es jerárquicamente superior a la acción, y en todo caso ésta última deriva de la intelección producida en el silencio:

"Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: 'Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude'. Le respondió el Señor: 'Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada'". (Lucas 10, 38-42)

Pues, "al que tiene se le dará, y al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará"; por supuesto que todo este mensaje es paradójico, desacondicionador y de la sola incumbencia del que lo vive en el campo invisible de la conciencia, de ahí su enorme dificultad para llevarlo a cabo, ya que uno siempre querría comprobaciones sensibles -las más de las veces engañosas o estériles en sí mismas-, cuando la única confirmación es una certeza interna que no necesita justificante ni certificado de autenticidad, pues es verdadera en sí misma y sólo se puede contemplar desde el ojo del corazón.

Jesús enseña a las multitudes con parábolas, a los discípulos les habla en privado y de modo directo acerca del Reino de los cielos, y con María Magdalena, aquella mujer de familia pudiente que llevó una vida de placer y desidia hasta que conoció las enseñanzas del Maestro, la forma de transmisión es de otra naturaleza. El símbolo y el mito incluyen distintos niveles de lectura, concéntricos y cada vez más interiores, desde el literal, pasando por el alegórico, el sintético o simbólico y finalmente el arquetípico y secreto. La relación de Jesús y María Magdalena se inscribe en este tercer grado, que conduce hasta la puerta del cuarto, del cual nada podrá decirse por su naturaleza inefable. De aquella hembra se han destacado los dos extremos de una visión dual, ya sea la moralista-beata o bien la progresista y vulgarizadora, y tan pronto es la prostituta que se vuelve santa, como todo lo contario, la compañera demasiado humana de Jesús. Pero vamos a acercaremos a través de las escrituras aceptadas por la ortodoxia, así como por los Evangelios llamados apócrifos y otros textos de la literatura sagrada de la tradición hebrea e incluso de cabalistas cristianos posteriores, a esa visión simbólica y operativa de la relación enigmática entre el maestro y la de Magdala. Se dice en el Evangelio de Felipe a modo de presentación:

"Tres mujeres caminaban siempre con el Señor: María su madre; la hermana de ésta; y Magdalena que es denominada 'su compañera'. Así, pues, María es su hermana, y su madre, y es su compañera". (Evangelio de Felipe en Textos Gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi II. Evangelios, Hechos, Cartas. Editorial Trotta, Madrid, 2009)

Más adelante se agrega:

"Y la compañera del Salvador es María Magdalena. El Salvador la amaba más que a todos los discípulos, y la besaba frecuentemente en la boca. Los demás discípulos se acercaron a ella para preguntar. Ellos le dijeron: ¿Por qué la amas más que a todos nosotros? El Salvador respondió y les dijo: ¿Por qué no os amo a vosotros como a ella?". (Evangelio de Felipe, op. cit.)

María Magdalena figura en los evangelios sinópticos como "la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos" (Juan 11, 2). Criticada incluso por los mismos apóstoles por este gesto que consideraron un despilfarro, el Maestro sin embargo lo ensalzó para su gloria y la de ella, pues con él se anunciaba su próxima muerte, sepultura y la inminente resurrección. Y al fariseo con el que estaba cenando cuando la mujer lo cubría de perfumes, lágrimas y besos, le dice:

"'¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra'". (Lucas 7, 44-47)

Nos encontramos frente a una de las expresiones más misteriosas del amor, amor que es el eje de la existencia de este avatara, que no hace sino religar constantemente con la Palabra lo de arriba con lo de abajo: lo infrahumano, lo humano y lo divino, aunando Gracia y Misericordia con Rigor y Juicio, y equilibrando siempre el fiel de la balanza cósmica en el altar del sacrificio, el corazón que finalmente entrega y del que brotará el agua y la sangre nutricias y liberadoras. El Verbo del que es emisario impregna todos los mundos en su recorrido descendente, atando el cielo con la tierra, fecundándola y regenerándola, y señalando además que él mismo, en tanto que Verbo encarnado, es "el camino, la verdad y la vida" hacia la casa del Padre, el Sancta Sanctorum que alberga el misterio de la Suprema Identidad. Este camino gradual, angosto y estrecho que conduce del ara o corazón del templo a la puerta estrecha de la sumidad, la coronilla, sigue siendo Amor quien lo traza, y es en Amor donde se origina y concluye. La fuerza del Eros está muy presente en la literatura y en los textos sagrados y sapienciales de la tradición hebrea, a la que pertenece el maestro Jesús, y tiene uno de sus más bellos exponentes en el Cantar de los Cantares, donde se describe de forma poética ese viaje del alma hacia su origen con el que se fusiona, a través de una serie de imágenes que utilizan como soporte el cortejo del Novio y la Novia. Comienza el canto de Salomón aludiendo al extraño poder del beso, beso que es el que sella la unión de Cristo y María Magdalena:

"¡Qué me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores, mejores al olfato tus perfumes, ungüento derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas".

¿Por qué el beso?, nos preguntamos, y responde un comentario del Zohar:

"(Cant. 1, 2): 'Que me bese con los besos de su boca'. Esto lo dijo la Kneset Israel -es decir la Shekina-. Se pregunta: ¿Cuál es el sentido de 'Que me bese', no habría tenido que decir: ' ¿Que me ame', ¿Por qué 'Que me bese'? Se responde: Se nos ha enseñado que el besar es la unión de un espíritu [ruah] con otro espíritu, por ello el beso es en la boca, pues la boca es el origen y la fuente del espíritu. Y por esto en el amor, el beso es en la boca y se une espíritu con espíritu, sin haber separación del uno con el otro. Y debido a esto, aquel que muere [sheiotsé neshamato: 'que hace salir su alma'] en el beso, une su espíritu al espíritu del Santo, Bendito Sea y no se separa de él. Y esto es a lo que se llama beso, y por ello dice la Kneset Israel: 'Que me bese con los besos de su boca', a fin de que se una un espíritu a otro espíritu y no se separen nunca". (Zohar, vol. II, 124 b)

Y también:

"Las palabras (Cant. 1, 2): 'Que me bese con los besos de su boca' tienen la siguiente significación: El rey Salomón aspiraba a la unión del mundo superior con el mundo inferior. Y la unión de dos espíritus solo se realiza a través de un beso; cuando dos personas se besan en la boca, sus espíritus se unen hasta el punto de convertirse en uno. En el libro de R. Hamenuna el Anciano, las palabras: 'Que me bese con los besos de su boca', están aplicadas a los cuatro espíritus celestes suspendidos de las cuatro letras del Tetragrama [iod, he, vav, he]. Son los espíritus del amor, y cuando ellos se dan el beso, es cuando se expande aquí abajo la misericordia del palacio celeste denominada 'Amor'. Y cuando estos cuatro espíritus no se besan, el amor que emana del palacio celeste se convierte en ira cuando llega aquí abajo. Cuando los cuatro espíritus se besan, se funden en uno solo, y este espíritu desciende sobre la tierra para llevarle el amor y vuelve enseguida al palacio celeste donde permanece". (Zohar, vol. II, 146, b)

Todo lo cual tiene, pues, una repercusión no sólo alquímica sino teúrgica, operada a través de la lengua divina, que desde su boca invisible profiere el impronunciable nombre (YHVH) con el que crea, sostiene y aniquila el mundo y todos los seres, siendo el ser humano la criatura central que adhiriéndose a esas misteriosas cuatro letras (cada una de las cuales se corresponden con los mundos que la Cábala conoce como Asiyah, Yetsirah, Beriyah, Atsiluth) coadyuva a construir el universo, a mantener la armonía cósmica y a reunificarla con el Principio. "Beso", en hebreo, es una palabra compuesta por nun (50), shin (300), iod (10), kaf (100), (exactamente las mismas de Caín pero en otro orden, a saber, kaf, iod, nun, a las que se agrega shin, letra viril relacionada con el principio masculino del cosmos y que intercalada en el nombre impronunciable YHVH conforma YHSVH, Yeshua = Jesús, el que pronunciará lo que del Misterio puede pronunciarse; y esa misma shin agregada al nombre de Caín hace del beso el gesto viril de este personaje, o sea que deviene su emisario) y su valor numérico es 460 = 4 + 6 + 0 = 10 =1 + 0 = 1, por lo que el "beso" reúne en sí mismo al Principio, al Uno (1) y a la Totalidad (10) que lo refleja. Relacionado con esta función teúrgica del lenguaje, el cabalista zaragozano Abulafia nos ilumina con este texto que aúna la simbólica del eros y las letras:

"Y en virtud de su concentración, él prepara a la esposa para recibir el influjo de la potencia del esposo. Los elementos divinos, (o sea las letras emanadas) mueven a los inteligibles, y persistiendo en su concentración e intensificándola y reforzándola, por motivo de su gran deseo y de la fuerza de su anhelo y de la persistencia de su aspiración a alcanzar la unión y el beso, la fuerza de la esposa y su nombre y su potencia serán mencionados con benevolencia y serán preservados para siempre, ya que ésta es su ley. Y las cosas separadas serán unidas, y las unidas serán separadas, y la realidad será transformada". (citado en: Moshe Idel, Cábala y Eros, Ed. Siruela, Madrid, 2009, pág. 98)

Y prosigue el mismo cabalista:

"El nombre divino [el Tetragrama] está compuesto por dos partes, puesto que hay dos partes de amor [dividido entre] dos amantes, y las [dos partes de] amor se convierten en una sola cuando el amor se realiza. El amor intelectual divino y el amor intelectual humano se unen convirtiéndose en una sola cosa. Precisamente así el nombre de Dios incluye [las palabras] uno uno, puesto que la existencia humana está comunicada con la existencia divina durante la intelección -que es idéntica al intelecto en su existencia- hasta que él y Él no se convierten en una sola [entidad]. Este es el gran poder del hombre: él puede comunicar la parte inferior con la superior, y la parte inferior se elevará y se unirá a la superior, y la parte superior descenderá y besará a la entidad que asciende hacia ella, como un esposo besa a su esposa por motivo de su deseo, grande y real, característico del gozo de ambos, por el poder del nombre de Dios". (op. cit., pág. 99)

Pues ya se sabe que YHVH tiene valor 26, que es a su vez la suma de "Amor" (alef, he, beth, he = 13) más "Uno" (alef, het, dalet = 13); y no es casualidad que otra de las maneras de escribir "Jesús" sea con iod, he, vav, shin, ayin = 391 = 3 + 9 + 1 = 13, que es el mismo valor que el de "Mesías" (mem, shin, iod, he = 355 = 3 + 5 + 5 = 13), con lo que estos cuatro nombres, a saber, Amor, Uno, Jesús y Mesías, se identifican entre sí por su gematría y sumados dos a dos siempre remiten a YHVH. Por otra parte ya hemos visto que "Miriam", "fuente" y "ojo" se reducen también al valor numérico 13, lo que conjugando a pares todas estas palabras nos dan la clave de la relación de Jesús y María o Miriam. Se trata de un vínculo de Amor que partiendo del Uno a él retorna, a la "fuente" original, a través del "ojo" del corazón, o sea de esa mirada interior, intelectual, que posibilita la asunción del YHVH, gracias al poder del beso y a todas las nupcias que él promueve.

En el Cantar de los Cantares el beso abre la puerta al palacio del Amor -a la cosmogonía completa graficada por el lenguaje divino-, en cuya estancia más recóndita se esconde la Sabiduría: "Negra soy pero graciosa" -dice la diosa nomás comenzar el poema-, la cual se revelará en la conciencia de los amantes que la amen con toda el alma. Es tanta su generosidad que siempre va dejando pistas, las huellas del rebaño de ovejas que hacia ella se dirigen. Atraídos por la Virgen Negra, los novios comienzan su cortejo con palabras inflamadas, y se adentran en un ámbito secreto, oscuro y embriagador: "Me ha llevado a la bodega, y el pendón que enarbola sobre mí es amor", a la casa del vino, ¡de nuevo el vino!, donde el líquido espirituoso abrirá la mente a concepciones universales. Se oye la voz del amado: "¡Levántate amada mía, hermosa mía y vente!", pues "Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya", "Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada". A lo que la novia responde:"¡Entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos!". Y entonces él: "Ya he entrado en mi huerto, hermana mía, novia; he tomado mi mirra con mi bálsamo, he comido mi miel con su panal, he bebido mi vino con mi leche. ¡Comed, amigos, bebed, oh queridos embriagaos!".

Lenguaje arrobador, gracias al cual el alma es cautivada, raptada y conducida una y otra vez a realizar todas las bodas alquímicas, que se siguen expresando en el poema de Salomón como un juego de encuentros y desencuentros, acercamientos y alejamientos, atracciones y rechazos, mecidos siempre al vaivén de un solo canto que conjuga todas las tensiones: "Yo dormía pero mi corazón velaba ¡La voz de mi amado que llama!", "¡Ábreme hermana mía!", "Mi amado metió la mano por la hendidura y por él se estremecieron mis entrañas… Abrí a mi amado, pero mi amado se había ido de largo. El alma se me salió en su huida. Le busqué y no le hallé, le llamé y no me respondió"... y así paso a paso, perseverando en la lucha vertical por el eje inmutable del mundo, los amantes se aproximan a la cámara más interna, a la auténtica matriz cósmica que ha parido, pare y parirá todos los seres. Los que en ella ingresan son los que aun siendo novios se han reconocido entonces como hermanos, hijos de una misma madre, divina:

"¡Ah! Si fueras tú un hermano mío amamantado a los pechos de mi madre. Podría besarte al encontrarte afuera sin que me despreciaran. Te llevaría, te introduciría en la casa de mi madre y tú me enseñarías…"

Vivencia absolutamente secreta, inexplicable, la de la copula del Alma y el Espíritu en el Sancta Sanctorum del templo; sólo al asomar de nuevo el rostro hacia el mundo de la ilusión cósmica, la Shekinah, la divina inmanencia, da testimonio de una realidad que es Unidad sin atisbo de dualidad:

"¿Quién es ésta que sube del desierto apoyada en su amado?

Debajo del manzano te desperté, allí donde te concibió tu madre, donde concibió la que te dio a luz. Ponme cual sello sobre tu corazón, como un sello en tu brazo. Porque es fuerte el amor como la muerte, implacable como el Seol la pasión. Saetas de fuego sus saetas, una llama de Yahve. Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por el amor, se granjearía desprecio". (Todas estas últimas citas pertenecen a el Cantar de los Cantares de Salomón)


Y es que el beso, además de efectivizar la unión a todos los niveles posibles, mata, o mejor dicho, es justamente porque provoca la muerte que la unión se realiza. Recordemos que la muerte se vincula con el número 13 antes tratado, y bien se dice que sólo penetrando los misterios de la muerte y del amor se conocen los de la Inmortalidad, pues como explicaban los sabios renacentistas: "morir es amar o ser amado por un dios, y amar es morir o ser muerto por un dios"; y en palabras de Lorenzo de Medici: "quienquiera que viva para el amor, muere primero para todo lo demás. Y si el amor tiene alguna perfección en sí… es imposible llegar a esa perfección sin morir primero respecto a todas las cosas imperfectas" (citado en: Edgar Wind, Los misterios paganos del Renacimiento, Barral editores, Barcelona, 1972, pág. 160). Vivir es morir y muriendo resucitamos, y esto es así porque es así, pues ya la palabra muerte lleva en sí misma implícita la resurrección: "mavet" = mem, vav, tav= 40 + 6 + 400= 446 = 4 + 4+ 6 = 14, número del arcano XIV del Tarot, la Templanza:

"Símbolo de la resurrección y la nueva vida. Aquí tenemos a una mujer alada, en actitud de vuelo, mezclando el contenido de dos vasijas, combinando las energías contrarias, a las que complementa, lo que también está simbolizado por los colores de sus vestidos. Se puede ver en ella a las Musas y a las Gracias que inspiran al artista, y en general al Arte como vehículo de conocimiento. Abre nuestra mente a nuevos aspectos del ser, cada vez más profundos y sutiles…" (Federico González, Tarot, mtm-editores, Barcelona, 2008).

Escuchemos como Pico de la Mirandola ahondó en esta simbólica que conjuga vida-muerte-inmortalidad relacionada con el beso, en un texto en el que sintetizó enseñanzas cristianas, hebreas y paganas:

"Puede además con la primera muerte, que es separación sólo del alma respecto del cuerpo, y no al revés, ver el amante a la amada Venus celeste, y cara a cara con ella, razonando sobre su divina imagen, nutrir felizmente sus ojos purificados; pero quien quiera poseerla todavía más íntimamente, y no contento con sólo verla y escucharla, ser digno de sus abrazos más íntimos y sus besos más anhelados, debe con la segunda muerte separarse completamente del cuerpo, y entonces no sólo verá y escuchará a la Venus celeste, sino que con un nudo indesligable se abrazará a ella, y volcando el alma con besos el uno en el otro no cambiarán, sino en la medida en que se unan con tanta perfección que, cada una de ellas, dos almas, y ambas una sola alma, podrán llamarse. Y advierte que la más perfecta e íntima unión que puede tener el amante con la amada celeste se demuestra con la unión del beso, porque no es lícito usar unión o cópula alguna que vaya más allá de este santo y sagradísimo amor, como las que se usan en el amor corporal; y porque los sabios cabalistas quieren que muchos de los antiguos padres en dicho rapto del intelecto hayan muerto, encontrarás entre ellos muchos que han muerto de 'binsica', que en nuestra lengua significa morir por el beso; lo que se dice de Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Aarón, María y algún otro. Y quien no entienda el dicho principio, no entenderá nunca perfectamente su intención; y no leerá en sus libros sino que 'binsica', esto es la muerte por el beso, es cuando el alma, en el rapto intelectual, tanto se une a las cosas separadas que, elevada del cuerpo, en todo lo abandona; pero por qué conviene a muerte semejante dicho nombre no ha sido, por cuanto he podido leer, expuesto hasta ahora por nadie". (Pico de la Mirandola, Comentario a una canción de amor de Girolamo Benivieni, PPU, Barcelona, 2006)

Y a continuación el veneciano Francesco Giorgi o Zorzi sigue profundizando en estas realidades espirituales:

"Al no ser suficiente el hecho de elevar al hombre hasta la unión con Dios, nos esforzaremos en hacerle progresar y conducirle hasta el último grado, es decir, a la transmutación del cuerpo en espíritu, y del espíritu en Dios. De los cuales ha dicho el Apóstol: 'Esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo quien reformará el cuerpo de nuestra humildad conforme al cuerpo de su claridad'. En otro lugar declara cual será esta reforma, cuando dice: 'Aquel que es animal está sembrado, aquel que es espiritual lo resolverá'; por otro lado, el Evangelista ha dicho: 'Les ha dado el poder de ser hechos hijos de Dios, a saber, cuando los hombres son transformados en la misma imagen de Dios'. Dicha transformación se logra mediante el rapto del espíritu y éxtasis, que los hebreos llaman la muerte del beso, de la cual en el Cantar de David se dice (Sal. 116, 15): 'Preciosa en la presencia del Señor es la muerte de los santos'. Porque en el rapto del espíritu, el hombre muere por este beso, del cual el sabio ha dicho en los Cantares: (1, 2):'Que me bese con los besos de su boca'. Ya que el hombre, estando en el rapto del espíritu muere al cuerpo, de manera que su vida ya no vive, y entonces no recibe ninguna ayuda ni socorro, aunque el cuerpo no haya sido destituido de la vigorosa virtud del alma, la cual en tal rapto y éxtasis apoyada sobre Dios en un cierto beso, es unida con Dios gozando con Él de una dulzura tan grande que hace olvidar todas las cosas exteriores, incluso el propio cuerpo que ella abandona viviente pero privado de sentidos y como medio muerto. Esto es lo que explica san Pablo cuando dice (Col. 3, 3): ‘Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios’, el cual recibe el alma y la une con una fe tan fuerte que el hombre vive entonces más la vida de Cristo que su propia vida. Pero esta transformación no solamente se hace por la iluminación del pensamiento sino también por el amor que une, que es un fuego divino, que se funde, que se une y que se transforma". (Francesco Giorgi, De harmonia mundi, III, 7, c. 18.)

Para terminar con esta intervención de Filaleteo que apunta un "detalle" clave en todo este viaje simbólico que estamos resiguiendo:

"Los peldaños de la escalera [de Jacob] representan las naturalezas medias por las que Jacob se ha unido a Dios, la naturaleza inferior unida a la superior. Respecto a los ángeles de los que se dice que suben y bajan por la escalera, su movimiento demuestra que no eran de una jerarquía superior sino de ciertas otras esencias secretas, ya que primero subían y luego bajaban. En cambio, si hubieran sido de arriba, primero habrían bajado, lo cual es lo contrario del texto. Y aquí lector quiero ver tu conocimiento. Pero volviendo a Jacob está escrito que estaba dormido, pero esto es un discurso mítico, ya que significa la muerte, es decir esa muerte que los cabalistas llaman Mors Osculi o muerte del beso, de la que no diré ni una sílaba".(Filaleteo, L'Aquarium des sages, París, 1989, pág. 89)

¿A qué esencias secretas se refiere? ¿Quienes son estas entidades inferiores con las que uno debe equipararse para ascender la escala del conocimiento?

Sigamos el tramo final de la mano de nuestro guía interno. Jesús, aun habiendo penetrado completamente los misterios de la iniciación en su vida terrenal, que son como hemos visto los de la Inmortalidad, padeció la pasión y la muerte física después de instaurar el rito de la transmutación del vino en sangre, y del pan en carne. Se entregó entero y el dolor no estuvo ausente, pues como apunta Federico González en El Simbolismo Precolombino (op. cit., pág. 110-111):

"Hay una dialéctica del dolor. Dios es Amor y necesita Amor. Ama y es Amado. El dolor surge entonces como un ansia de ese amor y la imperiosa necesidad de amar. Todas las tradiciones del mundo han conocido esa paradoja, esta inversión y complementación, esta analogía que liga indestructiblemente a todos los pueblos entre sí y constituye la dinámica del mundo. El dolor como forma de amor a Dios constituye parte de la dialéctica de la creación y no solo era practicada por la tradición judeocristiana, por los descubridores, sino también y de modo muy riguroso por los precolombinos. Este tipo de sacrificio, muchas veces sangriento, adquiría su pleno sentido en las pruebas de iniciación, donde el Conocimiento y la preparación a otras realidades y formas de percibir diferentes, auténticas y verdaderas, necesitaba de la propia esencia, del ser del iniciado".

Tal es así que Jesús es crucificado. A los pies de la cruz varias mujeres lo acompañaban: su madre, María Magdalena y María de Clopás. Cuando uno de los soldados que hacían la guardia atravesó el corazón del Señor con una lanza, al instante brotó agua y sangre, bañando la tierra del Gólgota (que significa "calavera" en hebreo), justamente donde la tradición dice que se localizaba la tumba de Adán. "Tierra" es "adamah" (alef, dalet, mem, he), que contiene "Adam" (alef, dalet, mem, nombre de Adán en hebreo) y también "dam" (dalet, mem), que es sangre. Con la sangre derramada del Cristo, la tierra se regenera, los ciclos se renuevan y el ser humano se realiza plenamente como tal; pero aún hay más. Cristo no encarna solamente la asunción del Hombre verdadero, sino del Hombre Universal o Trascendente. El mito también explica que José de Arimatea recogió el precioso líquido del corazón de Jesús en una copa tallada por los ángeles en el Paraíso, justamente con la esmeralda que se desprendió del tercer ojo de Lucifer, el ángel de la luz que había fecundado a Eva engendrando a Caín, el vástago de ascendencia no humana, prototipo del iniciado de todos los tiempos y lugares. Esa copa es también la que conforman las mujeres que reciben y acogen la sangre alrededor de la cruz, líquido que es el símbolo de la enseñanza tradicional que se vierte, se recoge y se habrá de devolver (tal cual el gesto de las tres Gracias) a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos, con lo cual ellas se hacen también depositarias de la doctrina y encargadas de transmitirla.

Además, Caín juega aquí un papel muy oculto, oscuro, pero fundamental. El hijo de la luz, el de divina ascendencia que mata a su hermano demasiado humano Abel y es odiado desde entonces por toda la humanidad amnésica que reniega de la realidad metafísica, es obligado a peregrinar como extranjero por el tiempo y el espacio asumiendo en medio de múltiples contradicciones la misión de perpetuar las verdades eternas hasta el fin de los tiempos del ciclo que él también encabeza y debe concluir.

"'Pues bien -le dice YHVH- maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará más su fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra'. Entonces dijo Caín a YHVH: 'Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará'. Respondióle YHVH: 'Al contrario, quienquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces'. Y YHVH puso una señal a Caín para que nadie que le encontrara le atacara". (Gen. 4, 11-15)

Los nacidos del espíritu, o los nacidos dos veces, los iniciados que se saben depositarios de la semilla de inmortalidad en la caverna de su corazón se reconocen en esta entidad llamada Caín, e identificándose con ella conocen su genealogía suprahumana. "Semilla" es "zera", palabra formada por la letra zayin (que significa arma y tiene valor numeral 7), resh (cabeza, 200) y ayin (fuente, 70) lo que le da un valor de 277 = 2 + 7 + 7 = 16 = 1 + 6 = 7, y como ya vimos anteriormente éste es el número al que se reduce el nombre de Caín así como el de la marca que lo señala y protege y también es el de "vino" y "secreto". Caín es entonces el que adentra en la casa del "vino" y en un acto viril "besa", provocando la muerte y la resurrección, la unión a todos los niveles; esta entidad que se ha tenido que ocultar para salvaguardar la doctrina, que ha penetrado el mundo subterráneo domando todos sus númenes, se levanta del fondo de los abismos y con el "arma" afilada rasga los velos de la ignorancia y descubre en sí mismo la escala cósmica de siete peldaños que asciende hasta la "fuente". Traspasa la frontera de la creación demiúrgica y la Virgen Negra lo adentra en su "secreto". La "semilla" que porta en el centro de su nombre (la iod en medio de la kaf y la nun) -sembrada en el corazón de miles de iniciados- debe ser recogida y depositada en la copa esmeraldina, y restituida en la frente del ángel de la luz que es la residencia espiritual del Rey de Mundo, el Agartha. Entonces, la "kaf" con la que empieza el nombre de Caín, que significa "ojo de la aguja", abre la puerta más estrecha a los Misterios Mayores de los que nunca nada podrá ser expresado.

Jesús, el Caín redivivo, también es sepultado y transita por los corredores oscuros del inframundo, librando una temible batalla con las fuerzas oscuras, a las que somete por el poder de la Palabra, resucitando victorioso al tercer día y ascendiendo a los cielos donde se sienta en el trono del Padre, pues no hay dualidad entre uno y otro. María Magdalena sigue siendo la elegida para grabar en su alma el proceso completo de este viaje iniciático; a ella se le aparece el Señor antes que a los demás discípulos y la envía para dar testimonio de la Buena Nueva:


"Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: 'Mujer, ¿por qué lloras?' Ella les respondió: 'Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto'. Dicho esto, se volvió y vio a Jesús. Le dice Jesús: 'Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quien buscas?' Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: 'Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré'. Jesús le dice: 'María'. Ella se vuelve y le dice en hebreo: 'Rabbuní' –que quiere decir: 'Maestro'-. Dícele Jesús: 'No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete dónde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios'. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras". (Juan 20, 11-18)

Cuando Jesús ya ha resucitado, reunidos los apóstoles con María Magdalena, Pedro la interpela, y ella continúa transmitiendo las verdades grabadas, talladas y esculpidas desde siempre en su alma:

"Mariam, hermana, nosotros sabemos que el Salvador te apreciaba más que a las demás mujeres. Danos cuenta de las palabras del Salvador que recuerdes, que tú conoces y nosotros no, que nosotros no hemos escuchado. Mariam respondió diciendo: 'Lo que está escondido para vosotros os lo anunciaré', entonces comenzó el siguiente relato:
'Yo -dijo- vi al Señor en una visión y le dije: 'Señor, hoy te he visto en una visión'. El respondió y me dijo: 'Bienaventurada eres, pues no te has turbado al verme, pues allí donde está el Intelecto, allí está el tesoro'. Yo le dije: 'Señor, ahora, el que ve la visión ¿la ve en alma o en espíritu?'. El Salvador respondió y dijo: 'No la ve ni en alma ni en espíritu, sino que es el Intelecto que se halla en medio de ellos el que ve la visión'...". (Evangelio de María enTextos Gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi II. Evangelios, Hechos, Cartas. Editorial Trotta, Madrid, 2009)

Y para terminar les dirige estas enseñanzas:

"La ligadura del olvido dura un instante. En adelante alcanzaré el reposo del tiempo (kairós), del tiempo (chronos), (el reposo) de la eternidad, en silencio. Después de decir esto, Mariam permaneció en silencio, dado que el Salvador había hablado con ella hasta aquí" (op. cit.).

Más allá ya no hay palabras, ni atributos, ni calificativos, ni viaje, ni esto, ni lo otro, ni subida, ni bajada. Solamente el Secreto, impronunciable. Toda la navegación es una preparación para el salto al vacío ilimitado.

P. S.: No se ha querido acompañar el texto con ninguna imagen para romper con los miles de prejuicios acerca de estas ideas que siempre pueden recuperar la virginidad de su origen.

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