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miércoles, 29 de junio de 2016

Leonor de Aquitania Constructora de una Utopía en el medioevo

Leonor de Aquitania 
Constructora de una Utopía en el medioevo

Músicos y trovadores 
Codex Manesse, s. XIV


Duquesa de Aquitania, condesa de Poitiers, reina de Francia y luego de Inglaterra a lo largo del siglo XII, la vida de esta controvertida mujer se circunscribe a la de un mito vivo. Ejerció el arte del gobierno junto a sus dos maridos y por momentos en solitario, participó en la segunda Cruzada, se inclinó hacia el estudio de las artes liberales desde su infancia, promoviendo más adelante las denominadas "cortes de amor"; engendró diez hijos entre los que destacan Ricardo Corazón de León y María de Champaña; amó y odió y se mantuvo firme, activa y fiel a sus ideales hasta el fin de su longeva vida.

Nieta de Guillermo IX de Aquitania, apodado el Trovador, e hija de Guillermo X -duque de Aquitania y conde de Poitou o sea de todo el sudeste de la Francia actual-, esta mujer nacida alrededor del año 1122 fue instruida en un ambiente culto y a la vez guerrero, y al decir del historiador Jean Markale, que le ha dedicado un libro bien interesante:

Hay que destacar que no se escatimó absolutamente ningún recurso para darle una educación cuidada, digna, en todos sus aspectos, de su rango, y de la pretensión de la casa de Aquitania de estar entre las más evolucionadas y refinadas de su tiempo. Se la proveyó, igual que a su hermana Petronila, de preceptores hábiles. Aprendió el latín y la lengua norte, además de otras lenguas. Adquirió la costumbre de frecuentar a los trovadores, de escuchar sus cantos y relatos. La corte de Poitiers, que ella hiciera célebre, después, con sus famosas "cortes de amor", era, desde hacía mucho tiempo, el lugar de encuentro de toda una fauna intelectual venida de países diferentes. Se encontraban, en este país-frontera entre la lengua de oc y la lengua de oïl, trovadores y troveros, bardos armoricanos o bretones insulares, hasta musulmanes llegados de España. El medio cultural que rodeó a Leonor durante su infancia y adolescencia explica todo el interés que ella manifestó más tarde por las artes y las letras, y también su inteligencia personal. (J. Markale,La vida, la leyenda, la influencia de Leonor de Aquitania, dama de los trovadores y bardos bretones. José J. de Olañeta editor, Palma de Mallorca, 1999)

Tan es así que incluso en la escultura que cubre su sepulcro, aún hoy visible en la abadía de Fontevraud, se la puede contemplar con un libro abierto entre sus manos.

Talla del sepulcro de la reina muerta en 1204

En todas las crónicas y documentos se destaca su extraordinaria belleza, la fuerza de su carácter, su espíritu libre, emprendedor y luchador, una inteligencia despierta y una gran habilidad estratégica, así como el magnetismo que ejercía y la inspiración que infundía en todo su entorno, siempre luminoso, marcial y musical, por lo que no le han faltado admiradores y por supuesto detractores, tanto en su tiempo como posteriormente, ya que es una constante, cuando sólo se pone el acento sobre la individualidad, que surjan los juicios morales y políticos tan cambiantes como las modas o las tendencias. Pero lo cierto es que esta reina cumplió una función ejemplar que fue mucho más allá de sus simples ambiciones personales (que muy probablemente las tuvo), o de los intereses de su linaje o de los de los territorios en los que ejerció como soberana.

Podríamos decir que en su persona coagularon ciertas energías universales o arquetípicas que fue actuando cada vez más conscientemente a lo largo de su prolongada existencia, o sea que se prestó a cumplir con su destino: el de aglutinar diversas corrientes de pensamiento tradicionales vivas en el medioevo (los restos de la tradición celta todavía palpitantes en las leyendas artúricas y del mago Merlín y los símbolos fundamentales de la cultura judeo-cristiana y pagana muy presentes en las tierras en las que gobernó) y sintetizarlas, recuperando la noción de un centro -que se había desdibujado desde la caída del Imperio carolingio- alrededor del cual debía revitalizarse toda la civilización (el imperio angevino que se extendió durante el reinado de ella y su segundo esposo Enrique II de Plantagenet representó ese intento), partiendo del nivel más alto, o sea del espiritual-intelectual, y de ahí para abajo, ordenando todos los estamentos de la sociedad. Y para ello apoyó y potenció con tesón el cultivo del arte de la palabra, de la poesía, de la música y la danza -tan presente en las "cortes de amor" que ideó- inseparables de las gestas marciales, o sea, de la vivencia simbólica y sagrada de la guerra; Leonor actuó como inspiradora y mecenas de una nueva corriente literaria en lengua romance que fue decisiva para irradiar las ideas siempre vivas y perennes emanadas de la Tradición Unánime, haciendo que coagularan sobre la tierra en el momento histórico que le tocó vivir.

Dos danzantes
Codex Manesse, s. XIV

Muchos historiadores presentan a esta reina como la artífice de una utopía literaria -pero acaban tildándola de irreal y por ello de irrealizable-, e incluso la interpretan como una especie de válvula de escape o de entretenimiento que diseñó para las féminas nobles de aquel tiempo, demasiado dominadas por los varones y con la necesidad de hacerse con un espacio propio, cuando a nuestro entender, pensamos que en aquel momento todavía pervivía la visión sagrada del mundo, y se sabía que cualquier civilización se sustenta y fundamenta en el mundo de los arquetipos y de las ideas, verdaderos inspiradores de todas las manifestaciones secundarias derivadas de esos órdenes principiales. En este sentido, y aunque no compartimos el punto de vista del historiador que citamos, sí nos resulta muy útil la información que aporta acerca de la importancia de la utopía en el pensamiento de Leonor:

La finalidad de Leonor fue construir una nueva sociedad feudal basada en el respeto al juramento de fidelidad, el conocimiento perfecto del mundo y de sus secretos, la buena relación de unos y otros, el lujo y la prosperidad. Es evidentemente una sociedad ideal, y la Utopía no está lejos. Se piensa en esas leyendas celtas de la Tierra de las Hadas, allí donde reina una mujer misteriosa, que dispone de poderes casi divinos, heredera de antiguas diosas solares, brillando sobre el universo con todo su encanto y todo su poder de imantación. Ella quiso, en esta corte de Poitiers, sentirse en el centro de un mundo cerrado y perfecto, del cual estuviera erradicada cualquier mezquindad. Es el mito de la isla de Avalon que vuelve a la superficie. El mismo que encontraremos, un siglo después, en la vasta novela Lancelot en Prose, en particular en la descripción que se hace del extraño mundo de la Dama del Lago. El sueño de Leonor se manifiesta de forma casi consciente, como si los autores de la novela hubieran conservado la nostalgia de ese instante entrevisto. Es también el universo de la condesa de Poitou el que el clérigo Ulrich von Zatzikhoven, en su versión primitiva de la leyenda, imagina: 'Ella era reina, la mejor que ha existido hasta ahora. Era una mujer llena de sabiduría. Diez mil mujeres vivían con ella, en su tierra, y no conocían al hombre ni las leyes de los hombres. Todas las mujeres vestían ropas y mantos de seda bordados de oro... Todo el año esta tierra florecía como si fuera el mes de mayo...'

Estamos, evidentemente, en los dominios de la más pura Utopía. Es el reino de las hadas. Ese universo irreal correspondía a un ideal ginecocrático que se afirmaba entre las mujeres de la nobleza, una vez que comprendieron que se las había apartado voluntariamente del poder. Pero como su revuelta no podía tener otro medio que el sueño y la poesía, intentaban extraer de ellos el máximo de posibilidades. (...) Hay que pensar que, habiendo agotado todos los medios de persuasión, las mujeres decidieron servirse de una especie de arma secreta que era inherente al encanto y aún a su condición. El arma secreta no era otra que el fino amor. (J. Markale, op. cit.)

Sello de Leonor de Aquitania

Nosotros vemos en este término del fino amor una idea-fuerza, el motor generador y cohesionador de un proyecto intelectual de gran alcance, con repercusiones en el ámbito espiritual, cultural, social y político que aquella mujer fue entreviendo, promoviendo y expandiendo en todos los territorios en los que reinó. El "amor cortés" se sirvió de la palabra ritmada, de la poesía, del canto y de la música como vehiculadores de las verdades eternas, reveladoras del orden interno del universo y del hombre; la lengua de oc -que es como se la denominó, o el lenguaje de los pájaros-, es en realidad el lenguaje del símbolo, trasmisor del conocimiento de la cosmogonía, dotado por ello de un inmenso poder creador y a la vez transmutador. Pero, ¿cómo se gestó y se fue desarrollando ese proyecto utópico en el pensamiento de la reina? Y, ¿cómo lo fue llevando a cabo?

Ya hemos visto el ambiente culto y abierto de la corte donde nació Leonor, pues tanto su abuelo como su padre, y también su tío Raimundo de Poitiers, fueron grandes protectores de poetas, trovadores y juglares venidos de las tierras hispánicas así como de las insulares bretonas, trayendo consigo la poesía místico-amorosa musulmana y persa y por otro lado todo el caudal de leyendas, gestas y relatos épicos celtas en los que la mujer tenía un papel intelectual destacado en la búsqueda y realización del Conocimiento.

El Caballero y su Dama
Codex Manesse, s. XIV

Estamos en el último periodo de la compleja época feudal -claramente jerarquizada y ensamblada a imitación del modelo del cosmos-, con infinidad de pequeñas cortes que deben someterse y jurar fidelidad a su señor, cuestión indispensable para que se mantenga el buen gobierno de un territorio más o menos vasto que reproduce en pequeño al universo. En la cúspide, el Caballero y su esposa, la Dama; por encima sólo Amor, símbolo del Principio, del Origen del que emana el cosmos, que necesita de la polarización en un principio masculino y en otro femenino para generar todo su despliegue, así como de la constante complementación de ese aparente par de opuestos para mantener un equilibrio siempre difícil, que finalmente hará retornar toda aquella manifestación sexuada a su Origen único e increado.

En este andamiaje orgánico todo está, pues, íntimamente religado, siempre y cuando se mantenga vivo el recuerdo de esas ideas motrices, las cuales deben ser reconocidas y actuadas a distintos niveles por los seres humanos que conforman la sociedad. A la Dama corresponde entonces un papel receptivo e imantador, siendo su lugar de actuación la corte; simboliza a la sustancia universal indiferenciada, capaz de albergar en potencia todas las ideas y formas sutiles, y de seleccionarlas, combinarlas, gestarlas, alumbrarlas y difundirlas en los corazones de los adeptos, que al recibirlas se sentirán atraídos por su irresistible fuerza, análoga a la de la gravedad, y emprenderán la batalla interna del alma que busca retornar a su origen, análogo a su destino. Esto hace que la Dama ejerza una función nuclear, protectora y atractiva a la vez, y que en ella cristalicen los más altos atributos de la deidad, es decir, la Sabiduría, la Inteligencia y la Belleza. Todos los vasallos, caballeros, bardos, poetas y trovadores, le rinden pleitesía y encaminan sus gestas y hazañas para alcanzarla, o sea para conquistar lo que ella simboliza, esto es la posibilidad de un alma totalmente regenerada que se unirá así al Espíritu, liberándose de las cadenas de lo perentorio y participando de la Inmortalidad. 

"L'Epître d'Othéa" de Cristina de Pizán (s. XV)
Venus derramando corazones sobre sus adeptos

Como contraparte, el señor feudal es el prototipo del principio masculino, activo; su función principal es la guerra, a la que se dedica en cuerpo y alma para defender sus posesiones y conquistar nuevas fronteras, contando con la fidelidad incondicional de todos los vasallos y caballeros adheridos a sus filas, los que toman a la Dama -esposa de su señor-, como referente del fin último por el que luchar. Por su "Señora" están dispuestos a emprender cualquier hazaña, pero también a perderlo y entregarlo todo, hasta su vida, si con ello conquistan su corazón. La reciprocidad de ese vínculo sutil -de naturaleza más intelectual que carnal o afectivo-, hace que la Dama les infunda valentía, coraje, generosidad y sabiduría, virtudes que son las que caracterizan al guerrero. Se trata de una dialéctica indisoluble entre la Gracia y el Rigor que tiene su origen en Amor, en la Unidad. Amor es el verdadero principio de los seres y las cosas, así como el eje vertebrador del mundo, el vehículo de la manifestación, y el soporte o la escala para realizar el viaje ascendente de retorno a su morada. Vemos, pues, que en plena edad media seguía viva la idea que Platón expresó tan nítidamente en su diálogo El Banquete: Amor, el dios más joven y el más antiguo; el principio, el medio y el fin. Por otra parte, y aunque este tema no podrá ser tratado en el trabajo que aquí nos ocupa, este mismo Amor estaba en el centro de las organizaciones iniciáticas de corte militar y caballeresco que existieron en esta época, tal la de los monjes-guerreros templarios, organizaciones en las que los varones, utilizando como soporte el arte de la guerra, pudieron realizar el viaje de Conocimiento de su Identidad.

Combate ante las damas
Codex Manesse, s. XIV 

Leonor, nacida en el seno de un mundo que todavía tenía esta visión sagrada, fue reconociendo ciertas señales, fue jugando las cartas que se le daban en cada momento y construyendo poco a poco una Utopía, en cuyo centro situó a Amor y a la Palabra como vehículo de transmisión de esa concepción en todo conforme al orden interno del Universo.

Cuando se casó en 1137 con Luis VII -heredero del trono de Francia- y se trasladó a París con quince años, ya hizo los primeros intentos de llevarse consigo una pléyade de artistas dedicados a las artes y las letras, cosa que no fue de muy buen recibo en la corte del joven Luis, más bien taciturno, extremadamente religioso y poco dado a festejos, danzas y cantos trovadorescos, en contraposición a la liberalidad de costumbres de aquella bellísima joven impregnada de la poesía de los clásicos y de la de los bardos bretones que le acercaron el mundo mitológico y mágico de la cultura celta.

Boda de Luis VII y Leonor de Aquitania
Grandes Crónicas de Francia, Ms. 12, 217 (s. XIV)

En 1148 comenzó la Segunda Cruzada, y el ahora ya rey, muy piadoso y de costumbres monacales, quiso participar en ella desplegando un inmenso ejército para defender Jerusalén y otros lugares santos. Leonor lo acompañó, con todo su séquito de damas. No hay constancia de que las mujeres participaran activamente en la batalla, pero con este peregrinaje se empezó a gestar el mito vivo de una reina espléndida que emulaba a aquellas guerreras amazonas y también a las reinas-magas-guerreras celtas, iniciadoras en los misterios de la guerra y la sexualidad de los héroes de las islas británicas. Leonor viaja además con todos aquellos caballeros que habían jurado vasallaje a su esposo y que reconocían en ella a la Dama incitadora del Amor más alto, aunque la leyenda de este larguísimo viaje no está exenta de murmuraciones acerca del romance que mantuvo con alguno de los caballeros más allegados, e incluso con su tío carnal, Raimundo de Poitiers -con el que estuvo muy unida desde su infancia, compartiendo la pasión por el estudio y las artes-, que en ese momento era príncipe de Antioquía (cargo que detentó desde 1136 a 1149) y que los recibió en su palacio. Por otra parte, el arribo a Bizancio, y luego a la ciudad Santa, le hizo conocer esas cortes de ensueño del próximo oriente y la puso en contacto con las corrientes culturales allí conservadas.


Codex Manesse, s. XIV

Al poco de regresar de esta gesta en la que los ejércitos de Luis VII y de otros reyes de Occidente fueron vencidos, la relación de los esposos se deteriora profundamente, y aunque median como conciliadores el mismo Bernardo de Claraval y el Papa Eugenio III, Leonor solicita el divorcio alegando un parentesco de sangre muy cercano con su marido, con lo cual acaba consiguiendo la nulidad. En 1152 se vuelve a casar con el joven Enrique II Platagenet (hijo de Godofredo Plantagenet), rey de Inglaterra, valeroso e inteligente guerrero, así como hombre cultivado y también gran amante de la poesía y de las artes liberales. Con esta feliz alianza, todos los territorios que gobernaron vieron florecer la cultura en muchos sentidos, y se convirtieron en centros de irradiación de un modo de ser, vivir y pensar impregnado del mito del héroe civilizador iniciado por una reina-maga que le transmite los secretos de sí mismo y del universo. La corte de los monarcas era móvil, y los viajes por sus posesiones continentales e insulares constantes, a veces juntos, en otras ocasiones repartiéndose las tareas. Por doquier fomentaron el cultivo de las artes liberales, recibieron a artistas, a juglares y trovadores que sirvieron de soporte para la difusión de ese mito que ellos iban actuando. La leyenda del rey Arturo y la reina Ginebra, de los caballeros de la Tabla redonda y del Santo Graal renacía y se encarnaba en sus vidas.

Enrique II Plantagenet

Ahora bien, siempre que se intenta explicar de dónde ha venido, cómo se ha verificado esta fusión entre cortesía, temas caballerescos y mitos célticos, se ve uno conducido infaliblemente a la corte de Leonor. En su estela aparecen los poetas que darán fama a Tristán y a Iseo, a Perceval y a Lanzarote, al rey Arturo y al hada Morgana, a la reina Ginebra y al mago Merlín.

Entre ellos está María de Francia, que tal vez fue hija de Godofredo Plantagenet, convertida en abadesa de Shaftesbury, y, sobre todo, de Chrétien de Troyes, el genial novelista a quien imitarán todas las literaturas occidentales. También están los escritores desconocidos, por lo menos por el gran público de nuestro tiempo, al que le falta cierta curiosidad imaginativa respecto a lo que precedió al demasiado famoso Renacimiento. En primer lugar, Wace, normando de Jersey, que fue lector (clerc clisant) en la corte de Inglaterra en tiempos de Leonor y que en su Roman de Brut tradujo la obra arturiana de Godofredo de Monmouth, insuflando los matices delicados del amor aprendidos de Bernat de Ventadorn y de sus émulos: en su obra, las pasiones violentas de la mitología céltica se tiñen de cortesía. E, indudablemente, hay que añadir a Béroul, a Thomas y a tantos anónimos cantores de Tristán, todos más o menos marcados por la influencia anglonormanda.

El ascendiente de Leonor no se limita a las letras; Benoît de Sainte-Maure dedica a la que denomina "Rica Dama de un rico rey" su Roman de Troie, donde "la materia antigua", totalmente transformada, no es sino un pretexto para poner en escena damas y caballeros. Felipe de Thaon procede de igual forma en su Bestiario, una obra típicamente románica en la que el mundo animal se convierte en "selva de símbolos", el universo entero descifrado como un vasto enigma donde se lee en filigrana la historia del hombre y la de su redención. Se han encontrado, asimismo, y no sin malicia, alusiones a la historia de Leonor en una epopeya del tiempo de su segundo matrimonio, Girart de Roussillon, en la que un rey, en el cual se podría reconocer a su primer esposo, exclama suspirando: "¡Oh reina, cuántas veces me habéis engañado!".

Pero sobre todo fue por la difusión de las leyendas artúricas y su transformación en narraciones corteses (romans courtois) que Leonor, su corte y sus allegados merecerán la gratitud de todos aquellos que en cualquier tiempo y en todas las lenguas occidentales han sentido la intensa fuerza poética que emana de temas como el Tristán o la búsqueda del Graal. (Régine Pernoud, Leonor de Aquitania, Ed. Acantilado, Barcelona, 2011)

Codex Manesse, s. XIV

Y en otro momento, la misma historiadora contemporánea, apunta a propósito de Chrétien de Troyes:

No sería imposible que el asunto de su primera narración, Erec y Enide, se lo inspirase la persona misma de Leonor. En su obra exalta la grandeza de la pareja, no cuando los amantes gozan uno del otro, absortos en una felicidad que los encierra en ellos mismos, sino cuando al buscar juntos un fin común son plenamente el Caballero y la Dama, y provocan, por el don de sí mismos y por haber afrontado juntos la aventura de la "Alegría de la Corte". Tal había sido, durante casi quince años, la vida de Enrique y Leonor, entregados conjuntamente a la misión de llevar, en pleno acuerdo, su vasto reino hacia gloriosos destinos. (Régine Pernoud, op. cit.)

Es bajo su reinado, nos sigue relatando Pernaud en su estudio, que hacen desenterrar las ruinas de Glastonbury para buscar la tumba del rey Arturo y el lugar donde supuestamente José de Arimatea habría iniciado a los celtas en la fe cristiana, y donde además se habría escondido el Santo Grial. La leyenda de esta copa se remonta al origen de los tiempos (por tanto está vinculada con la Tradición Unánime o Primordial, de la que derivan todas las otras que se expresan a lo largo del devenir cíclico), y se dice que la tallaron los ángeles en la piedra esmeralda que se desprendió de la frente de Lucifer, el ángel de la Luz, por lo que se la vincula con la simbólica del tercer ojo, lo que es lo mismo que decir, con el sentido de eternidad.

Copa del tarot de Marsella

Dicho receptáculo sagrado que contiene el elixir de inmortalidad -símbolo también del centro del mundo por su asimilación al corazón o a la caverna-, le fue entregado a Adán en el Paraíso, pero en el momento de ser expulsado del Edén lo perdió, iniciándose con este hecho simbólico el alejamiento del ser humano del estado de unidad y el consiguiente ofuscamiento de su conciencia así como el olvido de su verdadera procedencia e identidad suprahumana. Sin embargo no se perdió definitivamente, pues la leyenda explica que Set, el tercer hijo de Adán, pudo entrar en el Paraíso terrestre y recuperar el precioso vaso. René Guénon relata en el artículo que dedica a este tema, entroncado directamente con la Tradición Primordial:

Había, pues, desde entonces, por lo menos una restauración parcial, en el sentido de que Set y los que después de él poseyeron el Graal podían por eso mismo establecer como una imagen del Paraíso perdido. La leyenda, por otra parte, no dice dónde ni por quién fue conservado el Graal hasta la época de Cristo, ni como se aseguró su transmisión; pero el origen céltico que se le reconoce debe probablemente dejar comprender que los druidas tuvieron una parte de ello y deben contarse entre los conservadores regulares de la tradición primordial. (...) Después de la muerte de Cristo, el Santo Graal, según la leyenda, fue llevado a Gran Bretaña por José de Arimatea y Nicodemo; entonces comienza a desarrollarse la historia de los Caballeros de la Tabla redonda y sus hazañas, que no es nuestra intención seguir aquí. La Tabla redonda estaba destinada a recibir al Graal cuando uno de sus caballeros lograra conquistarlo y transportarlo de Gran Bretaña a Armórica. (René Guénon, "El sagrado corazón y la leyenda del Santo Graal" enSímbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Eudeba, Buenos Aires, 1988)

Esta leyenda es la que llegó hasta la corte de Enrique II y Leonor, que cautivados por su profunda significación (aunque nunca podremos saber si hicieron una lectura únicamente exotérica o penetraron su sentido más interno o esotérico) impulsaron su fijación por escrito en toda esa serie de novelas artúricas encabezadas por las de Troyes y Boron. Aquellos monarcas se convirtieron en los mecenas de una enseñanza fundamental que se depositó en esos escritos de forma más o menos velada, difundiéndose con enorme celeridad por todo Occidente. Hoy en día se diría que pusieron de moda este género novelesco; a nuestro parecer, cumplieron la función de recoger cabos sueltos de la tradición celta -heredera de la Tradición Unánime-, y ponerlos en correspondencia con las simbólicas análogas depositadas en la cristiana, haciendo que las ideas motrices, eternas y siempre vivas se reactualizaran y adquirieran un vigor civilizador inmenso. Guénon vuelve a apuntar al respecto:

El hecho de que el sentido superior se hace menos transparente en Chestien de Troyes, por ejemplo, que en Robert Boron, no prueba, pues, necesariamente que el primero haya sido menos consciente del sentido simbólico que el segundo; aún menos debiera concluirse que ese sentido esté ausente de sus escritos, lo cual representaría un error comparable al que consiste en atribuir a los antiguos alquimistas preocupaciones de orden únicamente material por la sola razón de que no hayan juzgado propio escribir literalmente que su ciencia era en realidad de naturaleza espiritual. Además, el asunto de la "iniciación" de los autores de esas novelas quizá tenga menos importancia de lo que podría creerse a primera vista, pues de todas maneras eso no hace cambiar nada a las apariencias bajo las cuales se presenta el tema; desde que se trata de una "exteriorización" de datos esotéricos, pero no en modo alguno de una "vulgarización", es fácil de comprender que deba ser así. Iremos más lejos: inclusive un profano puede, para tal "exteriorización", haber servido de "portavoz" a una organización iniciática, que lo haya escogido a tal efecto simplemente por sus cualidades de poeta o escritor, o por cualquier otra razón contingente. Dante escribía con perfecto conocimiento de causa; Chrestien de Troyes, Robert de Boron y muchos otros fueron probablemente mucho menos conscientes de lo que expresaban, y quizá, incluso, algunos de ellos no lo fueron en absoluto; pero poco importa en el fondo, pues, si había tras ellos una organización iniciática, cualquiera que ésta fuera, el peligro de una deformación debida a la incomprensión de ellos quedaba por eso mismo descartada, ya que tal organización podía dirigirlos constantemente sin que ellos lo supieran, sea por medio de algunos de sus miembros que les proveían de los elementos que elaborar, sea por sugerencias o influjos de otro género, más sutiles y menos "tangibles" pero no por eso menos reales ni eficaces. Se comprenderá sin dificultad que esto nada tiene que ver con la llamada "inspiración" poética tal como la entienden los modernos, y que no es sino pura y simple imaginación, ni con la "literatura" en el sentido profano del término, y agregaremos en seguida que no se trata tampoco de "misticismo". (René Guénon, "El Santo Graal", Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, op. cit.)

Jean Mansel, "La Flor de las Historias"

Decir que desconocemos la cercanía o grado de conocimiento que tuvieron Enrique II y Leonor sobre las organizaciones iniciáticas de la edad media, por ejemplo la de los templarios u otras de corte caballeresco, pero lo cierto es que su sensibilidad hacia todo lo relacionado con la cultura y mitología celta y su imbricación con la cristiana les atrajo poderosamente, y se convirtieron en los impulsores de esas ideas centrales que reconocieron como muy potentes -imprescindibles- para la cohesión de su imperio. Además hay un hecho muy significativo en cuanto a esta simbólica del Graal que de nuevo nos aporta René Guénon en su estudio:

Entre tanto, mencionaremos aún, en lo que concierne a la leyenda del Santo Graal, una extraña complicación que hasta ahora no hemos tomado en cuenta: por una de esas asimilaciones verbales que a menudo desempeñan en el simbolismo un papel no desdeñable, y que por otra parte tienen quizá razones más profundas de lo que se imaginaría a primera vista, el Graal es a la vez un vaso (grasale) y un libro (graduale). ("El Sagrado Corazón y la leyenda del Santo Graal", ibid.)

Lo cual nos hace ver que a la vez que las cortes de aquellos monarcas devinieron centros de difusión de la gesta del precioso vaso y su búsqueda -que no es sino la búsqueda de la Tradición cada vez más oculta y de las ideas que ella vehicula, así como de la posibilidad de encarnarlas, lo que es el núcleo de toda Iniciación-, además, esas ideas se fijaron por escrito, evitando así que se perdieran en el olvido y sirvieran de germen para el nuevo ciclo que se avecinaba, es decir, el esplendor del Renacimiento.

Sin embargo, tras más de quince años de armonioso matrimonio, el rey se fue distanciando de Leonor; se entregó de pleno a las luchas por defender sus territorios y a vivir amoríos con diversas amantes. La reina, entonces, prosiguió con su tarea cultural en solitario, y más adelante acompañada por algunos de sus hijos:

Leonor se ha vuelto a encontrar con sus hijas mayores, que por entonces residían en Poitiers: Alix de Blois (que más tarde profesará en Fontevraud y que, a juzgar por los regalos de Leonor, habría de ocupar un lugar privilegiado en su corazón), y María Champaña, que, sin lugar a dudas, es de sus diez hijos aquella en quien Leonor se ve mejor retratada: "la condesa gozosa y alegre... con que la Champaña se ilumina", como dijo de ella el trovador Rigaud de Berbezilh, que frecuentó su corte. María ha heredado de su madre el gusto por las letras, la curiosidad inteligente y el don de inspirar la poesía en torno suyo; Chrétien de Troyes se mueve en su estela, y, a sus instancias, escribirá el cuento de Lanzarote o El Caballero de la Carreta, que de todas las novelas de caballería es la que expresa mejor el culto a la dama, pues, por amor a Ginebra, Lanzarote acepta hasta el deshonor y consiente en ser vencido y pasar por cobarde.

Quizá fue en este ambiente fecundo donde María de Francia (¿se trata, como se ha supuesto, de una hermana bastarda de Enrique Plantagenet?) compuso sus Lais, unos deliciosos cuentos en verso, inspirados por completo en el sentimiento cortés y caballeresco, sobre temas célticos inseparables de la atmósfera de Leonor tanto como la misma poesía de los trovadores. En todo caso la corte de Poitiers contó aquellos años de nuevo con Bernat de Ventadorn y con otros poetas, como Rigaud de Berbezilh, que saluda a Leonor con la denominación Plus-que-Dame ('Más que Señora'), o Gaulcelm Faidit, que intercambia divertidas réplicas con el joven Godofredo de Bretaña en uno de esos jeux-partis ('juegos de controversia'), poemas en que dos interlocutores se responden, tan del gusto de la época." (Régine Pernoud, op. cit.)

Escenas trovadorescas
Códice Rico

Detengámonos ahora en estas famosas "cortes de amor" inventadas por Leonor . Según explica de nuevo la historiadora francesa contemporánea:

No eran otra cosa más que juegos de ingenio, distracción de una sociedad letrada a la que nada apasionaba tanto como el análisis de los matices del amor; por medio del juego, se proponían casos y se daban sentencias semejantes en su forma a las que se dictaban con ocasión de las audiencias feudales de las cortes señoriales ante las cuales se fallaban los pleitos. La extraordinaria obra de Andrés el Capellán, titulada Tratados de Amor, ha mantenido el recuerdo de aquellas asambleas que discutían de temas corteses bajo la égida de una noble dama, la vizcondesa Ermengarda de Narbona, Isabel de Flandes y, a veces, la misma Leonor o su hija María de Champaña. (Régine Pernaud, ibid.)


Codex Manesse, s. XIV

Pero después del sucinto recorrido por la vida de esta reina, por los escenarios en los que se movió, por los intereses que la atrajeron, por las actividades que promovió, nos preguntamos: ¿simples juegos de entretenimiento? ¿o subyacía algo más detrás de todas estas multifacéticas expresiones de la corte, sin que por ello dejaran de poseer un carácter lúdico y con el tiempo, además, cayeran inexorablemente en la esclerotización y la degradación?

¿No será que esta especie de "teatralización cortés" revelaba un modo de ser, de pensar, de ordenar la vida de esa sociedad alrededor de un corazón o centro del que emanaban múltiples expresiones de la Belleza y del Amor, a través de una Inteligencia que siempre está diseñando, seleccionando, componiendo, articulando y dando forma y sentido a todo lo manifestado? ¿Y que la omnipresente Sabiduría atraía hacia sí a todos los seres que la evocaban con el pensamiento y con sus actividades rituales a la vez que los fecundaba?

La esencia de la Tradición se mantiene viva y se transmite de modos sorprendentes, semiocultos en expresiones poco definidas pero que tienen como base el símbolo y el mito, y su puesta en movimiento que es el rito, tres elementos centrales en las cortes de que hablamos. Quizás no todos los participantes de esta gran representación fueran conscientes de ello, otros sí; algunos seguro que fueron sabios iniciados, anónimos, que trabajaban en solitario pero sin dejar de influir sobre su entorno; otros, en cambio, estaban vinculados a algunas de las organizaciones iniciáticas guerreras o de oficio vivas en esa época que tuvieron una incidencia directa en la articulación de todo este espectáculo; el grueso de los "actores" sólo fueron oficiantes y ejecutores poco o nada conscientes de un conjunto de ritos con los que, sin embargo, se aseguraba la transmisión ininterrumpida de los valores e ideas perennes y generatrices del Universo. Ritos que indudablemente estaban articulados no por individualidades, sino por una Inteligencia Universal, que se revelaba en los corazones de los que se abrían a su influjo, por lo que ya se ve que este órgano simbólico no era, ni es, el depositario de la sensiblería o el sentimentalismo, sino de la intuición intelectual, que es la vía directa que conecta el alma con el Espíritu.

Música de arpa, flauta, laúd y tamboril; poesía, palabra conjugada por el trovador y cantada por el juglar que viaja libremente de una corte a otra; danzas de damas y caballeros ajustadas a una geometría exacta; juegos de mesa, barajas mágicas, libros mudos, partidas de estrategia sobre tableros que representaban el mundo en miniatura; torneos con un amplio despliegue de símbolos heráldicos, divisas, estandartes; justas para medir fuerzas y practicar estrategias; ingenios intelectuales, como fueron esa especie de juicios sobre casos amorosos para que las damas deliberasen y emitieran sus sentencias; escribas que fijaban por escrito las leyendas y los mitos; pintores que los iluminaban... La corte devino un inmenso escenario en el que se desplegaban un sinfín de posibilidades artísticas rituales. O mejor dicho, el rito de la vida y de la muerte gobernado por Amor se dramatizaba con una gran variedad de tonos y matices, haciendo vivir a todos los que de él participaban una existencia significativa, donde el número y la palabra actuaban como vehículos de lo sobrenatural, y donde cada quién, según sus posibilidades, cumplía una función y seguía los senderos de su destino.

La rica iconografía de los numerosos manuscritos de esa época que se ha conservado, nos ayuda también a aproximarnos a aquellas "cortes de amor", a su núcleo. Los protagonistas son la dama y el trovador, que en ocasiones se identifica igualmente con el guerrero. Por otra parte también hemos podido leer algunos de los poemas que escribieron estos poetas errantes, e incluso escuchar sus versiones musicadas y cantadas en la lengua de oc; canciones sencillas, sin florituras, a veces se diría que demasiado simples, y con una temática repetida hasta la saciedad, lo que nos hace pensar que en todo ello subyacía una estrategia para impregnar a toda la sociedad de esta energía vivificante y regeneradora, impulsadora de las conquistas, y por encima de todas ellas, de la del alma en pos de su unión con el Espíritu; o sea, el Amor como el origen y eje de la religio mentis que unía todos los seres, fenómenos, cosas y acontecimientos en torno a él.

Codex Manesse, s. XIV

Dice un estribillo de uno de los versos del trovador Bernat de Ventadorn, cantor que peregrinó por las cortes de Leonor:

Poco puede valer el cantar
si el canto no surge de dentro del corazón
y el canto no puede surgir del corazón
si en él no hay leal amor cordial.
Por eso mi cantar es perfecto
porque tengo y empleo la boca, los ojos, 
el corazón y el juicio en el gozo de amor (...)

Y según apunta Jaume Vallcorba en su ensayo De la Primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante acerca de esta centralidad de la idea del Amor en dichas cortes:

Se trata de un amor no sometido a los altibajos a que nos acostumbran las relaciones humanas. No espera tanto gratificaciones externas ni beneficios que no sean los que surgen de él. Será solamente desde la soledad tensa, estimulada por obra del amor hacia aquellas virtudes superiores encarnadas y representadas por la dama, como será posible adquirir el "pretz", al fin y al cabo, el mejor y más anhelado de los beneficios.

"Pretz". Palabra mágica. Literalmente significa 'precio', y engloba todo aquel conjunto de valores propios de la sociedad caballeresca, entre los cuales destacan, como joyas del mérito, la virtud, la generosidad y la valentía. (...)

No se tratará, pues, de nada más que de dar forma a lo informe, de hacer aflorar las cualidades escamoteadas por el invierno en lo profundo de cada ser en el esplendor de una primavera con la que concordará sin contraste, y todo ello por la fuerza de atracción, la imantación si se quiere, de una dama en la que convergen todas las cualidades físicas, así como la totalidad y plenitud de las virtudes morales. El mecanismo es de una eficacia extraordinaria; la forma artística, de un enorme rendimiento, objetiva, con una precisión y finura inesperadas, el esfuerzo enorme que significa construirse a uno mismo, así como el dolor que cuesta vencer el lastre en un proceso de elevación y purificación constante y sin tregua para llegar a merecer a una dama hacia la que se tiende sin lograr conseguirla nunca. Y hacerlo, además, desde la libertad, desde la decisión consciente y sin constricciones, y comprometer en ello la vida entera, por pesado que sea el sufrimiento que este esfuerzo conlleva.

El amor se establece así como una experiencia global, que afecta a la totalidad del poeta y de su entorno. No es un aspecto parcial de su personalidad, ni tampoco un accidente, feliz aunque circunstancial. Todo lo domina, gobierna sobre todo, todo lo configura y lo conforma todo a su modelo. Ovidio lo había explicado muy bien, pero los trovadores lo llevan aún más allá. (Jaume Vallcorba, De la primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante. Ed. Acantilado, Barcelona, 2013)

El árbol cuyo corazón es "Amor" 
florece entre el trovador y la dama 
Codex Manesse, s. XIV

No entraremos en particularidades, es decir, en si tal trovador cantó sus poemas a ésta o aquélla dama, lo cual nos llevaría a un tedioso estudio que podría perderse en lo múltiple e indefinido. Para quien esté interesado ya existen diversas obras de consulta; lo que buscamos es descubrir qué representa toda esta teatralización orquestada por Leonor de Aquitania, que luego tendría una incidencia decisiva en el Renacimiento.

Hay algo de arquetípico en la dinámica de la relación entre el trovador y la dama, algo que va más allá del vínculo entre dos seres, algo que apela a la íntima ligazón del alma y el Espíritu y al modo de restablecer una unidad que sólo se ha perdido en apariencia. El trovador se reconoce como un ser ignorante, navegando en las tinieblas, el sueño y el olvido. Pero un llamado interno lo conduce hasta la dama que elige libremente como aquélla por la que estará dispuesto a afinar su alma, dejando que broten las más sutiles y ritmadas palabras de su pensamiento, iniciando de este modo un proceso de purificación que aspira a efectivizar la unión con esa mujer, vehiculadora de cualidades divinas. 

Codex Manesse, s. XIV

Empero, aún y la diferencia de rango, se trata de una relación de reciprocidad, pues la dama debe también aceptarlo como su cortejador, bajo el juramento de una fidelidad incondicional. Por otra parte hay un componente rompedor en todo el asunto, ya que dicha mujer está casada, es la esposa del señor feudal, que sin embargo acepta ese 'adulterio', no tanto literal sino más bien en el plano de las ideas. El vínculo del poeta y la dama, y también el de ésta con todos los caballeros que le juran pleitesía, es el garante de la cohesión de todo ese ensamblaje social y cultural, y en última instancia, es la expresión de la Sabiduría y la Inteligencia divinas -que cristalizadas en la dama- atraen a todos los seres hacia sí, al tiempo que derraman sobre ellos la posibilidad de identificarse con su esencia única, o sea con la Unidad o Amor, origen y destino de toda la manifestación universal.

La relación [entre el trovador y la dama] copia el ritual y las obligaciones jurídicas de las auténticas ceremonias de vasallaje, y en ellas el poeta se instituye libremente vasallo de una mujer a la que promete servir para siempre como señor feudal, convirtiéndose en consecuencia en su señor, a la que llamará 'midons', un término que deriva del habitual jurídico 'meus dominus'. El poeta será finalmente investido vasallo con un beso, el 'osculum' que sellaba la unión del soldado con su señor y que los trovadores no se cansan de reclamar. (Jaume Vallcorba, op. cit.)

Codex Manesse, s. XIV

La dama deviene entonces un símbolo de la Musa inspiradora, despertando en el alma del cantor el deseo de conocer esos otros espacios interiores siempre presentidos, de identificarse con ellos; movido y atraído por los altos atributos que en ella se revelan, emprende un camino de ascenso, a modo de lo que describe Platón en El Banquete, cuando identifica a Amor con la escala que conecta el mundo tal cual lo conciben los sentidos con todos los otros estados superiores del ser, que a modo de gradas elevan el pensamiento, universalizándolo. El Amor es pues ese puente, motivo por el cual se lo invoca, se lo implora, se lo evoca, se articulan juegos de palabras, de gestos, de músicas que pretenden la constante conjugación de los aparentes opuestos. 

Codex Manesse, s. XIV

Desde el momento que comienza este proceso -tan análogo al de la Iniciación-, se despega de la tierra, de lo que uno conoce de sí mismo en tanto que ser individual, y se anhela penetrar aquellos otros estados de conciencia cada vez más internos y secretos, universales y arquetípicos. El vate percibe la irrealidad de lo material y sensible y raptado por el furor poético se dispone a someterse a todas las pruebas que la dama le va infligiendo. El deseo por realizar la unión crece en la misma medida que se va abriendo una brecha más y más grande entre los amantes.

Y, aunque se afirme lo contrario en los poemas, se diría que para los trovadores la cuestión no es tratar más o menos hiperbólicamente las virtudes de la persona amada para conseguir así sus favores, sino que parece que quieran establecer, por vía de la distancia, una desigualdad cualitativa tal que haga imposible cualquier intercambio erótico, tan distanciados están los méritos de uno y otra, tan lejos están uno de la otra. Y esta hiperbolización del mérito, estas virtudes infinitas de la dama se encuentran siempre en un único punto, que es el de la identidad de la perfección. (Jaume Vallcorba, ibid.)

Codex Manesse, s. XIV

La batalla interna se ha desencadenado, y el trovador parte errabundo por el mundo al advertir en sí mismo la necesidad de purificar su alma. Esos espacios interiores del pensamiento y ese deseo por conocer lo Perfecto que la dama encarna le están cerrados en tanto en cuanto no se produzca en su conciencia una total transmutación, idea ésta vinculada mucho más con la de la realización espiritual que promueve la iniciación, que con el simple cambio y mejoramiento de la persona que persigue la vía moral y la mística religiosa. El trovador Bernat Ventadorn lo expresa así en otro de sus cantos:

...pues no me puedo abstener de amar a aquella de quien nunca obtendré ventaja. Me ha robado el corazón, me ha robado a mí, y a sí misma y a todo el mundo; y cuando me privó de ella no me dejó nada más que deseo y corazón anheloso... Ya que con mi señora no me pueden valer ruegos ni piedad ni el derecho que tengo, y a ella no le viene en gana que yo le ame, no se lo diré nunca más. Así pues, me alejo de ella y desisto; me ha muerto y como muerto le respondo, y me voy, ya que no me retiene, desgraciado, al destierro, no sé dónde.

Codex Manesse, s. XIV

El poeta pasa por experiencias bien extremas, empieza a vivir un desarraigo radical, un desapego de todo lo que le ata a este mundo -tanto posesiones materiales como mentales, prejuicios, ideas preconcebidas-, entrando incluso en un estado de profunda melancolía y desasosiego, preámbulo, sin embargo, de una auténtica muerte del ego, que de producirse, le conlleva el renacimiento como un hombre regenerado, un hombre nuevo, nacido por segunda vez. Ventadorn lo describe con estas inocentes palabras en otra de sus canciones:

Tengo el corazón tan lleno de alegría que todo me lo transfigura: el frío me parece flor blanca, roja y amarilla, pues con el viento y con la lluvia me crece la ventura; por lo que mi mérito aumenta y sube y mi canto mejora. Tanto amor tengo en el corazón, tanta alegría y dulzura, que el hielo me parece flor y la nieve verdura. 

Y esto provoca un vuelco en la aventura protagonizada por esos amantes. El poeta suele retornar ante su dama siendo totalmente otro, y la dama con frecuencia no lo reconoce, tal es la transmutación de ambos. Todo su peregrinaje le ha hecho conocer, sin embargo, la verdadera naturaleza del Amor; porque era ciertamente Amor quien lo atraía, pero así no le quería. Y dejando atrás toda ilusión, incluso la de la bella, sabia e inteligente dama que simbolizaba los más altos atributos de la deidad, es que ha podido realizar en su interior las sagradas nupcias del cielo y la tierra, de lo humano con lo suprahumano, y conocer o sea ser, que todo está en su interior, es decir que Todo es Uno y que Uno es Todo. Lo Perfecto se contempla entonces sin mediación ni vehículo; todos los opuestos se han conjugado en la unidad original, que es el Destino también único de todo lo manifestado.

Margarita de Angulema, duquesa de Alençon y reina de Navarra, escribirá en el siglo XIV una obra inspirada en estas ideas del "amor cortés" titulada justamente Las Cortes de Amor, y, entre las muchas historias acerca de temas amorosos que debaten un grupo de damas, destaca una que sintetiza la revelación final que acontece en el corazón del trovador. En esta historia, ubicada en la corte del rey y la reina de Castilla, un noble caballero declara su amor a la reina, y ésta, para ponerlo a prueba, lo destierra durante siete años a un lugar lejano en el que no tendrá ni una sola noticia de su amada, entregándole la mitad de un anillo para poder reconocerse transcurrido ese periodo. Pasados los siete años, vuelve el caballero siendo totalmente otro, e intercepta a la reina cuando se dirige a misa. Ella no lo reconoce pero acepta la carta que le tiende. Al abrirla cuando ya se han perdido de vista, descubre la mitad del anillo y este escrito:

El tiempo, con su poder, me hizo del amor saber, y en el correr de los tiempos conocer mil contratiempos, fatigas y sinsabores, pues que el fin de mis amores, mostrarse incrédulo quiso y ser del amor remiso. Y ese tiempo, que forjara en mi corazón tan cara afección, por fin dispuso que lo diera por concluso, pues que no fuisteis creyente de lo que estaba patente. El tiempo, así, me enseñara en lo que mi amor basara: hiciéralo en tu beldad, que entrañaba tal crueldad. El tiempo hacer me viera que belleza es pasajera, y que si feliz me siento de tu crueldad cobré aliento. Que echado de tu presencia, negada por ti la anuencia de contemplarte y servirte, sentíme más y más triste, y hube de aliviar el peso de tu rigor tan exceso. Mas no por eso dejara de obedecerte, y quedará así mi ánimo contento, que el tiempo, que mi tormento inició, fue bondadoso y aquí me trajo piadoso, y así puedo, aquí y ahora, decirte sin más demora, no un saludo de venida sino un adiós de partida.

El tiempo deshizo el nudo y quedó el amor desnudo tal cual es; y yo lo viera y todo el tiempo sintiera los amores padecidos que cegaban mis sentidos, y de los que nada queda sino el pesar que haber pueda. Pues lo engañoso aprendí de este amor, y comprendí con el tiempo el verdadero, lo que me fuera hacedero en este aislado paisaje, donde por todo mensaje no dejara en siete años de dolerme de mis daños. Con el tiempo supe y vi lo que después conocí era amor de lo sublime, y de inmediato sentime tan de este amor poseído cuan del otro desprendido. Y, con el tiempo, a él me diera tan de lleno, y me prohibiera, con el tiempo, cualquier otro, que al suyo volví mi rostro y me puse a su servicio y le ofrendé en sacrificio mi alma y mi corazón. Mientras os amé, os amé en razón ninguna vuestro aprecio; y ofendiéndolo yo, necio, tampoco lo amé yo nada. Muerte por vos me fue dada y de él, a quien huía, recibí la vida mía.

Y, con el tiempo el pasar, su amor vacío de pesar siempre de bondad embargado, ha vencido y ha domado al tuyo de tal manera, que aunque otrora me tuviera en dulce engaño sumido, en cenizas convertido lo dejé y lo eché al viento. Te lo quité, ya lo siento, mas te lo devuelvo entero, que de amor perecedero ya necesidad no tengo, pues caído en amor vengo tan perfecto y perdurable que átame lazo inmutable. Así, pues, a él me encamino, y a servirle tal me inclino que ni a ti ni a nadie más serviré nunca jamás. (Margarita de Valois, Las Cortes de Amor, Belacqua, Barcelona, 2005)

Codex Manesse, s. XIV

Aquella relación, que ha operado una verdadera transmutación interna, ha descrito en última instancia el viaje del alma en pos de su destino, de su unión con el Espíritu. Se ha reconocido el origen de la dualidad en la unidad, y dama y trovador han podido realizar la plenitud de los misterios de la sexualidad del cosmos, o sea, todas las hierogamias en los distintos planos del Ser, y todo ello en sí mismos, en su conciencia. Han peregrinado, atraídos y guiados por Inteligencia y Sabiduría, al centro nodal, al Origen, al Uno sin segundo, al Palacio del Amor. Y ahora, nos recuerdan mucho más a esos dos arcanos del Tarot: El Loco y El Mundo; dos cartas que se identifican con el "más allá", con el mundo de la Metafísica, de lo Ilimitado, de aquella Realidad Absoluta que está siempre presente, en un plano otro no sujeto a lo cíclico ni a las leyes que ordenan y regulan el cosmos, y que paradójicamente se experimenta habiendo conocido la Cosmogonía completa, la Unidad del Todo. El trovador es ese loco de amor por la Vida y el Conocimiento que liberado de cualquier atadura se mueve con plena soltura y desprendimiento por todos los senderos del Universo, visibles e invisibles, sabiéndose en verdad un extranjero de esta tierra, e incluso de los cielos que median entre ella y la cúspide del Universo, y no necesitando ya de ninguna corte ni dama, ni de nada que fuera algo, sino que se halla sumido y embebido permanentemente en el Misterio inabarcable, en el Dios Desconocido.

Arcano "El Loco" del Tarot de Marsella

Por su parte la dama ha dejado su corte y su trono, su cetro y corona; abandonó la gloria de este mundo. Ni viva ni muerta, o quizás habiendo conocido la esencia de estos dos estados, se ubica ahora en el linde entre el Cosmos y el "otro mundo" o el "más allá". Sin negar el Universo, pero a la vez desidentificada de él, es la quintaesencia siempre virgen, apta para engendrar un nuevo ciclo de los que conforman la cadena de los mundos, o la sucesión de eones o manvántaras, pero simultáneamente participa de la posibilidad de lo no manifestado que nunca jamás se manifestará. Su desnudez alude al estado de virginidad permanente, "centro y síntesis de la creación" que dará cabida el Ser en el seno del No-Ser que todo lo abarca. No se sabe si la mandorla la alumbra o la engulle, si viene o va, si es o no es, aunque en verdad reúne en sí la Posibilidad Universal de ser y no ser a un mismo tiempo.

Arcano "El Mundo" del Tarot de Marsella

Por cierto que el Libro Mudo de Toth, conocido popularmente como Tarot, es un juego aparentemente inocente en el que están depositados los altos conocimientos de la Cosmogonía en el conjunto de las 78 láminas llamadas "arcanos", divididas en tres grupos: los 22 Arcanos Mayores, los 40 Arcanos Menores y las 16 cartas de la Corte. Este mazo -origen de todos los juegos de cartas que se integraron en las actividades lúdicas de la corte, extendiéndose también entre los estamentos populares-, apareció curiosamente durante el Medioevo en la zona del sur de Francia, justamente en las tierras gobernadas durante más de 80 años por Leonor, y se dice que fue compuesto por sabios alquimistas, astrólogos, poetas, en definitiva iniciados a veces escondidos bajo el disfraz del juglar, que fijaron en imágenes las ideas y arquetipos de una Sabiduría perenne, que de este modo se conservó y transmitió de una forma velada. No podremos saber con certeza si algunos de esos sabios errantes se movieron por las cortes de la reina que ocupa este trabajo, pero no sería nada extraño. Por otra parte es muy significativo que la simbólica fijada en las cartas tenga muchos puntos de contacto con la vida de la corte, no porque sí en las 16 cartas llamadas precisamente de la Corte, los iconos son el Rey, la Reina, el Caballero y el Vate, en correspondencia con los cuatro mundos o planos del Universo. Este es un tema que no podemos abarcar aquí, y que requerirá de otro estudio, pero remitimos al lector a estos dos links:



Leonor de Aquitania pasó gran parte de los últimos años de su vida cautiva en los distintos castillos de su reino, donde la encerró su esposo sin posibilidad de moverse libremente como había hecho siempre. Desde su prisión, veía como su imperio comenzaba a descomponerse en medio de las luchas fratricidas de sus hijos para hacerse con el poder (y ella, aún y su aislamiento, no estuvo exenta de influir sobre unos y otros intentando alianzas y ciertas maniobras políticas). Pero lo cierto es que se apartó del bullicio de la corte, de los cantos de trovadores, de viajes y actos oficiales. Nada se sabe de las vivencias internas de esa mujer ya madura; sólo el testimonio de su soledad. Su herencia intelectual-espiritual quedó depositada en aquellas arquitecturas cortesanas y literarias que fomentó con tanta pasión y tesón a lo largo de muchísimos años. De ellas puede hacerse una lectura puramente exotérica, con implicaciones culturales y morales indiscutibles. Pero también hemos podido descubrir otra lectura interna y la huella de ciertas trazas en las que se adivina la presencia de las ideas siempre vivas, eternas, emanadas de un Origen intemporal que está siempre presente en el tiempo histórico, dándole sentido y orientación. Aunque el Graal (o sea las verdades eternas que transmite la Tradición) estaba cada vez más oculto, fue posible seguirle la pista, y guiados y atraídos por Amor, los iniciados de ese tiempo continuaron recibiendo y vertiendo el elixir de inmortalidad en sí mismos y en sus descendientes, asegurando su transmisión hasta el día de hoy, donde el precioso vaso se revela en quien lo busca de corazón.

Una vez liberada de su encierro, la reina, con casi ochenta años y ya retirada en la abadía de Fontevraud, viuda y con sólo dos hijos que la sobrevivieron (uno de ellos Juan sin Tierra, el que debía heredar el reino de los Plantagenet para lo cual resultó totalmente inepto), aún tuvo la fortaleza de viajar a la corte de su hija Leonor de Plantagenet, casada con Alfonso VIII de Castilla, para escoger de entre sus nietas la que debiera desposarse con el futuro rey de Francia; la elegida fue Blanca de Castilla, entregada al nieto del que fuera el primer esposo de Leonor de Aquitania. Si bien el imperio de los Plantagenet se derrumbaba, la reina anciana consiguió que la sangre de su estirpe se cruzara con la del reino que perdió al casarse por segunda vez. Blanca de Castilla, casada con Luis VIII de Francia y madre de Luis IX apodado San Luis, tuvo también un papel decisivo, como gobernanta y como amante de las letras y las artes.

Toda aquella construcción de las "cortes de amor" y la poesía de los trovadores tendrá posteriormente una influencia indiscutible en la gestación del Renacimiento, y concretamente en autores claramente identificados con la cadera áurea, o sea con los eslabones de la transmisión del esoterismo en Europa, como fueron Petrarca, Boccaccio y Dante, y también en la organización iniciática a la que pertenecieron, la de los Fieles de Amor. Pero esto ya necesitaría de un estudio otro, que dejamos para otra ocasión.

Dante y Beatriz

http://la-caracola.es/biografias.html

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