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lunes, 28 de julio de 2014

MASONES ENFRENTADOS EN LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA DEL PERU Y LATINOAMERICA.

MASONES ENFRENTADOS EN LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA DEL PERU Y LATINOAMERICA.
Herbert Oré Belsuzarri.

El virrey José de la Serna (masón), veterano de las campañas alto peruanas, traslada la capital del virreinato al Cuzco, y trata de auxiliar el Callao, y con dicho propósito envió a las fuerzas de Canterac, que arriban a las afueras de Lima el 10 de septiembre de 1821, y sin que las tropas patriotas detengan su avance, llegó hasta el Callao y se unió a las fuerzas sitiadas del general José de La Mar (masón), en el Castillo del Callao o Fortaleza del Real Felipe. Luego de dar a conocer las órdenes del virrey y de avituallarse, regresó a la sierra el 16 de septiembre de ese año. El mando patriota que contaba con 7,000 efectivos y 3,000 montoneros, reaccionó tarde. Las tropas patriotas al mando del general Guillermo Miller persiguieron la retaguardia del ejército realista, produciéndose escaramuzas principalmente por la acción de los montoneros patriotas. Canterac y La Serna (masón), lograron reunirse en Jauja el 1 de octubre de 1821. En abril de 1822 se produce la destrucción de un ejército patriota en la Batalla de Ica.

En el bando patriota, el almirante Lord Cochrane (masón) por indisposición contra San Martín, se retiró del Perú el 10 de mayo de 1822, siendo reemplazado por el vicealmirante Martín Guisse (masón) en el mando de la escuadra. El motivo del retiro de Lord Cochrane, fue que este almirante consideraba que “el protectorado que estaba ejerciendo San Martín carecía de decisión, se mostraba dubitativo y su contribución no era realmente apreciada ni aprovechada”. Tras la Entrevista de Guayaquil José de San Martín (masón) terminaría retirándose del Perú el 22 de septiembre de 1822.

Tras la independencia del norte peruano y de Lima por José de San Martín, el virrey La Serna estableció su sede de gobierno en el Cuzco. Así, mientras la costa y el norte del Perú eran independientes, la sierra peruana y el Alto Perú seguían siendo realistas. La conclusión de la independencia del Perú vendría con la intervención de la Gran Colombia.

Luego de la batalla de Pichincha, la Gran Colombia había eliminado la mayoría de los contingentes realistas en su territorio y la amenaza mayor paso a ser el Perú, donde en la sierra se encontraba el último ejército realista superviviente y donde el gobierno del Protector José de San Martín había sentado las cimientos independizando Lima y el Norte Peruano. El Libertador Simón Bolívar había logrado aprovechar la poderosa base de la Gran Colombia que le permitiría cerrar el proceso emancipador en el Perú que luego del impulso que significo las campañas de San Martín en Chile, lucía estancado por los conflictos internos en que se sumergió el gobierno de la República del Perú, y más tarde por la inestabilidad del protectorado tras la retirada de San Martín. Simón Bolívar sabía que el último reducto realista se encontraba en el Perú y que, si quería asegurarse la independencia, no podía ignorarse a los realistas acantonados en el sur peruano y Alto Perú.

En la Entrevista de Guayaquil los dos libertadores trataron el tema de a quien correspondía la soberanía sobre la Provincia Libre de Guayaquil, pero más importante aún cuál sería la solución para la independencia del Perú y cual sería el sistema político que se instalaría: uno monárquico constitucional como deseaba San Martín, o Republicano como lo quería Bolívar. Pero siempre ambos sistemas independientes de España. La entrevista se saldó favorablemente para los intereses de la Gran Colombia que ratificó su anexión de Guayaquil. Ante el retiro del Protector y las desafortunadas derrotas militares durante el gobierno del presidente Riva Agüero (masón), el Congreso peruano decidió solicitar la intervención del libertador Simón Bolívar (masón). Bolívar ya había enviado antes al general Antonio José de Sucre (masón), quien mantuvo la autonomía de las agrupaciones militares de Colombia.

Tras acabar con la resistencia de los pastusos en la batalla de Ibarra, Bolívar se embarcó para el Perú y arribó a Lima el 10 de septiembre. Desarticulado el ejército realista por la rebelión de Olañeta en el Alto  Perú, la campaña militar del año 1824 sería favorable para los patriotas.

Batalla de Junín.

El Ejército Unido Libertador del Perú triunfó en la Batalla de Junín a las órdenes del Libertador Simón Bolívar y en la Batalla de Ayacucho a las órdenes del general Antonio José de Sucre. La capitulación de Ayacucho puso fin al virreinato peruano y concluyó con el Sitio del Callao en enero de 1826, terminando el proceso de independencia del Perú.

Masones: San Martín, Bolivar y Sucre.

La Capitulación de Ayacucho es el tratado firmado por el jefe de estado mayor José de Canterac y el General Antonio José de Sucre después de la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Sus condiciones fueron: La capitulación únicamente del ejército bajo su mando, la permanencia Realista en el Callao y el nacimiento de Perú a la vida independiente, con una deuda económica a los países que contribuyeron militarmente a su independencia.

Tras la batalla, el teniente general Canterac quedó sin fuerzas realistas disponibles a sus órdenes, sin posibilidad de replegarse a ningún sitio y con el virrey preso. Por ello, cuando a media tarde se presentó en el campamento un emisario del general La Mar con proposiciones de una honrosa capitulación, no tuvo ningún reparo en aceptar la rendición de todo el ejército español y la evacuación del territorio peruano.

A las cinco y media de la tarde el comandante Mediavilla, ayudante de campo del mariscal Valdés, se presentó en el campamento del general Sucre para proponer la capitulación. Tras él se presentaron los generales Canterac y Carratalá, acompañados por el general La Mar (masón), quienes ajustaron con Sucre las condiciones del tratado, que se firmó a las 14:00 horas del día siguiente, 10 de diciembre. Sin embargo, aunque la capitulación se firmó en Huamanga entre Sucre y Canterac, al documento se le puso fecha del día 9, como si hubiese sido firmado inmediatamente después de la derrota en el mismo campo de batalla.

La Batalla de Ayacucho.

El número de soldados naturales de España que combatieron en Ayacucho ha sido acotado por los mismos testimonios posteriores a la contienda. En el año 1824 los europeos que combatieron en todo el virreinato ascendían a 1,500 según el brigadier García Camba, mientras que según el comisario regio Diego Cónsul Jove Lacomme el número total de europeos era de 1,200, y de los que solo 39 hombres formaban en la división del Alto Perú.

Para el 9 de diciembre, día en que se libró la batalla de Ayacucho, conforme a publicaciones, los europeos en el ejército del virrey aproximadamente eran 500 hombres según García Camba, mientras que Bulnes cita 900 "desde el virrey al último corneta", apoyándose en el diario del capitán Bernardo F. Escudero y Reguera, oficial del Estado Mayor de Valdés. Pero el testimonio del general Jerónimo Valdés le refuta corroborando la cifra de 500 hombres "de soldado a jefe".

Del número exacto de prisioneros realistas capturados tras la batalla de Ayacucho, 1,512 eran americanos, mientras que 751 eran españoles.

Virreyes masones: Ambrosio O´Higgins, Pezuela y La Serna.

El texto de la capitulación tenía 18 artículos. Se referían a la entrega que los españoles hacían de todo el territorio del Bajo Perú hasta las márgenes del Desaguadero, con todos los almacenes militares, parques, fuertes, maestranzas, etc; al olvido de los rebeldes de todas las opiniones en favor del Rey; a la obligación de costear los rebeldes el viaje a todos los españoles que quisieran regresar a España; a la de permitir a todo buque de guerra o mercante español, por un periodo de seis meses, de repostar en los puertos peruanos y retirarse al Pacífico tras ese plazo; a la entrega de la plaza del Callao en un plazo de veinte días; a la libertad de todos los jefes y oficiales prisioneros en la batalla y en otras anteriores; al permiso para que los oficiales españoles pudieran seguir usando sus uniformes y espadas mientras permanecieran en el Perú; al suministro de algunas pagas atrasadas a las tropas realistas; y al reconocimiento de la deuda que el Perú tenía contraída con el gobierno español.

También se estipuló que todo español o soldado realista podía pasar al ejército peruano con el mismo empleo y cargo que tuviera en las filas realistas; y que cualquier duda en la interpretación del convenio se resolvería siempre a favor de los españoles.

La capitulación afectó al virrey La Serna, al teniente general Canterac, a los mariscales de campo Valdés, Carratalá, Monet y Villalobos, a los brigadieres Ferraz, Bediya, Pardo, Gil, Tur, García Camba, Landázuri, Atero, Cacho y Somocurcio; y a 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales y más de 2.000 soldados prisioneros. Solo quedaron el general Olañeta en el Alto Perú y el general Rodil en El Callao defendiendo la causa realista española en América del Sur.

Después de la batalla de Ayacucho, los derrotados regresaron a España. El 2 de enero de 1825 el virrey La Serna se embarcó rumbo a España en la fragata francesa Ernestina, junto con los mariscales Valdés, Villalobos, Maroto y otros. Días después el teniente general Canterac embarcó hacia España con Las Heras. Una vez llegados a España fueron acusados de traidores y cobardes. Fernando VII y sus consejeros no podían explicarse de la derrota, sino es achacando a estos infelices la responsabilidad de la catástrofe.

Aun cuando no fueron ellos los que determinaron la caída del imperio español en América, desde ese momento se conoce como “Ayacucho” a todo aquel cobarde que en el último momento no enfrenta con gallardía y valentía la batalla crucial.

La capitulación es llamada por el historiador español Juan Carlos Losada, como "la traición de Ayacucho" y en su libro "Batallas decisivas de la Historia de España" afirma que el resultado de la batalla fue pactado de antemano. El historiador señala al mariscal de campo Juan Antonio Monet como el encargado del acuerdo, afirma que este general se presentó en el campamento patriota a las 08:00 horas del 9 de diciembre; allí conversó con el general Córdoba, mientras sus oficiales confraternizaban con oficiales independentistas. Para el historiador fue el último intento de acordar la paz, que Monet no pudo aceptar pues le exigían reconocer la independencia. Losada afirma que Monet regresó al campamento español a las 10:30 horas para anunciar el comienzo de la batalla.

Losada escribe que la batalla fue una comedia urdida por los generales españoles; perdida toda esperanza de recibir refuerzos desde la Metrópoli, sin fe en una victoria sobre los rebeldes independentistas, imposibilitados para firmar la paz sin reconocer la independencia del virreinato, y defraudados por el fracaso de los liberales constitucionalistas en España y por el regreso del absolutismo, pues los generales y oficiales españoles del virrey La Serna no compartían la causa de Fernando VII, un monarca acusado de felón y tiránico, símbolo del absolutismo.

Los jefes españoles, de ideas liberales, y acusados de pertenecer a la masonería al igual que otros líderes militares independentistas, no siempre compartían las ideas del rey español Fernando VII.

Por esta razón el historiador Losada dice que los generales urdieron la comedia para regresar a España en calidad de vencidos en una batalla, no como traidores que se rindieron sin luchar. Por ello afirma que “los protagonistas guardaron siempre un escrupuloso pacto de silencio y, por tanto, sólo podemos especular, aunque con poco riesgo de equivocarnos”. Una capitulación, sin batalla, se habría juzgado indudablemente como traición.

Por el contrario el comandante Andrés García Camba refiere en sus memorias que los oficiales españoles apodados más tarde "ayacuchos" fueron injustamente acusados a su llegada a España: "señores, con aquello se perdió masónicamente" se les dijo acusatoriamente, -"Aquello se perdió, mi general, como se pierden las batallas", respondieron los jefes españoles.

Tomado del Libro: Las Gestas Libertarias en el Perú.

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